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DISEÑO GRÁFICO CUBANO:
SU DÉCADA INICIÁTICA
Es el cartel de
tema cinematográfico el que, desde un punto de vista
cronológico, sentó las bases de una perdurable
producción nacional. Esta, con los años, ha llegado a
calificarse como una escuela cubana. El
cartel cubano era un elemento importante en la creación
de la belleza de todos los días.
Adelaida
de Juan |
La Habana
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GALERÍA GRÁFICA DE LOS 60
De escasa producción original en Cuba antes del triunfo
revolucionario de 1959, el diseño gráfico alcanza a
inicios de la década de 1960 un nivel cualitativo
internacionalmente apreciado. Su mérito más
sobresaliente (como señalara un acucioso crítico en su
momento) radica, sobre todo, en su capacidad para la
“combinatoria” de lenguajes variados, a la par que la
creación de novedosos modos de decir. Esta marcada
libertad expresiva propicia una producción que se ha
hecho distintiva. Conviven así el uso de la fotografía y
el fotomontaje con el instrumental del pop; los recursos
del arte cinético con la rememoración del art nouveau;
el empleo sabio de la tipografía o el dibujo con las
manchas cromáticas del informalismo o la disciplina
creadora de la abstracción geométrica. De este modo, los
estilos ya identificados como personales de algunos
diseñadores cubanos enriquecen una colección viva y
significativa.
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Al mismo tiempo que disfrutamos atemporalmente estas
obras, se nos ofrece un recuento de lo que vimos, de lo
que oímos, de lo que hicimos; en fin, de lo que vivimos
durante el período. Actos de conmemoración histórica y
de reafirmación nacional, campañas educativas y de salud
popular están lado a lado con los conciertos, las
funciones teatrales y de ballet, las exposiciones de
plástica, los filmes exhibidos. Con respecto a estos,
una constante ha sido la de rechazar la manipulación del
star system por medio de la cual los rostros de
los actores principales se convierten en el reclamo
principal de la obra diseñada. El cartel cubano de
temática cinematográfica se centra, por el contrario, en
la esencia o carácter central del filme, para entonces
traducirlo a términos del lenguaje visual. Esto provoca,
a más de su perdurable belleza como objeto de arte un
conocimiento reflexivo sobre la pieza fílmica.
Fue precisamente el cartel de tema cinematográfico el
que, desde un punto de vista cronológico, sentó las
bases de una perdurable producción nacional. Esta, con
los años, ha llegado a calificarse como una escuela
cubana del cartel. El equipo de diseñadores que se
dedicó a esta temática trabajó, durante los años
iniciales de la década de 1960, con pocos recursos
materiales y de un modo casi artesanal, usando la
técnica del silk-screen. Con estos carteles se
desechó la práctica anterior de importar el reclamo
junto con el filme de producción extranjera. De este
modo se consolidó la interpretación propia de la
creación fílmica, la cual, por otra parte, cuenta con
producciones cubanas desde el inicio mismo de la
Revolución. El florecimiento de un amplio programa
cultural en el país tuvo, asimismo, la apoyatura del
diseño gráfico.
Artistas que se dedican a los carteles para diferentes
actividades culturales mantienen en sus obras la
frescura de un original manejo de los elementos con los
cuales contaban. Los carteles de temática política, al
seguir pautas similares, alcanzaron un nivel
cualitativamente válido en la segunda mitad de esa
década, con igual libertad en la creación y empleo de
los códigos diversos que hemos apuntado. En ocasiones,
se acudió a pintores, los cuales, paralelamente a su
obra de pieza única, realizaron algunos carteles de
diversa temática.
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En
cada caso, el artista escoge el lenguaje que siente más
afín para el tema y para su propia expresión. Al no
estar considerado por patrones establecidos, el creador
del cartel se mueve con soltura, y emplea en ocasiones
recursos insospechados. La gama cromática, por ejemplo,
extremadamente reducida en los años del surgimiento del
cartel cubano devino un instrumental altamente
expresivo. El uso del blanco —es decir, la ausencia de
color aplicado— se convirtió, como había preconizado en
su momento la Bauhaus— en un factor de notable fuerza de
expresión. Adquiría así un añadido impacto con respecto
a las zonas de color. Estas son frecuentemente planas,
de colores brillantes.
Debemos destacar otro carácter formal de la cartelística
cubana. Nos referimos a la integración del texto con la
imagen pintada. En gran parte de las obras se observa
una preferencia por la tipografía de imprenta más que
por la tipografía dibujada. Esta última es con
frecuencia exponente de cierto informalismo tipográfico
que apunta en dos direcciones. Por una parte, privilegia
el dibujo o la pintura como técnica única de la
composición. Por otra, señala que el texto como tal es
visto como elemento de apoyatura a la imagen pintada.
Este papel asignado al texto implica que está subsumido
en la estructuración pictórica totalizadora del cartel
como obra unitaria y a una voluntaria ausencia del
empleo de las técnicas de impresión características de
una obra de reproducción múltiple. La tipografía de
imprenta adquiere en manos de muchos cartelistas cubanos
un notable carácter semántico. A veces constituye el
único elemento visual empleado de muy variado modo. Las
letras pueden dar origen a una ilusión cinética que
conlleva una carga conceptual de importancia. En otros
casos la tipografía opera ópticamente como elemento de
apoyo o como elemento de contraste a la imagen pintada o
tipográfica que desempeña el papel protagónico en la
estructuración semántica del cartel.
Al mencionar anteriormente la imagen fotográfica, es
necesario destacar la importancia que alcanza en muchos
carteles producidos en Cuba. El empleo de la fotografía
como coadyuvante de una eficaz comunicación cartelística
evidencia cómo se ha potenciado creadoramente la
manipulación de los elementos provenientes de técnicas
fotográficas diversas. El fotomontaje permite, al
yuxtaponer imágenes, la creación de una nueva realidad.
En otros casos, al aislar un objeto o al ampliar alguno
de sus fragmentos, se introduce un elemento de expresión
insospechado, llegando a veces a conformarse como un
elemento de fantasía. Esta característica se ha logrado
bien por medio de la escogida de un objeto significativo
en sí o, por el contrario, aparentemente banal. En otras
ocasiones, al manipular la fotografía, acentuando su
carácter propio, se explota la incongruencia latente que
es propia, de una situación voluntariamente creada. Este
uso de la fotografía en sus distintas vertientes es
testimonio, en la cartelística cubana, del conocido
fenómeno de retroalimentación —feed-back— entre
las distintas manifestaciones de las artes visuales en
nuestro país.
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Hace algunos años escribí que el cartel cubano era un
elemento importante en la creación de la belleza de
todos los días. A partir de la revisión de las obras de
diseñadores de varias generaciones, comprobamos cómo,
con perdurable hermosura, el cartel a partir de la
producción de la década de 1960, ha colaborado en el
surgimiento de un nuevo rostro de Cuba. |