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Sputnik 1:
el nacimiento de los compañeros
de viaje

Manuel Carrero
| La Habana
 

La mañana del 4 de octubre de 1957 la agencia soviética de noticias TASS difundió una información que conmocionó el planeta. La URSS había logrado poner en órbita circunterrestre un satélite artificial, cumplimentando así un llamamiento realizado por el Consejo Internacional de uniones científicas, en octubre de 1954, en el que informaba la necesidad de la construcción de estos artefactos para realizar un mapeo de la superficie terrestre. El que se escogiera el año 1957 se debía a que en 1952 el Consejo Internacional había comunicado que desde el 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958, la actividad solar tendría un pico, siendo un período de excepcional relevancia para el estudio de los fenómenos a ella asociados, por lo que se designó ese período como Año Internacional Geofísico (IGY en inglés)

Los soviéticos apostaron por la sencillez y denominaron a su creación Sputnik, que significa satélite en ruso; una denominación que remite al idioma griego y significa "compañero de viaje" o "acompañante", término con el que los griegos se referían a la luna. Evidentemente su creación y puesta en órbita constituía un logro científico, pero este logro estremeció a millones de seres humanos con la certeza de una guerra inminente. ¿Por qué? Para saberlo remontémonos a 1945. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, sobre las ruinas de Berlín, dividida en cuatro zonas por los aliados, se produjeron los primeros enfrentamientos entre EE.UU. y la URSS, las dos únicas naciones que emergieron de la contienda como superpotencias, y cuyos planes de expansión se contrariaban mutuamente. Berlín fue el primer terreno de confrontación real entre ambas, y su división en dos zonas, una, la rusa original, y la otra resultante de la unión de las partes estadounidense, británica y francesa, fue la mejor concreción de la bipolaridad que signaría la segunda mitad del siglo XX, bipolaridad en la que se enmarcaría cualquier acontecimiento internacional a partir de ese momento, y que se conocería como Guerra Fría.

El objetivo de ambas superpotencias era lograr la hegemonía mundial, y por ello la confrontación abarcó todos los sectores conocidos: política, cultura y, especialmente, la ciencia. El logro de la superioridad tecnológica era la prioridad, más que nada como un elemento de presión y disuasión sobre el adversario, para satisfacer sus necesidades de expansión sin llegar al conflicto directo. Una táctica que ilustró de manera perfecta el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que, además de aplastar la resistencia japonesa, tuvo como objeto advertir a la URSS y sus aliados del poder destructivo logrado por EE. UU.

Así las cosas, ambas naciones se enfrascaron en una batalla propagandística sin precedentes, donde cada una difundía las bondades de su sistema político,  al que atribuía sus logros sociales, culturales y científicos, remarcando que el mismo constituía única esperanza de la humanidad para alcanzar el progreso y la justicia. Con esta propaganda se pretendía disimular la existencia de una competencia despiadada en la que la tecnología militar era piedra angular para obtener y conservar la supremacía.

Una de las prioridades de norteamericanos y soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial había sido apropiarse de la tecnología militar alemana, específicamente la coheteril, cuyos logros habían podido apreciar las ciudades de Gran Bretaña y Bélgica a finales del conflicto. En el año 1944 los alemanes habían empleado lo que denominaron Arma de la Venganza-2, (Verfentulswaffen-2), que se popularizó como V−2. Este cohete fue desarrollado en la base de Peenemunde, a orillas del Báltico, por un grupo de científicos entre los que estaba Wernher von Braun1. Al final de la guerra este grupo había ensayado con éxito el lanzamiento de las V-2 desde submarinos en inmersión y proyectaba un supercohete con alas capaz de alcanzar la costa oriental de los EE.UU., o sea, un misil intercontinental.

