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El cuento de La Jiribilla
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CERDOS O PERROS
AMAESTRADOS PARA ENCONTRAR TRUFAS
Humberto Arenal
Digo yo: Pucho
me llamó para decirme que pescó un emperador así de
grande. ¿De cuánto?, dice Emelina. Digo yo: bueno, como
de unas cincuenta libras o más, creo yo. ¿De cincuenta
libras, estás segura?, dice Emelina. Bueno, más o menos,
digo yo; eso dice él, eso dice Pucho. Entonces, ¿cuánto
pide por él?, dice Emelina. Digo yo: él dice, Pucho dice
que, vaya, por menos de sesenta pesos no lo da. Está
caro, dice Emelina. Está caro, la verdad. ¿Caro?, digo
yo, tú estás loca, muchacha, mira que decir... Entonces
dice Emelina: mamá, está caro, la verdad, se está
aprovechando de ti, esa es la verdad. Pucho es muy
carero, siempre ha sido muy carero. Digo yo: mira,
muchacha, como están las cosas no está caro nada, sabes.
Todo está por los cielos. Yo conozco a Pucho no se sabe
ni desde cuándo, desde que tu padre trabajaba en la
Shell o antes y siempre me ha vendido a un buen precio.
Como están las cosas no sé cómo tú dices, la verdad.
Entonces dice Emelina: acuérdate, acuérdate de aquella
rabirrubia podrida que nos vendió, acuérdate, aquella
vez que desde que entró yo dije o alguien dijo no me
acuerdo que estaba podrida, acuérdate. Digo yo: fue
descuido de María Pepa, de María Pepa, digo yo. Dice
Emelina: la verdad es que estaba podrida, mamá. No le
des más vueltas. Que sí, estaba podrida, dice Emelina.
Que no, digo yo. Que sí, dice Emelina. Que no. Que sí.
Que no. Que sí. Hasta que entonces le digo yo que está
bueno ya. Ya hemos hablado mucho de esto, digo yo. Está
bien, dice Emelina, vamos a dejarlo ahí. Pero la verdad
que está caro. ¡Qué condenación todo!, digo yo. Mira,
chica, digo, ¿lo compramos o no lo compramos? Está bueno
ya, tengo que contestarle esta misma tarde a Pucho, que
está esperando por mí. Él se lo puede vender a
cualquiera, ¿sabes? Como tú comprenderás, compradores no
le van a faltar. Ahora la gente se pasa la vida
pidiéndole que si Pucho consígueme un pargo, que si
Pucho consígueme un serrucho, que si esto que si lo
otro. Él vino y me dijo: Señora, a usted primero que a
nadie. A quién mejor que a usted que la conozco y quiero
servir. Tengo que preguntarle a Ismael, dice Emelina.
Está bien, digo yo. Tu hermano Jorge está de acuerdo en
que lo compremos. Dice Emelina: podemos llamar a María
Luisa para compartirlo. Y digo yo: No, no, no. No tienes
que llamar a nadie. La cosa es entre nosotros. Ustedes,
Arturo y yo. ¿Arturo?, dice Emelina. ¿Arturo también?
Sí, digo yo. Entonces Emelina me dice que me contestará
a la hora del almuerzo. ¿Y Arturo, y el dinero de
Arturo?, dice ella. Digo yo: el dinero de Arturo lo
pongo yo.
Pucho lo trajo y ella
lo midió con un centímetro. De la cabeza a la cola medía
un metro y sesenta centímetros exactamente. Como él le
había dicho, pesaba más de cincuenta libras. Exactamente
cincuenta y tres libras. Ella se sintió contenta. Lo
colgó en la cocina y llamó a su primo Arturo. Arturo
dijo que se sentía bien. Arturo había sufrido dos
infartos cardíacos y apenas salía de su casa. Para las
salidas excepcionales que hacía tenía un Rolls Royce y
un chofer. Ella le pidió que viniera. Era algo
importante. Arturo dijo que iría. Se sentó frente al
emperador a mirarlo y a sonreír. Hacía tiempo que no
sonreía. Ahora se sentía satisfecha. Se sentía como
antes cuando su marido vivía y traía pescados los
sábados al mediodía o los domingos por la mañana.
