LA MACHINA
Josefina Ortega
| La
Habana
A
nadie se le ocurrió nunca que por inoperantes y
obsoletas debían derruirse las fortalezas de La Habana;
sin embargo, otros criterios permitieron la destrucción
de las murallas, para tristeza de muchos que la
consideraban como una de las imágenes de la capital
cubana, y desarmaron y desaparecieron un artefacto muy
llamativo de la ciudad.
Para buena parte de los habaneros de finales del siglo
XVIII era un espectáculo la botadura de una nave en
cualquiera de los tres pequeños astilleros que entonces
poseía la ciudad. Sobre todo en aquel que poseía una
sobresaliente armazón de metales y madera, conocida como
“La Machina”.
Aunque se dice que el primer buque construido en este
lado del Atlántico ―y también del Pacífico― fue la
carabela Santa Cruz ―botada en 1496, en la isla de La
Española, y realizada bajo la supervisión del mismísimo
Cristóbal Colón―
lo cierto es que los aborígenes de este lado del mundo
construían naves muy marineras que consiguieron todo un
complejo desarrollo de migraciones incluso fuera del
continente.
Pero en medio del segundo milenio era España líder en la
navegación, y en 1516 ya se construían buques en Cuba
por orden de los reyes, quienes impulsaron a los
gobernadores de Indias a autorizar a los colonos que
hicieran sus propios barcos dedicados al comercio.
En
1518 por orden del Gobernador Diego Velásquez se
construyeron no menos de diez buques de diez toneladas
de desplazamiento cada uno. Desde la fecha hasta la
construcción del El Arsenal, en 1747, considerado uno de
los astilleros más importantes de las Américas, la
construcción de barcos en Cuba transitó, por descalabros
y grandes triunfos.
Pero fue quizás el espacio del muelle de la ciudad,
perteneciente a la Comandancia de la Marina, cerca de la
plaza de San Francisco, el más famoso de la época y que
hizo que los habaneros de entonces identificaran la
ciudad por sus peculiares instalaciones.
Era llamativa la enorme grúa llamada La Machina, porque
el artilugio era una máquina ―que en inglés se escribe
machine― traída de un país de habla anglosajona.
La
Machina ―que aún funcionaba en 1838―
se usaba para “arbolar” embarcaciones, es decir
colocar los mástiles y otros aparejos, y según De la
Torre, fue instalada en 1740 por Lorenzo Montalvo en un
lugar donde estaba el carenero.
La parte más notable de ella se componía de tres gruesos
tubos o vástagos
―uno
de metal llamado “el Palo de la machina”―
que se encontraban
en una especie de pirámide.
Su enorme rueda motriz fue dañada por los ingleses en
1762
―y
arreglada
por Francisco Auturán,
director de ingenieros, con la colaboración de Cristóbal
Colorado, primer contramaestre de escuadra― y luego por
un huracán en 1846, pero siempre era reparada.
Según recogen los historiadores, en 1854 se sustituyó
por una estructura similar, toda de acero, hasta que
en 1903 se decidiera deshabilitarla por inoperante y
anacrónica, cosa que muchos habaneros lamentaron. Sin
embargo, la razón principal fue el tendido de las líneas
de los entonces flamantes y nuevos tranvías eléctricos.
Ante el desarrollo nadie se negó. Pero no pocos
lamentaron mucho la pérdida de aquella reliquia, casi
bicentenaria, y que daba un toque peculiar al puerto de
la entonces San Cristóbal de La Habana.
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