La Jiribilla | Nro. 182
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EL HOMBRE DE LAS MIL ANÉCDOTAS
Guillermo Cabrera Álvarez
Si inventáramos un nombre Cuando habla Fidel
Su sombrero Es la sangre de mi hijo
Su cabalgadura Él se molestó
Cumpleaños de 1954 Realmente infantiles
Quedó muy bien Fulgencio De la memoria popular
El nailon chiquitico La “identificación” de los masferrerista
Castigo merecido El submarino
¿Qué les llevan? El detector de mentiras
Prometió no alegrarse más El “ventrílogo”
Te lo doy para que lo gastes Ganas de bromear
Combatir el tedio Candela a “Riverito”
Deuda pagada Los gitanos se lo podían robar
El “bando comelón” El Roca Club
Tenía una reservita Lema de mi vida
El cartuchito de frijoles Cruce de carretera
Hay que guardar De la memoria popular
¿Se enteró de la paliza? Su voz sobre el intenso fuego
En el tailoreo Dentro del cuartel
De la memoria popular A boca de jarro
¡Me encanta el sabotaje! Silenciosamente
Un minuto de silencio Por poco se ahoga
Un cartelito que decía: “COMUNISTA” La detención del traidor
¿Para qué piensas que pelea? El uniforme de la Revolución
Los niños tristes Él se quedó
Chiste mutuo Academia vs. Coraje
La “rendición” de los soldados Poco antes de partir
Ese “matasanos” El caso de Juan sin Miedo
De la memoria popular De la memoria popular
¿Impresionar con tu estado mayor? Saludan a la Revolución


Si inventáramos un nombre

Camilo es una figura legendaria, es la idea que yo tengo de Camilo, hasta de su mismo nombre nada común, lleno de fuerza y de poesía al mismo tiempo. Si nosotros inventáramos un nombre para un personaje de leyenda le podríamos poner el nombre de Camilo Cienfuegos.

La misma muerte de Camilo, perdido en el mar, la manera de conmemorarla, echando una flor al agua y todas aquellas, sus hazañas, son acciones de leyenda. (Narrado por Vilma Espín, guerrillera)

Su sombrero

Un día llegué yo a caballo a donde ellos estaban: era el día que llevaba en animal para ensillárselo a Camilo, para que se trasladara de un  lado a otro, y él coge y se pone mi sombrero y me dice que a mí no me lucía ese sombrero, que le lucía, por ejemplo, al capitán Camilo, y se lo pone, se miró en un espejito y me dice:

- ¿Qué chico? Ponte la gorra esta.

Le digo:

- Bueno, me la llevaré para la casa y me pondré otro sombrero que tengo allá, que inclusive es mejor que este que tengo puesto, que tiene unos cuantos años ya.

Él se quedó con el sombrero y yo lo miraba y me reía y él luego miraba que yo le estaba mirando el sombrero y él se reía y guiñaba un ojo y les hacía señas a los otros compañeros. Y él luego les hacía señas a ellos que yo estaba mirando el sombrero; parece que él pensaba que yo quería el sombrero, pero era mirando que le lucía bien. Ese sombrero que Camilo traía era mío. Era mío y a mí me era orgullo que a él le luciera bien, lo trajera, y que Camilo con ese sombrero luce más bonito todavía. Ese sombrero se lo regalé yo, se lo regalé yo en el sentido que él lo cogió y se lo puso y le quedó bien, me miró y me dijo que le lucía más a él que a mí y se quedó con él.
(Narrado por Rafael Verdecía Lien, campesino de Sierra Maestra, colaborador del Ejército Rebelde)

Su cabalgadura

El viaje no es muy largo, pero el mulo en que pienso hacer el regreso es vago y bruto como no hay dos, cuando vine tuve que apearme tres veces a empujarlo, y eso que era loma abajo. Ahora que es loma arriba tendré que echármelo a cuesta, como si fuera la mochila.
(De una carta de Camilo a sus padres)

Cumpleaños de 1954

Del día de mis cumpleaños les diré que tuve quien me hiciera mis regalitos, pues Rafael me regaló una corbata, la familia Téllez una camisa y unos calzoncillos y por otro lado un pasador y yugos. “Suerte que tiene el Cubano”
(De una carta de Camilo a su familia)

Quedó muy bien Fulgencio

Otra de sus cosas era con los perros, con los animales en general. Recuerdo ahora que, al poco tiempo del 10 de marzo de 1952, del golpe de Estado que diera el dictador Fulgencio Batista, se apareció en casa un perrito. Llegó por la madrugada, de eso estoy seguro, porque Camilo, asociando la llegada del animalito con la entrada de Batista por la posta 6 en una madrugada, le puso Fulgencio.

Cuando se fue quisimos disimular y le decíamos Negrito. Una vez le escribimos mandándole una foto y él contestó: “Quedó muy bien Fulgencio.”

Cuando nos hacen un registro, ven la carta y me preguntan por Fulgencio y cuando le digo que Fulgencio es el perro, ¡cómo se puso el guardia!
(Narrado por Ramón Cienfuegos)

El nailon chiquitico

Nosotros dormíamos siempre juntos. Camilo colgaba la hamaca en el segundo piso  porque él era quien traía un nailon chiquitico y entonces amarraba arriba, bien arriba para que en el primer piso colgara Víctor Mora y también se beneficiara con el nailito y yo, como no tenía nada, me acurrucaba debajo del árbol, a la sombra de la hamaca como un lechoncito y así estábamos los tres tapados por el nailon de Camilo.
(Narrado por Walfrido Pérez, guerrillero invasor de la Columna No. 2)

Castigo merecido

Reconozco que alguna vez fui injusto. Por ejemplo, el día que me comunicaron que Camilo había mordido a una conserje de kindergarten. Lo llamé, Le expliqué lo que pasaba. Él no dijo ni esta boca es mía. Un mes lo tuve de penitencia. Después supe accidentalmente, que no había sido él sino un compañero al que quería mucho. Pero aguantó el castigo: yo, que sentía lástima cuando hizo dos o tres trastadas, le decía: “Te las perdono, a cuenta del castigo que cumpliste sin haberlo merecido.”
(Narrado por Ramón Cienfuegos)

¿Qué les llevan?

Era el segundo domingo de mayo y en el campamento rebelde del comandante Camilo Cienfuegos se planificaban las próximas acciones en el llano para batir a la tiranía.

Dos jóvenes se le acercan, son muchachos de la zona que se han unido al movimiento en los montes.

- Comandante, ¿usted podría darnos un permiso para llegarnos a ver a nuestras madres?

- Bien, pueden ir, pero no tarden...

- Enseguida, Comandante... --y dieron la espalda para retirarse. Camilo, como un relámpago, volvió a detenerlos.

- Un momento... ¿qué les llevan?

Los jóvenes se miraron.

- Nada...

- ¿Y cómo piensan ustedes ver a sus madres sin llevarles nada... No, y no... cojan estos veinte pesos, repártanlo y llévenles algo.
(Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes, enlace de la columna con la ciudad)

Prometió no alegrarse más

Cuando el ciclón del 44 era muy niño y nunca había visto un ciclón. Estaba loco por saciar su curiosidad. Yo le decía: “Niño, los ciclones son peligrosos, les tumban las casas a las personas y causan mucho daño.”

Ni quien lo convenciera. Vino el ciclón y pasamos todo el tiempo con la puerta semiabierta. Cuando todo terminó y salimos a la calle, lo primero que vio fue la casa de un compañerito a quien quería mucho, o mejor dicho, lo que quedaba de la casa, que se había caído. A la familia no le pasó nada, pero Camilo se entristeció y prometió no volverse a alegrar por la llegada de un ciclón.
(Narrado por Ramón Cienfuegos)

Te lo doy para que lo gastes

Cuando Camilo ordenaba a algún compañero una misión en la ciudad, le facilitaba dinero con que poder comer durante el tiempo que demorara la encomienda.

