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El cuento de La Jiribilla

CERDOS O PERROS AMAESTRADOS PARA ENCONTRAR TRUFAS
 

Humberto Arenal


Digo yo: Pucho me llamó para decirme que pescó un emperador así de grande. ¿De cuánto?, dice Emelina. Digo yo: bueno, como de unas cincuenta libras o más, creo yo. ¿De cincuenta libras, estás segura?, dice Emelina. Bueno, más o menos, digo yo; eso dice él, eso dice Pucho. Entonces, ¿cuánto pide por él?, dice Emelina. Digo yo: él dice, Pucho dice que, vaya, por menos de sesenta pesos no lo da. Está caro, dice Emelina. Está caro, la verdad. ¿Caro?, digo yo, tú estás loca, muchacha, mira que decir... Entonces dice Emelina: mamá, está caro, la verdad, se está aprovechando de ti, esa es la verdad. Pucho es muy carero, siempre ha sido muy carero. Digo yo: mira, muchacha, como están las cosas no está caro nada, sabes. Todo está por los cielos. Yo conozco a Pucho no se sabe ni desde cuándo, desde que tu padre trabajaba en la Shell o antes y siempre me ha vendido a un buen precio. Como están las cosas no sé cómo tú dices, la verdad. Entonces dice Emelina: acuérdate, acuérdate de aquella rabirrubia podrida que nos vendió, acuérdate, aquella vez que desde que entró yo dije o alguien dijo no me acuerdo que estaba podrida, acuérdate. Digo yo: fue descuido de María Pepa, de María Pepa, digo yo. Dice Emelina: la verdad es que estaba podrida, mamá. No le des más vueltas. Que sí, estaba podrida, dice Emelina. Que no, digo yo. Que sí, dice Emelina. Que no. Que sí. Que no. Que sí. Hasta que entonces le digo yo que está bueno ya. Ya hemos hablado mucho de esto, digo yo. Está bien, dice Emelina, vamos a dejarlo ahí. Pero la verdad que está caro. ¡Qué condenación todo!, digo yo. Mira, chica, digo, ¿lo compramos o no lo compramos? Está bueno ya, tengo que contestarle esta misma tarde a Pucho, que está esperando por mí. Él se lo puede vender a cualquiera, ¿sabes? Como tú comprenderás, compradores no le van a faltar. Ahora la gente se pasa la vida pidiéndole que si Pucho consígueme un pargo, que si Pucho consígueme un serrucho, que si esto que si lo otro. Él vino y me dijo: Señora, a usted primero que a nadie. A quién mejor que a usted que la conozco y quiero servir. Tengo que preguntarle a Ismael, dice Emelina. Está bien, digo yo. Tu hermano Jorge está de acuerdo en que lo compremos. Dice Emelina: podemos llamar a María Luisa para compartirlo. Y digo yo: No, no, no. No tienes que llamar a nadie. La cosa es entre nosotros. Ustedes, Arturo y yo. ¿Arturo?, dice Emelina. ¿Arturo también? Sí, digo yo. Entonces Emelina me dice que me contestará a la hora del almuerzo. ¿Y Arturo, y el dinero de Arturo?, dice ella. Digo yo: el dinero de Arturo lo pongo yo.

Pucho lo trajo y ella lo midió con un centímetro. De la cabeza a la cola medía un metro y sesenta centímetros exactamente. Como él le había dicho, pesaba más de cincuenta libras. Exactamente cincuenta y tres libras. Ella se sintió contenta. Lo colgó en la cocina y llamó a su primo Arturo. Arturo dijo que se sentía bien. Arturo había sufrido dos infartos cardíacos y apenas salía de su casa. Para las salidas excepcionales que hacía tenía un Rolls Royce y un chofer. Ella le pidió que viniera. Era algo importante. Arturo dijo que iría. Se sentó frente al emperador a mirarlo y a sonreír. Hacía tiempo que no sonreía. Ahora se sentía satisfecha. Se sentía como antes cuando su marido vivía y traía pescados los sábados al mediodía o los domingos por la mañana. Grandes pargos o rabirrubias o chernas o meros o emperadores, como éste. Desde que había muerto su marido tres años antes no había comprado más pescado. Pucho había venido otras veces y no se había decidido a comprarle nada. Ahora sentía como si su marido estuviera allí. Pensó que era quizás una buena manera de recordarlo, de no olvidarlo, sobre todo. Siempre temía que con el tiempo lo fuera a olvidar. Quizás por eso lo había comprado ahora y quería esmerarse al prepararlo. Le parecía que a él le hubiera gustado que lo hiciera.

