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CIFRADO DE MEMORIA*
 
Omar Valiño | La Habana


Miguel Bonasso duerme en el apartamento de su hija en la capital de México. En apariencia es una madrugada cualquiera, pero sueña con una persecución interminable. Pareciera que esta ciudad lo retrotrae, hasta en sueños, al tiempo de su exilio revolucionario. Y cómo no le va a suceder allí, si en ella fijó al fin, después de un intenso peregrinaje, su residencia por largos años, quien dedicó buena parte de su vida a la lucha frontal contra la dictadura argentina. Tantos fueron que siente también esta tierra como suya y hasta sus dos hijos se han quedado viviendo en ella.
 

Pero interpreta aquel sueño como la premonición de un hallazgo. Sin connotaciones mágicas, es que ha estado planificando visitar ese mismo día una casa donde fueron quedando varadas por mucho tiempo cajas llenas de papeles, libros y documentos de su “etapa mexicana”. Entre aquellas donde guarda los testimonios que le sirvieron para escribir Recuerdo de la muerte, salta un bolso en el cual aparece, camuflado, el Diario. Nada menos que, dice Bonasso, “las anotaciones caóticas que fui haciendo a lo largo de una década. La decisiva década de los 70. Los diez años de mi militancia en Montoneros: desde el encuadramiento hasta la ruptura”.

Al feliz azar de ese descubrimiento debemos un libro único: Diario de un clandestino, de Miguel Bonasso, Premio de narrativa José María Arguedas 2002, de la Casa de las Américas, y publicado el año pasado por el sello editorial de esa institución. Para situamos frente a sus páginas quemantes, Bonasso repasa, de manera rápida, quién es y de dónde viene antes de que comenzara a escribir con regularidad esas notas, exactamente en 1970, como si entonces se hubiera propuesto enmarcar con toda precisión la década siguiente.

Asistimos con él a su “traición de clase”: el abandono del mundo gerencial de las transnacionales y su inmersión definitiva en el periodismo. A las preguntas que se hizo ante el secuestro y la ejecución del general Aramburu, hechos que marcan el nacimiento de Montoneros, sin saber aún cuánto de su vida futura dependería de su unión a ese movimiento. A las seductoras conversaciones con amigos que lo van conquistando para la aventura montonera. A la febril redacción del diario La Opinión, cuyo equipo de lujo integra junto a Rodolfo Walsh, Juan Gelman y Paco Urondo (“otro poeta con olor a pólvora”), entre otros. A la entrevista “sin ritos iniciáticos” de la que sale comprometido con la organización.

Así se va tejiendo ante nosotros, en paralelo, un singular entramado: la conciencia de un hombre y el acontecer de un país. Miguel Bonasso ofrece sin ambages sus creencias y dudas, con la libertad de aquello que fue escrito en secreto, sin destino, casi como un diálogo consigo mismo, de lo cual resulta un impresionante testimonio personal. Que, además, tiene el inmenso valor de su singularidad pero, al mismo tiempo, expresa ciertas características “arquetípicas” del desarrollo de la lucha revolucionaria en similares circunstancias.

Y, como ya señalé, el libro es un panorama casi “diario” de la Argentina de los 70, además de un ensayo eficaz para entender el peronismo. La lucha popular por la vuelta de Juan Domingo Perón, el significado de esta figura y su proyecto en la modernidad del país austral, las disputas de diversos grupos y personalidades en torno a él. Su primer regreso, la opción camporista, las esporádicas “erupciones” de las fuerzas represivas como expresión de las tensiones en todos los ámbitos de la sociedad...

