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INTRODUCCIÓN
LA DÉCADA PRODIGIOSA:
UN TESTIMONIO PERSONAL
Había en
aquella vorágine fascinante y subversiva un impulso
liberador que podríamos llamar lo carnavalesco
“afirmativo”: ahora se trataba no de poner al mundo de
cabeza, sino de enderezar un mundo que estaba al revés.
Ambrosio
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La Habana
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Lo
imposible es posible. Los locos
somos cuerdos.
José Martí |
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El primer aporte del pensamiento cubano a la cultura de
los 60 radica en nuestra convicción de que esa década
comenzó en 1959. No se trata de una diferencia de años,
sino de épocas. A partir del 59 toda nuestra historia
comenzó a girar en torno a un eje que remitía a los
dramáticos extremos del “antes” y el “después”. La
intensidad con que se vivió aquel “ahora” vertiginoso se
explica porque, como nación, habíamos recobrado
súbitamente la cordura: el mundo “podía” ser cambiado y
uno mismo, en el proceso, podía cambiar también. Aunque
se afirmara lo contrario, el país era algo más que
azúcar.
El signo más visible de la frustración y la impotencia
—encogerse de hombros— desapareció del lenguaje gestual
del cubano. Lo imposible era posible, en efecto; lo
insólito se había instalado en lo cotidiano, como diría
un personaje de Carpentier. Del lenguaje verbal
desaparecieron muy pronto, junto con el vocabulario del
fatalismo histórico —latifundio, sumisión,
desahucio...—, los tecnicismos de la desvergüenza
—peculado, malversación, cohecho...— y los sustantivos
arcaizantes —bolitero, chaperona, prostituta... —. Un
soplo igualitario, como el que había barrido veintiséis
años antes con el sombrero de pajilla, arrastró ahora el
saco y la corbata al rincón de las viejas Bohemias
y sustituyó aquellas fórmulas de cortesía que parecían
tener un tufillo clasista por otras que permitían acuñar
democráticos sintagmas, como “el compañero
Presidente”, por ejemplo. La Habana se llenó de
sombreros de yarey y escarapelas con la visita de miles
de campesinos que descubrían asombrados los bombillos y
el teléfono; las zonas rurales se llenaron de boinas y
cartillas con la llegada de audaces “brigadistas” que
enseñaban el abecedario a la luz de un quinqué mientras
aprendían lo que era un pilón, el trillo, una yunta de
bueyes, la cantidad de injusticia que puede caber en un
pequeño bohío con piso de tierra... En recónditos
caseríos de las lomas, niños y adultos por igual se
doblaban de risa ante una pantalla improvisada viendo
actuar a Chaplin “por primera vez”.
Había en aquella vorágine fascinante y subversiva un
impulso liberador que podríamos llamar lo carnavalesco
“afirmativo”: ahora se trataba no de poner al mundo de
cabeza, sino de enderezar un mundo que estaba al revés.
Al cumplirse la primera fase de ese proceso con la
reparación de las “grandes” injusticias acumuladas a lo
largo de siglos —el analfabetismo, el racismo
institucional, la prostitución, el desempleo, el
desamparo de las zonas rurales, la falta de servicios
médicos gratuitos...—, se hizo evidente que el ciclo de
la varita mágica había terminado y debía dar paso al del
esfuerzo individual y colectivo. Solo estimulando el
“factor conciencia”, la capacidad de sacrificio
orientada al bienestar común, sería posible salir del
subdesarrollo y echar los cimientos de la “nueva”
sociedad. El Trabajo Voluntario —volcado hacia la
producción agrícola, sobre todo, y en especial hacia la
zafra azucarera— fue el modo de legitimar en la práctica
ese compromiso con el futuro. Redefinido ya como
“socialista”, el proyecto revolucionario
se consolidó con la victoria militar sobre las viejas
clases dominantes y sus sirvientes, organizados como
tropa de choque por la CIA para un regreso triunfal al
pasado. A la victoria de Playa Girón se le considera
desde entonces la primera derrota militar del
Imperialismo en América.
