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MELANCOLÍA EN LA CORTE
DE LOS MILAGROS
 
Teresa Melo |
México

Para Leo Senmanat, Sergio Lago y Adriana Naveda

Para Alberto, en Xalapa

Me gustó llegar de México y encontrar las dos últimas Jiribillas esperándome. No sé si sea demasiado para mi poca capacidad confesional (lo que siempre es problemático) decir que leo sus páginas todas, que las disfruto mientras ponen mis células grises a funcionar. En la última leo sobre mi Silvio, una crónica del concierto Cita con ángeles, donde, claro, no pude estar. Pero había estado días y días pensando en Silvio, abría los libros de poesía e inconscientemente buscaba en ellos algún verso de sus canciones.

El culpable, de cierto modo, fue Iroel, mi amigo, uno de los persistentes que, junto a León Estrada y Reynaldo García Blanco  nos propusimos encontrar la huella de la obra vastísima de nuestro trovador, en la vastísima poesía cubana de los últimos tiempos. Así que en México, en un encuentro cálido y emotivo con estudiantes de la Licenciatura de Letras Mexicanas de la Universidad de Veracruz, estoy hablando de algo que parecía impreciso por su título “Materia de la poesía: la responsabilidad de la palabra” y que desencadenó un diálogo hermoso entre aquellos jóvenes y esta poeta, sobre problemas de nuestro mundo actual y que luego se convirtió en algo que parecía conferencia sobre la política editorial cubana, interés más que lógico en jóvenes para los cuales es difícil acceder a publicaciones en la medida en que sí se accede acá. Y claro, terminé hablando de Silvio, sin saber cómo se había enlazado un tema con otro, mientras algunos casi suspiraban cuando hablaba de la antología de poemas. Y creí librarme de “mi fantasma”.

Tuve otro encuentro, menos espontáneo tal vez pero igual de interesante porque fue en la Maestría de Literatura de la misma universidad, para estudiantes y profesores de la misma. La poesía de los ochenta-noventa, el sistema editorial cubano y Silvio. ¿Cómo? No sabría decirlo. Entonces me dicen unas amigas mexicanas que me llevarán a un lugar de mi comida favorita (difícil adivinar), pero no me llevarán por la comida, que no se vive solo para eso, sino porque allí toca un grupo de mexicanos y cubanos. Confieso que lo disfruté. Ya había estado en el concierto que diera el Septeto Habanero, donde el corazón se me desbocó cuando sonó la primera nota y cuando vi la emoción de aquel público de bailadores, extasiados con el sonido nuestro. Este otro grupo, más modesto pero muy bueno, es el disfrute puro de lo que es la música de la Isla. Excepto aprender a bailar, los músicos de Xalapa, Veracruz, gozaban “cubanamente” el repertorio que tocaban, y los tres cubanos eran la música, allí, en aquel sencillo lugar. Juraban las amigas que el tresero era músico del puerto, y yo, con cierto nacionalismo, les decía que “un tres tocado así, solo por un cubano”, y claro que tenía razón.

Les cuento esto porque cuando me preguntaron dónde quería celebrar (un poco adelantado) mi cumpleaños, dije: “En Lorenzillos, con los cubanos”. Entonces sí me atreví a hablarles y me alegraré siempre, y lo disfruté como se disfruta lo nuestro en todos los sitios del mundo, y ellos reían con lo que decían “la risa cubana” que yo les había llevado hasta allí. Así que nos fuimos a otro lugar, el del título: “La Corte de los Milagros”, como esos cafés de las películas adonde van los artistas, porque allí también tocaban, en otro grupo, los que ya eran “mis cubanos”. La gente baila y yo, que no sé mucho, agradecí que un muchacho mexicano muy joven estuviera emocionado porque era “la primera vez que bailaba con una cubana, y porque él amaba toda mi cultura y le parecía que tenía que haber nacido en Cuba”. Rodrigo se llama aquel muchacho de veinte años que nunca ha visitado la Isla, y se sabe canciones y nombres de escritores y muchas cosas más que son parte de su sueño.

A las tres de la madrugada, cuando la Negra Modelo sabe mejor, un trovador mexicano tomó el pequeño escenario, y ¿qué creen que hace cada vez que toca allí? Canta todo el repertorio de Silvio, cualquier canción, la que le pida el público que era evidentemente asiduo al lugar. Así que cantamos a pulmón o quedamente tema a tema, todos, mientras mis cubanos de vez en vez subían a acompañarlo. Fue, de todos los momentos mágicos que mis amigos y mi vida me regalan, uno de los más hermosos.

Así que finalmente no pude librarme del fantasma Silvio durante esos días, pero en realidad nunca lo he buscado. Alguna vez le contaré cómo suenan sus canciones cuando él no está, cuando no hay un escenario gigante de un teatro o una plaza, cuando unos que nacieron bajo nuestro mismo cielo dicen ya las palabras nuestras mezcladas con las de allá y ambos acentos crean uno nuevo, pero lo pierden cuando cantan “Oh, melancolía” con toda la melancolía que cabe en la penumbra, cuando los otros que cantan no saben los caminos que hemos atravesado juntos la Isla, sus canciones y yo.

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