Él vendría y le diría:

—Bilina, qué lindo pescado —y le echaría un brazo por los hombros.

Ella lo miraría y sonreiría.

—Cómo no.

Ella sentiría su mano caliente en un hombro y después diría:

—Lo compré para ti. Si tú no hubieras estado no lo hubiera comprado. Lo he comprado especialmente para ti.

Cuando Arturo llegó lo llevó a la cocina y se lo mostró, sin decirle lo que era.

—Ahí lo tienes —lo señaló con la mano y echó la cabeza hacia atrás. Sonrió.

Arturo también sonrió.

—¿Te gusta, de verdad que te gusta?

—Un emperador, un señor emperador.

Se puso las manos en la cintura, se acercó y lo miró con minuciosidad, lo olió, lo tocó varias veces con el dedo índice de la mano derecha. Se alejó. La miró a ella.

—Qué lindo está —dijo—, está entero, está precioso. Te felicito.

—Está bueno, ¿eh? —sonrió con modestia. Bajó un poco la cabeza.

—Insuperable. Has hecho una gran compra, una gran compra —tenía las piernas largas y comenzó a dar grandes zancadas frente a ella, describiendo dos veces un triángulo. Era viejo, la mujer lo sabía, estaba enfermo, ella también lo sabía, pero cuando se animaba parecía un hombre joven. Ahora le parecía joven otra vez. Cuando iban a veranear a Varadero y ella lo veía nadar, remar y jugar al tennis. O cuando la visitaba en La Habana, en esta misma casa de la calle seis en el Vedado, o en la otra casa de la calle diecisiete, donde habían nacido sus tres hijos. Arturo había jugado siempre al tennis y acostumbraba visitarla por las tardes vestido con una camisa blanca, pantalón de franela crema y zapatos blancos de tennis. Traía la raqueta en la mano derecha y el envase cilíndrico de tres pelotas en la izquierda.

El hombre dejó de caminar. Se le acercó, ahora jadeaba un poco al hablar.

—Hay que tratarlo como lo que es: como un emperador. Me has hecho salir de mi cueva para algo que vale la pena. La verdad.

Rieron. Rieron en voz alta y después se sentaron frente al pescado, que parecía mirarlos con recelo con su ojo gelatinoso y plateado. Arturo dijo que había que cocinarlo de una manera especial. Juntos conseguirían los ingredientes. Él le diría cómo. Tenía que dejarlo tal como estaba. No debía cortarlo ni seccionarlo de ninguna manera, para cocinarlo entero en el horno. A ella le preocupaba dónde lo guardaría. No conocía a nadie que pudiera conservar en frío aquel pescado tan grande.

—Lo guardas aquí mismo en tu refrigerador —dijo Arturo—. Le sacas las tripas y lo metes dentro.

—¿Dentro, dentro del refrigerador, así entero? No cabe.

—Le quitas todos los entrepaños y sacas todo lo que hay dentro y ya.

—No sé... ¿Tú crees? Tantas molestias.

—Vale la pena. Es un pescado muy hermoso. Un señor emperador —volvió a sonreír, se puso de pie.

Estaba animado, locuaz, alegre, entusiasmado. Hacía tiempo que no lo veía así. Volvió a recordar cuando venía a visitarla después de jugar tennis.

—¿Y qué dirá María Pepa?

—¿Qué va a decir, hija?