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Todos esos proyectos y sucesos —aun aquellos que por su
naturaleza parecían estar más alejados del campo de la
cultura— tenían implicaciones culturales, puesto que
repercutían directa o indirectamente en el escabroso
terreno de la ideología. Centenares de miles de personas
podrían leer por primera vez un libro...; ¿qué ideas y
valores recibirían a través de esa lectura? Centenares
de miles de adolescentes asistirían por primera vez a
una exposición de pintura, escucharían una grabación de
música sinfónica o presenciarían un espectáculo de
ballet o de danzas folklóricas...; ¿qué les “dejaría” de
positivo la experiencia? Cada una de esas preguntas
remitía a dos temas fundamentales: el de la libertad de
expresión y el de la función del arte y la literatura en
la sociedad socialista.
Pero lo hacía desde una óptica
viciada de origen —tan utilitaria como la del burgués
que pregunta para qué “sirve” la poesía— presuponiendo
que la función del arte era eminentemente didáctica. Me
sobrecoge pensar que hace más de cuarenta años, en un
Fórum de la Crítica celebrado en la Biblioteca Nacional,
ya me pareció conveniente despejar el equívoco apelando
a la autoridad de Gramsci. “Si el arte educa —decía
Gramsci—, lo hace en cuanto arte y no en cuanto ‘Arte
Educativo´, pues si es ‘Arte Educativo´ deja de ser arte
y un arte que se niegue a sí mismo no puede educar a
nadie”.
Debo aclarar que ya entonces defender esa posición era
muy fácil, porque contábamos, por decirlo así, con
“respaldo oficial”: en aquella misma Biblioteca, un año
antes, Fidel había fijado los límites del debate con su
ahora famoso apotegma “Dentro de la Revolución, todo;
contra la Revolución, nada”. Era obvio que ese “todo”
abría ilimitadas perspectivas de trabajo creador para la
inmensa mayoría de nuestra intelectualidad artística y
literaria, que desde el principio vio en la Revolución
—y verificaba ahora, con las Palabras a los
intelectuales— la posibilidad de un auténtico
renacimiento cultural. Quedó sellada así, orgánicamente,
la alianza entre las vanguardias políticas y artísticas,
tal vez la más fructífera de nuestra historia, cuyo
impacto en la cultura de los 60 fue de tal magnitud que
se extendió inclusive más allá de las fronteras
nacionales. Pero quedaba un problema pendiente. Puesto
que el lenguaje artístico no es unívoco —se presta, como
suele decirse, a interpretaciones—, lo que ahora estaba
en juego era una cuestión de poder: en caso de duda,
¿quién trazaba la línea divisoria entre el “dentro” y
“el contra”?
La propia reunión de los intelectuales con Fidel había
sido motivada por la polémica que se suscitó a propósito
de la negativa a exhibir en las salas de cine un
documental —ya trasmitido por la televisión— sobre la
vida nocturna en modestos cabarecitos de La Habana. El
hecho podía verse como una amenaza a la libertad de
expresión –así debieron percibir poco antes los miembros
del grupo Orígenes las andanadas que desde Lunes de
Revolución se lanzaban contra Lezama Lima— y no
faltó quien insinuara que el fantasma del estalinismo
comenzaba a proyectar su sombra ominosa sobre la Isla.
Era un temor injustificado o, por lo menos, desmesurado,
como se demostró después, pero lo cierto es que, no
lejos de nosotros —en conciliábulos de escritores
mediocres, oportunistas sin militancia conocida y
burócratas de la cultura erigidos de pronto en celosos
guardianes de la doctrina— estaba arraigando la idea del
“arte educativo” a la sombra igualmente ominosa del
realismo socialista. El mimetismo puede ser una buena
táctica defensiva, como saben los animalitos del bosque,
pero aquí lo lamentable era que se adoptara como
contraseña en momentos en que la Revolución iniciaba el
mayor proceso de descolonización cultural que recuerda
la historia de Cuba.
De hecho, los “dogmáticos” —como llamábamos a los
ideólogos cuyo único mérito consistía en haber
introducido en Cuba el marxismo escolástico a través de
los famosos “manuales”— bogaban a contracorriente,
aunque no sin brújula. Deben de haber sentido un
escalofrío en la médula cuando el Che ridiculizó al
realismo socialista definiéndolo como un arte de “formas
congeladas”, apto sólo para expresar “lo que entiende
todo el mundo, que es lo que entienden los
funcionarios”. Ya para entonces las polémicas eran parte
de nuestra rutina intelectual; el que todavía no había
participado en alguna estaba, como los francotiradores,
con el ojo pegado a la mirilla. La cultura, en fin, se
había convertido en un campo de batalla, el espacio
simbólico donde se ventilaban discrepancias de todo tipo
y los distintos grupos de poder trataban de disputarse
la hegemonía. Los más activos, a lo largo de la década,
se expresaron en revistas y suplementos literarios como
Lunes de Revolución, Cine Cubano, Casa
de las Américas, La Gaceta de Cuba, Unión,
El Caimán Barbudo, R y C
y Pensamiento Crítico.
