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ENTREVISTA CON BELÉN
GOPEGUI
UNA ESCRITORA COMPROMETIDA
"TODAS LAS NOVELAS MANIFIESTAN
UNA PREOCUPACIÓN IDEOLÓGICA"
Javier
Rodríguez Marcos|
España
El País
La escritora y guionista publica su quinta novela, una
reflexión sobre la revolución cubana bajo la forma de
una trama de espías en Madrid. En esta entrevista
plantea sus dudas sobre la novela como género.
Qué
hay en el lado frío de la almohada? "Los sueños que no
se pueden cumplir y que, pareciendo no hacer daño, nos
quitan la firmeza y el ímpetu. Es decir, algunos modos a
través de los cuales interiorizamos el ejercicio del
dominio sobre nosotros y sobre otros. Puede que también
esté el frío de aquel espía que surgió del frío". Las
palabras de Belén Gopegui (Madrid, 1963) se ajustan bien
a su nuevo libro -cuyo título tomó de Jean Cocteau-, que
utiliza el esquema de la novela de espionaje para narrar
una historia de amor y política con la revolución cubana
al fondo. Autora de cinco novelas, la escritora ha
participado como guionista en películas como Las
razones de mis amigos (2000) -basada en La
conquista del aire, su propia novela- y El
principio de Arquímedes (2004), ambas de Gerardo
Herrero, y en La suerte dormida (2003), de
Ángeles González-Sinde. En una cafetería cercana a su
casa, en el barrio madrileño de Moncloa, Gopegui saca un
cuaderno en blanco y un rotulador, que no usará, "para
pensar mejor las respuestas".
Hace
12 años ya que publicó su primera novela. ¿Qué ha
cambiado desde entonces en usted y en el panorama
literario?
Cambia el momento y cambias tú. Cuando empecé a escribir
necesitaba ser reconocida, por así decirlo, ser
admitida. Ya el hecho de publicar me parecía una
batalla. Ni siquiera tenía demasiado claro lo que quería
contar. Respecto al panorama literario, un cambio
llamativo quizá sea la aparición de cierta desfachatez,
de cierto cinismo. Cosas que hace años no se admitían o
producían malestar, hoy se consideran absolutamente
normales.
¿Por
ejemplo?
Por
ejemplo, respecto a los temas que abordan las novelas de
ahora, cierto regocijo en la riqueza que antes sólo era
propio del best seller. Como si la riqueza sólo
estuviera ahí, como si fuera una cuestión de azar y qué
buena suerte tienen los que pueden disfrutarla.
Visto
el conjunto de sus novelas, El lado frío de la
almohada
supone un cambio de registro.
Yo no
veo tanta continuidad entre las anteriores, ni tanto
cambio respecto a ésta. De La escala de los mapas
a Lo real pasé por muchos sitios. El lado frío
de la almohada tal vez es la novela en donde más me
he acercado a rozar las fracturas, los golpes de rencor,
de tristeza o de rabia que pueden abrir una brecha en
una realidad aparentemente cerrada.
Tanto
en Lo real
como
en esta nueva novela utiliza un elemento que es más
discursivo que narrativo. Allí, un coro. Aquí, las
cartas de la protagonista. ¿Qué función les atribuye?
Es un
elemento que cuestiona la propia narración, que
normalmente se presenta como transparente, como una
mirada que ve algo y lo cuenta. Como si no hubiera
mediación. Pero narrar no es un acto neutral. Yo creo
que siempre hay una mediación orientada a un fin. Cada
vez que describes una casa muy amplia en la que vive un
personaje y no te preguntas de dónde ha salido esa casa
estás haciendo ideología de forma explícita.
¿Cómo
seguir escribiendo novelas sin cuestionarse su propia
escritura?
En
este momento no entiendo que se pueda escribir una
novela sin romperla. A no ser, a lo mejor, una novela de
mil páginas absolutamente precisa que dé cuenta de cómo
el movimiento de cada personaje es condicionado por la
historia. Pero quizá no me siento capaz de hacer eso.
¿Y
qué hacer?