Ñico, uno de sus hombres, utilizado múltiples veces para entrar y salir de la ciudad de Bayamo, debía burlar el cerco de los guardias y sacar del pueblo alimentos, medicinas, y otros útiles necesarios para las tropas que operaban en los montes. El enlace, en la conciencia de que el dinero que le daban era necesario para otras cosas, escasas veces lo utilizaba y lo entregaba íntegro.

Por otra parte, en varias ocasiones llegaban a casas de campesinos conocidos por él y solicitaba el plato de comida para continuar la misión.

En una ocasión, Camilo, bastante contrariado, le llamó a su presencia.

“Oye --le dijo-- me parece que te estás comiendo la comida de los campesinos y eso no es bueno. Yo te doy dinero para que lo gastes y no para que me lo devuelvas y vayas a pegarles la ‘gorra. No quiero que se repita.”
(Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes)

Combatir el tedio

Se acercaba el fin de diciembre de 1957. Eran esos días silenciosos donde la nostalgia invade a los hombres alejados de sus familiares. El jefe del primer pelotón de la Columna 4, capitán Cienfuegos, moviliza a sus hombres; Haroldo Cantallops y Fernando Virelles montan a dúo la canción Por el camino verde, muy popular por esos días; ellos dos, más Guevara (debe ser Ernesto Guevara conocido por Tétiro o Ángel Guevara), formarían un trío; Ramón, Nené, López y Luis Olazábal fungirían de guaracheros; Félix Mendoza, el Bazuquero, haría de maestro de ceremonias; los hermanos Zenén Meriño (muerto en la invasión) y Tempo Meriño (caído en el combate de la Otilia) formarían otro dúo. Como cierre del acto Vitalio Acuña (Joaquín en la guerrilla de Che en Bolivia) improvisaría puntos guajiros.

Todos los hombres del pelotón de Cienfuegos tenían una ocupación en la fiesta. Una de las invitaciones, dirigida al armero de la Sierra y redactada de puño y letra del jefe de pelotón aún se conserva; dice:

“Sr. Téllez y Sra.

“El Pelotón No. 1 de la Col. 3

“Tiene el honor de invitarle a usted a las fiestas de Nochebuena que se celebrarán en el cuartel situado en La Pata de la Mesa.

“AMENIZARÁN

“1) Dúo Vanguardia (Haroldo y Virelles)

“2) El trío Rebelde (Haroldo, Virelles y Guevara)

“3) Los Guaracheros del 26 (Nené y Luis)

“4) Los Merengueros de Mendoza

“5) Dúos Hermanos Meriño

“6) Luis Olazábal (el dinamitero bailarín)

“7) Vilo Acuña (puntos guajiros)

“Acompañamiento a cargo de la orquesta

“CUBA LIBRE

“Félix Mendoza (maestro de ceremonia)

“Se tomarán fotos para la posteridad

“Maestro fotógrafo (Guillermo Vega)

“Se admiten colaboraciones artísticas

“Cap. Camilo”

(Datos tomados de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado)

Deuda pagada

A ustedes me dirijo, puesto que ante ustedes, como principales gerentes de esa casa, empeñé mi la palabra, con respecto al pago de los $153.56 que desde esta ciudad haría, ya que en el momento de dejar esa casa, muy a pesar mío, me era imposible realizar esa liquidación.

(...) Adjunto a estas líneas, les envío el importe de ciento cincuenta y tres pesos con cincuenta y seis centavos ($153.56) en esa casa, “Sastrería El Arte”, realicé en el tiempo que de ella fui empleado.

(...) Ya realizada esta operación, podré sentirme verdaderamente tranquilo, sabiendo que esa mancha sobre mi apellido pesaba, materialmente está borrada(...) (De una carta a los dueños de su antiguo trabajo)

El “bando comelón”

Camilo tenía hambre y quería comer; tuvimos fuertes “broncas” con Camilo porque quería constantemente meterse en los bohíos para pedir algo y, dos veces, por seguir los consejos del “bando comelón” estuvimos a punto de caer en las manos de un ejército que había asesinado allí a decenas de nuestros compañeros.

Al noveno día, la parte “glotona” triunfó; fuimos a un bohío, comimos y nos enfermamos todos, pero entre los más enfermos, naturalmente, estaba Camilo, que había engullido como un león un cabrito entero.
(Narrado por Ernesto Che Guevara)

Tenía una reservita

El campamento rebelde es actividad. Los combatientes se disponen a marchar a un combate.

El rebelde Horacio González Polanco, a quien Camilo había apodado cariñosamente el Mulato, pese a que la pigmentación de su piel no correspondía a la designación, se lamentaba junto al teniente de larga barbas.

- Óyeme, ¡con qué gusto me tomaría un jarro de café con leche...!

Camilo, que no participaría en la acción le sonrió y sin decir palabra alguna, se retiró lentamente, hacia el rincón del monte donde colgaba la hamaca.

Polanco se disponía ya a partir junto con el resto de los combatientes seleccionados para la acción, cuando, desde lo alto de un promontorio, oyó una voz conocida, que gritaba:

- Mulato, antes de irte, para por aquí...

Polanco cruzó con sus descalzos pies el tramo que le separaba y se aproximó. Frente a él, extendiendo en la mano un jarro, le sonreía Camilo.

- ¡Esto vale un tesoro!, ¿dónde lo conseguiste?

- Nada, tenía una reservita de lata de leche, y la sangré...
(Narrado por Horacio González Polanco, guerrillero)

El cartuchito de frijoles

Después de Uvero nos quedamos enterrando los muertos, porque esa era la misión de la vanguardia. El resto de la columna continuó retirándose y cogimos en un altico atravesando, y allí le dimos sepultura.

Camilo mandó a recoger y alcanzar a la tropa, y al poco rato la pasamos y volvimos a ocupar la vanguardia. Eso de andar alante siempre tiene sus ventajas, porque ese día, por ejemplo, cruzamos por un bohío abandonado y había un cartuchito y Camilo lo recogió, le echó un vistazo dentro y comentó:

- ¡Qué bueno, encontramos frijoles!

Víctor Mora vio una maceta de arroz para semilla y la cargó también y nos cargamos esas dos cosas pensando en el banquete que nos íbamos a dar con el arroz y los frijoles.

Cuando llegamos fuimos a preparar lo que traíamos y resultó que los frijoles que vio Camilo, que era un hombre de la ciudad, no eran frijoles sino semillas de júcaro para sembrar el café. El arroz también fue imposible cocinarlo y pasamos en blanco esa noche. (Narrado por Walfrido Pérez)

Hay que guardar

Cuando se conseguía alguna comida, los combatientes acostumbraban a hartarse y abandonaban posteriormente las obras.

Una y otra vez sucedía lo mismo y después todos tenían apetito y se lamentaban por haber abandonado la comida.

Pero nadie escarmentaba, cuando el estómago se llenaba, ya no querían cargar.

Camilo, con su actividad de siempre notó el problema y, desde ese momento cuando se terminaba de comer y la gente abandonaba los restos de comida, la iba recogiendo en una cazuela grande y casi siempre la llenaba con las viandas sobrantes.

Hecho esto, la cargaba al hombro, sin solicitar ninguna ayuda y la trasladaba a los combatientes y a las distintas operaciones a las que era designado.

A la hora del hambre, Camilo, sonriendo con su acostumbrada picardía, exponía ante todos su cazuela repleta de viandas y llamaba al personal. “Ya ven caballeros, siempre hay que guardar; miren si no traigo la cazuela...” Narrado por Horacio González Polanco)

¿Se enteró de la paliza?

La comandancia general de la Columna 2 radicaba en el lugar conocido como montes de La Caridad, en Las Villas. Allí se encontraban además la planta de radio y el almacén y Puerto Gofio, nombre con el cual Camilo parodiaba al de la cárcel de Puerto Boniato.

Los rebeldes batían al ejército de la tiranía, hostigándolo en los caminos, carreteras y pueblos de la costa norte, como Venegas, Iguará, Mayajigua, Meneses, Zulueta, General Carrillo y otros.

Un día, en el campamento de La Caridad se suscitó un singular diálogo entre el jefe guerrillero y Lorenzo Pérez Pérez, conocido por Monino, carnicero de la zona y colaborador de los rebeldes.