—Tú sabes cómo es ella. No le gusta que se le meta nadie en la cocina. A Pepe era al único que se lo permitía.

—Olvídate de María Pepa, ustedes le han dado demasiada importancia a esa mujer.

—Es muy leal. Tiene su carácter, eso sí.

—No es más que una criada, ustedes la han malcriado mucho.

Volvió a decir que era muy leal.

—Pepe la quería mucho y ella a él. Eso sí.

Sonrió.

—Le decía a Pepe el caballerazo.

—¿El caballerazo?

—Sí.

—Qué barbaridad. Si yo te digo, esa mujer está loca. Está loca sin remedio.

—Es una mujer muy extraña, es verdad, pero es muy buena. Tiene muy buen corazón. Quiere mucho a los animales. Quisiera que la vieras cómo se pone con Niño Lindo.

—¿El perro de Cucú?

—Sí. Desde que la niña se fue para el Norte se ha hecho cargo de él. Lo quiere como a un hijo. Le ha puesto su apellido y todo. Niño Lindo Oliver. Lo quería apuntar en la libreta de la comida y todo. La tuve que aguantar porque si no... Es capaz de buscarme un problema con el Comité y todo. La mujer que estaba chequeando las libretas le preguntó: ¿Y es hijo suyo?, y ella le dijo: ¿Usted me ve a mí cara de perro? Por poco la coge de atrás para alante —rió mirando el cielo raso. No le gustaba reír. Ahora la risa le volvía como si la casa estuviera totalmente vacía, como si fuera la única persona que vivía en la casa.

—Qué barbaridad —dijo el hombre—, si yo te digo a ti...

Se quedaron en silencio. El hombre se había sentado un momento antes, mientras la mujer hablaba. Ahora estaba serio y jadeaba. La mujer miró al suelo, con las manos entrelazadas y puestas en los muslos, con el tronco inclinado hacia delante. El hombre se llevó la mano derecha al pecho. La mujer lo miró.

—¿Te sientes mal?

—Un poco. No me puedo ajetrear.

—Vete, vete ya. No sea que te vayas a sentir peor. Perdóname que te haya hecho venir hasta aquí.

Él se puso en pie, ella también.

—Tienes que esmerarte con ese emperador. Está precioso, la verdad. ¿Cómo lo vas a hacer?

—No sé. ¿Cómo tú crees?

Caminó hasta la puerta de la calle.

—Creo que la mejor manera es a la Jardinera, a la Gran Jardinera. Ahora es difícil hacerlo, pero ese peje lo merece. Yo te ayudo a buscar los ingredientes.

PESCADO A LA GRAN JARDINERA

Se escamará, limpiará y lavará muy bien un pez de 10,20 libras o más. Se pondrá en la tártara suficiente cantidad de aceite o manteca, una libra de carne de ternera cortada en pedacitos. Un cuarto de libra de tocineta fresca, una copa de vino de Jerez y un poco de harina de castilla. Se cocina a fuego lento hasta que la carne esté casi triturada y se revuelve constantemente; la carne y la tocineta se pasan por un tamiz, exprimiendo bien para que suelten la sustancia en la salsa.

