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¿CON QUÉ DETERGENTE LAVAS?
EL PODER PÚBLICO EN LA ERA DEL IMPERIO
Arundhati
Roy|
India
Me han pedido que
hable acerca del "poder público en la era del imperio".
No acostumbro hacer lo que se me dice, pero por una
feliz casualidad eso es precisamente de lo que quiero
hablar hoy.
Cuando vemos cómo se
destripa y se desangra el lenguaje, ¿qué entendemos por
"poder público"? Cuando la libertad significa ocupación;
la democracia, capitalismo neoliberal; la reforma,
represión; y palabras como "emancipación" y "misión de
paz" le hielan a una la sangre, entonces una expresión
como "poder público" puede significar lo que quiera cada
uno. Por ejemplo, una máquina para desarrollar los
bíceps o un producto de limpieza. Así que voy a tener
que definir el "poder público" por el camino, digamos
que arrimando el ascua a mi sardina.
En la India, la
palabra "public" está incorporada a la lengua hindú.
Significa pueblo. En hindú tenemos "sarkar" y "public",
el gobierno y el pueblo. Este uso implica la suposición
de que el gobierno es algo aparte de "el pueblo". La
distinción tiene mucho que ver con el hecho de que la
lucha por la libertad en la India, aunque magnífica, no
fue ni mucho menos revolucionaria. La elite india se
calzó con facilidad y elegancia los zapatos que dejaron
los imperialistas británicos. Una sociedad
extremadamente empobrecida y esencialmente feudal se
convirtió en una nación estado independiente y moderna.
Hoy, cuando han pasado cincuenta y siete años exactos,
los verdaderos vencidos todavía ven al gobierno como "mai-baap",
el padre y proveedor. El sector ligeramente más radical,
los que todavía tienen fuego en las entrañas, lo ven
como "chor", el ladrón, el que arrebata todas las cosas.
Sea como sea, para la
mayoría de los indios, "sarkar" es algo muy diferente de
"public". Sin embargo, a medida que se suben los
peldaños de la escala social, la distinción entre "sarkar"
y "public" se diluye. A la elite india, como a todas las
elites del mundo, le cuesta separarse del estado. Ve lo
que ve el estado, piensa como el estado, habla como el
estado.
En contraste, en
EE.UU. la distinción entre "sarkar" y "public" se ha
difuminado a niveles mucho más profundos dentro de la
sociedad. Esto podría ser indicativo de una democracia
robusta, pero desgraciadamente el asunto es un poco más
complicado y menos lindo. Entre otras cosas está
relacionado con la intrincada trama de paranoia urdida
por el "sarkar" estadounidense y difundida por las
corporaciones mediáticas y por Hollywood. Los
estadounidenses normales se han visto manipulados hasta
imaginar que son un pueblo en estado de sitio cuyo único
refugio y protección provienen de su gobierno. Si no son
los comunistas, es Al Qaeda. Si no es Cuba, es
Nicaragua. El resultado es que la nación más poderosa
del mundo, con su inigualable arsenal, su historial de
combate y financiación de innumerables guerras, y la
única nación que ha hecho uso de la bomba atómica, está
habitada por una ciudadanía aterrorizada que se asusta
hasta de su sombra. Un pueblo atado al estado, no por
las prestaciones sociales, la sanidad pública o las
garantías laborales, sino por el miedo.
Este miedo de
fabricación sintética se utiliza para conseguir el apoyo
del pueblo a más actos de agresión, y así se va
construyendo una espiral de histeria autoreplicante, ya
calibrada oficialmente por el gobierno estadounidense en
su programa Alertas Terroristas en Rutilante Tecnicolor:
fucsia, azul turquesa, rosa salmón.
A los que la miramos
desde afuera, esta fusión de "sarkar" y "public" en
EE.UU. a veces nos hace difícil distinguir entre las
acciones del gobierno de EE.UU. y las del pueblo
estadounidense. Esta confusión es lo que alimenta al
antiamericanismo en el mundo. Entonces el gobierno
estadounidense se aferra al antiamericanismo y lo
amplifica por medio de sus leales medios de
comunicación. Ya conocen la rutina: "¿Por qué nos odian?
Odian nuestras libertades"... etc., etc. De esta forma
se refuerza la sensación de aislamiento de la población
de EE.UU. y hace más estrecho todavía el abrazo entre "sarkar"
y "public". Como Caperucita Roja buscando el calorcito
de la cama del lobo.
El uso de la amenaza
de un enemigo externo para unificar a la población en
favor de uno es un burro viejo al que se suben los
políticos desde hace siglos para entrar por las puertas
del poder. Pero a lo mejor la gente normal está harta de
ese pobre burro y busca otra cosa. Una antigua canción
de película hindú dice: "yeh public hai, yeh sab jaanti
hai" (el pueblo sí lo sabe todo). ¿No sería estupendo si
la canción tuviera razón y los políticos no?
Antes de la invasión
ilegal de Iraq por Washington, una encuesta de Gallup
International indicaba que en ningún país europeo el
apoyo a una guerra unilateral superaba el 11%. El 15 de
febrero de 2003, pocas semanas antes de la invasión, más
de diez millones de personas se manifestaron en contra
de la guerra en los distintos continentes, América del
Norte inclusive. Y aún así los gobiernos de muchos
países supuestamente democráticos se unieron a la
guerra.
La cuestión es si la
"democracia" sigue siendo democrática.
¿Los gobiernos
democráticos tienen que rendir cuentas a las personas
que los eligieron? Y, crucialmente, ¿el "public" de los
países democráticos es responsable de las acciones de su
"sarkar"?
Si nos ponemos a
pensar, la lógica en la que se basa la guerra contra el
terrorismo y la lógica en que se basa el terrorismo es
exactamente la misma. Ambas obligan a los ciudadanos a
pagar por las acciones de sus gobiernos. Al Qaeda obligó
al pueblo de los EE.UU. a pagar con sus vidas las
acciones de su gobierno en Palestina, Arabia Saudí, Iraq
y Afganistán. El gobierno estadounidense ha obligado al
pueblo afgano a pagar con miles de vidas las acciones de
los talibanes, y el pueblo iraquí está pagando con
cientos de miles más las acciones de Sadam Husein.