De hecho, el objetivo de soviéticos y estadounidenses era precisamente lograr ese tipo de misiles, capaces de alcanzar cualquier punto de la Tierra. Al finalizar la guerra ambos se pusieron a trabajar en los cohetes de combustible líquido. Los EE.UU. capturaron un buen número de V-2 en buen uso, así como al equipo de diseño de cohetes alemán liderado por von Braun, que pronto tuvo un papel decisivo en el desarrollo de los misiles norteamericanos. La URSS también capturó motores V-2, y los diseñadores rusos, liderados por Valentín Glushko2 y Sergei Korolev3, copiaron esos cohetes y luego pasaron a desarrollar los suyos propios, más potentes.

El gobierno norteamericano, al contar con el principal diseñador de los V−2 subestimó las investigaciones desarrolladas por los rusos, al punto que cuando en agosto de 1957 la agencia TASS anunció que la URSS había probado un nuevo modelo de supercohete de gran alcance, se ignoró como mero efecto publicitario, un señuelo más de la guerra fría.

Todos ignoraban el desarrollo alcanzado por los soviéticos en los cohetes de larga distancia, en especial el cohete R7 de Korolev, el Semiorka (pequeño número 7), un vehículo impulsado por 20 motores. Este cohete no era solo una lanzadera muy efectiva, sino también algo bello para contemplar: cuatro afilados cohetes de 1ª etapa, cada uno con un grupo de cuatro motores, rodeando el vehículo principal, que estaba impulsado igualmente por un grupo de ellos. Ese fue el cohete que puso en órbita el primer Sputnik, lo que constituyó un cubo de agua fría para el gobierno y los científicos norteamericanos.

La noticia llevó a la euforia a los partidarios de la URSS, y al desconsuelo a los de EE.UU., porque la URSS se colocaba en posición de dominar el espacio terrestre, y desde allí aniquilar a sus adversarios, al poder lanzar misiles aire-tierra desde satélites artificiales. Por ello, el Sputnik 1 creó en los países occidentales el temor creciente de una guerra nuclear sin escalas desde el cielo. Sin embargo, más allá de ser un botón de muestra del desarrollo tecnológico de los soviéticos, el Sputnik 1 fue un ingenio diseñado para la exploración científica. Era una esfera de 83 kilogramos y 580 milímetros de diámetro, con cuatro antenas en ristra conectadas a transmisores alimentados por una batería. Su puesta en órbita permitió determinar los parámetros de la alta atmósfera terrestre. Además, observando las modificaciones de los elementos de su órbita, y debido a su forma esférica, fue fácil calcular la densidad atmosférica por la zona transitada, lo que permitió determinar con bastante precisión la densidad de la alta atmósfera. Igualmente permitió medir la concentración de electrones e iones sirviéndose de las señales emitidas en la frecuencia de 20 y 40 megaciclos. También transmitió datos sobre el régimen térmico imperante en el interior del ingenio, lo que sirvió para estudiar el comportamiento de los equipos instalados a bordo del satélite y verificar la eficacia del sistema de climatización. Los transmisores estuvieron enviando datos durante 21 días, hasta que se agotó la carga de los acumuladores.

Mientras esto sucedía, los norteamericanos aceleraban el lanzamiento de su primer satélite, denominado Vanguard. El 6 de diciembre de 1957 lo hicieron, pero la precipitación con que realizaron los preparativos condujo a un fracaso. El efecto fue desastroso, pues el despliegue publicitario había sido enorme, y las cámaras de televisión solo mostraron la caída del satélite. No sería hasta el 31 de enero de 1958, que lograrían poner en órbita su primer satélite: Explorer 1, bajo la égida de von Braun.

Pero ese logro fue solo la continuación de la historia iniciada el 4 de octubre de 1957. De hecho, ese día se abrió una etapa completamente nueva en la historia de la humanidad, equiparable al descubrimiento del fuego o la rueda. Lo que sucedió con el Sputnik 1 luego de agotarse su carga es sabido, se desintegró en las capas densas de la atmósfera terrestre el 4 de enero de 1958, a las 1 y 53 minutos, después de haber dado 1 367 órbitas en torno a la Tierra y de haber recorrido más de 70 millones de kilómetros, a una velocidad de casi 8 kilómetros por segundo4.