- Viejo --le dijo Camilo--, sáqueme un bistec bien grande para un hombre que va a combatir hoy.

El viejo Monino, satisfaciendo la petición, lo preparó en la rústica cocina, acompañándolo con malanga.

Al día siguiente, al ver nuevamente al viejo Monino, lo envolvió con su franca sonrisa, comentando.

- Óigame, el bistec de ayer me dio muchas energías... ¿No se enteró de la paliza que les dimos a los casquitos en Zulueta?

(Narrado por Lorenzo Pérez Pérez, colaborador del Ejército Rebelde)

En el tailoreo

En el periódico vi que pedían un sastre para una fábrica; me presenté, llené los papeles, pero cuando me dijeron “Identifícate persona”, papeles de por medio, quedé por testarudo, les dije que los tenía en N. Y. y que mañana, una mañana que nunca llegó, se los llevaría. También el ciudadano ese me dijo que tenía que tener unión, pero ahí mismo se le fue la musa, le pedí la dirección de la unión y de ahí partí para allá (la unión esa tarde, sábado, estaba cerrada y entonces el lunes, a las 8 en punto, ya estaba haciendo posta en la unión.

Llegué a las oficinas y me preguntaron What you want, le dije a la “anciana” que hacía 10 días que estaba en el país y que era Taylor (sastre) no se rían, que ustedes saben de mis cualidades, que yo era Taylor, y que quería unionarme y quería una peguita, de ahí me pasaron a otro, donde llené una solicitud. El buen Mr. ese, me dijo que qué podía hacer, le dije que en sacos “any kind”, cualquier cosa, me preguntó Where you come fron (de dónde venía), le dije de Cuba, me pidió el social security y llamó por teléfono, después me preguntó si yo era P. Riqueño (que es como aparezco en el registro del S. C.) entonces di marcha atrás, le dije que yo era nacido en P. R. y me preguntó que de dónde venía y no dónde había nacido, entonces le tuve que dar una explicación explicativa, explicándole de cuando nací y dónde y cuándo me llevaron a Cuba, o sea, que dije mentiras de a burujón pila, montón puñao, por fin el tío me dijo: mira, vete ahora mismo a este lugar y ahí puedes trabajar.

Llegué, seguí llenando planillas y (diciendo mentiras, muy pocas), hombre, me decía, tú sabes hacer esto, aquello, lo de más allá y a todo el yes, que es lo que vale y camina en este país, de ahí me dijo venta tomorrow a las 8.

Efectivamente, con 2 metros de nieve en el cielo de la boda del frío (sin nevar), me pasaron a un quinto piso, me buscaron una silla y me preguntaron si tenía tijeras, dedal y demás, les dije que no, me consiguieron todo eso y después me pusieron a a a a a pegar cuellos, me tiraron un saco y fuera, ahí mismo fue el average, gracias a un viejo que estaba al lado mío me fui defendiendo, le dije: mire Mr. resulta que hace muchos year ago que yo no hago esto, y se me ha olvidado, dame una manito, yo lo que quiero es aprender no me interesan los Tikets para la money, efectivamente el viejo me indicó cómo era (no es difícil); ahí pasé como 2 horas, cuando el jefe vino me preguntó que de qué yo había pedido trabajo, yo le dije que en lo que yo era un trueno era haciendo bolsillos, que podía hacer cualquier cosa, pero necesitaba un poco de práctica. Me dijo que si quería coger un puesto para hacer bolsillos, le dije: ¿Today?, me dijo: sí, hoy: le dije: barín. Seguí subiendo pisos y llegué al Dpto. de bolsillos, ahí me dieron una pequeña indicación de cómo hacerlos y me hicieron uno, entones les tiré mis alardes, les dije: mire maestro yo los hago igual con un procedimiento más “Moderno”; me dijo: Ok, vamos a ver. Les hice uno y me dijeron: déjese de inventos y hágalo como le dijimos. En fin de cuentas hice más bolsillos que un buey, todavía no sé lo que me pagan, pero ya afinqué el puesto, pues el jefe me dijo que regresara mañana, así que como pueden ver, ya estoy tailoreando.
(De una carta de Camilo a sus padres)

De la memoria popular

El Caimito es un pequeño batey de Bayamo, bautizado cariñosamente como “Picio” por los rebeldes al mando de Camilo Cienfuegos que en muchas ocasiones recibieron un trato de Eupicio Ramírez, campesino del lugar.

La casa de Eupicio fue centro de colaboración para cuantos barbudos llegaran a cualquier hora en busca de ayuda. Además, en ella se confeccionaban los uniformes verde olivo, que la esposa de Ramírez cosía con esmero.

Al iniciar Camilo la histórica invasión, llegó hasta la casa.

La señora de Picio, se preparaba para coser los uniformes rebeldes en el momento en que le comandante de largas barbas penetraba en el humilde bohío.

- Señora --dijo el jefe rebelde--, déjeme a mí esa tarea, ¿no sabe que fui sastre?

Ocupó el lugar de la desconcertada campesina y ya frente a la vieja máquina de coser, pedaleó hasta bien entrada la madrugada.

¡Me encanta el sabotaje!

Caminamos como uno y medio kilómetro y se detuvo la columna al pasar una línea de cables telefónicos que existe entre Bayamo y Martí, en la provincia de Camagüey. La línea en cuestión fue cortada frente al chucho ferroviario Pastor. Causaba admiración ver a Santiago Rosales subir al poste telefónico. ¡Qué rapidez! Cortó los alambres y estos en el suelo fueron hechos añicos con extraordinaria velocidad por el Capitán, quien a la vez daba a los alambres más cortes que un sastre a un traje. Exclamaba: ¡Me encanta el sabotaje! (Diario de campaña de Osvaldo Herrera, capitán rebelde que al caer prisionero optó por privarse de la vida)

Un minuto de silencio

Fuimos al panteón donde cayó el Apóstol y colocamos como él quería una bandera y un ramo de rosas, y se puso otra bandera, la del 26. Hicimos un minuto de silencio en memoria de los caídos y dos descargas de fusilería. De más está decirle que la aviación ametralló más tarde los alrededores.

Aquello es una vergüenza como está de abandonado. Tenía planeado mandar a limpiarle y arreglar el lugar. Ya nos encargamos de hacerlo. (De una carta de Camilo a Fidel)

Un cartelito que decía: “COMUNISTA”

El día de enero fui al Parque Central, aquello parecía un desfile policíaco, estaban por docenas, no permitían grupos ni entrar al parque, al rato logré entrar. Cuando me acerqué a la estatua del Apóstol rindiéndole homenaje silente y pensando cómo estaba la tierra por al cual murió, se me acercaron dos policías moviendo amenazadoramente los palos, me alejé, todos esperábamos la llegada de Echevarría, la orden era que cuando él apareciera unirse todo el mundo, él llegó por Prado en una máquina con otros portando una corona, acto seguido empezaron los palos a todo el que intentaba acercarse. Echeverría y los demás peleaban cuerpo a cuerpo con la policía, la corona para el Apóstol destrozada por el suelo.

Yo estaba frente al Asturiano. Cuando corría hacia el lugar me cogieron tres “paisanos” y la emprendieron a golpes, me metieron en un carro “chapa particular”. Cuando lo llenaron (enseguida lo hicieron), nos llevaron a las oficinas del BRAC, Buró Represivo de Actividades Comunistas, según nos subían al carro nos daban golpes.

Ya dentro me dieron una patada en la cara. En el BRAC nos tuvieron como seis horas, nos tomaron las huellas, mil preguntas y me retrataron con un cartelito que decía: “COMUNISTA”. Este fue el homenaje que le brindó la dictadura a MARTÍ en su natalicio. De una carta de Camilo a José Antonio Pérez, amigo cubano que residía por entonces en Estados Unidos)

¿Para qué piensas que pelea?

Recuerdo que una vez un compañero le preguntó qué era los comunistas.

- ¿Tú qué eras antes de alzarte? --preguntó él como respuesta.

- Ordeñador --respondió el compañero.