Pero además, estaba el “frente externo”, y como nos
creíamos audaces mosqueteros de la revolución
continental, nos batíamos a diestra y siniestra: lo
mismo con enemigos que detestábamos (la revista Mundo
Nuevo, fachada cultural de la CIA), que con amigos
que admirábamos (Neruda) cuando surgían discrepancias.
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Los defensores de la libertad de expresión ilimitada se
hallaban en una situación difícil: toda la actividad
cultural del país —lo sabían muy bien los
alfabetizadores, que ya tenían sus mártires— se
desarrollaba en un clima de confrontaciones violentas,
es decir, en espacios atrincherados donde no era posible
entregarse al noble ejercicio de la coexistencia
ideológica. De hecho, se vivía bajo la amenaza
permanente del terrorismo; menudeaban los sabotajes, las
amenazas de invasión (como la que finalmente se llevó a
cabo en Bahía de Cochinos), la acción de bandas armadas
que, con el apoyo de la CIA, operaban en las montañas
del Escambray, los secuestros de aviones y barcos, las
maniobras para desestabilizar al gobierno (a una de las
cuales, la insidiosa campaña sobre la supresión de la
Patria Potestad, se debió que millares de niños fueran
obligados por sus propios padres a emigrar “solos”).
Nadie pudo imaginar entonces que los conflictos, de
intensidad variable, se mantendrían después de casi
medio siglo, pasando por un punto de máxima tensión
durante la Crisis de Octubre o de los Misiles. En otras
palabras, junto con la euforia constructiva vivíamos la
terrible experiencia que Jean-Paul Sartre —testigo del
duelo por las víctimas del sabotaje de La Coubre—
llamó “la amenaza extranjera sentida como angustia”.
Y como indignación, cabría añadir.
Tal vez fuera la presión incesante de ese clima político
—en el que se puso de manifiesto lo mejor y lo peor de
cada uno— lo que hizo tan compleja la lucha ideológica y
sus variantes en aquella etapa inicial. La generosidad y
la mezquindad podían alternarse e incluso coincidir.
Quien había participado, todavía adolescente, en la
hazaña de la alfabetización podía, unos años después, ya
como estudiante universitario, acusar de “extravagante”
o “apático” a un compañero de estudios que se dejaba
crecer la melena o escuchaba en secreto a los Beatles.
Quien apoyaba sin reservas y con sacrificios cotidianos
el proyecto de una sociedad “distinta”, podía —en nombre
de ese mismo proyecto— mostrarse intolerante ante
quienes reclamaban su derecho a ser distintos, ya fuera
por su orientación sexual, sus creencias religiosas o su
afición a las modas de los hippies. La homofobia
encontró un excelente caldo de cultivo en la constante
exaltación de la moral espartana y en los prejuicios
ancestrales de una cultura tradicionalmente machista. Y
así como el burgués obtuso manda a su hijo irresponsable
o timorato a una academia militar para que “se haga
hombre”, así también —y con fines idénticos— obtusos
funcionarios socialistas decidieron un día que los
jóvenes “descarriados” hicieran su servicio militar,
bajo un régimen de trabajo obligatorio, en las llamadas
Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). En
el río revuelto de las nuevas escalas de valores, todo
parecía justificarse en función del objetivo supremo:
una sociedad más libre y más justa, despojada de las
lacras del pasado. Esa meta, irrenunciable, dio origen,
sin embargo, a una inversión del esquema teológico cuya
expresión desacralizada fue la peregrina idea del
paraíso en la tierra, otro triste legado del realismo
socialista que ha servido de pretexto a tantas y tan
cínicas burlas del enemigo. “¿Cómo vamos a tomarlos en
serio? —decían—. ¡Ustedes creen en cuentos de hadas!”.