Grandes pargos o rabirrubias o chernas o meros o
emperadores, como éste. Desde que había muerto su marido
tres años antes no había comprado más pescado. Pucho
había venido otras veces y no se había decidido a
comprarle nada. Ahora sentía como si su marido estuviera
allí. Pensó que era quizás una buena manera de
recordarlo, de no olvidarlo, sobre todo. Siempre temía
que con el tiempo lo fuera a olvidar. Quizás por eso lo
había comprado ahora y quería esmerarse al prepararlo.
Le parecía que a él le hubiera gustado que lo hiciera.
Él vendría y le
diría:
—Bilina, qué lindo
pescado —y le echaría un brazo por los hombros.
Ella lo miraría y
sonreiría.
—Cómo no.
Ella sentiría su mano
caliente en un hombro y después diría:
—Lo compré para ti.
Si tú no hubieras estado no lo hubiera comprado. Lo he
comprado especialmente para ti.
Cuando Arturo llegó
lo llevó a la cocina y se lo mostró, sin decirle lo que
era.
—Ahí lo tienes —lo
señaló con la mano y echó la cabeza hacia atrás. Sonrió.
Arturo también
sonrió.
—¿Te gusta, de verdad
que te gusta?
—Un emperador, un
señor emperador.
Se puso las manos en
la cintura, se acercó y lo miró con minuciosidad, lo
olió, lo tocó varias veces con el dedo índice de la mano
derecha. Se alejó. La miró a ella.
—Qué lindo está
—dijo—, está entero, está precioso. Te felicito.
—Está bueno, ¿eh?
—sonrió con modestia. Bajó un poco la cabeza.
—Insuperable. Has
hecho una gran compra, una gran compra —tenía las
piernas largas y comenzó a dar grandes zancadas frente a
ella, describiendo dos veces un triángulo. Era viejo, la
mujer lo sabía, estaba enfermo, ella también lo sabía,
pero cuando se animaba parecía un hombre joven. Ahora le
parecía joven otra vez. Cuando iban a veranear a
Varadero y ella lo veía nadar, remar y jugar al tennis.
O cuando la visitaba en La Habana, en esta misma casa de
la calle seis en el Vedado, o en la otra casa de la
calle diecisiete, donde habían nacido sus tres hijos.
Arturo había jugado siempre al tennis y acostumbraba
visitarla por las tardes vestido con una camisa blanca,
pantalón de franela crema y zapatos blancos de tennis.
Traía la raqueta en la mano derecha y el envase
cilíndrico de tres pelotas en la izquierda.
El hombre dejó de
caminar. Se le acercó, ahora jadeaba un poco al hablar.
—Hay que tratarlo
como lo que es: como un emperador. Me has hecho salir de
mi cueva para algo que vale la pena. La verdad.
Rieron. Rieron en voz
alta y después se sentaron frente al pescado, que
parecía mirarlos con recelo con su ojo gelatinoso y
plateado. Arturo dijo que había que cocinarlo de una
manera especial. Juntos conseguirían los ingredientes.
Él le diría cómo. Tenía que dejarlo tal como estaba. No
debía cortarlo ni seccionarlo de ninguna manera, para
cocinarlo entero en el horno. A ella le preocupaba dónde
lo guardaría. No conocía a nadie que pudiera conservar
en frío aquel pescado tan grande.
—Lo guardas aquí
mismo en tu refrigerador —dijo Arturo—. Le sacas las
tripas y lo metes dentro.
—¿Dentro, dentro del
refrigerador, así entero? No cabe.
—Le quitas todos los
entrepaños y sacas todo lo que hay dentro y ya.
—No sé... ¿Tú crees?
Tantas molestias.
—Vale la pena. Es un
pescado muy hermoso. Un señor emperador —volvió a
sonreír, se puso de pie.
Estaba animado,
locuaz, alegre, entusiasmado. Hacía tiempo que no lo
veía así. Volvió a recordar cuando venía a visitarla
después de jugar tennis.
—¿Y qué dirá María
Pepa?
—¿Qué va a decir,
hija?
