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SUS DOS LEALTADES
Para el Che, quien fue su jefe y amigo, el Señor de la
Vanguardia “practicaba la lealtad como una religión; era
devoto de ella; tanto de la lealtad personal a Fidel,
que encarna como nadie la voluntad del pueblo, como la
de ese mismo pueblo; pueblo y Fidel marchan unidos y así
marchaban las devociones del guerrillero invicto”.
Pedro
Antonio García |
La Habana
Aquel día amaneció
nublado. Los niños de las escuelas primarias de la
capital, de la mano de sus maestros, se congregaron en
el Malecón habanero. Luego desfilaron los alumnos de la
enseñanza de nivel medio. Todos iban serios, en
silencio. Cada uno portaba una flor blanca.
“Camilo amaba a los
niños y luchó por un futuro feliz para ellos”, declaraba
a un periodista una jovencita quinceañera, cuya mirada
se perdía en el mar. Otra adolescente de grandes ojos
negros insistía en añadir: “Su desaparición conmovió al
pueblo que lo quería, se confundía con él”.
Cuando cesaron sus
tareas del día, los talleres, fábricas, comercios y
oficinas, miles de obreros y empleados en largas
columnas atravesaron las calles rumbo a la costa.
Embarcaciones llenas de pueblo arrojaron cojines de
gladiolos y azucenas a las aguas del litoral. Una
caravana de ómnibus de distintas rutas escoltaba a un
camión lleno de flores. Cada sección sindical del
Transporte había aportado una cesta.
Una incesante lluvia
no impidió que unos 50 000 santiagueros marcharan, flor
en mano hacia los muelles. A su vez, los milicianos de
la oriental provincia de Holguín caminaron más de 30
kilómetros. En todo el país, los puertos de mar eran
puntos de concentración de localidades cercanas. Se
reportaron multitudinarias peregrinaciones en las
ciudades de Matanzas, Caibarién, Cienfuegos... Así el
pueblo rindió homenaje al Héroe el 28 de octubre de
1960, en el primer aniversario de su desaparición. Y
como una tradición, ha llegado a nuestros días.
El joven Camilo
Según consta en el
tomo 70 de 1944, folio 49 del Juzgado Municipal de
Arroyo Naranjo, Camilo Cienfuegos Gorriarán, hijo de
Ramón y Emilia (ambos naturales de España), nació en La
Habana a las siete de la mañana del 6 de febrero de
1932. José Antonio Rabaza Tato, su amigo desde el
preescolar, lo recuerda como “un chico de pelo rubio
blanquecino, pequeño de estatura en sus primeros años de
infancia, luego alcanzaría una talla algo elevada y el
cabello se le oscurecería hacia el castaño. De
complexión sobre lo delgado, con extremidades huesudas.
Carácter jovial, alegre y sonriente. Bromeaba mucho,
pero con delicadeza. Gustaba de la música popular cubana
y del swing. No era muy ducho con los ritmos en
el baile”.
“Amaba los deportes
–añade–, en especial la pelota. De niños jugábamos en
San Francisco de Paula al taco con un palo de escoba y
un trocito de palo. Ambos revolvíamos las aguas de un
manantial que salía de mi patio buscando bichitos y
resbalábamos en yaguas por una pendiente cercana”.
Insiste en subrayar el papel de los padres en su
formación: “Les oía hablar de la Guerra Civil Española,
de la traición fascista, de las Brigadas
Internacionales. Veía a la madre coser a la luz del
quinqué ropitas de lana para enviarles abrigo a los
hijos de los republicanos. Ramón, el padre, era
presidente del Comité de Ayuda al Niño y Pueblo Español
y organizaba recolectas de juguetes, dinero... Más de
una vez Camilo ofrecía el dinero de su merienda para los
huérfanos de guerra y se quedaba sin nada”.
Durante los gobiernos
auténticos (1944-1952), Camilo participó en mítines de
solidaridad con los revolucionarios dominicanos que
luchaban contra el trujillismo y en protestas contra los
arbitrarios aumentos de pasaje en la capital. Ya durante
la tiranía batistiana, lo hirieron en manifestaciones y
fue fichado por los aparatos represivos. “Fidel es la
esperanza de libertad para el pueblo cubano –afirmaría
desde el exilio en 1956. (...) Mi único deseo, mi única
ambición es ir a Cuba a estar en las primeras líneas
cuando se combata por el rescate de la libertad. (...)
Hay un solo camino de terminar con la situación actual y
con sus responsables seguir la causa de Fidel. (...)
Fidel afirmó que este año seremos libres o él morirá. Yo
desde hace mucho estoy con él, me lo había jurado y lo
cumpliré”.