Digo yo: disponte a coger una guagua, espérate que te espera la veintidós y no llega la desgraciada guagua, qué desesperación con las condenadas guaguas, digo yo, pasa una llena y no para y yo digo ahora a esperar la otra; digo yo: paciencia, qué vamos a hacer, pasa otra que no va tan llena y no para tampoco, qué es esto mi madre, digo yo, todavía me lleno de paciencia y espero; después de un rato alguien me dice que cambiaron de esquina la parada, que ahora está en diez, en diez ahora, digo yo; camino hasta diez y espero, cojo la veintidós que viene también llena hasta el tope hasta el mismo tope, me meto como quiera que sea, digo yo: me meto como sea, en cuatro patas, como sea, el caso es llegar a Marianao, digo yo; me encuentro a Flora en la guagua ella allá al fondo y yo aquí al lado del chofer, está más sorda que nunca no le entiendo nada, lo que se llama nada, me habla a gritos que si Jorge ahora está viviendo en Miami y que si está muy bien y que si se va a comprar una casa, una casa creo que dijo, y que si tiene una máquina nueva o algo así, no sé la verdad porque estoy muy aturdida por el calor y por la gente y no le oigo nada, lo que se llama nada, y ella en la luna de Valencia sin mirarme a derechas sin darse cuenta de nada, yo le digo que no la oigo bien que se acerque que se acerque y ella nada, diciéndome ¿eh? y se pone la mano derecha en el oído, le hago señas que se acerque y nada, por fin logro pasar y me le acerco y le digo yo bajito que voy a Marianao a buscar unos ingredientes y entonces ella me grita que qué parientes ¿alguien enfermo? me dice y digo yo que ningún pariente que nada de enfermos que ingredientes ingre-dien-tes para un emperador y ella me pregunta gritando ¿ingredientes para un emperador? poniendo una cara de asombro tremenda y yo le digo que sí con la cabeza y ella me pregunta otra vez ¿INGREDIENTES? todavía más alto que antes y digo yo trágame tierra porque todo el mundo nos está mirando y nos está oyendo especialmente un miliciano de boina verde y todo que va delante de nosotras y que no me quita la vista de encima, tú verás que voy a ir a parar a la Cabaña digo yo y Flora se queda como una idiota esperando que le conteste algo y entonces yo por decir algo le pregunto por Florentino y ella me dice que muy mejorcito aunque después me dice que tiene algo en la vista, catarata o algo y que se está quedando medio ciego y que tiene el corazón muy mal y que tiene algo en la próstata un tumor o algo y que no lo pueden operar porque tiene el azúcar alta o algo no sé y me digo yo ¿de qué estará mejorcito entonces? entonces me doy cuenta que estoy llegando allá al Crucero de la Playa y entonces me despido y ella me grita que cuándo voy por allá por su casa, pronto, pronto le digo y empujo para llegar a la puerta porque la guagua estaba ya arrancando y yo gritando: esperen, esperen que yo me bajo y yo quería llegar a esa dirección en Marianao para buscar un poco de aceite Sensat español y una botella de vino de Jerez y pensando que tenía que conseguir la tocineta porque si no no quedaba bien el emperador y el sol pegado a mi espalda porque ya eran como las doce del día y resultó que era un negro dulcero un viejo dulcero que yo conocía del Cerro aunque no tenía aceite ni Jerez ni nada sino unos limones de una mata que tenía allí mismo en el patio de su casa.

Aparte se tiene pasado por un colador el zumo de treinta tomates cocinados, una taza de aceite de oliva, dos cebollas pasadas por máquina, perejil bien picado, un diente de ajo machacado, pimienta en polvo, un poco de nuez moscada, espárragos partidos, champiñones, trufas picadas, petit-pois, sal y el zumo de uno o dos limones; esta preparación se une a la anterior. Se coloca la salsa en la pescadera, pero teniendo cuidado de no echar las trufas, champiñones, espárragos, petit-pois, etcétera, etcétera, etcétera.

—Señora Julia, hay que cocinar ese pescado. Me tiene cogida toda la cocina.

María Pepa se quejó porque el pescado ocupó todo el espacio del refrigerador. La mujer quitó todas las divisiones y lo colocó en diagonal, ocupando todo el espacio. Las papas se podrían, los tomates también. Los ajíes, los ajos, las cebollas, los limones, estaban dispersos por toda la cocina. Algunas de las papas hubo que botarlas y los tomates también.

—Me tiene loca el olor de ese pescado, señora. Es horrible, no lo aguanto. Yo creo que huele un poco mal, me parece que se está pudriendo. Niño Lindo se acerca, lo huele y sale despavorido. Él sabe, los animalitos saben.

—Cállese, María Pepa, cállese ya. No está podrido nada. Es un emperador precioso. Como le gustaba a Pepe.