Hace más de medio siglo un militante de la izquierda
mexicana (José Alvarado), tratando de fijar criterios
ante sus burlones adversarios, comentaba que él y sus
compañeros no eran tan tontos como para aspirar a un
mundo donde todos los seres humanos fueran felices. Lo
que queremos, decía, es “un mundo a donde el dolor no
llegue contaminado con el alza [del precio] de los
víveres, donde el arrepentimiento no esté teñido por el
desempleo, donde la zozobra no tenga que ver con
invasiones imperialistas”. A esa posición sí que
pudiéramos llamarla “realista y socialista” si el
descrédito del binomio no nos lo impidiera.
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Para los miembros de mi generación es difícil hablar de
los 60 sin ceder a la tentación de la nostalgia. En esa
época formábamos parte de un gran proyecto colectivo y
teníamos todo el tiempo por delante para realizarlo. Los
que hasta ayer habíamos vivido la Era del Desprecio —en
la que escribir, pintar o leer poesía eran actos que
debían ejecutarse en la más estricta clandestinidad— nos
veíamos de pronto convocados a una proeza cívica y
dueños de los medios de producción y de distribución
necesarios para poner al alcance de todos nuestro
patrimonio cultural —un patrimonio que a nuestro juicio
abarcaba el universo, desde Altamira hasta Picasso y
desde Homero hasta Kafka. En un país donde los poetas y
narradores habían tenido siempre que sufragar las magras
ediciones de sus libros, las editoriales recién fundadas
publicaban no sólo a los maestros sino también a los
discípulos... pagándoles, además. Lo imposible
era posible, en efecto; habíamos recuperado la cordura,
lo que me permitió decir alguna vez --aludiendo a la
obra cuya tirada de cien mil ejemplares anunció el debut
de la Imprenta Nacional— que el Quijote era la
primera novela de la Revolución cubana. Los aficionados
a las lecturas tardías de los clásicos ya no necesitaban
ir a las bibliotecas para encontrar piezas arqueológicas
como Espejo de paciencia o los Papeles, de
Saco; les bastaba con llegarse a la librería de la
esquina.
Lo que daba legitimidad intelectual a nuestro proyecto
era que las operaciones de ruptura siempre iban
acompañadas de operaciones de rescate. Los artistas
cubanos del siglo XX se habían forjado en esa fecunda
contradicción, con la clara conciencia de que nuestra
tradición era la vanguardia. De ahí que, mientras los
economistas hablaban de la necesidad de salir
definitivamente del subdesarrollo, nosotros habláramos
de la necesidad de instalarnos definitivamente en la
modernidad. Rechazábamos el latifundio, el racismo y el
realismo socialista —para poner tres ejemplos muy
disímiles entre sí— por la misma razón: todos eran
signos de atraso. La Revolución se nos aparecía
como el medio más rápido y seguro de lograr nuestro
objetivo no solo en el campo la cultura sino en todos
los aspectos de la vida social. No eran instancias
separadas; hubiera sido un crimen de lesa cubanía tener
analfabetos en un país de tantos y tan grandes
literatos. En ese proceso de retroalimentación entre el
emisor y el receptor debía sustentarse el principio de
creatividad incesante que —parafraseando a Marx por
enésima vez— pudiéramos resumir diciendo que el artista,
al crear una “nueva” obra de arte para el espectador,
crea también un “nuevo” espectador para la obra de arte.
Y henos aquí de vuelta al equívoco de la función
didáctica del arte, pero a otro nivel. Lo que el arte
nos “enseña” es a aguzar nuestros sentidos; lo que el
arte “educa” es nuestra sensibilidad.