- ¿Qué te han dicho que son los comunistas?

- Que son malos...

- ¿Y si tú ves a un comunista peleando junto a nosotros, para qué piensas que pelea?

- Para el bien del pueblo.

- ¡Ah,. entonces no son tan malos como te dicen!

(Narrado por Roberto Sánchez Berthelemy, guerrillero invasor de la Columna de Camilo, y combatiente en el Congo junto a Che)

Los niños tristes

Los caminos estaban intransitables por las pulgadas de lluvia caídas y tuvimos que hacer un alto en La Jacinta, un pequeño batey de Ciego de Ávila.

Allí estuvimos desde horas tempranas, de la mañana hasta bien entrada la noche.

En ese lugar estaba una escuela, pero el maestro no había acudido a dar su clase por la lluvia y los niños nos recibieron con tremenda alegría; Antonio Sánchez Díaz, Pinares, se improvisó como maestro y dio una clase muy cómica sobre matemáticas, pero con problemas que eran como un juego. Les preguntaba, por ejemplo, el número del mes en que habían nacido y después de sacar montones de cuentas, de sumas y restas, concluís sonriente:

- Naciste un martes...

Los muchachos estaban divertidos; Camilo, aprovechando que los trabajadores y vecinos no podían abandonar, por razones de seguridad, el batey, los reunió y les habló a los niños y mayores. Recuerdo que a los muchachos les dijo que le pidieran a la maestra que cada viernes les hablara de Martí, Maceo, de nuestra guerra de Independencia.

Él nos orientó a los miembros de la columna repartir dulces a los niños y entregar a cada trabajador una suma equivalente a un día de haber, porque no podían presentarse al trabajo ese día por estar retenidos por nosotros.

Por último, todos cantamos --población y tropa rebelde-- el Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio. Fue realmente un día inolvidable y Camilo tenía un regocijo tremendo porque se daba muy fácil con los niños y estos lo miraban con mucha admiración.

A la hora de partir los niños estaban tristes.

(Narrado por  Orestes Guerra, guerrillero invasor, jefe del primer pelotón  de la Columna de Camilo)

Chiste mutuo

Pasó aquello, salvamos la vida, la mía personalmente gracias a la intervención del compañero Almeida y vagamos cinco hombres por los acantilados cercanos a Cabo Cruz. Allí, una noche de luna encontramos a tres compañeros más, dormían plácidamente sin temor a los soldados y los sorprendimos creyendo precisamente que eran enemigos, no pasó nada, pero serviría después de base a un chiste mutuo que nos  hacíamos; el que hubiera estado yo entre los que lo sorprendieran, pues otra vez me tocó levantar bandera blanca para que su gente no nos matara, confundiéndonos con batistianos.

(Narrado por Ernesto Che Guevara)

La “rendición” de los soldados

La orden era detener una tropa de Sánchez Mosquera. La vanguardia recibió la misión de adelantarse por uno de los flancos.

Mientras avanzaban localizaron al enemigo en una altura, con evidente ventaja sobre ellos. Pese a la desventaja, Camilo  abrió fuego sobre la sombras con cascos.

El fuego de su fusil obligó a los hombres a echarse a tierra, y él continuó hostigándolos hasta que en la punta de un fusil flotó la bandera de rendición en la forma de un pañuelo blanco.

Avanzando cautelosamente llegó hasta los soldados. Su sorpresa fue mayúscula, el militar rendido desanudaba tranquilamente el pañuelo de la punta del fusil mientras le comentaba:

- ¿Vos no te diste cuenta que éramos nosotros? --preguntaba el argentino.

Che había avanzado por otro lado y ocupado una posición superior; al percatarse de que el agresor era Camilo izó la bandera de paz.

Con esto quedaba zanjada una vieja disputa. Luego de Alegría de Pío Ernesto había sorprendido dormido a Camilo y también lo había “capturado”.

(Narrado por Reinaldo Benítez, asaltante al Moncada, expedicionario del Granma)

Ese “matasanos”

La primera vez que William Gálvez vio a Camilo fue en el Hombrito. El guerrillero ya legendario venía a la “consulta” de Ernesto. Fue también la primera jarana que le escuchara. Estaba risueño y comentó su preocupación de extraerse una muela con el Che.

- ¿Cómo es posible --comentó William-- si el Che es médico y seguro no te va a doler?

- No, no es porque me duela, sino porque ese “matasanos” de seguro me saca una buena y no la mala. (Narrado por William Gálvez, guerrillero invasor, autor de varios libros sobre la vida de Camilo)

De la memoria popular

El Che visitaba la zona de Yaguajay para discutir con Camilo los pasos a seguir. La presencia del legendario guerrillero argentino provocó la lógica curiosidad y muchos pobladores del lugar se acercaron para verlo; se asomaban por todos lados.

En medio de la conversación, antes de iniciar la reunión que sería privada, Camilo, al notar la curiosidad de los campesinos, le comentó a Ernesto Guevara:

- Ya sé a lo que me voy a dedicar cuando triunfemos: Te voy a meter en una jaula y recorrer el país cobrando cinco kilos la entrada para verte. ¡Me hago rico!

¿Impresionar con tu estado mayor?

Una noche de finales de agosto llegó Camilo a Las Vegas para ver al Che. El Che estaba acostado en la cama, sin camisa, y conversando con Miguel, Ramón Pardo, Guile, y yo.

Desde que llegó Camilo se puso a jugar con el Che: a hacerle cosquillas, a imitarle el hablar. Entonces, riéndose, le dijo a Camilo:

- Mirá, Camilo, fíjate que estás jugando al lado de mi estado mayor.

- ¿Cuál es tu estado mayor? --le preguntó Camilo.

- Pues, mirá, aquí tienes al compañero Miguel, que es el jefe de la comandancia, al compañero Guile, que es el jefe de la escuadra, y a Pachequito, que es el jefe de suministros de la tropa.

Camilo lo miró y hablando en tono argentino, le ripostó:

- ¿Y vos creés que me vas a impresionar con tu estado mayor?

(Narrado por Raimundo Pacheco Fonseca, guerrillero)

De la memoria popular

Después del triunfo de la revolución, Fidel y Camilo, los inseparables guerrilleros, acudían con regularidad a los encuentros de pelota, algunas veces como espectadores y otras como activos participantes.

En una ocasión en que ambos acudieron al estadio del Cerro para participar en un desafío que se desarrollaría esa noche, surgió la idea de que en las dos novenas jugaran los guerrilleros en una división que daría al juego mucha viveza.

Camilo, acariciando su amplia barba oía la proposición y mascaba fuertemente su tabaco, mientras exhalaba el humo con vigor. Cuando concluyeron de explicarle la idea, respondió como un rayo: “¿Qué integre una novena contra Fidel? ¡Qué va! ¡Contra Fidel yo no estoy ni en juego!”

Ese día mientras Fidel ocupaba el montículo de los lanzadores, en la novena de Los Barbudos, Camilo le atrapaba sus líneas como receptor.

Cuando habla Fidel

Camilo y un grupo de compañero nos trasladamos a mi casa, que era la de mis padres. Muy próximo a comenzar Fidel su comparecencia por televisión, mi madre nos preparó comida a todos, y siguiendo la costumbre invitó a pasar al comedor. Camilo, muy cortésmente le dijo:

- ¿Usted no se pone brava, mi vieja, si nos llevamos los platos para la sala para poder escuchar a Fidel?

Mi madre respondió con una sonrisa --ella tampoco quería dejar de oírlo--- y todos nos llevamos los platos para la sala y nos pusimos a oír a Fidel, que estaba a punto de comenzar.

En medio de la intervención del Comandante en Jefe sonó el timbre del teléfono: era una llamada local de un compañero que quería hablar con Camilo. Camilo se puso de pie, con rostro serio, y después de escuchar brevemente preguntó qué estaba haciendo. No sé lo que le contestaron, pero jamás podré olvidar la respuesta de Camilo:

- Cuando Fidel está hablando lo único que debe hacer un revolucionario es oírlo.

