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CUANDO VIVIR VALE UNA SONRISA
 
Cuando se dijo de él que era la imagen del pueblo, no solo se otorgaba una categoría política del hombre que de procedencia humilde se había convertido en guerrero legendario, sino que, además, se personificaba la idiosincrasia con la que, por lo general, se define al cubano.


Jorge Sariol | La Habana


Algunos en el mundo siguen creyendo que la simpatía que provocó la Revolución cubana se debió, en parte, a la aureola de sus líderes, un manojo de jóvenes valerosos y atractivos, algunos de ellos capaces de escribir tratados jurídicos, cuentos, crónicas periodísticas, canciones, esculturas, dibujos.

La parte más superficial del análisis, colgado por el glamour de una nueva época demasiado preocupada por la imagen, creyó, por ejemplo, que la sonrisa de uno de los más destacados guerrilleros era el resultado de la satisfacción por ser uno de los más populares protagonistas del triunfo de una gesta continental.

Cualquiera que revise la abundante iconografía de Camilo Cienfuegos encontrará muy pocas fotografías en que el héroe, aún antes del triunfo, aparezca serio.

Es más: en gran parte de las fotos de su adolescencia y niñez, Camilo aparece tras una sonrisa de oreja a oreja, con el gesto típico de gente para quien la vida, a pesar de sombras y recodos, vale vivirla sonriente.
 

Cuentan que de niño iba a nadar con sus hermanos a un pedazo de costa desolada y escabrosa, en el litoral Este, inmediato a la bahía de La Habana, y que aún sigue llamándose Playa del Chivo. Allí pasaban largas horas en un sitio predilecto al que la familia denominó desde entonces con el muy aristocrático y no menos satírico nombre de Roca Club, por la cantidad de las agresivas piedras “diente´perro” sobre las cuales ellos corrían veloces para lanzarse al agua como desde un trampolín.

Famosas fueron las peloteras armadas en el Pozo del mango, una fuente pública de abasto de agua a la que iba Camilo, un muchachito flaco y espigado, a buscar las cantidades que no encontraba en su barrio por falta de acueducto. Las peleas frecuentes, casi siempre para reparar alguna injusticia, eran resueltas enseñando los puños, y detrás, una sonrisa.

El anecdotario del Camilo bromista en la Sierra Maestra ha dado para varios volúmenes, tanto como la relación de sus hazañas en “el llano”, su presencia en la invasión y los primeros días del triunfo, siempre con una sonrisa que cautivaba a las damas, causaba furor en los niños y provocaba la admiración del resto.

Cuando se dijo de él que era la imagen del pueblo, no solo se otorgaba una categoría política del hombre que de procedencia humilde se había convertido en guerrero legendario, sino que, además, se personificaba la idiosincrasia con la que, por lo general, se define al cubano: simpático, dicharachero, audaz, bromista, lleno de arrestos, persona que ante alguna tarea por hacer, asume la frase “para luego es tarde” como un auto de fe.

Y cuentan que así fue desde pequeño, sonriente también cuando salía con su padre a hacer colectas para los republicanos de la Guerra Civil Española. Era en aquel tiempo “un niño rubio y bonito al que los gitanos se lo podían robar”, según decía una vecina, aunque los cíngaros fueran raros en Cuba y más pacíficos que el dulce de toronja.

Aseguran también que por esa época la familia se mudó a otro barrio, y a los pocos días Camilo desapareció. Con la natural alarma y por un angustioso y largo rato, en la mente de todos empezaban a aparecer imágenes de gitanos tenebrosos con sacos a cuestas, hasta que alguien lo descubrió, oculto en un rincón olvidado, aguantando la risa y la respiración.

Si esto no explica al hombre que fue después, nunca se comprenderá su risa de hombre franco, aunque se haya nacido en Cuba. Y curiosamente, a veces uno se pregunta cómo lo comprendió y lo asimiló un extranjero de carácter serio y adusto, un argentino casi monástico, definido por un poeta como “gente llana y difícil cada día”.

Amigos en “las verdes y las maduras”, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos intercambiaron un rosario de contingencias memorables en las que Camilo parecía inmune. En cambio, el sudamericano, destinatario de las “camiladas” a veces de niño terrible, las soportaba divertido, y así como son las cosas de la vida, es de creer incluso que las extrañaba, porque años después, poco antes de desaparecer mientras buscaba qué había más allá de su propia audacia, el héroe argentino llamó Camilo a su primer hijo varón.
 

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