—Tú sabes cómo es
ella. No le gusta que se le meta nadie en la cocina. A
Pepe era al único que se lo permitía.
—Olvídate de María
Pepa, ustedes le han dado demasiada importancia a esa
mujer.
—Es muy leal. Tiene
su carácter, eso sí.
—No es más que una
criada, ustedes la han malcriado mucho.
Volvió a decir que
era muy leal.
—Pepe la quería mucho
y ella a él. Eso sí.
Sonrió.
—Le decía a Pepe el
caballerazo.
—¿El caballerazo?
—Sí.
—Qué barbaridad. Si
yo te digo, esa mujer está loca. Está loca sin remedio.
—Es una mujer muy
extraña, es verdad, pero es muy buena. Tiene muy buen
corazón. Quiere mucho a los animales. Quisiera que la
vieras cómo se pone con Niño Lindo.
—¿El perro de Cucú?
—Sí. Desde que la
niña se fue para el Norte se ha hecho cargo de él. Lo
quiere como a un hijo. Le ha puesto su apellido y todo.
Niño Lindo Oliver. Lo quería apuntar en la libreta de la
comida y todo. La tuve que aguantar porque si no... Es
capaz de buscarme un problema con el Comité y todo. La
mujer que estaba chequeando las libretas le preguntó: ¿Y
es hijo suyo?, y ella le dijo: ¿Usted me ve a mí cara de
perro? Por poco la coge de atrás para alante —rió
mirando el cielo raso. No le gustaba reír. Ahora la risa
le volvía como si la casa estuviera totalmente vacía,
como si fuera la única persona que vivía en la casa.
—Qué barbaridad —dijo
el hombre—, si yo te digo a ti...
Se quedaron en
silencio. El hombre se había sentado un momento antes,
mientras la mujer hablaba. Ahora estaba serio y jadeaba.
La mujer miró al suelo, con las manos entrelazadas y
puestas en los muslos, con el tronco inclinado hacia
delante. El hombre se llevó la mano derecha al pecho. La
mujer lo miró.
—¿Te sientes mal?
—Un poco. No me puedo
ajetrear.
—Vete, vete ya. No
sea que te vayas a sentir peor. Perdóname que te haya
hecho venir hasta aquí.
Él se puso en pie,
ella también.
—Tienes que esmerarte
con ese emperador. Está precioso, la verdad. ¿Cómo lo
vas a hacer?
—No sé. ¿Cómo tú
crees?
Caminó hasta la
puerta de la calle.
—Creo que la mejor
manera es a la Jardinera, a la Gran Jardinera. Ahora es
difícil hacerlo, pero ese peje lo merece. Yo te ayudo a
buscar los ingredientes.
PESCADO A LA GRAN
JARDINERA
Se escamará, limpiará
y lavará muy bien un pez de 10,20 libras o más. Se
pondrá en la tártara suficiente cantidad de aceite o
manteca, una libra de carne de ternera cortada en
pedacitos. Un cuarto de libra de tocineta fresca, una
copa de vino de Jerez y un poco de harina de castilla.
Se cocina a fuego lento hasta que la carne esté casi
triturada y se revuelve constantemente; la carne y la
tocineta se pasan por un tamiz, exprimiendo bien para
que suelten la sustancia en la salsa.