(Narrado por Jorge Enrique Mendoza, guerrillero, fundador de Radio Rebelde)

Es la sangre de mi hijo

Cuando terminó el acto nos dirigíamos a la Universidad, la masa del pueblo con el estudiantado al frente, con el estudiantado que marcha con entereza y heroísmo en la lucha contra el régimen, profiriendo voces contra la bestia de Batista, los gritos de cientos y cientos de jóvenes, viejos, mujeres, era grito de pueblo, de pueblo sufrido que quiere o morir o ser libre, gritando REVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN. Al llegar a la calle Hospital estaban entre las primeras filas Sierra y Osmany que estaban por su lado (como siempre) y a los demás ya no los vi. La policía y varios carros atravesados en la calle San Lázaro, seguíamos avanzando, y los más pequeños del grupo comenzaron a tirarnos, tiraban con rifles, recuerdo como Anillo, que iba al frente, quiso, cuando estábamos a unos solos metros, lanzarse contra la policía (lo hubiera destrozado a tiros. Los más serenos lo aguantaban, nadie se movía, seguían los tiros, comenzaban a caer la gente. En esos momentos fue que me hirieron en la pierna izquierda, fue un balazo de M-1. Ya las armas del pueblo respondían valientemente al ataque, llovían las piedras, palos, botellas y los gritos contra la porra traidora y mercenaria que acostumbra a marchar en las manifestaciones, para después emprenderla a golpes contra el pueblo (...)

Ya herido, a pesar de la confusión, me metieron en una máquina donde había tres heridos más. Cuando nos llevaron al Hospital, la policía volvía a tirarnos, sentimos los disparos contra el carro, 3 nos alcanzaron, uno de ellos alcanzó al que manejaba en la cabeza, fue solo una rozadura, de milagro no lo mató, nos llevaron al Calixto García, la confusión era terrible. En aquel momento cuando esperaba que me atendieran creí que se peleaba en las calles, cada vez más heridos y golpeados, decían que la policía iba a tomar la Universidad y el Hospital, el primero en llegar cuando me curaban fue Osmany, después los viejos, esos momentos son imposibles de olvidar, cuando el viejo en un verdadero arranque de emoción y tensión, cogiendo el jakey manchado de sangre con que me había vendado provisionalmente la herida, dijo: “Es la sangre de mi hijo, pero es sangre para la Revolución.”

(De una carta de Camilo a José Antonio Pérez)

Él se molestó

Siendo él Capitán nos fuimos a atacar Pino del Agua, con unos cuarenta y tantos hombres. Llegamos a eso de las cuatro y media o cinco de la mañana. Las postas estaban con ametralladoras treinta. Nos acercamos como a unos diez metros.

Camilo abrió fuego y tomamos las dos postas de delante. Nos hirieron al último hombre, familia de Delfín Moreno; Fernando Virelles llevaba una treinta y cuando empezamos a avanzar sonaron dos browning, unas San Cristóbal y unos Springfield, y todos los guardias de por allí cayeron. Entramos hasta el mismísimo estado mayor de Pino del Agua.

A Camilo lo hicieron y le tumbaron la gorra que llevaba como sí fuera de la legión extranjera.

Nos ordenó que nos retirásemos y cargásemos un herido que estaba cerca. Nadie quería irse dejándolo allí.

Él se molestó y salió caminando hacia nosotros con sus tiros en el cuerpo, exigiendo el cumplimiento de la orden o di no la cumpliría él mismo. El herido que le preocupaba se murió más tarde.

Camilo dirigió la retirada de su propia gente cuando íbamos lejos fue que logramos encamillarlo.

(Narrado por Alejandro Oñate Cañete, guerrillero, invasor de la Columna de Camilo)

Realmente infantiles

Camilo acostumbraba a hacerle bromas a todo el mundo, así que todos estábamos siempre un poco en guardia con él... eran bromas realmente infantiles, que hacían reír.

En los primeros tiempos, en el año 1959, cuando vivíamos en Ciudad Libertad, se celebraban en la habitación de Raúl y mía muchas reuniones.

Cuando Camilo salía, y como ya lo conocíamos, teníamos que registrarlo porque acostumbraba a llevarse, por broma, un montón de cosas en los bolsillos, y me dejaba las almohadas pintadas de corazones y con letreritos de las cosas que se habían estado conversando. (Narrado por Vilma Espín)

De la memoria popular

El Capitán sitiado accedió a la conversación durante la tregua y se aprovechó la presencia de un vehículo para trasladar a la esposa e hija de un militar, de visita en el cuartel en el momento de comenzar el ataque.

Camilo llegó con sus ayudantes repartiendo cigarros y tabacos a los soldados, apiñados en la puerta para conocerle. A la entrada, contrastando con la alegría característica del guerrillero, estaba la marcialidad aprendida en la escuela de oficiales del jefe de la plaza.

Durante la conversación inicial, se le ofreció al capitán Abon Le garantía absoluta para él y su tropa, puesto que el objetivo era la ocupación del cuartel,  las armas y el parque, Abon Le se negó a aceptar las condiciones rebeldes y decidió continuar peleando, pese a la evidente inutilidad de la resistencia.

Al salir del despacho, el Comandante se detuvo en la puerta.

- Es una lástima, Capitán --dijo-- yo tenía el compromiso con sus soldados de comernos esta Nochebuena veinte puerquitos asados-- y se volvió sonriente a la tropa.

Abon necesitaba una frase para escapar del ridículo y la encontró.

- Las circunstancias me hacen imposible aceptar el ofrecimiento, se desmoralizaría la tropa, señor.

Se dieron las manos, y el delegado barbudo se alejó hasta sus posiciones.

La “identificación” de los masferrerista

El comandante José Quevedo, hecho prisionero durante el combate de El Jigüe se había sumado a las fuerzas rebeldes. Una tarde, víspera de la invasión y a modo de despedida, Camilo preparó una fiesta. Antes hizo llamar a Quevedo.

- Tengo presos unos masferreristas y necesito que los identifiques --le precisó.

- Es difícil, porque yo no tengo contactos con esos elementos -respondió el oficial.

- Es que ellos insisten --agregó Camilo-- en que usted puede dar fe de ellos.

- Si es así, tráigalos, para ver si los conozco.

A una señal de Camilo, William Gálvez fue hasta los mulos y trajo sobre el hombro un saco. Quevedo miraba con curioso asombro el bulto. Cuando ante sus ojos fue abierto y descubierto el interior, las carcajadas duraron horas. Varias botellas de ron eran sus presuntos conocidos.
(Narrado por William Gálvez)

El submarino

¿Que todavía no le han  contado lo del submarino en las montañas de Villa Clara?

Camilo era así, ocurrente, jaranero, le corría una máquina a cualquiera, de una forma sana. No se podía uno disgustar con él porque no tenía ni una pizquita de maldad, sino que todo era entero, como de una sola pieza

Una vez estábamos conversando de muchos temas y él ve que está un compañero que nos escucha embelesado, como si aquello fuera algo de otro mundo y entonces se le iluminó la cara como solo él sabía iluminarla.

- Bueno, bueno, compañeros, a mi lo que más me preocupa ahora es qué vamos a hacer con el submarino que me manda Fidel desde la Sierra, porque yo sí no sé para qué sirve eso aquí en las lomas de Yaguajay.

Todo el mundo se quedó callado, a la expectativa, y el hombre aquel abrió los ojos en redondo.

- Sí, hay que traerlo porque si Fidel lo manda par algo tiene que servir, así que en cuanto llegue, usted --se dirigió al hombre-- tiene la responsabilidad de subirlo hasta acá arriba y ya veremos en qué lo usamos, pero usted lo trae, ¿no es así?

Y aquel hombre, sin salir del asombro, afirmaba con la cabeza.
(Narrado por Manuel Bravo, guerrillero)

El detector de mentiras

Alrededor de las tres de la tarde una de las postas detuvo a tres hombres. Los prisioneros fueron conducidos ante el Comandante. Este los observó detenidamente. Los tres trataban de simular tranquilidad, con sonrisas que solo acentuaban su nerviosismo, Camilo inició el interrogatorio.

