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LOS SESENTA NO FUERON LIGHT
El
predominio de la visualidad integraba las múltiples
instancias de la vida y de la cultura. La Cuba profunda
establecía un nuevo diálogo con el mundo exterior. La
moda subvertía los valores establecidos.
Sustituidas desde finales del siglo XX regresaban las
barbas y las melenas para modelar.
Graziella
Pogolotti |
La Habana
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GALERÍA
PLÁSTICA DE LOS 60
En un abrir y cerrar de ojos, la ciudad se transformó.
Los últimos años de la dictadura habían conducido a un
paulatino retraimiento. El entorno urbano se había
vuelto amenazante. Para los cuerpos armados, no había
inocentes. Las perseguidoras se movían despacio,
silenciosamente. En la noche se escuchaba el estallido
de las bombas. Los jóvenes eran, por definición,
sospechosos. La resistencia cívica convocaba a abandonar
cines y cabarets, a renunciar a las compras en un fin de
año ominoso. De boca en boca corrían las noticias de
presos, torturados y fallecidos. El espacio privado, la
casa, se convertía en refugio donde se filtraban y
difundían rumores, se escuchaba Radio Rebelde y, en
algún que otro sitio, se conspiraba. La Universidad
permanecía cerrada. El ajetreo de la muchachada había
desaparecido. Puente tradicional hacia la urbe, la
escalinata estaba vacía.
Con la llegada de los barbudos, se inició el predominio
del espacio público sobre el privado. También
dominantes, los códigos visuales configuraban la imagen
del entorno. Llegados desde tierra adentro, los rebeldes
eran portadores del primer signo de esa transformación.
El vestuario raído, los collares, las barbas y melenas
mostraban un rostro inesperado de la Cuba profunda que,
de inmediato recorrería el mundo. Libre de afeites,
reclamaba la instauración de valores auténticos y un
rechazo al formalismo, llevado al comportamiento en las
relaciones de poder. Entonces, las masas invadieron
calles y plazas para expresar su voluntad participativa.
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Con la "operación pintura", la ciudad se vestía de
limpio en una alegre y anárquica multiplicación de
colores. La reforma agraria desencadenaría la invasión
de los tractores cubiertos de singular vegetación. La
presencia de tierra adentro, la otra cara de la luna al
decir de Roberto Fernández Retamar, se reafirmaba
también con el medio millón de campesinos convocados
para la primera conmemoración habanera del 26 de Julio.
En el entorno se reconocía la fractura orgánica de las
jerarquías establecidas.
Los espacios de representación simbólica del poder se
desplazaron y cambiaron de carácter. Recintos
consagrados, el Capitolio Nacional
—concebido
como réplica de su similar en Washington, y el Palacio
Presidencial— se destinaron paulatinamente a otras
funciones. Frente a la terraza norte de este último, se
habían producido tradicionalmente, entre otros, los
desfiles por el 1° de Mayo. Después de la Revolución del
59, se congregarían manifestaciones multitudinarias que
desbordaron los límites de la trama urbana. Fue una
breve etapa de tránsito hasta que la Plaza de la
Revolución se convirtiera en centro del debate político.
Un proceso más complejo introduciría cambios
sustanciales en la zona de La Rampa. Su auge en los 50
se debió a una peculiar combinación de ejes comerciales,
financieros y recreativos, donde coincidían agencias de
automóviles, boutiques, junto a cines modernos y el
reciente emporio de la televisión. Al ajetreo diurno
sucedía la animación nocturna de cabarets, restorantes y
salitas teatrales de bolsillo. Era un minicentro urbano
destinado a las clases media y alta. Por ahí desfilaría
luego el Ejército rebelde. El Hilton, devenido Hotel
Habana Libre sería el ámbito de la actividad política de
los primeros tiempos, punto de concentración de la
prensa nacional e internacional y de congresos de la más
variada naturaleza, el de juventudes latinoamericanas,
el de la fundación de la UNEAC y el Cultural de La
Habana. Poco a poco, La Rampa fue invadida por un
trasiego juvenil, muchachos y muchachas que no llegaban
a los treinta, disponían de una intensa carga de
energía: estudiaban, trabajaban, se entrenaban en las
milicias y dedicaban al sueño una fracción mínima de
tiempo. Andaban por parejas y, sobre todo, en grupos
afines. El espacio urbano se había democratizado.
Coppelia, centro de tertulias literarias y artísticas
animadas por proyectos emergentes, ocupaba el sitio
destinado antes al desaparecido Hospital Reina Mercedes.
Por breve tiempo, una galería se instalaba en la otrora
Funeraria Caballero. La afirmación de vida borraba los
signos de la enfermedad y de la muerte. El Pabellón
Cuba, diseñado para acoger exposiciones de distinta
naturaleza, creaba un ámbito abierto, sin fronteras, de
permanente intercambio con los paseantes para el arte de
las galerías y para la cultura del Tercer Mundo, uno de
los grandes temas de la época. El espacio desarticulado
de la Plaza se configuraba a partir de la presencia de
las grandes concentraciones populares.