El guerrillero
excepcional
“Cuando me alcé
(abril de 1957). Camilo era el jefe de la escuadra de la
vanguardia. Al principio no tuvimos mucho trato, él
andaba por un lado y yo por otro. Después, me fui con el
Che, en la Columna 4.” Orestes Guerra se limpia los
espejuelos y prosigue: “Luego Camilo pasó a la tropa
nuestra como jefe de nuestro pelotón, el de la
vanguardia”.
“Con su astucia, su
trato, su valor, supo dirigirnos. Pasó con nosotros (los
combates de) Mar Verde, Subida del Muerto, Pino del Agua
II; las campañas del Llano en el 58, su ascenso a
comandante, una parte del rechazo a la Ofensiva de
Verano de la tiranía, la Invasión a la provincia de Las
Villas...”.
“Él era un hombre
natural. A pesar de ser el jefe, cuando llegaba a un
campamento y por más desbaratado que se sintiera,
ayudaba a hacer café, a cocinar. No tenía complejos, le
llevaba a la hamaca el café, el plato de comida, a los
heridos. Muy querido por su valor y por su forma de
tratar a sus hombres, no solo a los oficiales, al más
insignificante de la tropa. Un ejemplo en el trabajo y
en el combate. Si había hombre guapo, ese era él.”
Orestes gusta de
relatar esta anécdota sobre la profunda fe que Camilo
siempre tuvo en el Comandante en Jefe. “Después de Mar
Verde, todavía en el 57, Fidel nos dijo que dentro de
muy poco iban a abrirse nuevos frentes en varios lugares
de las provincias de Oriente, Las Villas, Pinar del Río.
Yo me dije: ‘Está loco, nosotros con dos grupitos, sin
muchas armas y está inventando con mandar tropas para
otra parte’”.
Camilo tenía otro
criterio: “Si lo dijo Fidel, cuenta que lo hace”. “Yo lo
miré: ‘Este está peor que Fidel, de dónde piensa que
vamos a sacar tanta gente y armas’”. Menos de un año
después, tras la derrota de la ofensiva de la tiranía,
su jefe y amigo le recordó esta conversación: “Te traigo
una noticia. ¿Te acuerdas lo que dijo Fidel? Mira, ya
tenemos la orden de ir para Pinar del Río con la Columna
2. Te lo dije, si lo dice Fidel...".
La Revolución en
el poder
Una vez derrocada la
tiranía, cuando Camilo asumió la jefatura del Estado
Mayor del Ejército Rebelde, Olga Lleras Fernández,
Cuquita, se fue a trabajar con él. “A nadie le
decían secretaria ni jefe de despacho, como se dice
ahora, cada uno realizaba una labor y a veces
simultaneábamos tareas, trabajábamos hasta altas horas
de la noche, algunas veces no nos íbamos para la casa...
Era muy jocoso y a todos nosotros nos llamaba tracatanes,
y cuando tenía una relación más directa con los
compañeros, les decía michelines. A mí me decía
michelina.”
¿Es cierto que
despachaba con usted sentados en el suelo?, inquiero. “A
veces se sentaba en el piso, se recostaba a la pared y
se quitaba las botas, o lo hacía en la escalera
principal del Estado Mayor, donde le vi firmar
documentos. Recibía una barbaridad de correspondencia,
no daba abasto. Cuando la gente le planteaba problemas,
tenía por método que lo investigáramos, había tres
compañeros para eso”.
“Era un elemento
unificador maravilloso, le gustaba que se llevara bien
todo el mundo. La Patria estaba por encima de todo, de
cualquier concepto, no importaba si tú eras comunista o
católico o religioso, o de la Sierra o la
clandestinidad, lo que le importaba era que tuvieras
pasión por la Patria."
La caballería
invasora
Ante la actitud
hostil y agresiva del imperialismo y la reacción interna
contra la Reforma Agraria, surgió la iniciativa de que
el primer 26 de Julio en la Cuba revolucionaria fuera
una amplia movilización popular, con una muchedumbre
campesina desfilando con machetes al lado de la clase
obrera. “La idea de venir a caballo a La Habana fue de
Troadio Camacho y un grupo de campesinos de la provincia
de Villa Clara —afirma Félix Torres —, yo hablé con
Camilo, que se entusiasmaba mucho con todo lo que
patentizara el apoyo a Fidel, a la Reforma Agraria y a
la Revolución.”
“A él no se le puede
describir en dos palabras —continúa —, era un hombre
excepcional. Dinámico, con una capacidad de trabajo
extraordinaria, podía desplazarse de un lugar a otro, de
noche o de día, por bosques, seborucales, lomas, por
donde fuera. Era algo así como un andarín, no se detenía
por caminar 8 ó 10 kilómetros sin descanso.”
