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EL SALOMÓN CUBANO
 
Este personaje de Santiago (Chago) Armada dejó de publicarse poco tiempo después de su aparición. En esa volcánica erupción de querer tomar el cielo por asalto era necesario, el nacimiento de Salomón. En ese contexto cabía aquel pensamiento audaz y crítico del aparentemente simple personaje de historietas.


Paquita de Armas Fonseca | La Habana


Aunque se piense lo contrario, Salomón nació en el momento justo y en el país preciso. Es cierto que este personaje de Santiago (Chago) Armada dejó de publicarse poco tiempo después de su aparición y solo volvió a la palestra pública en exposiciones y no en papel impreso. Pero Salomón, en el cómic cubano, es el mejor ejemplo de “los años sesenta”. Se emparienta con Sabino, de Rafael Fornés, aunque este último no tiene ese regodeo filosófico que preside cada acto del muñequito creado por Chago.
 


Salomón

Ambos personajes aparecieron en Lunes de Revolución, en páginas dedicadas a niños, niñas y adolescentes. Parece un chiste a la luz de los años. Tanto Salomón como Sabino se dedicaban a interpretar el mundo y no precisamente en blanco y negro.

Chago tuvo un antecedente: Julito 26 que se publicó en la Sierra Maestra, porque fue combatiente del Ejército Rebelde. Fornés ya había publicado al propio Sabino y también a José Dolores, mucho antes de que triunfara la Revolución.

Julito 26

Tanto un autor como otro situaban en boca de sus muñequitos las más sencillas preguntas (y por eso, tal vez, incomprensibles) que se hacían el hombre y la mujer en esa década. Por Cuba durante esos años transitaron las ideas filosóficas de Marx, Lenin, Engels, por supuesto, pero también de Garoudy, Althuser, Luckas, y Sartre, entre muchos otros pensadores. Fue la época de Pensamiento crítico, que algún día habrá que juzgar en su justa dimensión. Y el cómic, en tanto arte, no podía estar ajeno a esas influencias.

Porque si en los 60 todas las esferas de la sociedad vivieron un sacudimiento telúrico, en el caso de la historieta tuvo un renacer. Hasta entonces, con excepciones, el cómic que circulaba en la mayor de las Antillas, (como sucede hoy en el resto del mundo), tenía el cuño made in USA. Niños y niñas leían a Superman, Tarzan, Batman y decenas de personajes más que, al margen de sus cualidades artísticas, perseguían un fin: divulgar los "valores” de Norteamérica.

En la revista Mella, que dejó de ser clandestina, con Marcos Behemara, en el guión y Virgilio Martínez, en el dibujo un dúo fuera de serie se publicaron piezas como Supertiñosa, parodia de Superman. En esa revista se inició la vida artística del trovador Silvio Rodríguez, que dibujaba El hueco.

La revista Zigzag acogía al Loquito de René de la Nuez. Y por algún tiempo, bajo la dirección de Fornés, salió El Pitirre, que insertaba a los veteranos con alguna experiencia y a los jóvenes que se iniciaban.

Nació en la década la revista Pionero. Y con ella historietas como Matías Pérez, de Luis Lorenzo Sosa, Naoh de Roberto Alfonso. Esa publicación fue la madre del personaje más famoso del cómic cubano. Elpidio Valdés, de Juan Padrón, aunque su parto fue a principios de los años 70. Antes, Padroncito publicaba Kachibache además de historias de Vampiros.

La organización de Pioneros tenía un departamento de divulgación que también había abrazado al polémico género. Jorge Oliver y Ernesto Padrón hacían sus primeras incursiones.

En el ambiente creativo generado por el triunfo de enero de 1959, la historieta fue tomada por asalto para darle la cubanía que demandaba.

¿De dónde salieron los historietistas? Algunos trabajaban en publicidad y otros que eran muy jóvenes, hacían sus pininos en ese difícil arte.

El abanico temático y de estilos fue amplio, tanto que toda una generación que nació por esos años bebió sus primeras letras en historietas creadas por y para cubanos.

En esa volcánica erupción de querer tomar el cielo por asalto era, más que lógico, necesario, el nacimiento de Salomón. En ese contexto cabía aquel pensamiento audaz y crítico del aparentemente simple personaje de historietas. Salomón no estaba destinado a vivir mucho. Surgió en el momento y país preciso, porque existían los condimentos filosóficos, sociales y culturales, pero a la vez se adelantó por lustros en la proyección de su mensaje.

Quedó como lo que fue: un símbolo para interpretar. Y como símbolo al fin, susceptible de tantas lecturas como personas lo apreciaran o lo aprecien, que vivas aún, están muchas de sus ideas.

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