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Tocamos el techo, digan lo que digan
 
Por mucho que algunos estudiosos e investigadores del cine cubano discutan la validez y trascendencia de una década donde no todo lo que se produjo fue excelente, lo indiscutible es que muy pocos países subdesarrollados pueden contar, en solo una década, con una gestión fílmica tan sugestiva y alentadora como la generada en Cuba, desde 1961 hasta 1970.


Joel del Río| La Habana

Galería de imágenes del cine en los 60


Nací en el 63. Así que usted puede abandonar ahora mismo la lectura de este trabajo si es de los que piensa que no puedo hablar del cine en unos años que solo conocí, de veras, mucho después. Es cierto que he visto todas las películas que menciono muchos años después, en la Cinemateca, en los cines de arte y ensayo o en la televisión, pero una y mil veces he intentado, con bastante suerte, creo, reconstruir el mapa cultural de aquella Habana de bullente relieve, aquella capital donde se estrenaron, en el lapso de un lustro, las cinco películas que todavía hoy, casi cuarenta años después, continúan considerándose las mejores que ha producido el cine de este país: La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Aventuras de Juan Quinquín (1967), de Julio García Espinosa; Lucía (1968), de Humberto Solás; Memorias del subdesarrollo (1968, Tomás Gutiérrez Alea) y La primera carga al machete (1969, Manuel Octavio Gómez).
 


Memorias del subdesarrollo


Lucía

Esa misma ciudad le dio la bienvenida, en el plazo de unos pocos años, a un grupo de los artistas más progresistas, significativos e innovadores de un cine que, en todas las latitudes, se empeñaba en sacudirse todas las rémoras de academicismo y conformidad. Por aquí pasaron, y nos dejaron sus opiniones, e incluso parte de su obra, el fundador del neorrealismo italiano Cesare Zavattini; la célebre Vanesa Redgrave, en la época en que el free cinema, que ella animó en parte, sacudía los viejos telones del cine británico; el célebre documentalista holandés Joris Ivens, los soviéticos Roman Karmen y Mijail Kalatazov, que filmaron aquí sendas obras, sobre todo la rescatada y delirante Soy Cuba; los franceses puntales de la nueva ola Chris Marker y Agnes Varda; los polacos Andrzej Wajda y Beata Tyszkiewicz, quienes por cierto se enamoraron aquí mientras transcurría la Crisis de Octubre, y se negaron a abandonar el país a pesar de las amenazas inminentes de invasión.
 


Soy Cuba

Al interior del ICAIC se discutía de todas las cosas humanas bajo el sol, por lo menos de todas las que el cine podía retratar y documentar. Desde los primeros días de 1959, exactamente en marzo, se había iniciado una etapa de profunda renovación que abarcaba todos los géneros y aristas del séptimo arte, desde el documental épico (la primera modalidad que alcanzó categoría internacional mediante la obra de Santiago Álvarez) hasta el didáctico y el promocional, como la serie de Enciclopedia Popular, liderada por Octavio Cortázar, o el excelente Nosotros, la música (1963) de Rogelio París.

Pero los 60 no fueron, como a veces suele parecer por el enfoque estrecho de algunos nostálgicos, el tiempo de mirarnos el ombligo y crecer hacia adentro. Fue también la mejor época de la exhibición, junto con el decenio de los años 80. Basta repasar las selecciones de las mejores películas del año, según la crítica especializada, para descubrir algunos de los mejores títulos de los cineastas que dejaron su impronta en aquel período: Jean Luc Godard y Alain Resnais, Akira Kurosawa e Ingmar Bergman, Federico Fellini y Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski y Andrei Mijalkov Konchalovski…, en fin, la nómina casi completa de los títulos y cineastas más relevantes de un tiempo cuando se creía firmemente, no sin hermosas razones para la confianza, que el cine estaba alcanzando su esplendor en tanto se convertía en espejo que reflejaba hasta las huellas más sutiles del espíritu humano.

Cualquier espectador disfrutaba al unísono musicales y comedias checoslovacas y españolas, dramas norteamericanos y soviéticos, cine latinoamericano y asiático Semejante estado de apertura y espontánea renovación abarcaba el culto a Marilyn Monroe y Alfred Hitchcock (Cinemateca mediante) junto con los estrenos de Los paraguas de Cherburgo y Limonada Joe, cuyas melodías y escenas pasaron a formar parte del imaginario mitológico colectivo de varias generaciones.
 

El panorama cinematográfico cubano de la década prodigiosa no resulta completo (tampoco aspiro a ser exhaustivo) si no se menciona al menos la iniciativa de los cine móviles —proyectores en camiones llegaron a los más intrincados parajes de la Isla—, el espacio concedido a los mejores artistas plásticos, a través del afiche, y a un grupo importante de jóvenes músicos, mediante el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.

En todas las esferas del cine, es decir, la producción, distribución y exhibición, se soltaron amarras con el naciona
lismo estrecho —entendido como rumba, mulata y cocotero— para proponerse la ilustración de perfiles auténticamente nuestros, reconocibles en profundidad y apariencia, semblanzas singulares y al mismo tiempo inabarcables en su pluralidad. En el ICAIC, y en torno a sus márgenes, se juntaron el mágico don de convocar a los más distintos creadores y además, desde allí, se fundaron caminos inéditos, se levantó una escuela cuyo efecto irradió a toda la nación, sin dejar de reconocerse la tremenda diversidad de la cultura cubana. El 24 de marzo de 1959 se había publicado una ley que confirió nombre, plataforma y perspectivas a una institución que, cuarenta y cinco años después, se esfuerza por mantener vigentes aquellos presupuestos, desde el primer Por cuanto (“El cine es un arte”) hasta el último: “Es el cine el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística y de divulgación, y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas”.

Durante los años 60 las pantallas cubanas fueron puertas abiertas para descubrir las otras películas, las que no embrutecen, alienan, obnubilan, ni legitiman la tontería antiartística. Y en 1968, el año en que el mayo francés demandaba la imaginación al poder, y ocurría en Praga la primavera que polarizó aún más al mundo, nuestro cine alcanzaba su mayoría de edad y nos entregaba a un personaje que escrutaba el malecón con su catalejo, desentrañando las memorias inconclusas del pertinaz subdesarrollo. Y para comprenderlo, para sentirlo como si formara parte de uno, no importa haber nacido en el 63, en el 75 o en el 89. Es necesario solamente sentir como propias esas imágenes reflejadas por el espejo fiel de la pantalla, y por la cinta de nitrato de plata.
 

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