La diferencia
esencial es que en realidad nadie había votado a Al
Qaeda, a los talibanes o a Sadam Husein. Pero el
presidente de los EE.UU. sí que había ganado elecciones
(bueno, por decirlo de alguna manera).
Los jefes de gobierno
de Italia, España y Reino Unido habían ganado
elecciones. ¿No podría decirse, entonces, que los
ciudadanos de estos países son más responsables de las
acciones de sus gobiernos que lo son los iraquíes de las
acciones de Sadam Husein, o los afganos de las de los
talibanes?
¿Cuál de sus
respectivos dioses decide si ésta o la otra es una
"guerra justa"? George Bush padre dijo una vez: "Yo
nunca pediré disculpas en nombre de EE.UU. No me importa
lo que haya pasado". Cuando el presidente del país más
poderoso del mundo no necesita que le importe lo que
haya ocurrido, por lo menos podemos estar seguros de que
hemos entrado en la era del imperio.
Así que, ¿qué
significado tiene el poder público en la era del
imperio? ¿Tiene algún significado? ¿Existe en realidad?
En estos tiempos
presuntamente democráticos el pensamiento político
convencional afirma que el poder público se ejerce en
las urnas. Docenas de países de todo el mundo irán a las
urnas este año, y la mayoría (no todos) tendrán los
gobiernos a los que hayan votado. Pero ¿conseguirán
tener los gobiernos a los que aspiran?
En la India este año
votamos la derrota de los nacionalistas hindúes. Sin
embargo, mientras estábamos celebrándolo, sabíamos ya
que en lo que se refiere al armamento nuclear, el
neoliberalismo, la privatización, la censura, los
grandes pantanos, es decir, en todas las cuestiones
importantes, aparte del nacionalismo hindú descarado, el
Partido del Congreso y el BJP no presentan grandes
diferencias ideológicas. Sabemos también que fueron los
cincuenta años de existencia del Partido del Congreso
los que abrieron el camino, cultural y políticamente, a
la extrema derecha. También fue el Partido del Congreso
el que abrió los mercados de la India a la globalización
corporativa.
En su campaña
electoral, el Partido del Congreso aseguraba que estaba
dispuesto a revisar parte de su política económica.
Millones de personas, de las más pobres de la India,
salieron a votar en masa en estas elecciones. El
espectáculo de la gran democracia india se televisó en
directo: los agricultores pobres, los ancianos y
enfermos, las mujeres cubiertas de velos con sus
hermosas joyas de plata, acudiendo a los colegios
electorales sobre elefantes, camellos y carros de bueyes
en un espectáculo encantadoramente anacrónico. En contra
de las predicciones de todos los expertos y
encuestadores de la India, el Congreso obtuvo más votos
que ningún otro partido. Los partidos comunistas
consiguieron el mayor número de votos de su historia.
Los pobres de la India votaron claramente en contra de
las "reformas" económicas del neoliberalismo y el
fascismo creciente. En cuanto se contaron los votos, los
grandes medios de comunicación los despacharon como si
fueran figurantes baratos en un rodaje. Los canales de
televisión desplegaban pantallas partidas: en la mitad
de la pantalla aparecía el caos que se había formado a
la puerta de la residencia de Sonia Gandhi, líder del
Partido del Congreso, mientras se improvisaba un
gobierno de coalición.
La otra mitad
mostraba, a las puertas del Bombay Stock Exchange, a los
corredores de bolsa frenéticos por la preocupación, por
si al Partido del Congreso se le ocurría cumplir sus
promesas y llevar a cabo las propuestas electorales que
lo habían llevado al poder. Vimos el índice bursátil
Sensex subir, bajar y dar tumbos. Los medios de
comunicación, cuyos propios valores estaban cayendo en
picado, daban la noticia del colapso bursátil como si
Pakistán acabara de lanzar misiles balísticos
intercontinentales sobre Nueva Delhi.
Antes incluso de la
toma de posesión del nuevo gobierno, hubo políticos de
primera fila del Partido del Congreso que hicieron
declaraciones públicas en las que aseguraban a los
inversores y a los medios que la privatización de los
servicios públicos continuaría. Entretanto, el BJP, al
pasar a la oposición, ha comenzado a poner objeciones,
de forma tan cínica como cómica, a la inversión
extranjera directa y a una mayor apertura de los
mercados indios.
Esta es la falsa
dialéctica que está adoptando la democracia electoral.
En cuanto a los
indios pobres, una vez que han suministrado los votos,
carretera y manta, que la política se decidirá sin
contar con ellos.
¿Y en las elecciones
de EE.UU.? ¿Tienen opción los votantes?
Es cierto que si John
Kerry llega a ser presidente, cambiarán algunos de los
magnates del petróleo y fundamentalistas cristianos de
la Casa Blanca. Serán pocos los que sientan perder de
vista a truhanes descarados como Dick Cheney, Donald
Rumsfeld o John Ashcroft. Lo que sí es preocupante es
que la nueva administración conservará su política. Que
tendremos Bushismo sin Bush.
Los que están
realmente en el poder ―los banqueros, directivos etc. ―
no son vulnerables al voto (y de todas formas financian
a ambos lados).
Por desgracia, la
importancia de las elecciones estadounidenses ha
degenerado en una contienda entre personalidades. Una
trifulca para dirimir quién sería el mejor capataz del
imperio. John Kerry cree en la idea del imperio con el
mismo fervor que George Bush.
El sistema político
de EE.UU. está cuidadosamente confeccionado para impedir
que cualquiera que cuestione la bondad natural de la
estructura de poder militar-industrial-corporativa pueda
entrar por las puertas del poder.