- Antes de comenzar, siéntese. Vamos a evitar que traten de correr o las consecuencias serán peores --esas fueron sus primeras palabras. Los tres, casi al unísono, se sentaron en el suelo, pues no había otra cosa en qué hacerlo. Los presentes los imitaron y nuestro jefe agregó:

- Bueno, usted, dígame cómo se llama y qué estaba haciendo. ¿Nos buscaba? Bien, si es así, nos encontró.

Se había dirigido al que parecía mayor. Era alto y delgado, pero fuerte. De pelo totalmente canoso.

- Mire, señor, nosotros andábamos viendo cómo estaban nuestras reses, ya que tenemos que pagar cierta cantidad de dinero para que estas pasten y aumenten de peso --contestó.

- Esa es la verdad --agregó otro de los prisioneros, un poco nervioso--. Era el que más alterado parecía, pues, aunque a los otros dos se les notaba intranquilos, a este se le acentuaba el nerviosismo. Era el montero Enrique Navarro, colaborador del ejército.

- Y usted seguro que dice lo mismo --dijo Camilo al otro prisionero, bajo de estatura, de fuerte complexión física, muy trigueño. En realidad, bastante parecido al montero.

Al preguntárseles cómo se llamaban, dos de ellos dieron nombres falsos, excepto el montero, ya que dos de los prisioneros habían ocultado sus identificaciones debajo de las monturas de sus caballos. Claro, Navarro no podía negar quién era, pues esto servía de fundamento a lo que los otros decían.

Al decirles Camilo que sus brazos se veían blancuzcos y no parecían hombres de trabajo ni de campo, el viejo respondió que tenían una bodeguita en el central y que trabajaban a la sombra.  Camilo entonces les dijo:

- ¿Si? ¿Y trabajan con mangas largas siempre? ¡Qué casualidad!

El montero sólo afirmaba. El Comandante notó que calzaban botines semicortos, de color carmelita, y les hizo esta observación. 

- ¿Esos botines los usa el ejército?

- Mire --contestó de nuevo el viejo canoso-- los guardias venden cualquier cosa cuando no tienen dinero. No es difícil ver en el central o en el pueblo a mucha gente con esos botines.

Se sabía que era cierto lo que afirmaba, pero tanto Camilo como los que participábamos en el interrogatorio, estábamos seguros de que los acompañantes del montero no eran otra cosa que guardias rurales, enviados en busca de rastro de la columna y de su ubicación.

De manera que las cosas fueron subiendo de tono. En la guerra los interrogatorios no son siempre calmados, aún más si se sabe que los interrogados andan buscándonos para informar acerca de nuestra ubicación, con el propósito de liquidarnos.

Ya había transcurrido un buen rato de conversación y no se sacaba nada en claro. Camilo entonces me indicó que los acompañara. Nos apartamos de los prisioneros, quienes se notaban temerosos de su suerte, y me dijo:

- ¡Mira que estos tipos son descarados! Ya me tienen a punto de perder la paciencia.

Por mi parte le dije lo mismo, y entonces agregó.

- Ve y busca al práctico y enséñale desde lejos a estos tipos, a ver si los reconoce, antes de que se mueran del susto que les vamos a tener que dar.

Busqué a Fernando de Oro, pero debido a su avanzada edad no veía bien de lejos. La tragedia fue acercarlo al grupo. El hombre temía que lo vieran si de verdad eran guardias, y luego le exigieran cuentas. No fue fácil aproximar al viejito hasta los prisioneros para que los identificara. Después de un “échate para acá y échate par allá”, más bien de un “empuja-empuja”, el campesino distinguió a los prisioneros a través de unos matorrales y los identificó:

- Ese canoso es el cabo Trujillo, Ese otro --dijo señalando para Enrique Navarro-- es el montero. El tercero no sé cómo se llama, pero es guardia.

Dejé que el viejito se retirara. Me acerqué a Camilo y le informé.

Él se sonrió y comentó:

-Ya ves que eran guardias.

Luego de estar convencidos de la identidad de los prisioneros, Camilo le puso una nota simpática al momento, no obstante nuestra situación difícil. Se quedó un rato pensativo y me dijo:

- Vamos a hacerle una bromita a estos descarados. Tú verás.

Ordenó separar a los detenidos e hizo un aparte con Sergio del Valle, a quien propuso lo siguiente:

- Vamos a ponerle el aparato de tomar la presión al cabo Trujillo y decirle que es un detector de mentiras.

Y una vez junto al cabo, dirigiéndose al capitán médico:

- Ponle el detector de mentiras.

Mientras Sergio aplicaba el esfigmógrafo, Camilo, con mirada amenazante, repetía:

- Vamos a ver si dices la verdad...

El estado nervioso de Trujillo le impedía darse cuenta de qué era realmente el aparato y las preguntas de Camilo aumentaban la tensión:

- ¿Son ustedes guardias? ¿Sí o no?

A cada respuesta del cabo, Sergio movía negativamente la cabeza.

- ¡Usted es un  mentiroso! ¡Usted no nos dice la verdad!

Al fin, el cabo comenzó a narrarlo todo. (Narrado por William Gálvez)

El “ventrílogo”

Camilo era alegre, era dicharachero y burlón, recuerdo que en la Sierra, a un campesino, uno de nuestros grandes héroes anónimos, magníficos, le tenía puesto un apodo que se lo decía con un gesto infame; un día vino a darme las quejas como jefe de la columna para decirme que él n o podía ser insultado, que él no era ningún “ventrílogo”. Como no entendí fui a ver a Camilo para explicar un poco esa actitud tan extraña, y es que Camilo lo miraba con un aire tan despectivo y le aplicaba la palabra “ventrílogo”, que el campesino interpretaba como un insulto de terrible magnitud. (Narrado por Ernesto Che Guevara)

Ganas de bromear

El día 5 de diciembre de 1956 son sorprendidos en Alegría de Pío. Bajo la espesa balacera del enemigo, el expedicionario Reinaldo Benítez ve a Camilo acercársele arma en mano. Está sereno, ligeramente inclinado para evadir las balas que buscan registrar en el aire la presencia del hombre. En tono algo jocoso, le comenta:

- Reinaldo, ¿crees que si disparamos al aire se asusten los guardias?

Benítez, con la tensión del enfrentamiento responde que no, que hay que tirar sobre el objetivo y fue entonces que vio el fugaz destello del humor. Los tiros cruzaban en todas direcciones y aquel hombre todavía tenía ganas de bromear. (Narrado por Reinaldo Benítez)

Candela a “Riverito”

Tenía lugar una reunión en Las Mercedes. Desde que desmontaron de las mulas todo fue encuentro amigo. Che contaba de un viaje en helicóptero y lo fácil que es desde la altura localizara un hombre escondido tras un árbol. Para la reunión montuna habían acercado una caja de refrescos y otras de tabacos, en esta última, cada vitola traía la propaganda presidencial del candidato batistiano Andrés Rivero Agüero, con las típicas exhortaciones al voto. Camilo tomó uno y lo acercó a la lama del fósforo.

- Bueno, vamos a darle candela a “Riverito”.

Y se lo fumó.
(Narrado por William Gálvez)

Los gitanos se lo podían robar

Cuando nos demandaron tuvimos que irnos de la casa en que vivíamos en la calle O’Reilly, allá en La Habana Vieja. Allí teníamos una vecina que quería mucho a  Camilo, quien por entonces contaba solo dos años.

Cuando ella supo que nos marchábamos, se apenó y nos recomendó que lo cuidásemos mucho, porque era un niño rubio y bonito y los gitanos se lo podían robar.

Yo me puse nerviosa. Nos fuimos para Pocito entre 16 y 17, Lawton, y el tiempo pasó. Hasta que una noche se nos pierde Camilo. Nosotros lo buscábamos por todas partes y no aparecía. ¡Quién le dice que lo único que se nos había olvidado registrar era una puertecita que estaba en una esquina de la casa! Ya casi sin esperanzas de hallarlo y pensando lo de los gitanos, abrimos y allí estaba, calladito, y muerto de risa. Narrado por Emilia Gorriarán)

El Roca Club

Cuando eran más jóvenes iban de vez en cuando, los domingos, para Cojímar. Allí se bañaban en un lugar al que bautizaron Roca Club.