Hoy, cuando los vuelos espaciales son algo cotidiano, y se suele recibir con incredulidad la noticia del fracaso de uno de ellos, a veces tendemos a subestimar la importancia de ese primer viajero espacial. Pero siempre que recordamos ese artefacto de configuración similar a la de una pelota de baloncesto, es imposible no sentir algo de la emoción de quienes por primera vez tuvieron la certeza de ver cumplidas las predicciones de que los seres humanos saldrían de los límites del planeta.

Notas:

1. Wernher von Braun: ingeniero alemán considerado padre de la astronáutica moderna. Nació en la población alemana de Wirsitz (hoy Wyrzysk, Polonia) en 1912. Entre 1937 y 1944 trabajó en el polígono militar de Peenemunde diseñando y construyendo los misiles V-2. Tras acabar la guerra, e inicialmente como prisionero de guerra, prosiguió su trabajo en los EE.UU., desarrollando los lanzadores Redstone y Júpiter y, más tarde, el Saturno V, con el cual se pudo llevar a cabo el programa de conquista de la Luna. Murió en 1977, a los 65 años.

2. Valentin Petrovich Glushko: ingeniero aeronáutico ucraniano. Nació en Odessa, el 2 de Septiembre de 1908. Jugó un papel fundamental en el programa espacial soviético. Constructor Jefe a cargo del desarrollo del cohete Energía y de la nave de uso múltiple Burán. Murió el 10 de enero de 1989.

3. Sergei Pávlovich Korolev: ingeniero aeronáutico ucraniano. Nació en Zhitomir en1906. Fue el principal conductor del programa espacial de la URSS. Se le identifica con los éxitos espaciales soviéticos, entre ellos, el lanzamiento del primer satélite artificial, el primer vuelo espacial tripulado por astronautas, y la primera sonda espacial que fotografió el lado opuesto de la Luna desde la Tierra. Murió el 14 de enero de 1966.

4. Por cierto, luego de agotarse su carga y mientras vagó alrededor del planeta, le cupo el honor de ser la primera basura espacial generada por los humanos. Hasta entonces, relegados a nuestro planeta, no podíamos afectar el sistema solar, pero desde ese momento nuestras posibilidades de contaminación se multiplicaron enormemente. El objeto de la carrera espacial era llegar al espacio exterior, e inmersos en esa obsesión nadie pensó en como evitar que quedase allá, convertido en un peligro para futuras incursiones espaciales, y para el planeta y sus habitantes. Un peligro que en la actualidad constituyen otros ingenios espaciales que han finalizado su vida útil. En varias ocasiones esos artefactos, o fragmentos de ellos, han impactado la superficie terrestre. Por ejemplo, en noviembre de 1960, partes de un satélite norteamericano cayeron sobre Cuba causando daños a propiedades y la muerte de una vaca.

Fuentes:

1. Sputnik: El Compañero de Viaje.
 http://www.astrored.org/astrofotos/apod/index.php/ap960211.html

2. Vuelos Espaciales.
http://www-istp.gsfc.nasa.gov/stargaze/Mspacfly.htm

3. Alemania y el desarrollo espacial.
http://icarito.latercera.cl/icarito/2001/835/pag3.htm

4. Contaminación Espacial.
http://www.monografias.com/trabajos11/contesp/contesp.shtml

5.  El Sputnik: el despegue de la carrera espacial.
http://www.cosmopediaonline.com/sputnik.html

6. LA CONQUISTA DEL ESPACIO. El sueño que se expande.
 http://www.lavozdegalicia.es/reportajes/noticia.jsp?TEXTO=100000027683

7. Un homenaje al padre del programa espacial ruso.
 http://www.launchpad9.hpg.ig.com.br/historia/korolev.htm

8. Astronáutica.
http://www.ciencia-ficcion.com/glosario/a/astronau.htm

9. Werner Von Braun.
http://www.artehistoria.com/frames.htm?
http://www.artehistoria.com/batallas/personajes/8002.htm

 

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