El predominio de la visualidad integraba las múltiples
instancias de la vida y de la cultura. La Cuba profunda
establecía un nuevo diálogo con el mundo exterior. La
moda subvertía los valores establecidos. Sustituidas
desde finales del siglo XX por un modelo de higiene y
eficiencia, regresaban las barbas y las melenas para
modelar, junto al vestuario, una imagen democrática e
informal, asumida luego por las juventudes de gran parte
del mundo. La visión de un espacio público compartido se
reafirmaba a través de la fotografía y el cartel.
Heredera de la sofisticación adquirida en el ejercicio
de la publicidad, la fotografía, sustentada en la
inmediatez, se vinculaba también a corrientes
importantes en el contexto internacional de esos años.
Las revistas de circulación masiva, los libros
consagrados a las nuevas aventuras del descubrimiento
—las
exploraciones submarinas, las culturas olvidadas—
reivindicaban el reportaje y el discurso de la
narratividad. Cartier-Bresson se convirtió en emblema de
una época. Dueños de un oficio adquirido en la
publicidad y en el reportaje, los fotógrafos cubanos se
inscribieron orgánicamente en el relato de los tiempos.
El cartel sustituyó al pasquín. Logró eficacia
comunicativa, modificó el entorno visual y contribuyó,
junto a las vallas a una acción cultural de grandes
dimensiones.
Los códigos visuales de la modernidad se integraban al
paisaje urbano. Asimilados por un importante sector de
la sociedad, se entrecruzaban con tradiciones de arraigo
popular desplegadas en la imaginería de los murales de
los CDR.
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Los aficionados seguían concurriendo al ámbito más
recoleto de las galerías. La secuencia de las
exposiciones realizadas en la Galería Habana, de
reciente inauguración, ilustra una política destinada a
mostrar el diálogo entre continuidad y ruptura. Las
retrospectivas de Eduardo Abela y Amelia Peláez, el
Color Cubano de Portocarrero, los Mariano producidos
durante su estancia en la India reafirmaban los
paradigmas de la vanguardia histórica con el
reconocimiento de su carácter fundacional. Creaban, a la
vez, el marco referencial adecuado para la consagración
pública de la generación surgida desde la década
precedente. La jerarquía del espacio expositivo se
equiparaba a la sala transitoria del Museo Nacional. La
inserción en la contemporaneidad de un discurso
histórico plurigeneracional acogía a las más variadas
tendencias artísticas. Ese aparente eclecticismo
obedecía a un criterio de inclusividad orientado a la
formulación de una plataforma contrapuesta al debate
entre abstractos y figurativos, así como a las
normativas doctrinarias del realismo socialista,
rechazadas por la gran mayoría de los intelectuales del
país.
La variedad entre los modos de hacer, sustentada a veces
en nítidas definiciones conceptuales revelaba, sin
embargo, inesperados vasos comunicantes. El refinado
disfrute matérico de Juan Tapia Ruano constituía una
excepción en un contexto marcado, más allá de las
distintas modalidades expresivas por una fuerza
dramática ajena a tentaciones de hedonismo complaciente.
Así se evidenciaba en el color, la composición y los
títulos de las obras de Hugo Consuegra y, sobre todo, en
las imágenes de los artistas que contribuyeron a
configurar la época. En esa dirección se movían las
telas abstractas de Raúl Martínez, previas a su
fulgurante recreación de los graffitti y de la
imaginería popular. Para Servando Cabrera Moreno, la
tensión latente se expresaba en el estrecho
entrelazamiento de los cuerpos, con su potencial
expansivo apresado entre los reducidos límites del
cuadro. Venido de mucho más atrás, el Carnaval de René
Portocarrero no aludía al jolgorio de las celebraciones,
sino, acentuaba, por el contrario, la inquietante fijeza
de las máscaras, del mismo modo que sus paisajes urbanos
de los sesenta evocaban la ciudad asediada. Las máscaras
se desgarraban también desde su rebeldía contenida a
través de los tiempos en la raigambre expresionista de
las tintas dedicadas por Antonia Eiriz a jueces y
académicos, anunciadores de sus portentosos ensamblajes.
El relato entonces emergente abordaba temas acallados
con una perspectiva crítica cargada de referencia
autobiográfica en imágenes inscritas en lo cotidiano y
popular. Las cafeteras, palmas metálicas y colombinas de
Acosta León procedían de una cotidianidad marginada,
asediada por las inquietudes de una sexualidad
reprimida. Casi al cierre de la década, la iconografía
de Mendive retomaba el mundo de la santería con el
empleo de materiales reciclados, con los cuales
reafirmaba su apego a lo concreto más inmediato.