En este contexto, no
sorprende a nadie que en estas elecciones los dos
contendientes sean licenciados de la Universidad de Yale,
ambos miembros de la sociedad secreta "Skull and Bones"
(La calavera), ambos millonarios que juegan a los
soldaditos, ambos pregonando la guerra y discutiendo de
manera casi pueril cuál de los dos sería el caudillo más
eficiente en la guerra contra el terror.
Al igual que su
predecesor el presidente Clinton, Kerry continuará la
expansión del poder económico y militar de EE.UU. en el
mundo. Dice que hubiera votado a favor de la guerra de
Bush en Irak aún sabiendo que Iraq no tenía armas de
destrucción masiva. Promete asignar más tropas a Iraq.
Recientemente ha dicho que apoya al cien por cien la
política de Bush en relación con Israel y Ariel Sharon.
Dice que mantendrá el 98% de los recortes fiscales de
Bush.
Así que, por debajo
del histérico intercambio de insultos, el consenso es
casi absoluto. Parece que, incluso si el electorado
americano vota a Kerry, de todas formas seguirá estando
Bush: El presidente John Kerbush o el presidente George
Berry.
La posibilidad de
elegir no es real, sino aparente. Es como elegir una
marca de detergente. Compres Tide o compres Ivory Snow,
los dos son de Procter and Gamble.
Esto no significa que
la posición de cada uno no tenga sus matices, que el
Congreso y el BJP, los neolaboristas y los
conservadores, los demócratas y los republicanos sean lo
mismo. Claro que no lo son. Tampoco lo son Tide y Ivory
Snow: Tide tiene oxígeno activo y Ivory Snow es un jabón
suave.
En la India, hay
diferencias entre un partido abiertamente fascista (el
BJP) y otro que taimadamente enfrenta a una comunidad
con otra (Congreso), sembrando las semillas del
comunalismo que luego cosecha hábilmente el BJP.
Existen diferencias
en los niveles de inteligencia e insensibilidad de los
actuales candidatos a presidente de los EE.UU. El
movimiento contra la guerra en EE.UU. ha realizado una
labor extraordinaria al poner de manifiesto las mentiras
y la venalidad que dio lugar a la invasión de Iraq, a
pesar de la propaganda e intimidación a las que se
enfrentaban.
Esta acción prestó un
gran servicio no solo al pueblo estadounidense, sino al
mundo entero. Pero ahora, si el movimiento contra la
guerra se une abiertamente a la campaña de Kerry, el
resto del mundo pensará que está de acuerdo con su
política de imperialismo "sensible". ¿Es preferible el
imperialismo de EE.UU. si lo apoyan la ONU y los países
europeos? ¿Es preferible que la ONU pida soldados a
India y Pakistán para que maten y mueran en Iraq en
lugar de los soldados estadounidenses? ¿Es verdad que el
único cambio que pueden esperar los iraquíes es que las
compañías francesas, alemanas y rusas participen en el
saqueo de su país?
¿Es esto mejor o peor
para los que vivimos en naciones vasallas?, ¿es mejor
para el mundo tener un emperador más listo en el poder,
o uno más tonto? ¿Es esa nuestra única alternativa?
Perdónenme, ya sé que
estas son preguntas incómodas, incluso brutales, pero es
necesario plantearlas.
Lo cierto es que la
democracia electoral se ha convertido en un proceso de
manipulación cínica. Ofrece un espacio político muy
reducido, y sería ingenuo creer que en este espacio hay
opciones reales.
La crisis de la
democracia moderna es profunda.
En el escenario
global, más allá de la jurisdicción de los gobiernos
soberanos, los instrumentos internacionales de comercio
y finanzas supervisan un complejo sistema de leyes
multilaterales y acuerdos que han consolidado un sistema
de apropiación que daría vergüenza a los colonialistas.
Este sistema permite la entrada y salida sin
restricciones de cantidades ingentes de capital
especulativo ―dinero caliente― de los países del Tercer
Mundo, que acaba prácticamente por dictar su política
económica. Utilizando la amenaza de la fuga de capital
como palanca, el capital internacional penetra cada vez
más en todos los niveles de estas economías. Las
gigantes corporaciones transnacionales están tomando las
riendas de sus infraestructuras esenciales y sus
recursos naturales, sus minerales, su agua, su
electricidad. La Organización Mundial del Comercio, el
Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras
instituciones financieras como el Banco Asiático de
Desarrollo, prácticamente escriben la política económica
y la legislación parlamentaria. Arrogantes y
despiadados, blanden sus mazas contra sociedades
históricamente complejas, frágiles, interdependientes, y
las asolan.
Todo esto, por
cierto, bajo el alegre ondear de la pancarta de la
"reforma".
Como consecuencia de
esta reforma, en África, Asia y América latina, miles de
negocios e industrias de pequeña envergadura han
quebrado. Millones de trabajadores y agricultores han
perdido sus empleos y sus tierras.
La revista The
Spectator, de Londres, nos asegura que "vivimos en
la era más feliz, sana y pacífica de la historia de la
humanidad". Miles de millones de personas preguntarían,
¿de qué "nosotros" habla? ¿Dónde viven? ¿Cómo se llaman?
Lo que hay que
comprender es que la democracia moderna está cimentada
por una aceptación casi religiosa de la nación-estado.
Pero la globalización de las corporaciones no lo está.
El capital líquido no lo está. Por tanto, aunque el
capital requiera el poder de coerción de la nación
estado para acallar las revueltas en las habitaciones de
los sirvientes, el sistema garantiza que ninguna nación
pueda oponerse a la globalización por su cuenta y
riesgo.
Un cambio radical no
puede ser ni será nunca algo negociado por los
gobiernos: sólo lo puede ejecutar el pueblo, el público.
Un público capaz de darse la mano a través de las
fronteras.
