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LA ÚLTIMA PERSONA QUE
HABLÓ CON CAMILO
Nadie jamás imaginó en Las Tunas es que a Eusebio
González Rodríguez, aquel humilde hombre, le había
correspondido el triste privilegio de ser la última
persona que desde tierra habló con el Comandante Camilo
Cienfuegos, momentos antes de la desaparición física del
héroe.
Pastor
Batista Valdés |
La Habana
Vecinos, amigos,
colegas de trabajo, de lucha, conocidos y hasta
desconocidos, le vieron llegar cada 28 de octubre hasta
las márgenes del río más cercano o hasta las
proximidades del mar, y lanzar una flor.
Lo que nadie jamás
imaginó en Las Tunas es que a aquel humilde hombre
(aparentemente más cercano a los trillos de la décima
que a los surcos de la historia) le había correspondido
el triste privilegio de ser la última persona que desde
tierra habló con el Comandante Camilo Cienfuegos,
momentos antes de la desaparición física del héroe.
No solo por su
natural modestia, sino sobre todo por el dolor, Eusebio
González Rodríguez rehusó durante muchos años volver a
hablar del asunto, "hasta que un día —explica— mi esposa
lo comentó con Alfredo Hondal", y entonces vino el
diálogo, la revelación pública. "No fue casual
aquella última conversación con Camilo —me cuenta en
tono pausado, pero vertical—, hacía siete meses que
trabajaba directamente con él, en un grupo de apoyo a
sus actividades de dirección; éramos unos 20 compañeros,
con Cristino Naranjo al frente.
"El trabajo y el
movimiento eran perennes, siempre había algo en el
ambiente, actividades mercenarias, acciones de la
contrarrevolución...
"Así surge el caso de
Hubert Matos, con su traición y su iluso ultimátum a la
Revolución, el 22 de octubre, como a las 2 de la
madrugada, salimos 29 compañeros, incluidos Camilo y
Cristino, en vuelo hacia Camagüey."
Eusebio hace
silencio. A pesar del tiempo transcurrido, le parece
estar mirando a los agramontinos saliendo desde muy
temprano a las calles (estimulados según él por la
presencia de algunos dirigentes revolucionarios en el
territorio), acercándose a los alrededores del
regimiento militar, todo lo cual facilitó la detención
del traidor por parte de Camilo.
"Ese día Camilo me
ordena irme para La Habana al frente de dos autos; me da
un documento que luego entregué en la cárcel de Torrens,
y las llaves de una garita."
Son poco más de las
4:00 p.m. La usual jovialidad y el afable carácter de
Camilo nada tienen en común con la intensa actividad
física y síquica de esas jornadas. "¡Qué hombre!",
piensa una vez más Eusebio, y se despiden. Camilo,
Rafael Rodríguez —el custodio— y el chofer van hacia el
aeropuerto. Eusebio toma la Carretera Central. La Habana
los espera a todos.
"Ante un fallo
eléctrico —relata Eusebio— yo intento comunicar por
microondas con Camilo y no es posible. Fue desde el
CESNA bimotor que nos llamaron. Le digo a Fariñas —el
piloto— que ya resolvimos y entonces Camilo me dice: “No
hay problema, hay una tormenta, nos estamos
desviando...” y ahí se corta la comunicación.
"Íbamos por Las
Villas, prosigue, y manteníamos constante comunicación
con nuestra gente en tierra. El CESNA tenía combustible
para un tiempo determinado, luego del cual una frase me
martillaba el tímpano: ‘Camilo
no llega, no llega’.
"El resto es
conocido: la desaparición, la falsa noticia de que
apareció al otro día, la incesante búsqueda, la
confirmación de la pérdida por parte de Fidel, la
consternación del pueblo....
"Es duro, Camilo era
ese hombre con todas las virtudes que uno desea para los
seres más queridos. No maltrataba a nadie, ni siquiera
para darte la más recia orden, siempre con su buen
carácter y la sonrisa por delante."
Tal vez por ello, 40
años después, Eusebio prefiere imaginar al hombre que
tanto admiró guiando con su mano el lápiz y la mano de
un niño, jugando pelota en un barrio, o sonriendo
dichoso, mientras le entregaba en Caimito a aquel
anciano (Bartolo Corría) el acordeón que una vez le
prometió. |