Digo yo: disponte a
coger una guagua, espérate que te espera la veintidós y
no llega la desgraciada guagua, qué desesperación con
las condenadas guaguas, digo yo, pasa una llena y no
para y yo digo ahora a esperar la otra; digo yo:
paciencia, qué vamos a hacer, pasa otra que no va tan
llena y no para tampoco, qué es esto mi madre, digo yo,
todavía me lleno de paciencia y espero; después de un
rato alguien me dice que cambiaron de esquina la parada,
que ahora está en diez, en diez ahora, digo yo; camino
hasta diez y espero, cojo la veintidós que viene también
llena hasta el tope hasta el mismo tope, me meto como
quiera que sea, digo yo: me meto como sea, en cuatro
patas, como sea, el caso es llegar a Marianao, digo yo;
me encuentro a Flora en la guagua ella allá al fondo y
yo aquí al lado del chofer, está más sorda que nunca no
le entiendo nada, lo que se llama nada, me habla a
gritos que si Jorge ahora está viviendo en Miami y que
si está muy bien y que si se va a comprar una casa, una
casa creo que dijo, y que si tiene una máquina nueva o
algo así, no sé la verdad porque estoy muy aturdida por
el calor y por la gente y no le oigo nada, lo que se
llama nada, y ella en la luna de Valencia sin mirarme a
derechas sin darse cuenta de nada, yo le digo que no la
oigo bien que se acerque que se acerque y ella nada,
diciéndome ¿eh? y se pone la mano derecha en el oído, le
hago señas que se acerque y nada, por fin logro pasar y
me le acerco y le digo yo bajito que voy a Marianao a
buscar unos ingredientes y entonces ella me grita que
qué parientes ¿alguien enfermo? me dice y digo yo que
ningún pariente que nada de enfermos que ingredientes
ingre-dien-tes para un emperador y ella me pregunta
gritando ¿ingredientes para un emperador? poniendo una
cara de asombro tremenda y yo le digo que sí con la
cabeza y ella me pregunta otra vez ¿INGREDIENTES?
todavía más alto que antes y digo yo trágame tierra
porque todo el mundo nos está mirando y nos está oyendo
especialmente un miliciano de boina verde y todo que va
delante de nosotras y que no me quita la vista de
encima, tú verás que voy a ir a parar a la Cabaña digo
yo y Flora se queda como una idiota esperando que le
conteste algo y entonces yo por decir algo le pregunto
por Florentino y ella me dice que muy mejorcito aunque
después me dice que tiene algo en la vista, catarata o
algo y que se está quedando medio ciego y que tiene el
corazón muy mal y que tiene algo en la próstata un tumor
o algo y que no lo pueden operar porque tiene el azúcar
alta o algo no sé y me digo yo ¿de qué estará mejorcito
entonces? entonces me doy cuenta que estoy llegando allá
al Crucero de la Playa y entonces me despido y ella me
grita que cuándo voy por allá por su casa, pronto,
pronto le digo y empujo para llegar a la puerta porque
la guagua estaba ya arrancando y yo gritando: esperen,
esperen que yo me bajo y yo quería llegar a esa
dirección en Marianao para buscar un poco de aceite
Sensat español y una botella de vino de Jerez y pensando
que tenía que conseguir la tocineta porque si no no
quedaba bien el emperador y el sol pegado a mi espalda
porque ya eran como las doce del día y resultó que era
un negro dulcero un viejo dulcero que yo conocía del
Cerro aunque no tenía aceite ni Jerez ni nada sino unos
limones de una mata que tenía allí mismo en el patio de
su casa.
Aparte se tiene
pasado por un colador el zumo de treinta tomates
cocinados, una taza de aceite de oliva, dos cebollas
pasadas por máquina, perejil bien picado, un diente de
ajo machacado, pimienta en polvo, un poco de nuez
moscada, espárragos partidos, champiñones, trufas
picadas, petit-pois, sal y el zumo de uno o dos limones;
esta preparación se une a la anterior. Se coloca la
salsa en la pescadera, pero teniendo cuidado de no echar
las trufas, champiñones, espárragos, petit-pois,
etcétera, etcétera, etcétera.
—Señora Julia, hay
que cocinar ese pescado. Me tiene cogida toda la cocina.
María Pepa se quejó
porque el pescado ocupó todo el espacio del
refrigerador. La mujer quitó todas las divisiones y lo
colocó en diagonal, ocupando todo el espacio. Las papas
se podrían, los tomates también. Los ajíes, los ajos,
las cebollas, los limones, estaban dispersos por toda la
cocina. Algunas de las papas hubo que botarlas y los
tomates también.
—Me tiene loca el
olor de ese pescado, señora. Es horrible, no lo aguanto.
Yo creo que huele un poco mal, me parece que se está
pudriendo. Niño Lindo se acerca, lo huele y sale
despavorido. Él sabe, los animalitos saben.
—Cállese, María Pepa,
cállese ya. No está podrido nada. Es un emperador
precioso. Como le gustaba a Pepe.
—No sé, señora, no
sé. A mí no me huele bien. El caballerazo...