Así, cuando hablamos
del "poder público en la era del imperio", espero que no
parezca presuntuoso asumir que lo único que vale la pena
debatir en serio es el poder de un público que disiente,
un público que está en desacuerdo con el propio concepto
de imperio, un público que se enfrenta con los que
ocupan el poder: los gobiernos e instituciones
internacionales, nacionales, regionales o provinciales
que apoyan y prestan servicios al imperio.
¿Cuáles son las vías
de protesta que pueden emplear las personas que desean
resistir al imperio? Cuando digo "resistir" no me
refiero sólo a expresar nuestro desacuerdo, sino a
forzar un cambio real. El imperio tiene una amplia gama
de tarjetas de visita. Utiliza distintas armas para
descerrajar los distintos mercados, ya saben, como el
talonario o el misil crucero.
Para los pobres de
muchos países, el imperio no aparece siempre en forma de
misiles o tanques, como en Iraq, Afganistán o Vietnam.
Aparece en sus vidas en forma de avatares muy locales:
la pérdida del empleo, recibos de la luz impagables,
cortes en el suministro de agua, desahucios de
viviendas, desalojos de tierras... todo esto supervisado
por la maquinaria represora del estado, la policía, el
ejército, el poder judicial. Se trata de un proceso de
empobrecimiento implacable que los pobres conocen muy
bien a lo largo de su historia. Lo que hace el imperio
es reforzar y exacerbar las desigualdades existentes.
Hasta hace bastante
poco a la gente le costaba a veces verse a sí mismos
como víctimas de las conquistas del imperio. Pero
actualmente los conflictos locales están viendo cada vez
más claro su propio papel. Por muy grandilocuente que
suene, lo cierto es que se están enfrentando al imperio,
cada uno a su manera, que es muy diferente en Iraq,
Sudáfrica, India, Argentina y, cómo no, en las calles de
Europa y de EE.UU.
Los movimientos de
resistencia de masas, los activistas, periodistas,
artistas y cineastas se han unido para quitarle brillo
al imperio. Han atado cabos, han convertido los
flujogramas y los discursos de los consejos de
administración en historias reales sobre personas reales
y desesperanzas reales. Han demostrado cómo el proyecto
neoliberal lo ha pagado la gente con sus viviendas, sus
tierras, sus empleos, su libertad, su dignidad. Han
hecho tangible lo intangible. El que antaño parecía un
enemigo incorpóreo se ha hecho carne.
Esto es una gran
victoria, forjada gracias a la unión de grupos políticos
diferentes, con estrategias muy variadas. Pero lo que
todos comprendieron es que el objeto de su rabia, de su
activismo y su empeño es el mismo. Este fue el principio
de la verdadera globalización: la globalización de la
inconformidad.
En general, hoy en
día hay dos tipos de movimientos de resistencia de masas
en los países del Tercer Mundo. El movimiento de los sin
tierra de Brasil, el movimiento antipantanos en la
India, los zapatistas de México, el foro
antiprivatización de Sudáfrica y varios cientos más
están luchando contra sus propios gobiernos soberanos,
que han pasado a ser agentes del proyecto neoliberal. La
mayor parte de estos son conflictos radicales, en los
que se lucha por cambiar la estructura y el modelo
elegido para el "desarrollo" de sus sociedades.
Los otros son los que
luchan contra ocupaciones neocoloniales tan oficiales
como brutales en territorios disputados, cuyas fronteras
dibujaron las potencias imperialistas en el siglo
pasado. Los pueblos de Palestina, Tíbet, Chechenia,
Cachemira y varios estados del nordeste de la India
mantienen una lucha por la autodeterminación.
Algunas de estas
luchas podrían haber sido radicales, e incluso
revolucionarias, en sus comienzos, pero a menudo la
brutalidad de la represión con que se encuentran las
empuja hacia áreas conservadoras e incluso retrógradas,
en las que las estrategias de violencia y el lenguaje de
nacionalismo religioso y cultural que se emplean son
idénticos a los de los estados que pretenden sustituir.
Muchos de los
soldados rasos de estas contiendas se encontrarán, al
igual que los que lucharon contra el apartheid en
Sudáfrica, que una vez venzan a la ocupación van a tener
otra guerra en las manos, una guerra contra el
colonialismo económico encubierto.
Entretanto, a medida
que el abismo entre ricos y pobres se profundiza y la
batalla por el control de los recursos terrestres se
intensifica, el colonialismo económico por medio de la
agresión militar cabalga de nuevo.
El Iraq de hoy
proporciona una ilustración trágica de este proceso. Una
invasión ilegal; una ocupación brutal en nombre de la
liberación. La reelaboración de leyes que permiten la
apropiación desvergonzada de la riqueza y los recursos
del país por las corporaciones aliadas a la ocupación, y
ahora la farsa de un "gobierno iraquí" local.
Por estas razones, es
absurdo condenar la resistencia a la ocupación de Iraq
por EE.UU. basándose en que está organizada por
terroristas, insurgentes o partidarios de Sadam Hussein.
Después de todo, si alguien invadiera y ocupara EE.UU.,
¿serían todos los que lucharan por su liberación
terroristas, insurgentes o bushistas?
La resistencia iraquí
lucha en los frentes de la batalla contra el imperio, y
en ese caso su lucha es la nuestra.
Como la mayoría de
los movimientos de resistencia, está formado por una
serie de facciones de distinto pelaje. Antiguos
baathistas, liberales, islamistas, colaboracionistas
descontentos, comunistas etc. Como es de esperar, está
plagado de oportunismo, rivalidades locales, demagogia y
delincuencia. Pero si solo vamos a apoyar a los
movimientos inmaculados, entonces ninguna resistencia
merecerá nuestra pureza.
Esto no significa que
no debamos criticar nunca a los movimientos de
resistencia. Muchos de ellos adolecen de falta de
democracia, de idolatría de sus líderes, de falta de
transparencia, de falta de visión y dirección. Pero
sobre todo sufren por la demonización, la represión y la
falta de recursos.
