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CARTIER-BRESSON EN LOS OJOS DE CUBA
Pedro de
la Hoz |
La Habana
Cuando Henri Cartier-Bresson llegó a La Habana en 1963,
traía más que una ilusión. Quería ver por sí mismo las
cosas que se contaban de una isla que rompía los
esquemas de las revoluciones que conocía. Era un
veterano en el oficio de captar con el lente los
momentos estelares de las grandes conmociones del siglo
XX.
Ante la noticia de su muerte el lunes dos de agosto de
este 2004, abrí las páginas de una revista Life
fechada el 15 de marzo de 1963. Fidel Castro ocupa la
portada en una foto en blanco y negro. El engañoso
gancho invita a penetrar en las páginas de la
publicación bajo el pretexto de que se ofrecía una
mirada de una isla cerrada a los ojos del mundo.
Adentro, en cada una de las imágenes, aflora otra
realidad: la de la apertura a un nuevo tipo de
relaciones sociales, a la escolarización de la población
más humilde, al diálogo entre los dirigentes de la
Revolución y sus protagonistas de fila. No hubo pie de
foto o apostilla acompañante que oscureciera el lenguaje
diáfano de los hechos. Cartier-Bresson, fiel a sí mismo,
a su magisterio, había reflejado en pocos instantes la
dimensión de una época de cambios. Más allá de la
voluntad de los editores de la revista norteamericana,
el gran artista francés contribuía a abrir a Cuba, a la
Cuba que había sobrevivido a la invasión de Playa Girón
y a los días estremecedores de la Crisis de Octubre, a
los ojos del mundo.
Desde entonces, y aún antes, Cuba también fijaba sus
ojos en la obra de Henri Cartier-Bresson. Alberto Korda
lo consideró, en más de una entrevista, como una fuente
de inspiración. Este cronista guarda la respuesta que le
ofreció Korda durante un largo viaje desde la Isla hacia
Italia en el verano del 2000 ante la pregunta: ¿Cuántas
veces no te habrán dicho que tu famosa foto del Che
obedece a la filosofía del instante decisivo de
Cartier-Bresson?: “Mucho —me respondió—, pero eso no me
menoscaba. Por el contrario, si cada fotógrafo tuviera
conciencia de la importancia de ese instante,
contaríamos con muchas más imágenes de momentos
definitorios de la historia de las que tenemos. Sí, el
olfato del instante decisivo fue el que me hizo
tomar la foto del Che en el sepelio de las víctimas de
La Coubre. Entonces no sabía que Bresson hubiera dicho
algo semejante, pero ya conocía sus obras maestras y me
di cuenta de que en ellas había mucha inspiración y
lucidez “.
Los maestros del fotoperiodismo cubano Osvaldo y Roberto
Salas, Liborio Noval, Mario Ferrer y Raúl Corrales
suelen volver una y otra vez sobre las imágenes de
Cartier-Bresson, al igual que hacen con las de Robert
Capa. Liborio comenta, particularmente, la imagen de
Fidel que abarca la portada de Life. Ejerce la
confrontación desde el privilegio de haber sido él uno
de los fotógrafos que registra una de las más intensas y
extensas iconografías de Fidel Castro: “Cartier-Bresson
sabía reflejar acción y personalidad, no retrató a Fidel
como un extraño, sino desde la complicidad de un testigo
cercano”.
Lo
increíble fue que tanto su acercamiento a los albores de
la construcción de una nueva sociedad en Cuba, como a
otros procesos revolucionarios de la pasada centuria,
los haya tratado de transmitir desde la óptica de
alguien que "nunca se ha sentido periodista" (aunque se
entregó profesional y vitalmente al oficio, como lo
demostró la fundación de la célebre agencia Magnum),
sino ciudadano que "toma notas", que utiliza las fotos
como otro llenaría cuadernos.
Tremenda “nota” seguirá siendo aquella en que captó a
Mahatma Gandhi casi una hora antes de que asesinaran al
líder indio, o la que fijó en la tumultuosa China de los
últimos días del Kuomintang y la conquista al poder de
los obreros y campesinos comandados por Mao Zedong.
Después de todo, como lo confesó más de una vez, se
calificaba a sí mismo, como un testigo de “la sucesión
de utopías”.
Un
decenio atrás, al ser entrevistado en Brasil, dijo: “Yo
no tengo nada que contar. Miro las cosas que me
sorprenden. Eso es puramente visual”.
Demos las gracias a una visualidad portentosa, la que
nos hace admirar la fotografía de Henri Cartier-Bresson
más allá de sus límites.
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