Se pone el pescado en
la pescadera y se cubre con todo el resto de la salsa y
se cocina a fuego
Entonces el chofer
dice que él era maestro antes y que ahora ya lo veo y yo
digo: la vida, la vida usted sabe nadie sabe para quién
trabaja, mi marido me criticaba que yo siempre quería
ahorrar y ahora creo que tenía la razón; la vida es un
carajo dice el chofer y perdone usted señora la
expresión grosera pero es que, y entonces digo yo: a él
le gustaba disfrutar de lo que tenía y compartirlo con
los demás, era un hombre bueno muy bueno, digo yo,
demasiado bueno y dice el chofer: no se puede ser así,
la gente perdone usted, dice el chofer, la gente es un
carajo y perdone usted señora la expresión grosera; yo
la verdad, digo yo, él no era casasolo, eso sí, todo era
para su familia y hasta para sus amigos, se pasó la vida
trabajando para los demás: para su madre, para sus
hermanos, para sus tías, se pasaba la vida dando, esto
del pescado me remuerde la conciencia pero en parte lo
hago por él, cómo le gustaba a él un pescado grande
asado al horno, mi primo Arturo me recomendó que lo
hiciera a la Gran Jardinera, por eso estoy buscando
aceite Sensat y vino de Jerez; el chofer dice que si no
lo encontramos en Arroyo Apolo podemos ir a Mantilla a
ver a una mujer que él conoce que tiene aceite español y
vino y espárragos ¿espárragos también? digo yo; cuando
menos dice el hombre, yo se lo encuentro no se ocupe
usted señora, en el Cerro, en Miramar, donde sea, hay
que ayudarse en estas cosas; está bien digo yo, como el
hombre tiene cara de buena persona creo que puedo
confiar en él.
...y al servir se
ponen por encima rebanadas de huevos duros, pepinos y
cebollitas en encurtido, y las trufas, champiñones,
etcétera, y el resto de la salsa se debe cuajar con un
poco de pan rallado.
—Mamá no está bien,
yo te digo —dice la mujer.
—Es lo de papá —dice
el hombre.
—Yo se lo he dicho,
tú sabes, yo soy muy fuerte con ella para ver si
reacciona, yo se lo he dicho: si tú te sientes así
suicídate, chica, suicídate y ya está. ¿Por qué no lo
haces? La verdad es que ella es más mujer que madre,
¿sabes? Ahora me doy cuenta yo de esto.
—No debes hablarle
así.
—Es para que
reaccione.
—Así no va a
reaccionar. La estás maltratando.
La mujer lo mira.
—Ahora esto del
chofer. Cuando me llamó hoy yo dije, ah, esto es el
colmo, yo llamo a Jorge. La llevó por toda La Habana y
le cobró veinticinco pesos, veinticinco pesos que tuve
que pagar yo porque ella había comprado aceite y vino y
no sé qué más. Se gastó hasta el último quilo porque
quiere hacer ese pescado, ya tú sabes. Tienes que
ayudarme.
—Yo no tengo un quilo.
Tú sabes que no tengo nada, estoy sin trabajo. Estoy
aguantando lo poco que tengo hasta que me vaya.
—Y hasta que tú te
vayas para Miami...
—Para Nueva York.
—Para Nueva York o
donde sea, yo tengo que hacerme cargo de todo. Eso no
va, ¿sabes? Tú y Mirta se van y yo que cargue con todo.
Eso no va.
—Yo no inventé lo del
pescado, eso es cosa de ustedes.
—Es cosa de mamá.
—Allá ustedes.
—¿Por qué no le dices
eso a mamá? Tú siempre eres el hijo bueno y noble y yo
soy la mala. Pero yo me quedo con mamá y tú y la otra se
largan.
—Tú y tu marido son
revolucionarios. Yo les dejo esto, con emperador y todo.
Con calma, no,
primero, más bien con lentitud, quizás con pereza, pero
no con calma, ni con tranquilidad, ni con sosiego; y
después, un poco después, comenzó a moverse más aprisa,
con menos reposo, con menos sosiego, con menos placidez.