Antes de decidir cómo
debería dirigir una resistencia iraquí inmaculada su
batalla laica, feminista, democrática y no violenta,
deberíamos apuntalar la resistencia por nuestro lado
obligando a EE.UU. y sus aliados a retirarse de Iraq.
El primer
enfrentamiento militar que se dio en EE.UU. entre el
movimiento para la justicia global y la junta neoliberal
tuvo lugar en la famosa conferencia de la OMC en Seattle
en diciembre de 1999. Para muchos movimientos de masas
en países en vías de desarrollo que llevaban mucho
tiempo librando batallas aisladas y solitarias, Seattle
fue la primera señal de alivio, que demostraba que su
rabia y su visión de un mundo distinto también existían
entre la gente de los países imperialistas.
En enero de 2001, en
Porto Alegre, Brasil, se reunieron 20 000 activistas,
estudiantes, cineastas ―algunas de las mejores mentes
del mundo― para poner en común sus experiencias e
intercambiar ideas sobre cómo hacer frente al imperio.
Así nació el ya histórico Foro Social Mundial. Esta era
la primera reunión oficial de un tipo distinto de "poder
público": estimulante, anárquico, nada indoctrinado,
activo. El lema del FSM es "Otro mundo es posible". El
foro se ha convertido en una plataforma en la que
cientos de conversaciones, debates y seminarios han
ayudado a templar y refinar una visión de cómo sería ese
mundo.
En enero de 2004, se
celebró el cuarto FSM en Mumbai, India, al que acudieron
200 000 delegados. Yo nunca había participado en una
reunión tan vibrante. Una de las pruebas del éxito del
foro social es que los medios de comunicación
principales de la India lo ignoraron completamente. Pero
ahora el FSM está amenazado por su propio éxito. El
ambiente seguro, abierto y lúdico del foro ha permitido
participar y ha dado voz a políticos y organizaciones no
gubernamentales implicados en los sistemas políticos y
económicos a los que se opone el foro.
Otro peligro es que
el FSM, cuyo papel ha sido tan vital en el movimiento
por la justicia global, corre el riesgo de convertirse
en un fin en sí mismo. Solamente organizarlo todos los
años consume las energías de algunos de los mejores
activistas que tenemos. Si las conversaciones en torno a
la resistencia sustituyen a la auténtica desobediencia
civil, el FSM podría tornarse en algo valioso para
aquéllos contra los que se creó. El foro se debe
celebrar y tiene que crecer, pero tenemos que encontrar
formas de canalizar esas conversaciones hacia acciones
concretas.
A medida que los
movimientos de resistencia se han estirado cruzando
fronteras y han comenzado a suponer una amenaza real,
los gobiernos han desarrollado sus propias estrategias
para derrotarlos, sea por medio de la asimilación o la
represión.
Voy a hablar de tres
de los peligros actuales que afectan a los movimientos
de resistencia: el difícil punto de encuentro entre los
movimientos de masas y los medios de comunicación de
masas; los riesgos de la ONG-ización de la resistencia;
y el enfrentamiento entre los movimientos de resistencia
y los estados cada vez más represivos.
El lugar en que los
medios masivos se encuentran con los movimientos de
masas es bastante complicado.
Los gobiernos se han
dado cuenta de que unos medios que funcionan de crisis
en crisis no se pueden permitir quedarse mucho tiempo en
el mismo sitio. Al igual que los negocios requieren
liquidez de dinero, los medios requieren liquidez de
crisis. Países enteros se convierten en noticias
pasadas: dejan de existir y la oscuridad se vuelve más
profunda que antes de que los focos se detuvieran
brevemente sobre ellos. Lo vimos en Afganistán cuando se
retiraron los soviéticos, y ahora, una vez que la
operación Libertad Duradera puso a Hamid Karzai, de la
CIA, en el poder, Afganistán ha quedado una vez más en
manos de sus guerreros feudales.
En Iraq se ha
instalado otro agente de la CIA, Iyad Allawi, así que
quizá haya llegado la hora de que los medios se vayan
también de allí.
Mientras los
gobiernos refinan el arte de esperar a que pase cada
crisis, los movimientos de resistencia se están
enmarañando cada vez más en una espiral de producción de
crisis, buscando las formas de fabricarlas en formatos
de fácil consumo a medida de los espectadores.
Todo movimiento
popular que se respete, todo "tema", ha de tener su
propio globo publicitario en el aire anunciando su marca
y su propósito.
Por esta razón, los
muertos de hambre son más eficaces a la hora de dar
publicidad a la pobreza que millones de personas
desnutridas, que no llegan a dar la talla. Los pantanos
no dan mucho juego como noticia hasta que la devastación
que producen queda bien en televisión - cuando ya es
demasiado tarde.
Pasarse días de pie
en el agua mientras se va llenando el pantano, viendo
cómo tu casa y tus posesiones se van flotando, solía ser
una estrategia eficaz, pero ya no lo es. Ya aburre
mortalmente a los medios. Así que, para capturar su
atención, los cientos de miles de personas desplazadas
por las presas tendrán que buscarse nuevos trucos o
abandonar la lucha.
Las concentraciones
coloridas y las manifestaciones de fin de semana son
esenciales, pero por sí solas no son lo bastante
potentes para parar las guerras. Las guerras sólo
terminarán cuando los soldados se nieguen a luchar,
cuando los trabajadores se nieguen a cargar armas en los
buques y aviones, cuando el pueblo boicotee los centros
económicos del imperio diseminados por todo el globo.
Si queremos reclamar
el espacio de la desobediencia civil, tenemos que
liberarnos de la tiranía del periodismo de crisis con su
miedo a lo mundano. Tenemos que usar nuestra
experiencia, nuestra imaginación y nuestro arte para
interrogar a los instrumentos del estado que garantizan
que la "normalidad" sea lo que es: cruel, injusta,
inaceptable. Tenemos que sacar a la luz las políticas y
procesos que hacen que las cosas de cada día ―la comida,
el agua, la vivienda y la dignidad ―sean un sueño
distante para la gente normal. El verdadero ataque
preventivo es comprender que las guerras son el
resultado final de una paz imperfecta e injusta.