Sobre todo ello tenemos la aguda mirada de Miguel, envuelto en las turbulencias de la participación directa en los acontecimientos, mas con la ventaja de no ser un “capo”, sino más bien un “soldado” fisgón que puede guardar la adecuada distancia para contarnos. A principios de 1973 es convocado para dirigir la secretaría de prensa de la campaña que llevará al poder a Héctor Cámpora, hecho determinante en el retorno definitivo de Perón. Por esa época nos dice: “Puedo confiarlo sin rubor a la intimidad del Diario: la felicidad existe. Creo que este es el momento más feliz de mi vida. En el que coinciden la dicha personal que me proporciona la relación con mi mujer y mis hijos y la sensación inigualable de participar en un proyecto colectivo de real significación histórica.” Define un concepto: el bienestar resultante del balance entre lo individual y lo colectivo, afirma un compromiso que vuelve a enunciar hasta con la decisión de publicar esas notas íntimas veinte años después del primer apunte, cuando no está de moda en lo más mínimo ese concepto. Ya lo sabemos: la felicidad del siglo XXI se inclina por la absolutización de un polo hasta volcarse en un feroz individualismo.

Bonasso disfruta con altisonancia la victoria del “Tío”, y con amargura asiste a la vuelta de un General recostado en la derecha. Funda Noticias, un diario de la “Orga”. Repiten con él Walsh, Paco Urondo y Gelman. Su compromiso con Montoneros crece. Realiza preparación militar y participa en más altos niveles de dirección dentro del movimiento. En ese tiempo se produce entre la Juventud Peronista y el Viejo una clara ruptura, que solo puede “salvar” poco después la muerte de Perón. Sobre esta apunta: “sentimos que el viejo guacho al que habíamos amado y odiado como se ama y odia a un padre, se llevaba nuestra propia juventud a la cripta. Supimos que venían tiempos difíciles...”

De hecho representa para él y su familia el pase a una semiclandestinidad. Es agosto del 74 Y las amenazas sobre su vida se reiteran. Una bomba estalla frente a su casa, aunque ya se habían mudado de allí. Pocos días después el gobierno de Isabel Perón clausura Noticias. Algo más tarde el uno de Montoneros, Pepe Firmenich, anuncia el pase a la clandestinidad de la organización y todos sus frentes.

Bonasso sale del país con la familia para visitar a sus padres, pero en Ginebra recibe orden de reingresar clandestino a la Argentina. Pasa en La Habana un tiempo muerto y finalmente retorna a finales de 1975 con Silvia y los niños. Otra vez su esposa le otorga su apoyo incondicional. “No soy monja, pero soy católica”, le dice.

El 24 de marzo de 1976 se produce el golpe militar. La vida arrecia. Cualquier desliz puede terminar con ella. Vienen entonces las páginas más tensas y ricas de Diario de un clandestino. El peligro por todas partes, las asechanzas de milicos y vecinos, el sumo cuidado aun cuando la calle Corrientes parezca normal si no fuera por los dos tenebrosos Ford Falcon que aguardan en una esquina. Un día, creyendo que vienen por él, Miguel se pregunta: “¿Qué me espera en ese futuro inminente: un héroe, un mártir, un cobarde, un traidor?”

Ese rostro terrible tiene su contrapeso en la solidaridad. El médico y los maestros de los hijos, algún familiar, apartándose de cualquier diferencia política, mantienen su decisivo apoyo bajo enormes riesgos. Es hermoso comprobar cómo, a pesar de las constantes noticias de compañeros asesinados o secuestrados (entre ellos sus entrañables Urondo y Walsh), hasta en las más indescriptibles situaciones fluyen siempre resquicios de vida. Ninguna como la convivencia bajo el mismo techo con el Missi, un muchachón de quien desconocerán su verdadera identidad (como él las suyas) hasta que, ya fuera de Argentina ellos, sabrán de su muerte en combate. Registrar ese pulso es quizás el resplandor distintivo y definitivo de este Diario.

Para ellos, en carne propia, la acendrada pesadilla dura un año. En abril del 77 salen clandestinamente del país pasando entre las fauces del tigre. Bonasso recibe encomiendas, sucesivamente, en el área de las relaciones internacionales y la prensa del Movimiento Peronista Montonero. Ello le obligará a viajar, como dije al principio de esta nota, por buena parte del mundo. Asistirá como protagonista y testigo privilegiado a las discusiones y enfrentamientos en el seno de la organización, las cuales van produciendo sucesivos cismas, incluyendo el de su ruptura personal en 1980. El centro del debate lo constituía, sazonado por querellas privadas y cuestionamientos al liderato, el camino a seguir por el movimiento: si de corte militarista o de fomento de la política de masas.