—No sé, señora, no sé. A mí no me huele bien. El caballerazo...

Se pone el pescado en la pescadera y se cubre con todo el resto de la salsa y se cocina a fuego

Entonces el chofer dice que él era maestro antes y que ahora ya lo veo y yo digo: la vida, la vida usted sabe nadie sabe para quién trabaja, mi marido me criticaba que yo siempre quería ahorrar y ahora creo que tenía la razón; la vida es un carajo dice el chofer y perdone usted señora la expresión grosera pero es que, y entonces digo yo: a él le gustaba disfrutar de lo que tenía y compartirlo con los demás, era un hombre bueno muy bueno, digo yo, demasiado bueno y dice el chofer: no se puede ser así, la gente perdone usted, dice el chofer, la gente es un carajo y perdone usted señora la expresión grosera; yo la verdad, digo yo, él no era casasolo, eso sí, todo era para su familia y hasta para sus amigos, se pasó la vida trabajando para los demás: para su madre, para sus hermanos, para sus tías, se pasaba la vida dando, esto del pescado me remuerde la conciencia pero en parte lo hago por él, cómo le gustaba a él un pescado grande asado al horno, mi primo Arturo me recomendó que lo hiciera a la Gran Jardinera, por eso estoy buscando aceite Sensat y vino de Jerez; el chofer dice que si no lo encontramos en Arroyo Apolo podemos ir a Mantilla a ver a una mujer que él conoce que tiene aceite español y vino y espárragos ¿espárragos también? digo yo; cuando menos dice el hombre, yo se lo encuentro no se ocupe usted señora, en el Cerro, en Miramar, donde sea, hay que ayudarse en estas cosas; está bien digo yo, como el hombre tiene cara de buena persona creo que puedo confiar en él.

...y al servir se ponen por encima rebanadas de huevos duros, pepinos y cebollitas en encurtido, y las trufas, champiñones, etcétera, y el resto de la salsa se debe cuajar con un poco de pan rallado.

—Mamá no está bien, yo te digo —dice la mujer.

—Es lo de papá —dice el hombre.

—Yo se lo he dicho, tú sabes, yo soy muy fuerte con ella para ver si reacciona, yo se lo he dicho: si tú te sientes así suicídate, chica, suicídate y ya está. ¿Por qué no lo haces? La verdad es que ella es más mujer que madre, ¿sabes? Ahora me doy cuenta yo de esto.

—No debes hablarle así.

—Es para que reaccione.

—Así no va a reaccionar. La estás maltratando.

La mujer lo mira.

—Ahora esto del chofer. Cuando me llamó hoy yo dije, ah, esto es el colmo, yo llamo a Jorge. La llevó por toda La Habana y le cobró veinticinco pesos, veinticinco pesos que tuve que pagar yo porque ella había comprado aceite y vino y no sé qué más. Se gastó hasta el último quilo porque quiere hacer ese pescado, ya tú sabes. Tienes que ayudarme.

—Yo no tengo un quilo. Tú sabes que no tengo nada, estoy sin trabajo. Estoy aguantando lo poco que tengo hasta que me vaya.

—Y hasta que tú te vayas para Miami...

—Para Nueva York.

—Para Nueva York o donde sea, yo tengo que hacerme cargo de todo. Eso no va, ¿sabes? Tú y Mirta se van y yo que cargue con todo. Eso no va.

—Yo no inventé lo del pescado, eso es cosa de ustedes.

—Es cosa de mamá.

—Allá ustedes.

—¿Por qué no le dices eso a mamá? Tú siempre eres el hijo bueno y noble y yo soy la mala. Pero yo me quedo con mamá y tú y la otra se largan.

—Tú y tu marido son revolucionarios. Yo les dejo esto, con emperador y todo.