Yo
también me lo he preguntado. De hecho, cuando terminé
Lo real estuve mucho tiempo pensando que no iba a
escribir más novelas. Ni siquiera quería decirlo mucho
porque con frecuencia los escritores...
Convocan una rueda de prensa para decirlo.
Sí,
algo así. La cuestión es que la novela, por su propia
constitución, pertenece a una determinada clase social.
Es un género que está prácticamente condenado a contar
historias de supuestos sujetos individuales.
Sin
embargo, en las cartas de la protagonista de su novela
hay algo de esperanza. "Amamos la literatura por lo que
engendra", dice.
Pero
se acaba desmintiendo, porque en general lo que engendra
la literatura es un excedente.
¿Un
excedente de qué?
Un
excedente económico. Al final, ¿qué estamos produciendo
todos los que estamos trabajando, por así decir, en la
semántica? Según Pierre Bourdieu, capital simbólico.
Pero a mí me cuesta pensar que ese capital simbólico no
sea también capital. Cuantas veces has sido citado, las
críticas que te han hecho, se acaba traduciendo en
beneficio. Quizá también sea un excedente ideológico.
Aunque tengo dudas de que la literatura sea hoy capaz de
poner en circulación ideas que entren en conflicto con
el discurso dominante.
Sus
novelas siempre manifiestan una preocupación ideológica
muy explícita. ¿Cuál cree que es hoy el poder de
intervención social de la literatura?
Todas
las novelas manifiestan, o son, una preocupación
ideológica explícita. Lo que ocurre es que cuando esa
preocupación es la hegemónica, lo explícito no se ve. El
poder de intervención social es muy amplio, la
literatura contribuye a naturalizar las condiciones de
vida. Y en contra de la frase de Paul Klee que suele
citarse -el arte hace visible lo invisible-, la
literatura suele contribuir a hacer invisible lo
visible: la explotación, por ejemplo. Claro que cuando
se pregunta por el poder de intervención social, casi
siempre se pregunta en realidad por el poder de
intervenir de forma antagonista. Este último poder hoy
me parece escaso.
Uno
de los personajes dice que quiere escribir un libro
necesario. ¿Qué es hoy un libro necesario?
El
personaje se refiere a una convención según la cual hay
determinados libros que permiten a un autor pasar a
formar parte de un hipotético cielo de los escritores,
en donde estarían Flaubert y Kafka, ya sabe. Saliéndonos
de esa convención, la pregunta es siempre: necesario
para qué y necesario para quién. Necesarios para mí son
los libros que, como ráfagas de un faro, impugnan los
aspectos normales y aparentemente inevitables del
dominio económico.
¿Por
ejemplo?
Por
citar un libro reciente, El vano ayer, de Isaac
Rosa.
¿Qué
camino cree que puede tomar su obra con estos
presupuestos?
Lo
que ahora me pregunto es: ¿en el sentido en que a mí me
gustaría trabajar puedo hacerlo a través de la novela?
Con el paso de los años tengo más claro en qué sentido
me gustaría trabajar y con el paso de los años dudo más
de que la novela sea el método adecuado.
¿Y en
qué sentido le gustaría trabajar?
Supongo que lo que pase con esta última novela me
ayudará a perfilarlo aún más. Me gustaría que con ella
surgiera algún debate sobre lo que le ha pasado a parte
de la izquierda española para dejar de defender Cuba. Y
me gustaría que surgiera sobre lo que le ha pasado a la
izquierda, no sobre lo que le ha pasado a Cuba, que es
un debate que se ha tenido constantemente.
¿Y
qué cree que le ha pasado?
Quizá
que ha sido derrotada de una forma brutal, y que en
lugar de aceptar esa derrota como tal derrota la ha
convertido en equivocación propia. Cuando la derrota es
tan fuerte, lo que consigue es que uno ni siquiera se
vea como un derrotado, porque un derrotado todavía tiene
capacidad de responder, sino que directamente uno pide
que por favor le dejen estar en el sitio de los que han
ganado. Y, en muchas ocasiones, no por interés o por
medrar, sino porque ha interiorizado ciertos límites.
Una cosa es no querer algo y otra, no querer quererlo.
¿No
va unida la evolución de Cuba a la actitud de la
izquierda?