En lo que se refiere
a los movimientos de resistencia, lo cierto es que no
hay cobertura de los medios comparable a la fuerza de
las masas en acción sobre el terreno. No hay otra
opción, de veras, que la agotadora movilización
política.
La globalización de
las corporaciones ha aumentado la distancia entre los
que toman las decisiones y los que sufren las secuelas
de esas decisiones. Los foros como el FSM permiten a los
movimientos locales de resistencia reducir esa distancia
y tomar contacto con los movimientos correspondientes en
los países ricos. Esta es una alianza importante y
formidable. Por ejemplo, cuando el primer pantano
privado de la India, el Maheshwar Dam, estaba en
construcción, las alianzas creadas entre la Narmada
Bachao Andolaan (NBA), la organización alemana Urgewald,
la Declaración de Berna en Suiza y la Red Internacional
sobre Ríos de Berkeley en EE.UU., se unieron para
conseguir que una serie de bancos internacionales y
corporaciones abandonaran el proyecto. Esto no hubiera
sido posible si no hubiera existido sobre el terreno un
movimiento de resistencia sólido como una piedra. La voz
de ese movimiento local se vio amplificada por los que
los apoyaban a nivel global, causando la deserción de
los inversores, avergonzados.
Si se formaran
infinitas alianzas similares, dirigidas a proyectos
específicos y a corporaciones específicas, se podría
crear un mundo diferente. Deberíamos empezar por las
corporaciones que hacían negocios con Sadam Hussein y
ahora se aprovechan de la devastación y ocupación de
Iraq.
Otro peligro que
amenaza a los movimientos de masas es la ONG-ización de
la resistencia. Será fácil distorsionar lo que voy a
decir para que parezca una acusación a todas las ONG.
Eso sería falso. En las sucias aguas de las ONG de pega
montadas para chupar subvenciones o eludir impuestos (en
estados como Bihar se regalan como dote) también existen
ONG que realizan labores valiosas. Pero es importante
observar el fenómeno de las ONG en un contexto político
más amplio.
En la India, por
ejemplo, el apogeo de las ONG subvencionadas comenzó a
finales de los años 80 y en los 90, coincidiendo con la
apertura de los mercados indios al neoliberalismo. En
aquel momento, el estado indio, cumpliendo los
requisitos del ajuste estructural correspondiente,
estaba retirando su apoyo financiero al desarrollo
rural, la agricultura, la energía, el transporte y la
sanidad pública. A medida que el estado abdicaba su
función tradicional las ONG se pusieron a trabajar en
estas áreas específicas. La diferencia, evidentemente,
es que los fondos que tienen a su disposición son una
fracción minúscula del recorte que se realizó en el
gasto público. La mayoría de las grandes ONG
subvencionadas están financiadas y patrocinadas por las
agencias de ayuda y desarrollo, que a su vez dependen
para su financiación de los gobiernos occidentales, el
Banco Mundial, la ONU y algunas corporaciones
multinacionales. Aunque no sean exactamente las mismas
agencias, siguen siendo parte del mismo mundillo
político que supervisa el proyecto neoliberal y que
exige el recorte drástico del gasto público.
¿Cuál es la razón por
la que estas agencias financian a las ONG? ¿Podría ser a
causa del anticuado afán misionero? ¿Será el sentido de
culpabilidad? En realidad, es algo más que eso. Las ONG
dan la impresión de estar llenando el vacío creado por
el estado en retirada. Sí que lo hacen, pero de forma
materialmente inconsecuente. Su contribución real es que
por medio de ellas se descarga la rabia política y que
reparten como asistencia o caridad lo que corresponde al
pueblo por derecho.
Las ONG alteran la
psique pública. Convierten a las personas en víctimas
desvalidas y mellan las puntas de la resistencia
política. Las ONG forman una especie de parachoques
entre el "sarkar" y el "public". Entre el imperio y sus
súbditos. Se han convertido en árbitros, intérpretes,
mediadores.
En última instancia,
las ONG son responsables de sus acciones ante los que
las financian, no ante las personas con las que
trabajan. Son lo que llamarían los botánicos especies
indicadoras. Es como si, cuanta más devastación produzca
el neoliberalismo, más ONG surgen. No hay ilustración
más pertinente que el fenómeno de EEUU preparándose a
invadir un país y simultáneamente preparando a las ONG
para que fueran a limpiar los despojos.
Con el fin de
asegurarse la financiación y conseguir que los gobiernos
de los países donde trabajan les permitan actuar, las
ONG tienen que presentar su trabajo dentro de un marco
superficial más o menos exento de contexto histórico o
político. Por lo menos, de un contexto histórico o
político inconveniente.
Las llamadas de
socorro apolíticas (y, por lo tanto, extremadamente
políticas en realidad) que envían los países pobres y
las regiones en guerra acaban por formar una imagen en
la que aquellas gentes (oscuras) de aquellos países
(oscuros) aparecen como víctimas patológicas. Otro indio
desnutrido más, otro etíope que se muere de hambre, otro
campo de refugiados afganos, otro sudanés mutilado...
todos los cuales necesitan la ayuda del hombre blanco.
Estas imágenes refuerzan sin querer los estereotipos
racistas y reafirman las hazañas, las comodidades y la
compasión ("es todo por tu bien") de la civilización
occidental. Son los misioneros seglares del mundo
moderno.
A la larga, a menor
escala pero de una forma más traicionera, el capital de
que disponen las ONG tiene la misma función en la
política alternativa que el capital especulativo que
entra y sale de las economías de los países pobres:
empieza a dictar el orden del día, convierte el
conflicto en negociación, despolitiza a la resistencia,
interfiere con los movimientos populares locales que
tradicionalmente se han mantenido por sí solos. Las ONG
disponen de fondos para dar empleos a personas que, de
no ser así, trabajarían en los movimientos de
resistencia, pero que de esta manera sienten que están
haciendo algo inmediata y creativamente bueno, y encima
se ganan la vida. La auténtica resistencia política no
tiene atajos de esos.