Ellos hablaban de ese lugar y yo me intrigaba, y les pregunto:

- ¿Qué es eso?

Ramón me invita un día a ir al Roca Club y Camilo me advierte:

- No vayas vieja, que eso no es más que diente de perro, por eso le decimos así.
(Narrado por Emilia Gorriarán)

Lema de mi vida

Como lema de su vida ha escogido un verso de Espronceda que dice:

Y si muero, ¿qué es la vida? / Por perdida ya la di, / cuando el yugo del esclavo / como un bravo sacudí.

(Diario de campaña de Osvaldo Herrera)

Cruce de carretera

La marcha se reanudó al anochecer. Abriéndose paso en el monte tupido, manteniendo la distancia prudencial entre uno y otro llegaron hasta la carretera  que va desde el entronque de Bueycito al de Manzanillo-Bayamo, justo junto al monumento que recuerda la batalla de Peralejo.

Dos emboscadas a ambos lados de la carretera se instalaron silenciosamente y comenzó el cruce ordenado y ligero de los hombres, apenas unos se hundían en la maleza que crecía en la orilla del asfalto, otra silueta se levantaba y cruzaba con premura.

Tocó el turno a los mulos que cargaban el parque de la tropa, Camilo, desde el pequeño monumento convertido en estado mayor, comprobaba la eficacia del cruce, atento a todo cuanto se movía en los alrededores. Tal vez por eso notó los destellos de luces que amenazaban iluminar la carretera tras desembocar en la curva cercana. El combatiente que conducía uno de los animales agitó a la bestia para sacarla prontamente del camino y fue cuando el recién herrado animal resbaló para caer justo al centro, dispersando en su caída la carga de balas y pertrechos.

Todo fue instantáneo, en la oscuridad, ante la sorpresa del rebelde, su jefe recogía los bultos y los lanzaba hacia la cuneta con precisión de pelotero; después, entre ambos halaron al animal.

Apenas reposaban del esfuerzo, un haz de luz barrió la desierta carretera y minutos más tarde cruzaban ante ellos, silenciosas, tres tanquetas enemigas.
(Narrado por  Orestes Guerra)

De la memoria popular

Al establecer su comandancia en los montes de La Caridad, en Las Villas, la columna de Camilo se situó en el centro de las operaciones para batir a los casquitos en la zona norte de esa antigua provincia.

Estando allí, el ejército avanzó en busca de unos escopeteros que hacían campamento en el lugar, sin saber que allí estaba acampada la Columna No. 2. Un campesino de la zona dio la voz de alarma, y mientras Camilo ordenaba las posiciones, los soldados penetraban en el monte.

Unas piedras sirvieron de trinchera y se abrió fuego. Durante el combate, se oyó decir a un casquito que habían herido al Capitán, y Sergio del Valle quiso ir a buscarlo, cosa que Camilo impidió por estar muy crecido el tiroteo.

La fuerza rebelde, apenas podía contarse con los dedos de ambas manos, mientras que los casquitos eran una compañía y amenazaban con ocupar las posiciones defendidas. Sin embargo, olvidando la desproporción numérica, Camilo, en pie, gritaba a todo pulmón:

- ¡Soldados de la tiranía! ¡Ríndanse, que les respetaremos la vida!

Los soldados optaron por retirarse acobardados.

Su voz sobre el intenso fuego

La idea de crear el Dragón I se materializó en el central Narcisa. Se trataba de un tractor recubierto de planchas de acero al cual dieron también en llamar Monstruo de la Noche. Camilo agregó: Fuerza Rebelde de Tanques. Su tripulación estaba compuesta por Horacio González, Ernesto Guevara, Tétiro, y Miguel Sotolongo.

Se pretendía acercarse a cubierto hasta los muros del cuartel y a corta distancia accionar una especie de lanzallamas casero.

Aquello no funcionó, y el fuego cerrado procedente del cuartel amenazaba la vida de los combatientes sobre todo luego del certero disparo del bazuquero que logró penetrar el blindaje y estropear seriamente el motor.

Horacio ha recordado que en medio del fuego ensordecedor y mientras buscaban un modo de alejarse de los muros hacia las lejanas posiciones rebeldes. Tétiro maniobraba febrilmente el tanque mientras los demás disparaban sin cesar y fue en ese momento que escucharon voces conocidas próximas al tanque. Afuera era un infierno de balas y alguien había llegado hasta ellos y ahora se escudaba tras el propio Dragón I.

- ¿Qué les pasó? ¿Hay heridos? ¿Cómo están? --esas preguntas solo podían proceder del propio Camilo quien, junto a Sergio del Valle, había cruzado la distancia hasta ellos.

Ante la confirmación de que no había peligro, el jefe volvió a las posiciones rebeldes mientras ellos, lentamente, hacían retroceder el tanque.

(Narrado por Horacio González Polanco)

Dentro del cuartel

La primera victoria rebelde fue La Plata. Allí, en medio de la balacera, Camilo se adelantó temerariamente hasta el cuartel, arrancó parte de la cerca de madera que lo rodeaba y penetró fusil en mano.

El tiroteo continuó aún por un  tiempo hasta que los soldados, convencidos de que no saldrían con vida, decidieron rendirse.

Ya Camilo estaba dentro del cuartel en aquel momento de la rendición, en un rasgo de valor inusitado.
(Narrado por Reinaldo Benítez)

A boca de jarro

Junto a Camilo participé en una emboscada que tendimos entre Agua Revés y Loma Azul. Los soldados venían subiendo y Che ordenó tender la emboscada. Recuerdo que Camilo le pidió que le dejara disparar primero y así fue. Los soldados venían avanzando y Camilo no disparaba...

La tensión era mucha y el dedo tenía ganas de halar el disparador, pero Camilo esperó a que el guardia estuviera casi encima de él, entonces disparó a boca de jarro, como quien dice y antes que cayera muerto el guardia, él adelantó la mano y le quitó la Thompson mientras el hombre aquel caía, tan cerquita estaba. (Narrado por Silveade Cabrera Alba, guerrillero, invasor de la Columna de Camilo)

Silenciosamente

Camilo era de un valor temerario. En una ocasión los guardias estaban acampados próximos a nuestras posiciones y era imposible moverse sin llamar la atención. La cuestión más grave era la falta de comida, Camilo y Julito Díaz, de la vanguardia de la pequeña tropa, se disponían a regresar después de una exploración a las zonas ocupadas por el enemigo.

Camilo sugirió a Julito meterse en el campamento batistiano, y así lo hicieron. Recogieron azúcar, oyeron sus conversaciones y después se desplazaron silenciosamente hasta el grupo rebelde.
(Narrado por Reinaldo Benítez)

Por poco se ahoga

Camilo era muy buen  nadador. No voy a decir que también se destacaba jugando a la pelota, porque eso ya se sabe. Pero nadaba bien. A lo mejor por el susto que pasó cuando era chiquito y estando en el río Almendares le advertí que no se metiera en el agua hasta que no le avisara.

- ¡Figúrese, no sabía nadar!--; pues me vigiló y se tiró en lo hondo. Por poco se ahoga.
(Narrado por Ramón Cienfuegos)

La detención del traidor

Nosotros llegamos al regimiento en horas tempranas de la mañana. Había muchos oficiales en las calles interiores del recinto militar, debido a que por la madrugada Hubert Matos había sostenido varias reuniones con el estado mayor del regimiento, Camilo preguntó por el jefe de la unidad y se dirigió directamente hacia donde este se encontraba. Estaba en su cuarto, hacía poco que se había acostado. Tenía el uniforme puesto, Camilo le dijo:

- Hubert, yo, como jefe del Ejército Rebelde, asumo el mando de la provincia, estás preso.

El traidor no dijo nada de inmediato, pero cuando fuimos a la oficina y vio que estaban allí sus oficiales, adoptó un papel de víctima y se puso a llorar, era una chorrera de lágrimas.