Ese estado de violencia, ese modo de hablar en voz alta,
quebraban la intimidad confortable del espacio privado.
En los confines tradicionales del arte de la línea y el
color, estaba latente una voluntad participativa de
mayor alcance, orientada hacia el ámbito de la ciudad.
Algo similar sucedía con quienes se habían adscrito a la
rigurosa disciplina de un arte geométrico, desde las
aguas territoriales de Martínez Pedro hasta los
artefactos de Sandú Darié, encaminados con frecuencia a
enfatizar la transformación del espectador en partícipe.
Monumentaria o decorativa, muchas veces sujeta a los
requisitos impuestos por un encargo, la escultura se
había debatido durante muchos años en la búsqueda de un
espacio autónomo, sin desdeñar por ello el empleo de
materiales prestigiosos. Al mármol, la piedra y la
madera se añadía ahora el gusto por el hierro. La
necesaria redefinición de funciones encontraba un punto
de convergencia con otras manifestaciones de las artes
visuales. Era el llamado a emprender proyectos
integracionistas, articulados a la arquitectura y al
diseño ambiental. El diálogo con el espacio público, el
intercambio entre imágenes procedentes de lo popular y
lo culto, el predominio del entorno urbano en el
transcurrir de la vida cotidiana, promovían un
espontáneo acercamiento interdisciplinario.
Circunstancias de distinta índole, entre las que pueden
reconocerse factores de orden subjetivo y las
características de una época sacudida por la secuencia
de acontecimientos de alcance nacional e internacional
impidieron el desarrollo de una línea de trabajo en esta
dirección.
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Bajo
el signo del cambio, la visualidad de los 60 no canceló
por completo el pasado. En la asunción obsesiva por lo
nuevo, estaban latentes proyectos formulados desde atrás
por escritores y artistas alentados por el espíritu de
la modernidad. En otros términos y en circunstancias
diferentes, las polémicas en torno al papel del arte y
de la cultura procedían de un debate anterior. La
discusión acerca de los códigos expresivos se inscribía
en un contexto más amplio y más complejo donde a veces
un mismo nombre encubre cosas distintas. El acceso a un
poder hasta entonces conculcado estimulaba el deseo y la
voluntad de participar en espacios públicos de variada
naturaleza, desde las plazas hasta las instituciones que
surgían en rápida secuencia y cubrían una amplia gama de
territorios, destinadas a la creación y la puesta en
circulación del producto artístico. Entre ellas, muchas
subrayaban con su nombre de reciente estreno, su
adhesión a un concepto afirmativo de nación. Coincidían
de ese modo con la memoria latente de quienes reiteraban
en ingenuos murales populares, las imágenes simbólicas
de siempre. Este consenso en el centro de una corriente
mayor, nacional y emancipatorio, distaba mucho de la
uniformidad. En las artes plásticas, las obras
contrastantes de artistas con personalidad bien definida
se remitían al examen de los valores recibidos. El
término burguesía señalaba una condición clasista
asociada a una estructura de dominio socioeconómico y
político, imbricada por necesidad al dominio imperial.
Involucraba también, desde el siglo XIX, un conjunto de
normas de conducta opresivas y excluyentes,
constitutivas de máscaras que debían ser desgarradas en
un auténtico proceso liberador.
El entrecruzamiento de ideas configuraba, asimismo, un
complejo entramado. A la reivindicación de lo nacional
se sumaba la difusión del marxismo desplegado en
numerosas vertientes, donde se yuxtaponían las más
atenidas a una tradición ortodoxa, las que se inspiraban
en los tomos de cubierta verde de Antonio Gramsci y las
que procedían de una nueva izquierda emergente. Todo
ello se entremezclaba con una óptica tercermundista,
decisiva para entender el clima de la época, de singular
arraigo en el campo de la cultura. Una secuencia de
puntos convergentes articulaba la nación con América
Latina y África con las reivindicaciones de los
afroamericanos y la repercusión mundial de la guerra de
Vietnam. La voz de Frantz Fanon acompañaba a la
Revolución cubana en la subversión del tradicional
condicionamiento periférico.
Los cambios en el universo de la visualidad definía el
entorno de los nuevos espacios centrales de la ciudad,
donde se interceptaban imágenes forjadas en la tradición
popular con aquellas otras, inspiradas en la alta
cultura de la modernidad. El desenfado del
comportamiento social contribuía a quebrar jerarquías y
convenciones arraigadas. La fuerza expansiva de la
afirmación vitalista se conjugaba con la experiencia
concreta de las agresiones procedentes de un
ininterrumpido peligro exterior. En el escenario
público, ámbito del diseño, desde la supergráfica al
libro, se configura el presente. En las galerías, las
expresiones de la diferencia contienen un germen de
futuridad. |