La ONG-ización de la
política amenaza con hacer de la resistencia un trabajo
cortés, razonable, con su salario y su jornada de 9 a 5,
más algunos extras. La verdadera resistencia tiene
consecuencias de verdad. Y no paga salarios.
Así llegamos a un
tercer peligro que quiero mencionar hoy: el carácter
letal del enfrentamiento real entre los movimientos de
resistencia y los estados cada vez más represivos. Entre
el poder público y los agentes del imperio.
Siempre que la
resistencia civil ha mostrado la más mínima señal de
pasar de la acción simbólica a parecer, aunque sea
remotamente, una amenaza, la represión se vuelve
despiadada. Ya hemos visto lo que ocurrió en las
manifestaciones de Seattle, Miami, Göthenberg, Génova.
En EE.UU. tienen el
USA PATRIOT Act, que se ha convertido en un esquema para
la elaboración de leyes antiterroristas promulgadas en
todo el mundo. Se recortan las libertades con el
pretexto de proteger la libertad. Y una vez que cedemos
nuestras libertades, será necesaria una revolución para
conseguir que nos sean devueltas.
Algunos gobiernos
tienen mucha experiencia en recortar libertades y seguir
quedando bien. El gobierno indio, veterano en este
juego, alumbra el camino.
A lo largo de los
años el gobierno indio ha promulgado infinidad de leyes
que le permiten tratar a casi cualquier persona de
terrorista, insurgente, militante. Tenemos la Ley de
Poderes Especiales de las Fuerzas Armadas, la Ley de
Seguridad Pública, la Ley de Seguridad de Áreas
Especiales, la Ley de Gangsters, la Ley de Areas
Terroristas y Levantiscas (que oficialmente ya no está
en vigor, pero todavía hay personas a la espera de
juicio por su causa) y, la más reciente, la POTA, Ley de
Prevención del Terrorismo, el antibiótico de amplio
espectro para curar la inconformidad.
También se están
tomando otras medidas, como sentencias de tribunales
cuyo efecto es sustraer la libertad de expresión, el
derecho de los funcionarios a la huelga, el derecho a la
vida y al sustento. En la India los tribunales han
comenzado a microgestionar nuestras vidas. Y encima,
criticar a los tribunales es un delito.
Sin embargo,
volviendo a las iniciativas contra el terrorismo, en los
últimos diez años el número de personas que han muerto a
manos de la policía y las fuerzas de seguridad alcanza
las decenas de miles. En el estado de Andhra Pradesh (la
niña bonita de la globalización corporativa en la India)
muere cada año una media de 200 "extremistas" en lo que
se suelen llamar "encuentros". La policía de Bombay
presume del número de "gangsters" que han matado en
estos "tiroteos". En Cachemira, cuya situación es casi
de guerra, han muerto unas 80 000 personas desde 1989.
Miles de personas simplemente han "desaparecido". En las
provincias del nordeste la situación es similar.
En los últimos años
la policía india ha abierto fuego contra personas
desarmadas, en su mayoría de las castas dalit y adivasi.
Su método preferido es matarlos y a continuación
llamarlos terroristas. India no es la única, por cierto.
Hemos visto ocurrir lo mismo en países como Bolivia,
Chile y Sudáfrica. En la era del neoliberalismo, la
pobreza es un crimen y protestar contra ella se define
cada vez más a menudo como terrorismo.
En la India, la POTA
(Ley de Prevención del Terrorismo) se denomina a menudo
Ley de Producción del Terrorismo. Es una ley versátil,
un patrón único que puede aplicarse a cualquiera, desde
un agente de Al Qaeda a un conductor de autobús
descontento. Como es el caso de todas las leyes contra
el terrorismo, lo genial de la POTA es que puede ser lo
que quiera el gobierno. Tras el pogromo de 2002 en
Gujarat ayudado por el gobierno, en el que se calcula
que 2.000 musulmanes fueron asesinados brutalmente por
multitudes hindúes y 150 000 tuvieron que abandonar sus
hogares, 287 personas han sido acusadas bajo la POTA, de
las cuales 286 son musulmanas y una es sikh.
La POTA permite
utilizar como evidencia en un juicio las confesiones
extraídas mientras el reo se encuentra en custodia de la
policía. En la práctica, la tortura tiende a sustituir a
la investigación. El Centro de Documentación sobre
Derechos Humanos del Sur de Asia informa que la India
presenta el número más alto del mundo de fallecimientos
en custodia y bajo tortura. Los archivos del gobierno
indican que solo en 2002 hubo 1 307 muertes en custodia
judicial.
Hace unos meses formé
parte de un jurado bajo la POTA. A lo largo de dos días
escuchamos testimonios espeluznantes de lo que está
ocurriendo en nuestra magnífica democracia. Hay de todo:
desde las personas a las que obligan a beber orina, a
las que desnudan, humillan, aplican electroshock, queman
con colillas o insertan barras de hierro en el ano,
hasta las que matan a palos y patadas.
El nuevo gobierno ha
prometido abolir la POTA. Me sorprendería que esto se
llevara a cabo antes de aprobar otra legislación con un
nombre diferente. Si no es la POTA será la MOTA o algo
así.
Cuando se cierran
todas las vías al inconformismo no violento y se acusa
de terrorista a toda persona que protesta contra la
violación de los derechos humanos, ¿de verdad deberíamos
sorprendernos al ver que amplias zonas del país están
cuajadas de personas que creen en la lucha armada y
están más o menos fuera del control del estado? Esto
ocurre en Cachemira, en las provincias del nordeste, en
grandes comarcas de Madhia Pradesh, Chattisgarh,
Jharkhand y Andhra Pradesh. La gente normal de estas
regiones está atrapada entre la violencia de los
militantes y la del estado.