Con calma, no, primero, más bien con lentitud, quizás con pereza, pero no con calma, ni con tranquilidad, ni con sosiego; y después, un poco después, comenzó a moverse más aprisa, con menos reposo, con menos sosiego, con menos placidez. En verdad, el hombre lo sabía mejor que nadie, siempre estuvo inquieto, o tal vez no inquieto pero sí disgustado y molesto desde el momento que la mujer le contó que había gastado veinticinco pesos en una máquina buscando por toda La Habana aceite Sensat y vino de Jerez y champiñones y espárragos y solo había conseguido en Mantilla una botellita de vino de Jerez que le había costado diez pesos y que el aceite que había comprado era español pero no Sensat y que la latica de champiñones no estaba en buen estado. La mujer había estado llorando y él le había dicho hacía un momento que la ayudaría. Había llamado a Jaime, el chofer, y le había dicho que viniera a buscar el Rolls Royce y que lo engrasara, le echara gasolina, les echara aire a las gomas y aceite al motor y que después viniera a buscarlo. Caminaba del teléfono a la mesa que estaba enfrente, exactamente a tres pasos uno de la otra, pensando en los amigos o los conocidos que iba a visitar. A Ramón en Miramar y a Cristina en la Habana Vieja, y a Sigifredo en la Víbora y a Juan en la calle Ánimas. Quizás ellos tuvieran las trufas o los espárragos o el aceite Sensat o supieran de alguien que los tuviera. Eran tiempos difíciles y él tenía que ayudar a Julia, que siempre había sido como una hermana. Subió las escaleras más aprisa que de costumbre, y cuando llegó al final jadeaba más que de costumbre. Su mujer estaba en la habitación cuando él entró y lo notó. Le dijo que iba a salir. La mujer notó que jadeaba y le dijo que no debía agitarse. Tenía que ayudar a Julia a encontrar los ingredientes, dijo él. Se sentía bien. Tenía que hacerlo, por ella y por los demás. La mujer no sabía en realidad a quiénes se refería pero repitió que no debía agitarse. La mandó sacar el traje azul de casimir, los zapatos negros de charol, la camisa blanca de hilo irlandés, las medias de seda y la corbata roja de piqué. Se dio un baño y se afeitó. Cuando estaba terminando de afeitarse sintió el primer dolor en el pecho. Cerró los ojos y se llevó la mano derecha al centro del pecho. Respiró lento y profundo y el dolor casi desapareció. Fue al botiquín y extrajo un pomo pequeño y cogió una pildorita blanca y la tomó. Fue a la habitación y se vistió. Cuando bajaba la escalera volvió a sentir dolor pero no se llevó la mano al pecho porque su mujer venía subiendo. Le dijo que pasaría toda la tarde fuera y le preguntó que si había llegado Jaime. Jaime no había llegado. Fue al jardín y se puso a mirar las flores. Ya no cuidaba personalmente del jardín y no estaba tan esmerado como antes. Se acercó y tomó una rosa y se la puso en el ojal del saco. Fue hasta la verja y miró hacia la esquina y volvió junto a la misma mata de rosas. Volvió a la verja. La abrió y salió a la acera. Caminó hasta la esquina. Volvió junto a la verja y comenzó a caminar hasta la esquina. A la mitad del camino sintió el dolor en el pecho. Quizás esto fuera lo último que recordaba. Entonces Jaime apareció en la esquina. La mujer, también en ese instante, ni antes ni después, apareció en la acera y lo vio tendido.

Estaba en el centro de la cocina mirando el refrigerador. Desde donde estaba, que no era cerca, percibía la peste, pero quería abrirlo para demostrarle a la señora Julia el estado en que estaba el pescado. Un momento antes se lo había dicho y la mujer le había gritado que la dejara tranquila. El pescado no estaba podrido. No había peste en la casa. Era una excusa de ella para no ayudarla. Ella lo cocinaría sola. La mujer estaba sentada en la sala, o en la terraza, la otra no lo sabía bien entonces, con los ojos cerrados y un pañuelo empapado en alcohol porque tenía una fuerte jaqueca. Alguien tocó el timbre de la puerta y la otra fue a abrir. Se acercó y la tocó en el hombro. Le dijo que alguien, el vecino de al lado, tenía que hablar con ella. La mujer no contestó. La otra volvió a tocarle el hombro. La mujer abrió los ojos.

