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La familia de los escarabajos 1924–2004:
Frank Kafka en su Aniversario Ochenta
Julio Pino |
Miami
El
pasado día
3 de junio se acaba de cumplir el
octogésimo aniversario del deceso del autor de La
metamorfosis,
ocurrido a sus cuarenta y un años,
víctima de la tuberculosis, en el sanatorio de Kierling
situado en las inmediaciones de Viena.
Cuando una figura de las letras o del pensamiento se nos
vuelve tan familiar, cuando ha logrado tocar los
resortes más escondidos de nuestra psicología
individual, de nuestras ansiedades y pesadillas más
íntimas, cuando su propio nombre se incorpora al
lenguaje habitual para que intentemos definir con él a
las acechanzas a que nos somete en nuestra vida el
absurdo, los aniversarios que se cumplen no suelen ser
otra cosa que meros pretextos para que sigamos
ejerciendo la reflexión sobre la condición humana.
Por la época en que André
Malraux publicó su famoso libro (La Condición
humana, 1933) alguien se le acercó para preguntarle:
“¿Y Ud. tuvo que viajar a China para saber qué era la
condición humana?”
La
literatura de Kafka, como la obra de Malraux, es la
vívida crónica de un viaje, de una aventura dirigida
hacia las regiones más alejadas de la razón triunfalista
de la civilización occidental y de los cotos donde se
asiste a la existencia habitual del hombre moderno.
André encontró al final de su viaje a un continente
milenario convulsionado por la violencia política; Frank
encontró en el suyo a un muchacho humillado, acuclillado
ante sus semejantes, dominado por el pavor de la
existencia. Malraux tuvo la pretensión de narrar, desde
los límites mismos que trazaba su soberbia plenitud
humana, todo lo que hay de impensado, de extraordinario
y no humanamente dicho, en los grandes procesos
libertarios del siglo XX; Frank solo logró narrar la
dolorosa historia personal de una condena. Porque lo que
hay de universal e imperecedero en la literatura de
Kafka es la crónica de su rotundo fracaso como hombre,
como atribulado ciudadano del siglo XX, y en el rigor de
su última apuesta ejercida siempre contra sí mismo:
ordenarle a su amigo más íntimo que incinerara todos sus
textos.
Pienso que la posteridad tiene mucho que agradecerle a
la deslealtad demostrada por Max Brod. El mundo no sería
lo que es si la obra de Frank Kafka no estuviera para
siempre entre nosotros.
Tengo un amigo que me afirma que en la ciudad de Nueva
York existe un escritor cubano que escribe cuentos sobre
un personaje que responde solo al lacónico nombre de “Frank”.
Es uno de esos cuentos, me narra mi amigo, Frank
despertó un día con una extraña e inusual sensación de
felicidad. Comenzó a caminar por toda su casa
comprobando con asombro su sosiego, su inesperada paz
espiritual. Llegó hasta la puerta de su propia
habitación, la abrió y miró hacia dentro de la estancia,
y se vio a sí mismo plácidamente echado sobre el lecho:
estaba dormido.
Frank Kafka preludia también entre nosotros el horror
casi metafísico que siente muchas veces el inmigrante
ante una tierra, una lengua y una cultura vividas
perennemente como ajenas. La que sería la pesadilla
social del inmigrante, como hijo bastardo de una
historia -—padecida hoy por millones de personas— la
cual marcará profundamente el rostro de por lo menos
dos siglos (el XX y el XXI), Frank lo vivió en su
propia persona en su triple condición de ciudadano de
una Checoslovaquia sojuzgada por el Imperio
Austro–Húngaro, de ser un judío en la diáspora y de ser
un escritor germano hablante localizado en un distrito
de la ciudad eslava de Praga.
A
esta triple condición se añade para Kafka una cuarta
alienación todavía más absurda, pues no pertenece a su
vida, sino a su futuro histórico inmediato el cual fue
kafkianamente padecido por todos los judíos de Europa:
los campos de exterminios nazis.
El
cúmulo de culpas históricas que le fueron atribuida a la
raza judía, por parte de la civilización cristiana,
encontró su consumación política en el holocausto de ese
pueblo y en la fatídica plasmación del delirio social de
otra raza: el III Reich de Adolfo Hitler. Pues cuando
nos ponemos a reflexionar sobre las grandes
persecuciones que a lo largo de los siglos sufrieron en
Occidente diferentes grupos sociales, podemos quizás
explicarnos la latente historicidad que habita en la
obra de Kafka. El horror que se entrevé en ese cosmos
literario no radica en el aparente hecho de que nos ha
abierto sin límites las puertas del desván de lo
imaginario, el caprichoso
underground de
nuestro subconsciente. Ya que los peligros de los que el
escritor checo nos advierte muchas veces se nos pueden
volver esencialmente reales: antisemitismo, sociedad
patriarcal, nacionalsocialismo, gerentocracia,
xenofobia, homofobia, irracionalismo colectivo,
esquizofrenia individual...