“Además, tenía un
concepto político muy claro del futuro y de los
problemas sociales. Partidario de reorganizar el
movimiento obrero, barrer con el mujalismo, organizar a
los campesinos. Gran propagandista de la Reforma
Agraria. Él sabía que yo era comunista y me decía:
‘Cuando veas a Fidel y conozcas su programa, te vas a
dar cuenta de que es igual al de ustedes’.”
Se convocó a los
jinetes para Yaguajay el 15 de julio de 1959. “El
día de la salida, Camilo llegó como a las ocho y media
de la mañana, le preparamos su caballo, el que había
tenido en la guerra, que se lo conservábamos, lo montó y
partimos. En Yaguajay le habló al pueblo”. El Señor de
la Vanguardia no pudo estar siempre con la Caballería
Invasora por sus altas responsabilidades. “El 26 de
julio de 1959 llegamos a La Habana. Por la Carretera
Central fuimos hasta el Caballo Blanco (municipio de San
Miguel del Padrón), en la capital del país, cogimos por
Dolores y pasamos por casa de Camilo, en la barriada de
Lawton. En horas de la mañana, participamos en un
desfile frente al Capitolio. Por la tarde, junto al
pueblo de la capital y más de medio millón de campesinos
de todo el país, fuimos a la Plaza de la Revolución para
respaldar a Fidel.”
Contra Fidel ni en
juego
Se celebraba un
partido de béisbol memorable. Una selección de Barbudos
(miembros del Ejército Rebelde) se enfrentaba al equipo
de la Policía Nacional Revolucionaria. Se había
anunciado por la prensa que los pitchers iban a ser
Fidel y Camilo. Al aparecer los jugadores en el terreno,
el Señor de la Vanguardia vestía el uniforme de los
Barbudos y portaba en la mano una mascota de catcher.
“Yo no estoy en contra de Fidel ni en un juego de
pelota”, dijo a los periodistas, mientras se preparaba
para recibir los lanzamientos del Jefe de la Revolución.
El juego terminó 3 a
0 a favor de los Barbudos y entre Fidel y Camilo
hicieron una gran jugada en primera base. Al bate, Fidel
dio un roletazo al cuadro; a Camilo, en dos strikes, le
salió foul el intento de toque y el árbitro Amado
Maestri le declaró out por regla. “Camilo, ¡te
poncharon!”, dijo Fidel y al Héroe de Yaguajay le brotó
una carcajada que provocó una risa general.
Como una religión
Para el Che, quien
fue su jefe y amigo, el Señor de la Vanguardia
“practicaba la lealtad como una religión; era devoto de
ella; tanto de la lealtad personal a Fidel, que encarna
como nadie la voluntad del pueblo, como la de ese mismo
pueblo; pueblo y Fidel marchan unidos y así marchaban
las devociones del guerrillero invicto”.
Después del triunfo
de la Revolución, la devoción a sus dos lealtades se
puso de manifiesto en las diversas misiones que le
encomendó la jefatura de la Revolución. Cuando en la
ciudad de Camagüey, ya en octubre de 1959, se produjo
una intentona sediciosa que amenazaba la unidad
revolucionaria, otra vez el Comandante en Jefe acudió a
él para neutralizar a los complotados. “Al seleccionar a
Camilo para esta misión tan compleja —afirma el general
de ejército Raúl Castro —, Fidel veía en él la más alta
representación de la lealtad, la valentía y la audacia.”
Camilo detuvo personalmente al jefe de los complotados y
desarmó a sus cómplices.
Según me narrara
Jorge Enrique Mendoza, testigo excepcional de aquellos
hechos, cuando Fidel se encaminó desarmado al cuartel de
los sediciosos seguido por millares de camagüeyanos, el
Héroe de Yaguajay marchaba delante, temeroso de que
algún contrarrevolucionario atentara contra el Jefe de
la Revolución. “Iba dispuesto a todo —aseguraba
Mendoza—, incluso a servirle de escudo al Comandante en
Jefe si alguien le disparaba.” Neutralizada la sedición,
en el amanecer del 28 de octubre, tomó una avioneta para
regresar a La Habana. Durante días, todo un pueblo vivió
en la incertidumbre del fatal accidente, que nos
arrebató a Camilo.
Confianza y fe
absolutas
En los primeros días
de la Revolución, Fidel había interrumpido uno de sus
más trascendentales discursos para preguntarle: “¿Voy
bien, Camilo?”. Para el Che, no era un hecho casual,
sino intencional: era la pregunta hecha a un hombre en
quien el Comandante en Jefe sentía una confianza y fe
absolutas.
Para muchos, Camilo
dio respuesta cabal a esa pregunta nueve meses después,
en vísperas de su desaparición, cuando ante una multitud
congregada en el entonces Palacio Presidencial (hoy
Museo de la Revolución) exclamó: “¡Adelante Fidel, que
Cuba está contigo!” |