—¿Qué pasa ahora, María?

Cuando le decía María la otra sabía que estaba de mal humor.

—Es el joven ese de al lado, señora, que quiere verla.

Volvió a cerrar los ojos.

—¿Qué quiere?

—No sé.

—Dile que no estoy.

—Es para lo del pescado, señora.

Abrió los ojos.

—¿Qué pasa con el pescado?

La otra contrajo el labio inferior y cruzó los brazos.

—Vaya, dice el muchacho ese... Mire, señora —había abierto las piernas y comenzó a bambolearse—, hable usted con él. Ya estoy cansada de esto.

—Yo no tengo que hablar con nadie.

La otra comenzó a caminar.

—Allá usted y él, pero la verdad es que no hay quien aguante la peste. Esa es la verdad —cuando terminó de hablar ya estaba llegando a la cocina, que estaba a tres o cuatro metros.

La que estaba sentada se puso en pie. Ahora caminó aprisa. Desde la cocina la otra oía la voz grave y monótona del hombre y la voz ahora aguda y nerviosa de la mujer sin poder percibir en detalle la conversación. Solo oyó cuando la mujer comenzó a gritar:

—¡No hay peste, no hay peste!

Se quedó en la cocina, calentando en una lata el café que había hecho para el almuerzo.

Sintió los pasos de la mujer y la vio cuando llegó a la puerta, pero no volvió la cabeza.

—No sé para qué tuvo que llamarme, María. Ese estúpido me ha aumentado el dolor de cabeza. Consígame una aspirina.

Cuando se volvió la otra le dijo:

—Señora —la estaba mirando, con la latica de café en la mano derecha y la izquierda apoyada en la cintura—. La verdad es que no hay quien aguante eso. La peste es horrible —caminó hasta el refrigerador y abrió la puerta—, mire esto, mire cómo está el pescado este.

El pescado estaba ahora partido en pedazos y caído en un rincón.

La mujer no lo veía desde donde estaba y comenzó a gritar:

—¡No hay peste, no hay peste!

—Está podrido, señora, está podrido, no lo ve, está podrido
—gritó la otra.

—No está podrido, no hay peste, no está podrido, no hay peste, no hay peste... —caminó hacia la otra y comenzó a empujarla y cerró la puerta del refrigerador—. Váyase, váyase de aquí, todos están contra mí porque estoy sola, están abusando, no hay peste, Pepe es el único que está conmigo, él no me abandonará nunca, él no me abandonó nunca. ¡Váyase, váyase!

La otra se iba a marchar y entonces la miró. Estaba llorando, estaba pálida y tenía el pelo en desorden.

—Señora —le dijo y alargó la mano.

—Que se vaya, María, que se vaya le digo.

La otra caminó hasta llegar al patio. Entonces se detuvo y la miró a través de la ventana. Estaba en el mismo lugar. Después caminó sin volverse.

Cuando sintió la verja cerrarse, comenzó a caminar y a decir:

—No está podrido, no está podrido. No hay peste. No hay peste. No está podrido, no está podrido.

Recorrió el comedor, los pasillos, la sala, los tres dormitorios, el cuarto de baño.

—No está podrido, no está podrido. No hay peste. No hay peste. No está podrido, no está podrido.

Volvió a recorrer el comedor, los pasillos, la sala, los tres dormitorios, el cuarto de baño.

Después fue a su dormitorio y se acostó. Un rato, mucho rato. Ella no podía decirlo. Se acostó sobre el lado derecho y lloró. Las lágrimas fueron humedeciendo la almohada. Fue dejando de sentir la humedad de la almohada.