En Cachemira, el
ejército indio calcula que hay entre 3 000 y 4 000
militantes activos en un momento dado. Con el objeto de
controlarlos el gobierno indio envía unos 500 000
soldados. Está claro que el ejército no solo pretende
controlar a los militantes, sino a la población entera
de infelices que ven al ejército indio como una fuerza
de ocupación.
La Ley de Poderes
Especiales de las Fuerzas Armadas permite no sólo a los
oficiales de alto rango, sino incluso a los suboficiales
del ejército, utilizar la fuerza y hasta matar a
cualquier persona bajo sospecha de alterar el orden
público. Primero se impuso en ciertos distritos del
estado de Manipur en 1958. Hoy en día se aplica en
prácticamente todo el nordeste y en Cachemira. La
documentación de casos de tortura, desapariciones,
muertes en custodia, violaciones y ejecuciones sumarias
a manos de las fuerzas de seguridad es capaz de
revolverle el estómago a cualquiera.
En Andhra Pradesh, en
el corazón de la India, el grupo militante Marxist-Leninist
People's War Group, que llevaba años en la lucha armada
violenta y ha sido el principal foco de atención de
muchos de los falsos "encuentros" que cita la policía de
Andhra, celebró su primer mitin público el día 28 de
julio de 2004, en la ciudad de Warangal.
Asistieron a la
concentración cientos de miles de personas. Según la
POTA, todos ellos son terrorristas. ¿Van a detenerlos a
todos en algún equivalente indio a Guantánamo?
Todo el nordeste de
la India y el valle de Cachemira están a punto de
explotar. ¿Qué va a hacer el gobierno con estos millones
de personas?
Hoy por hoy no hay en
el mundo un tema de debate tan crucial como la cuestión
de las estrategias de resistencia, y la elección de
estrategias no está enteramente en manos del "public":
también está en manos del "sarkar".
Después de todo,
cuando EE.UU. invade y ocupa Iraq como lo ha hecho, con
una fuerza militar tan desmesurada, ¿se puede pedir que
la resistencia sea de tipo militar convencional? Para
empezar, incluso si fuera convencional seguiría siendo
calificada como terrorista. Parece extraño, pero el
arsenal armamentístico del gobierno de EE.UU., su
potencia aérea y su artillería hacen del terrorismo una
reacción prácticamente ineludible. El pueblo compensa la
falta de dinero y poder con estrategias y astucias.
En estos tiempos de
ansiedad y desesperación, si los gobiernos no hacen lo
posible por respetar la resistencia no violenta, están
favoreciendo por omisión a los que optan por la
violencia. La condena del terrorismo por los gobiernos
no es creíble si no se muestran dispuestos a cambiar
ante el inconformismo no violento.
Sin embargo se hace
lo contrario: reventar los movimientos de resistencia;
comprar, destruir o sencillamente ignorar cualquier
movilización u organización política de masas.
Entretanto, los
gobiernos y los grandes medios de comunicación, sin
olvidar la industria cinematográfica, prodigan su
tiempo, atención, tecnología, investigación y admiración
en la guerra y el terrorismo. Es la deificación de la
violencia.
El mensaje que lanzan
es angustioso y peligroso: si quieres expresar una queja
de carácter público, la violencia es más eficaz que la
no violencia.
A medida que se
ensancha el abismo entre el rico y el pobre; a medida
que se hace más urgente la necesidad de adueñarse de los
recursos mundiales y controlarlos con el fin de
alimentar a la ingente maquinaria capitalista, el
descontento no hará más que aumentar.
Para aquellos de
nosotros que nos encontramos en el bando contrario al
imperio, la humillación se está haciendo insoportable.
Cada uno de los niños
iraquíes asesinados por EE.UU. era hijo nuestro. Cada
uno de los prisioneros torturados en Abu Ghraib era
compañero nuestro. Cada uno de sus gritos era nuestro.
Cuando se les humillaba, se nos humillaba a nosotros.
Los soldados estadounidenses que luchan en Iraq, la
mayoría voluntarios reclutados en los pueblos y en los
barrios pobres, son tan víctimas como los iraquíes del
horrendo proceso que les exige morir por una victoria
que nunca será la suya.
Los mandarines del
mundo de las corporaciones, los directivos, los
banqueros, los políticos, los jueces y los generales nos
observan desde arriba meneando la cabeza con severidad:
"No Hay Alternativa", sentencian, y sueltan a los perros
de la guerra.
Y entonces, de las
ruinas de Afganistán, de los escombros de Irak y
Chechenia, de las calles de Palestina y las montañas de
Cachemira, de los montes y altiplanos de Colombia y de
las selvas de Andhra Pradesh y Assam, surge una
escalofriante respuesta: "No hay otra alternativa que el
terrorismo". Terrorismo. Lucha armada. Insurgencia.
Llámenle como quieran.
El terrorismo es
desalmado, feo y deshumanizante tanto para los que lo
perpetran como para sus víctimas. Pero también lo es la
guerra. Podría decirse que el terrorismo es la guerra
privatizada. Los terroristas son los comerciantes en el
libre mercado de la guerra. Personas que no creen que el
estado tenga el monopolio del uso legítimo de la
violencia.
La sociedad humana se
dirige a un lugar terrible.
Evidentemente, hay
una alternativa al terrorismo: se llama justicia.
Ha llegado la hora de
reconocer que por muchos armamentos, segadoras de
margaritas, sistemas de dominación total o falsos
consejos de gobierno y loya jirgas que se tengan, la paz
no se puede comprar a costa de la justicia.
La ambición de
algunos por la hegemonía y la preponderancia tendrá como
contrapartida el anhelo, aún más intenso, de los otros
por la dignidad y la justicia.
La forma en que se
manifieste la batalla, el que sea hermosa o cruenta,
depende de nosotros.
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