A
veces existen circunstancias históricas idóneas para que
lo imaginario pueda entremezclarse con el curso de los
acontecimientos sociales y el propio absurdo pueda
devenir, en consecuencia, Filosofía de Estado.
Dentro del marco de una aséptica anglo América y la
profunda discriminación que se puede sufrir aquí por
motivos raciales y económicos, ¿cuál es la suerte que
le depara el futuro a las comunidades hispanas que han
venido asentándose en EE.UU. desde principios del siglo
XIX? Y por otra parte el hambre, la enorme pobreza y
la violencia ciudadana que padecen muchos países de
América Latina y del Tercer Mundo, ¿no son acaso las
formas más grotescas y desalmadas de que revisten
socialmente la irracionalidad y el delirio?
Pero, no solo es en la periferia geográfica y económica
de nuestro bien amado Occidente donde nos acechan
incongruencias y rupturas que laceran profundamente a
nuestro propio sentido humanista y civilizador, ya que
su propio organismo social se encuentra enfermo. La
célula viva, representada por nuestra organización
familiar, revela serios síntomas de deterioro, y mucho
tejido ya ha muerto o está en vías de corromperse. El
personaje más patético de todas las literaturas —el
Gregorio Samsa de La metamorfosis— se tuvo que
convertir en un escarabajo, ante la vista de su familia
indolente, para demostrárnoslo por si acaso nos quedaban
dudas.
De lo anterior expuesto surge esta pregunta: ¿es Frank
Kafka un autor realista? Y si lo es, como si no lo es,
¿cuáles son los límites no rebasados que nos hacen
pensar a una obra literaria como realista?
Si
por un momento nos acercamos a la historia del arte,
veremos que el realismo de la antigüedad griega estaba
plagado de monstruos y el simbolismo figurativo
cristiano de la Edad Media de demonios. La batalla
contra lo informe es la tarea por antonomasia del
artista que busca imponer la forma en el mundo como la
expresión más acabada de la razón y la belleza. El
poeta latino Ovidio en Las metamorfosis ve en la
alteración morfológica que sufren las figuras que
pueblan la realidad del universo un proceso cósmico de
decantación que conduce a las formas humanas, animales y
vegetales hacia niveles superiores de expresión,
correlativas a un sentido superior de existencia
figurativa y de mayor equilibrio estético.
Sin embargo, las deformaciones que sufre en su lecho
Gregorio Samsa pueden entenderse como una progresiva
degradación de su condición humana; un desequilibrio
correlativo a la infelicidad del mundo, correlativo a la
enajenación de las relaciones afectivas y a la
alineación de nuestra conciencia.
Pero, no es que Kafka renuncie como artista a la forma y
a la belleza, lo que hace es proponérnosla
transustanciada hacia el polo opuesto de cómo la
entendía, en su momento, el Genio griego. Es decir, como
una belleza deformada y vuelta a formar por el
sufrimiento; heredera a su modo, por tanto, del
simbolismo cristiano y su humanismo figurativo. De esta
manera la figura y la historia de Gregorio Samsa se
encuentran mucho más cerca de la iconografía medieval y
de la patética expresión que tienen muchas veces los
rostros de los santos que de cualquiera de los héroes
paganos. El único héroe pagano que se le aproxima bajo
la forma de un dios Lar es Edipo, porque como él es
deforme y como él su sufrimiento y su destino se incuban
en el entresijo irresuelto por la cultura occidental de
la familia; en ese nudo gordiano, vinculado desde la
niñez a la identidad psicológica del sujeto, que es la
relación parental.
Por eso opino que es ocioso intentar llegar a la
comprensión de una obra de arte desde una definición
congelada de realismo. Creo
que todo arte verdadero es terreno y que existe,
incluso, una absoluta terrenalidad del pensamiento y del
hombre que lo ejerce. Los límites reales del arte son
fijados por la voluntad del artista, el cual para
atrapar la obra de su sensibilidad necesita darle una
forma, que aunque limitada y perecedera, pueda narrar la
batalla existencial de su genio contra aquello que aún
no acaba de cobrar forma. Por eso también pienso que no
es posible un arte perfecto, pues toda obra humana está
señalada desde el principio por los sangrantes jirones
de esa lucha.
Todos los personajes de Kafka portan consigo la dolorosa
huella física, o existencial, que ha ido dejando en
nosotros de un modo indeleble la modernidad capitalista.
En cierto sentido el capitalismo, como hoy lo conocemos,
es un largo “proceso”, una absurda “condena”, una
degradante “metamorfosis”; y el hombre de este mundo,
como el célebre personaje del agrimensor en su
implacable búsqueda de “El castillo”, se vuelve a
bifurcar en medio del camino que hay entre su pensar y
la existencia, entre su ida y el nunca jamás, entre su
llegada y el volver a empezar.
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