En verdad, el hombre lo sabía mejor que nadie, siempre
estuvo inquieto, o tal vez no inquieto pero sí
disgustado y molesto desde el momento que la mujer le
contó que había gastado veinticinco pesos en una máquina
buscando por toda La Habana aceite Sensat y vino de
Jerez y champiñones y espárragos y solo había conseguido
en Mantilla una botellita de vino de Jerez que le había
costado diez pesos y que el aceite que había comprado
era español pero no Sensat y que la latica de
champiñones no estaba en buen estado. La mujer había
estado llorando y él le había dicho hacía un momento que
la ayudaría. Había llamado a Jaime, el chofer, y le
había dicho que viniera a buscar el Rolls Royce y que lo
engrasara, le echara gasolina, les echara aire a las
gomas y aceite al motor y que después viniera a
buscarlo. Caminaba del teléfono a la mesa que estaba
enfrente, exactamente a tres pasos uno de la otra,
pensando en los amigos o los conocidos que iba a
visitar. A Ramón en Miramar y a Cristina en la Habana
Vieja, y a Sigifredo en la Víbora y a Juan en la calle
Ánimas. Quizás ellos tuvieran las trufas o los
espárragos o el aceite Sensat o supieran de alguien que
los tuviera. Eran tiempos difíciles y él tenía que
ayudar a Julia, que siempre había sido como una hermana.
Subió las escaleras más aprisa que de costumbre, y
cuando llegó al final jadeaba más que de costumbre. Su
mujer estaba en la habitación cuando él entró y lo notó.
Le dijo que iba a salir. La mujer notó que jadeaba y le
dijo que no debía agitarse. Tenía que ayudar a Julia a
encontrar los ingredientes, dijo él. Se sentía bien.
Tenía que hacerlo, por ella y por los demás. La mujer no
sabía en realidad a quiénes se refería pero repitió que
no debía agitarse. La mandó sacar el traje azul de
casimir, los zapatos negros de charol, la camisa blanca
de hilo irlandés, las medias de seda y la corbata roja
de piqué. Se dio un baño y se afeitó. Cuando estaba
terminando de afeitarse sintió el primer dolor en el
pecho. Cerró los ojos y se llevó la mano derecha al
centro del pecho. Respiró lento y profundo y el dolor
casi desapareció. Fue al botiquín y extrajo un pomo
pequeño y cogió una pildorita blanca y la tomó. Fue a la
habitación y se vistió. Cuando bajaba la escalera volvió
a sentir dolor pero no se llevó la mano al pecho porque
su mujer venía subiendo. Le dijo que pasaría toda la
tarde fuera y le preguntó que si había llegado Jaime.
Jaime no había llegado. Fue al jardín y se puso a mirar
las flores. Ya no cuidaba personalmente del jardín y no
estaba tan esmerado como antes. Se acercó y tomó una
rosa y se la puso en el ojal del saco. Fue hasta la
verja y miró hacia la esquina y volvió junto a la misma
mata de rosas. Volvió a la verja. La abrió y salió a la
acera. Caminó hasta la esquina. Volvió junto a la verja
y comenzó a caminar hasta la esquina. A la mitad del
camino sintió el dolor en el pecho. Quizás esto fuera lo
último que recordaba. Entonces Jaime apareció en la
esquina. La mujer, también en ese instante, ni antes ni
después, apareció en la acera y lo vio tendido.
Estaba en el centro
de la cocina mirando el refrigerador. Desde donde
estaba, que no era cerca, percibía la peste, pero quería
abrirlo para demostrarle a la señora Julia el estado en
que estaba el pescado. Un momento antes se lo había
dicho y la mujer le había gritado que la dejara
tranquila. El pescado no estaba podrido. No había peste
en la casa. Era una excusa de ella para no ayudarla.
Ella lo cocinaría sola. La mujer estaba sentada en la
sala, o en la terraza, la otra no lo sabía bien
entonces, con los ojos cerrados y un pañuelo empapado en
alcohol porque tenía una fuerte jaqueca. Alguien tocó el
timbre de la puerta y la otra fue a abrir. Se acercó y
la tocó en el hombro. Le dijo que alguien, el vecino de
al lado, tenía que hablar con ella. La mujer no
contestó. La otra volvió a tocarle el hombro. La mujer
abrió los ojos.