Va
unida, pero esa evolución no es la principal causa de
esa actitud, creo. Eso es huir del tema. Se pueden
considerar los errores y los aciertos de la revolución
cubana, pero otra cosa es no mirarse a uno mismo.
¿Pero
no se puede atribuir a la evolución de la revolución el
hecho de que alguien que la apoyó un día deje de
hacerlo?
Tengo
la impresión de que hablar de la revolución cubana es
hacerlo siempre a la defensiva, pero no lo creo. No creo
que los errores, aun existiendo, sean tales y tantos que
avalen el rechazo, el anatema constante.
¿Usted ha estado en Cuba?
He
estado en La Habana y en Matanzas, nada más.
¿Cuánto tiempo?
No he
estado el tiempo suficiente como para hacer un estudio
como el que hizo, sobre el tema de la revolución china,
Jan Myrdal en su magnífico libro Una aldea en la
China Popular.
¿Y en
días o meses?
He
estado en dos ocasiones unos veinte días cada vez.
¿Qué
impresión le causó el país?
Me
pareció que atravesaban una situación delicada, donde la
necesidad de supervivencia y el mantenimiento del
proyecto resultaban difíciles de conciliar, y me pareció
que estaban en ello, que eran conscientes de las
dificultades.
¿Hasta qué punto culpar al enemigo exterior no supone
eludir la propia responsabilidad?
Depende de hasta qué punto el enemigo limite las
posibilidades de elección.
¿Cómo
valora usted la evolución de la revolución?
En un
momento reaccionario de la historia como éste, después
de que la Unión Soviética perdiera la guerra fría,
valoro la importancia de las condiciones en Cuba, que
son distintas del mero voluntarismo. Y valoro que Cuba
no haya sido España en 1936, Guatemala en 1954 o Chile
en 1973.
¿Viviría voluntariamente bajo un régimen como el de
Castro?
Desde
la burguesía, clase en la que inevitablemente estamos
inmersos, debería contestar: "Ni contigo ni sin ti
tienen mis males remedio". Pero la intención de la
pregunta pide otro tipo de respuesta: sí, viviría
voluntariamente en un estado donde se estuviera luchando
por avanzar hacia el socialismo en medio de todas las
dificultades que supone en sí ese tránsito, y más en un
contexto económico, social y cultural absolutamente
beligerante, en ese estado y en esa situación que usted
rotula como "bajo un régimen como el de Castro".
¿Cree
que compensa la ausencia de libertad?
Si se
refiere a la libertad de crear partidos políticos que
requieren presupuestos astronómicos para participar en
las elecciones con posibilidad de ganar, sí compensa.
Me
refiero a la libertad de movimientos, de entrada, de
salida, de elección de credo religioso, de credo
político, de opinión.
Como
en cualquier otro país, esas libertades están reguladas.
Se pueden discutir los términos de esa regulación, pero
discutiendo también a qué llamamos libertad. En este
momento en España nadie te dice lo que tienes que decir
pero todo el mundo con suficiente poder económico te
dice lo que no quiere que digas. En todos los ámbitos.
¿No
es mejor una democracia imperfecta que cualquier
dictadura?
¿Cualquier democracia imperfecta, la de Irak en estos
momentos? ¿Cualquier dictadura? ¿También, como dijo
Carrillo una vez, la del proletariado?
Pongamos la democracia española. Y lo digo como un
ejemplo en absoluto ideal.
La
pregunta es ¿para quién? ¿Para qué porcentaje de
población? Para un sector igual al de la población de
Cuba, de once millones de personas? Seguramente es mejor
Cuba. Para el sector de los que estamos en la llamada
clase media y en la actual coyuntura histórica,
seguramente no. Seguramente estaríamos allí bastante
incómodos.
¿Cree
que no hay nada que reprochar a la revolución cubana?
Desde
luego, no es la Inmaculada Concepción. Pero eso tiene
que ver con lo que he intentado plantear en la novela:
¿por qué nos inquieta tanto que alguien intente tocar la
intocable propiedad privada, tanto que necesitamos
buscarle todos los defectos cuando esos mismos defectos,
con otra cara y muchas veces multiplicados, están aquí y
no nos inquietan? |