Las transformaciones radicales de la vida social —y con
ellas la aparición de un público masivo, deseoso de
ponerse en contacto con expresiones literarias y
artísticas reservadas hasta entonces a las minorías
urbanas—eran factores que no podían dejar de influir en
la obra de los “productores” culturales. Primero, por
las condiciones mismas de trabajo: ahora podían crear
con total autonomía gracias al apoyo de instituciones
autónomas y a untipo de mecenazgo —la subvención
estatal— que los libraba tanto de las exigencias de la
burocracia como de las servidumbres del mercado. Y
después, porque toda nueva época trae su propia
estética, toda nueva cosmovisión trae sus propios
lenguajes. Si esas transformaciones se producen de
manera orgánica –vuelvo a la idea de la continuidad en
la ruptura— siempre sobrevive en ellas un sedimento
identitario. En una exposición de pintura descubríamos
de pronto, sobre un fondo de brochazos cuyo linaje
remitía al más puro abstraccionismo, un collage
de símbolos gráficos que nos sumergía en la más
perentoria actualidad, inaugurando así el pop
revolucionario mediante una hábil síntesis de códigos
formales. Los trovadores ya no cantaban solo al dolor
del naufragio amoroso, sino también al de una época que
estaba en trance de parir un corazón y al de un niño
vietnamita abandonado a su suerte en medio de un
infierno de napalm. Reencuentros y
desplazamientos similares podían verse en el cine, en el
diseño gráfico, en la literatura, expresiones todas
cuyos rasgos estéticos más innovadores revelaban la
doble búsqueda de la autenticidad y la modernidad. Como
en los años 20 —pero con un alcance social que entonces
era inimaginable— el “ajiaco” cubano estaba en plena
ebullición. No solo dentro, sino también fuera de la
Isla. Su poder de irradiación fue de tal magnitud que un
crítico afirmó que estábamos ante “la revolución
política más importante de la historia cultural de
América” y otro llegó a decir —con una mezcla de estupor
e ironía— que Cuba se había convertido en “la Roma
antillana”. Ambas visiones eran trasuntos
latinoamericanos del trabajo realizado, sobre todo, por
dos organismos: la Casa de las Américas y el ICAIC.
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En los tres últimos años de la década se entretejieron,
a nivel nacional e internacional, las fiestas y los
duelos, las apoteosis y las catástrofes. Vino a La
Habana desde París el Salón de Mayo, la mayor exposición
de pintura moderna que había conocido la ciudad, y se
celebraron el Encuentro de la Canción Protesta y el
Congreso Cultural de La Habana, gigantesca concentración
de intelectuales y artistas de todo el mundo deseosos de
mostrar su respaldo a la Revolución. Pero el Che había
sido asesinado en Bolivia tres meses antes, con lo que
se clausuraba toda una etapa del proyecto revolucionario
continental, y no tardaría en producirse la intervención
soviética en Checoslovaquia, lo que ahondaría la crisis
del socialismo europeo y de los movimientos de izquierda
a ambos lados del Atlántico. Entre nosotros se llevó a
cabo la Ofensiva Revolucionaria, que liquidó los restos
de propiedad privada en el sector comercial, y
comenzaron a prepararse las condiciones para la zafra
del 70 y para establecer el sistema de universalización
de la enseñanza y de las Escuelas en el Campo. Hubo un
repunte del dogmatismo en el análisis crítico de dos
libros premiados en el concurso literario de la UNEAC,
así como de la situación prevaleciente en el campo
intelectual cubano. En los EE.UU. el movimiento
feminista, el de la contracultura, el de las Panteras
Negras, el de la izquierda estudiantil, el de amplios
sectores de la población contra la guerra de Vietnam
dominaban el espacio de los noticieros, pero lo cierto
es que dondequiera estaba ocurriendo algo: en Vietnam,
la llamada Ofensiva del Tet —en la que se delineó por
primera vez la imagen de la victoria—; en París, la
festiva insurrección estudiantil de Mayo; en México, la
matanza de Tlatelolco; en Uruguay, las espectaculares
acciones de los Tupamaros; en Argentina, el “Cordobazo”;
en Perú, las expropiaciones y nacionalizaciones del
gobierno de Velazco Alvarado; en China, el fin de la
llamada revolución cultural; en la luna, la llegada del
primer hombre. La cultura latinoamericana vio surgir el
movimiento del Nuevo Cine y llegar a su madurez el de la
Nueva Novela. Fue una “década prodigiosa”, en efecto,
que pareció agotar el repertorio de opciones en
numerosos campos de la actividad humana.
A mí y a otros miembros de mi generación, la época nos
dejó esa reserva de energía renovable que hemos llamado
“cordura” ateniéndonos a la paradoja martiana. Es la que
ahora nos permite afirmar que un mundo mejor es posible
con la autoridad de quien lo sabe por experiencia
propia.
Esta megaexposición —“Mirar a los 60: Antología cultural
de una década”—, que el Museo Nacional de Bellas Artes
ha tenido la feliz iniciativa de organizar, servirá para
que algunos la recuerden y muchos la descubran gracias
al inventario crítico de uno de sus aspectos más
reveladores y fascinantes.
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