María Pepa y Arturo se acercaban a la cabecera de su cama a decirle que viniera con ellos a la cocina. Ella estaba muy cansada, dijo, muy cansada, repitió, y quería descansar. Pidió que la dejaran sola. María Pepa insistió en que viniera, halándola por un pie. Ella protestó. Estaba muy cansada. La otra le haló el pie hasta que la forzó a levantarse. Arturo la tomó de la mano y la condujo. María Pepa abrió la puerta del refrigerador. Niño Lindo estaba a su lado, al lado de María Pepa. Dentro no estaba el emperador, le dijo. Ella no quiso mirar. María Pepa insistió. Se acercó porque Arturo la empujó por la espalda y le dijo algo al oído que ella no entendió, pero que la inquietó porque percibió el nombre Bilina, que era por el que Pepe su marido la llamaba. Arturo la fue acercando presionándola con la mano por la espalda. María Pepa abrió más la puerta y ella se puso las manos en la cara. Los dos comenzaron a gritarle que mirara, que mirara. Miró hacia atrás, hacia donde estaba Arturo, y él le señaló con la mano el refrigerador. Ahora miró. Volvió a mirar a Arturo y comprobó que ya no estaba allí. Entonces María Pepa le gritó: «¡Mire, señora, mire!» Ahora miró bien. Dentro del refrigerador estaba el cuerpo desnudo de su marido. Se precipitó a sacarlo y el cuerpo comenzó a desintegrarse en porciones. Tomó la mano derecha, el antebrazo derecho, la mano izquierda, el pie izquierdo, el pie derecho, el antebrazo izquierdo. La cabeza se desprendió del tronco y cayó a sus pies. María Pepa se acercó, la recogió con cuidado y la puso sobre una mesa, mientras iba repitiendo «el caballerazo, el caballerazo, el caballerazo, el caballerazo». El perro corría a su lado, ladrando y dando saltos. Ella se precipitó dentro del refrigerador para extraer el resto del cuerpo. Ahora se iba fraccionando en porciones más pequeñas que ella trataba de extraer con la ayuda de María Pepa que estaba a su lado: un hombro, un muslo, una nalga, un pie, el otro hombro, parte del pecho, los intestinos, el corazón. Estaba de rodillas y se puso en pie. Caminó con el corazón en la mano, que todavía latía, era la única parte del cuerpo que había sentido viva y caliente. María Pepa se aproximó a ella, se lo acercó a su pecho y lo cubrió con las dos manos y los brazos. Niño Lindo corría a su lado. La otra le pidió que se lo diera. Le dijo que no, era de ella, era el corazón de su marido, lo único que le quedaba de él. Entonces María Pepa corrió hacia la mesa y tomó la cabeza. El perro la siguió saltando. Ella le corrió detrás gritándole que se la devolviera; la otra gritaba que no. Siguieron corriendo y gritando. En la carrera, ella no sabía cuándo, el corazón cayó al suelo y el perro se lo llevó entre los dientes. Ya no lo vio más. Dio un grito, un alarido, un chillido. Ahora no sabía si antes soñaba o si esto era el sueño. Sintió el ritmo acelerado y el ruido de su propia respiración. Se quedó tendida un rato. Empezó a sentir el olor del pescado. La peste que hasta entonces no había percibido. Enseguida, casi enseguida, o quizás tardó un rato, se fue a la cocina. Tendió unos papeles en el suelo, frente al refrigerador, y lo abrió. Comenzó a sacar los pedazos podridos del pescado que estaban dispersos. Hizo un gran paquete y lo sacó al patio, donde estaba el depósito de la basura. Lo echó dentro y se alejó, sin mirar atrás. Las moscas, enseguida, comenzaron a revolotear encima y a posarse. El pez plateado y blanco se fue cubriendo de negro. Caminó hacia su habitación. Esperaría la llegada de María Pepa y le diría:

—Estaba podrido, María Pepa, estaba podrido. Tenía razón.

—Yo lo sabía, señora, yo lo sabía hace tiempo —diría la otra.

Se tendió en la cama, boca arriba, con las piernas estiradas, los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el pecho. Sintiendo su propia respiración. Menos. Cada vez menos. Menos, menos.
 

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