—¿Qué pasa ahora,
María?
Cuando le decía María
la otra sabía que estaba de mal humor.
—Es el joven ese de
al lado, señora, que quiere verla.
Volvió a cerrar los
ojos.
—¿Qué quiere?
—No sé.
—Dile que no estoy.
—Es para lo del
pescado, señora.
Abrió los ojos.
—¿Qué pasa con el
pescado?
La otra contrajo el
labio inferior y cruzó los brazos.
—Vaya, dice el
muchacho ese... Mire, señora —había abierto las piernas
y comenzó a bambolearse—, hable usted con él. Ya estoy
cansada de esto.
—Yo no tengo que
hablar con nadie.
La otra comenzó a
caminar.
—Allá usted y él,
pero la verdad es que no hay quien aguante la peste. Esa
es la verdad —cuando terminó de hablar ya estaba
llegando a la cocina, que estaba a tres o cuatro metros.
La que estaba sentada
se puso en pie. Ahora caminó aprisa. Desde la cocina la
otra oía la voz grave y monótona del hombre y la voz
ahora aguda y nerviosa de la mujer sin poder percibir en
detalle la conversación. Solo oyó cuando la mujer
comenzó a gritar:
—¡No hay peste, no
hay peste!
Se quedó en la
cocina, calentando en una lata el café que había hecho
para el almuerzo.
Sintió los pasos de
la mujer y la vio cuando llegó a la puerta, pero no
volvió la cabeza.
—No sé para qué tuvo
que llamarme, María. Ese estúpido me ha aumentado el
dolor de cabeza. Consígame una aspirina.
Cuando se volvió la
otra le dijo:
—Señora —la estaba
mirando, con la latica de café en la mano derecha y la
izquierda apoyada en la cintura—. La verdad es que no
hay quien aguante eso. La peste es horrible —caminó
hasta el refrigerador y abrió la puerta—, mire esto,
mire cómo está el pescado este.
El pescado estaba
ahora partido en pedazos y caído en un rincón.
La mujer no lo veía
desde donde estaba y comenzó a gritar:
—¡No hay peste, no
hay peste!
—Está podrido,
señora, está podrido, no lo ve, está podrido
—gritó la otra.
—No está podrido, no
hay peste, no está podrido, no hay peste, no hay
peste... —caminó hacia la otra y comenzó a empujarla y
cerró la puerta del refrigerador—. Váyase, váyase de
aquí, todos están contra mí porque estoy sola, están
abusando, no hay peste, Pepe es el único que está
conmigo, él no me abandonará nunca, él no me abandonó
nunca. ¡Váyase, váyase!
La otra se iba a
marchar y entonces la miró. Estaba llorando, estaba
pálida y tenía el pelo en desorden.
—Señora —le dijo y
alargó la mano.
—Que se vaya, María,
que se vaya le digo.
La otra caminó hasta
llegar al patio. Entonces se detuvo y la miró a través
de la ventana. Estaba en el mismo lugar. Después caminó
sin volverse.
Cuando sintió la
verja cerrarse, comenzó a caminar y a decir:
—No está podrido, no
está podrido. No hay peste. No hay peste. No está
podrido, no está podrido.
Recorrió el comedor,
los pasillos, la sala, los tres dormitorios, el cuarto
de baño.
—No está podrido, no
está podrido. No hay peste. No hay peste. No está
podrido, no está podrido.
Volvió a recorrer el
comedor, los pasillos, la sala, los tres dormitorios, el
cuarto de baño.
Después fue a su
dormitorio y se acostó. Un rato, mucho rato. Ella no
podía decirlo. Se acostó sobre el lado derecho y lloró.
Las lágrimas fueron humedeciendo la almohada. Fue
dejando de sentir la humedad de la almohada.
María Pepa y Arturo
se acercaban a la cabecera de su cama a decirle que
viniera con ellos a la cocina. Ella estaba muy cansada,
dijo, muy cansada, repitió, y quería descansar. Pidió
que la dejaran sola. María Pepa insistió en que viniera,
halándola por un pie. Ella protestó. Estaba muy cansada.