Uno de los hombres suyos, un tal Álamo (que después se convirtió en Agente de la CIA), intentó desenfundar su pistola para tirarle a Camilo o intimidarlo, pero yo lo estaba observando y le di un culatazo en el pecho que lo dejó fuera de acción, Camilo me dijo:

- No vayas a tirarle, desarma a ese m...

Así lo hice. Algunos de aquellos oficiales manifestaron sus ideas y opiniones y se originó una discusión en torno al comunismo y al anticomunismo. El Jefe Guerrillero, que sabía que en el grupo se encontraban compañeros valiosos, pero que se habían dejado confundir, explicó el alcance y el carácter de la revolución y les dijo que si para hacer una verdadera revolución había que ser comunista, pues entonces él sería comunista.
(Narrado por Manolo Espinoza Díaz, guerrillero, invasor y escolta de Camilo)

El uniforme de la revolución

Corre el mes de junio de 1959. En el cementerio de Sagua la Grande tiene lugar un acto de recordación de los mártires sagueros. En ese íntimo diálogo que sabe sostener con las masas, en mitad del discurso escucha a una mujer que le informa que quedan esbirros en el pueblo. Inmediatamente reacciona.

- Hay una señora aquí que nos habla de que quedan esbirros en el cuartel.

- Sí, Comandante, quedan ocho y uno en la jefatura, y es verdad que quedan --responde la mujer seguida con gritos de apoyo de la población.

Camilo continúa:

- Esta misma tarde vamos a ir al cuartel y vamos a ver cuáles son los esbirros que visten el uniforme verde olivo de la revolución.
(De un discurso en Sagua la Grande)

Él se quedó

Desde niño yo le decía: no corras jamás. Cuando veas un problema no corras. Por eso lo cogieron el día en que jugaba a la pelota y rompieron el cristal de un camión de la florería Tosca. Todos los niños huyeron, pero él se quedó. A él fue a quien cogió el dueño del vehículo y lo llevó a casa. Yo pagué por el cristal roto. Poco después supe que el dueño de la florería era un pariente de Emilia. Por eso le decía a Camilo:

“Mira, no se te olvide que tú eres socio de la florería Tosca, porque por lo menos, pagaste un cristal que no rompiste.”
(Narrado por Ramón Cienfuegos)

Academia vs. Coraje

El regimiento de Matanzas estaba bajo las órdenes de oficiales designados por el coronel Barquín. Camilo había tomado la decisión de nombrar jefe militar de esa provincia al oficial rebelde William Gálvez y sobre este particular discutía con los improvisados jefes de la plaza.

- ¿Cómo hombres que no han sido militares de academia van a dirigir a estos oficiales? --preguntó al representante de Barquín.

Camilo, sin inmutarse, respondió:

- Todos ustedes, siendo militares de academia y bien armados perdieron la guerra contra hombres que no lo eran, pero que hemos sabido ser más patriotas y estamos dispuestos a dar la vida por esta causa.

Y William quedó al frente del regimiento.
(Narrado por William Gálvez)

Poco antes de partir

No recuerdo bien las palabras pronunciadas aquel día, solo memorizo el principio donde decía: “Compañeros, se nos ha encomendado la difícil pero honrosa labor de llevar la guerra a occidente. Recordemos todos que esta columna llevará el nombre de Antonio Maceo, y que esta tarea ya fue realizada por el Titán  de Bronce. Así es que nuestra obligación es cumplir con este deber. Podremos caer muchos en el camino, lo que sí no podemos es dejar de cumplir nuestra misión. Y si uno solo queda con vida, la cumplirá por todos nosotros.”

(Narrado por Antonio Sánchez Díaz, Pinares, guerrillero, invasor de la Columna de Camilo. Murió en combate en Bolivia, combatiendo junto a Che)

El caso de Juan sin Miedo

¿Todavía no le han contado el caso de Juan sin Miedo? Ese operaba por la zona de Mabay como enlace rebelde para orientar a quienes bajaban al llano. Yo le informé a Camilo que lo había visto en Bayamo dentro de una máquina con los esbirros de Morejón y él me envió a ver a Hernán Pérez Concepción, Héctor, para que investigara la vida de Juan.

        En Bayamo no teníamos muchos problemas. Nos escondíamos en la casa de Rolando Garcés, que era una especie de puente. Cuando supimos todo lo que era necesario saber, me encaminé a los montes de Fello, campamento de Camilo, y le informé todos los detalles que pidió. En síntesis le dije que se trataba de un colaborador de Morejón, el esbirro de Bayamo.

El chivato Juan sin miedo se presentó ese mismo día en el campamento acompañado de dos muchachas. Le llevó tabacos a Camilo, dulces, medallitas. Llegó muy temprano y como a las cinco de la tarde se empezó a despedir. Camilo lo había dejado hacer todo lo que él quisiera.

Cuando se iba, sonó a sus espaldas la voz del capitán Cienfuegos.

- Juan sin Miedo, estás preso, ¡Orestes, Osvaldo, arréstenlo!

En el juicio se probó todo y Juan si Miedo confesó. La condena fue fusilamiento.

Juan habló para que intercedieran con Camilo, quería que le dieran una oportunidad. Un compañero se dirigió al Capitán que iba en ese momento a visitar familias campesinas en su labor de proselitismo y captación y le explicó la petición del condenado. Se detuvo con el semblante nublado.

-Mira, negrito, ese hombre estaba con Morejón y vino al campamento para ver la posición que tenemos, los hombres y las armas con que contamos. Además, en el juicio ha reconocido toda su culpabilidad. Dile que se resigne a morir.

Juan se echó a llorar cuando supo las palabras del jefe, y murió no precisamente como su apodo indicaba. (Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes)

De la memoria popular

Las que habría que inventar para ganarse el pan. Por gestión del padre consiguió empleo como mojador de telas, mozo de limpieza y mensajero en El Arte. Hizo correr la voz entre sus amigos para cuando necesitaran alguna ropa preguntaran por él en la tienda.

Frecuentemente los clientes solicitaban ser atendidos por el empleado Cienfuegos y lo mandaban a buscar donde estuviese.

Era curioso ver la facilidad que tenía para anudar la corbata en la mano izquierda y mostrar cómo luciría en el cuello del marchante.

Una vez, mientras convencía al cliente sobre las ventajas de la prenda, y para acortar la distancia entre su interlocutor y él, se inclinó demasiado sobre el mostrador y el dueño le silbó discretamente para llamar la atención. Impasible continuó su trabajo hasta que el hombre, molesto, le dijo:

- Camilo. ¿No oye que le estoy llamando?

Sin inmutarse, respondió:

- Usted me conoce y sabe mi nombre. No soy psss, sino Camilo y esas no son formas de llamar a nadie.

Ese comentario hizo historia en la tienda, donde siempre había que rebajarse ante los dueños y él dio su pequeña lección de dignidad.

Saludan a la Revolución

El acto de esa tarde, día 26 de octubre, a las cuatro, se celebraría en la avenida de las Misiones, frente a la terraza norte del antiguo Palacio Presidencial.

Partimos de su despacho, cerca de la hora señalada para comenzar la concentración. En las calles que conducían desde el antiguo Campamento Militar de Columbia hasta el hoy Museo de la Revolución había un mar humano. Todos se dirigían a concentrarse al llamado de Fidel para dar un grito más de independencia o muerte. Al paso de Camilo las gargantas gritaban su nombre con inmenso fervor y cariño; los brazos se agitaban para saludarlo, y él correspondía con su sonrisa, agitando también sus brazos. A los 15 ó 20 minutos de repetirse incesantemente esta escena, se volvió y me dijo:

- Qué equivocados están los fatuos que se creen que los aplausos y los saludos del pueblo son para ellos. Yo contesto a los saludos con igual cariño, porque sé que no me saludan a mí, sino a la Revolución. (Narrado por Jorge Enrique Mendoza)

(Tomadas del libro: Camilo Cienfuegos, el hombre de las mil anécdotas, del periodista cubano Guillermo Cabrera Álvarez)

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