Las interrogantes derivadas de tal polémica, al igual que otras, quedan sin respuestas explícitas en el libro porque el autor no es un apasionado de las explicaciones y los adoctrinamientos. Deja más bien que hablen los hechos, sus relaciones y encadenamientos. Claro que hay ideas, muchas, pero del mismo modo que, anotando a cada instante en el Diario, parece conversar con su alter ego, así nos propone dialogar con él. De tal manera, ofrece al lector un trabajo fértil, siempre facilitado, sin embargo, por el oficio literario del gran periodista que es Bonasso, quien jamás pierde el hilo de una “narración” no exenta de suspenso y humor, citas cultas y frases populares, densa y amena a un mismo tiempo, de la cual podemos entresacar, además, una expresión de “lo argentino”. Vivaz ejemplo de una literatura que desafía los moldes de su género, que a menudo se han considerado estrechos, sobre todo, si se cuenta desde la perspectiva de la izquierda. Así como en su vida Miguel se burla de la rigidez de la “ideología de las costumbres” para el militante revolucionario, también aplica esa norma en su ejercicio profesional más caro y duradero.

Al final de Diario de un clandestino, Bonasso refleja los heroicos actos de Tucho Valenzuela y Jaime Dri, en las postrimerías de los 70. El primero fue capaz de desarmar, al costo de la vida de su compañera y la desaparición de los hijos gemelos que ella llevaba en el vientre, una operación del ejército para asesinar en México a la Conducción de Montoneros. El segundo escapó de la tristemente célebre Escuela Superior de Mecánica de la Armada, un símbolo de la represión militar argentina. Cuando Miguel cierra las notas del Diario con “La última cena”, la reunión que marca su despedida del movimiento, le dice a Dri: “Pelado, tenemos que ponernos a trabajar en el libro sobre la ESMA.”

Ese libro, sencillamente excepcional, es Recuerdo de la muerte1, publicado en 1984, a poco de cerrarse el capítulo de la dictadura, y en el cual se cuenta con toda amplitud las aventuras de Tucho y el Pelado Dri. Magnífico ejemplo de la literatura de no ficción, es un testimonio emblemático, a fin de cuentas, sobre la vida y la muerte, el tema de toda gran literatura. Si traigo hasta aquí su remembranza es porque Recuerdo..., aunque salido antes a la luz, deviene no solo la continuación del proceso literario iniciado con Diario de un clandestino, sino la consecuente afirmación revolucionaria de Miguel Bonasso. Para él, su último paso con la organización montonera no significó una ruptura con sus ideales políticos y profesionales. Cerraba una determinada pertenencia, mas seguro de su militancia vital, pensaba ya en la próxima acción, no por literaria menos eficaz. De ahí nace su optimismo, objetivo, asaeteado de convenientes dudas.

No debemos asombrarnos: sus firmes ideas y sentimientos están ya en ese instante inscritos, certificados en papel. Bonasso no puede traicionarlos y no lo ha hecho, no lo hará, como sí algunos de sus compañeros de entonces, incluyendo parte de los líderes de Montoneros, cruenta página que despide Recuerdo de la muerte.

Por eso puede rescatar del olvido el Diario, escondido simbólicamente entre los originales de Recuerdo..., y entregárnoslo como mucho más que una visión personal. Nombrar su utilidad para entender la Argentina de hoyes poco; Diario de un clandestino testimonia los avatares, la aventura del ser humano por la vida propia y la “ajena”. Pero es, sin duda, para felicidad de aquellos que creemos en su causa, el cifrado de memoria de un hombre concreto. 

Notas:

* Miguel Bonasso: Diario de un clandestino, La Habana, Casa de las Américas, 2002. Premio de Narrativa José María Arguedas. (1ra. ed., Buenos Aires, Grupo Editorial Planeta, 2000.)
1- Miguel Bonnasso: Recuerdo de la muerte, México, D.F., Era, 1984; y La Habana, Editorial Arte y Literatura, 2002.

Tomado de: Casa de las Américas. Nº 232, julio - septiembre 2003.
 

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