La otra le haló el pie hasta que la forzó a levantarse.
Arturo la tomó de la mano y la condujo. María Pepa abrió
la puerta del refrigerador. Niño Lindo estaba a su lado,
al lado de María Pepa. Dentro no estaba el emperador, le
dijo. Ella no quiso mirar. María Pepa insistió. Se
acercó porque Arturo la empujó por la espalda y le dijo
algo al oído que ella no entendió, pero que la inquietó
porque percibió el nombre Bilina, que era por el que
Pepe su marido la llamaba. Arturo la fue acercando
presionándola con la mano por la espalda. María Pepa
abrió más la puerta y ella se puso las manos en la cara.
Los dos comenzaron a gritarle que mirara, que mirara.
Miró hacia atrás, hacia donde estaba Arturo, y él le
señaló con la mano el refrigerador. Ahora miró. Volvió a
mirar a Arturo y comprobó que ya no estaba allí.
Entonces María Pepa le gritó: «¡Mire, señora, mire!»
Ahora miró bien. Dentro del refrigerador estaba el
cuerpo desnudo de su marido. Se precipitó a sacarlo y el
cuerpo comenzó a desintegrarse en porciones. Tomó la
mano derecha, el antebrazo derecho, la mano izquierda,
el pie izquierdo, el pie derecho, el antebrazo
izquierdo. La cabeza se desprendió del tronco y cayó a
sus pies. María Pepa se acercó, la recogió con cuidado y
la puso sobre una mesa, mientras iba repitiendo «el
caballerazo, el caballerazo, el caballerazo, el
caballerazo». El perro corría a su lado, ladrando y
dando saltos. Ella se precipitó dentro del refrigerador
para extraer el resto del cuerpo. Ahora se iba
fraccionando en porciones más pequeñas que ella trataba
de extraer con la ayuda de María Pepa que estaba a su
lado: un hombro, un muslo, una nalga, un pie, el otro
hombro, parte del pecho, los intestinos, el corazón.
Estaba de rodillas y se puso en pie. Caminó con el
corazón en la mano, que todavía latía, era la única
parte del cuerpo que había sentido viva y caliente.
María Pepa se aproximó a ella, se lo acercó a su pecho y
lo cubrió con las dos manos y los brazos. Niño Lindo
corría a su lado. La otra le pidió que se lo diera. Le
dijo que no, era de ella, era el corazón de su marido,
lo único que le quedaba de él. Entonces María Pepa
corrió hacia la mesa y tomó la cabeza. El perro la
siguió saltando. Ella le corrió detrás gritándole que se
la devolviera; la otra gritaba que no. Siguieron
corriendo y gritando. En la carrera, ella no sabía
cuándo, el corazón cayó al suelo y el perro se lo llevó
entre los dientes. Ya no lo vio más. Dio un grito, un
alarido, un chillido. Ahora no sabía si antes soñaba o
si esto era el sueño. Sintió el ritmo acelerado y el
ruido de su propia respiración. Se quedó tendida un
rato. Empezó a sentir el olor del pescado. La peste que
hasta entonces no había percibido. Enseguida, casi
enseguida, o quizás tardó un rato, se fue a la cocina.
Tendió unos papeles en el suelo, frente al refrigerador,
y lo abrió. Comenzó a sacar los pedazos podridos del
pescado que estaban dispersos. Hizo un gran paquete y lo
sacó al patio, donde estaba el depósito de la basura. Lo
echó dentro y se alejó, sin mirar atrás. Las moscas,
enseguida, comenzaron a revolotear encima y a posarse.
El pez plateado y blanco se fue cubriendo de negro.
Caminó hacia su habitación. Esperaría la llegada de
María Pepa y le diría:
—Estaba podrido,
María Pepa, estaba podrido. Tenía razón.
—Yo lo sabía, señora,
yo lo sabía hace tiempo —diría la otra.
Se
tendió en la cama, boca arriba, con las piernas
estiradas, los ojos cerrados y las manos entrelazadas
sobre el pecho. Sintiendo su propia respiración. Menos.
Cada vez menos. Menos, menos.
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