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Si inventáramos un
nombre
Camilo es una figura legendaria, es la idea que yo tengo
de Camilo, hasta de su mismo nombre nada común, lleno de
fuerza y de poesía al mismo tiempo. Si nosotros
inventáramos un nombre para un personaje de leyenda le
podríamos poner el nombre de Camilo Cienfuegos.
La misma muerte de Camilo, perdido en el mar, la manera
de conmemorarla, echando una flor al agua y todas
aquellas, sus hazañas, son acciones de leyenda.
(Narrado por Vilma Espín, guerrillera)
Un día llegué yo a caballo a donde ellos estaban: era el
día que llevaba en animal para ensillárselo a Camilo,
para que se trasladara de un lado a otro, y él coge y
se pone mi sombrero y me dice que a mí no me lucía ese
sombrero, que le lucía, por ejemplo, al capitán Camilo,
y se lo pone, se miró en un espejito y me dice:
- ¿Qué chico? Ponte la gorra esta.
Le digo:
- Bueno, me la llevaré para la casa y me pondré otro
sombrero que tengo allá, que inclusive es mejor que este
que tengo puesto, que tiene unos cuantos años ya.
Él se quedó con el sombrero y yo lo miraba y me reía y
él luego miraba que yo le estaba mirando el sombrero y
él se reía y guiñaba un ojo y les hacía señas a los
otros compañeros. Y él luego les hacía señas a ellos que
yo estaba mirando el sombrero; parece que él pensaba que
yo quería el sombrero, pero era mirando que le lucía
bien. Ese sombrero que Camilo traía era mío. Era mío y a
mí me era orgullo que a él le luciera bien, lo trajera,
y que Camilo con ese sombrero luce más bonito todavía.
Ese sombrero se lo regalé yo, se lo regalé yo en el
sentido que él lo cogió y se lo puso y le quedó bien, me
miró y me dijo que le lucía más a él que a mí y se quedó
con él.
(Narrado por Rafael Verdecía Lien, campesino de Sierra
Maestra, colaborador del Ejército Rebelde)
El viaje no es muy largo, pero el mulo en que pienso
hacer el regreso es vago y bruto como no hay dos, cuando
vine tuve que apearme tres veces a empujarlo, y eso que
era loma abajo. Ahora que es loma arriba tendré que
echármelo a cuesta, como si fuera la mochila.
(De
una carta de Camilo a sus padres)
Del día de mis cumpleaños les diré que tuve quien me
hiciera mis regalitos, pues Rafael me regaló una
corbata, la familia Téllez una camisa y unos
calzoncillos y por otro lado un pasador y yugos. “Suerte
que tiene el Cubano”
(De
una carta de Camilo a su familia)
Otra de sus cosas era con los perros, con los animales
en general. Recuerdo ahora que, al poco tiempo del 10 de
marzo de 1952, del golpe de Estado que diera el dictador
Fulgencio Batista, se apareció en casa un perrito. Llegó
por la madrugada, de eso estoy seguro, porque Camilo,
asociando la llegada del animalito con la entrada de
Batista por la posta 6 en una madrugada, le puso
Fulgencio.
Cuando se fue quisimos disimular y le decíamos Negrito.
Una vez le escribimos mandándole una foto y él contestó:
“Quedó muy bien Fulgencio.”
Cuando
nos hacen un registro, ven la carta y me preguntan por
Fulgencio y cuando le digo que Fulgencio es el perro,
¡cómo se puso el guardia!
(Narrado por Ramón Cienfuegos)
Nosotros dormíamos siempre juntos. Camilo colgaba la
hamaca en el segundo piso porque él era quien traía un
nailon chiquitico y entonces amarraba arriba, bien
arriba para que en el primer piso colgara Víctor Mora y
también se beneficiara con el nailito y yo, como no
tenía nada, me acurrucaba debajo del árbol, a la sombra
de la hamaca como un lechoncito y así estábamos los tres
tapados por el nailon de Camilo.
(Narrado por Walfrido Pérez, guerrillero invasor de la
Columna No. 2)
Reconozco que alguna vez fui injusto. Por ejemplo, el
día que me comunicaron que Camilo había mordido a una
conserje de kindergarten. Lo llamé, Le expliqué lo que
pasaba. Él no dijo ni esta boca es mía. Un mes lo tuve
de penitencia. Después supe accidentalmente, que no
había sido él sino un compañero al que quería mucho.
Pero aguantó el castigo: yo, que sentía lástima cuando
hizo dos o tres trastadas, le decía: “Te las perdono, a
cuenta del castigo que cumpliste sin haberlo merecido.”
(Narrado por Ramón Cienfuegos)
¿Qué les llevan?
Era el segundo domingo de mayo y en el campamento
rebelde del comandante Camilo Cienfuegos se planificaban
las próximas acciones en el llano para batir a la
tiranía.
Dos jóvenes se le acercan, son muchachos de la zona que
se han unido al movimiento en los montes.
- Comandante, ¿usted podría darnos un permiso para
llegarnos a ver a nuestras madres?
- Bien, pueden ir, pero no tarden...
- Enseguida, Comandante... --y dieron la espalda para
retirarse. Camilo, como un relámpago, volvió a
detenerlos.
- Un momento... ¿qué les llevan?
Los jóvenes se miraron.
- Nada...
- ¿Y cómo piensan ustedes ver a sus madres sin llevarles
nada... No, y no... cojan estos veinte pesos, repártanlo
y llévenles algo.
(Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes, enlace de la
columna con la ciudad)
Cuando el ciclón del 44 era muy niño y nunca había visto
un ciclón. Estaba loco por saciar su curiosidad. Yo le
decía: “Niño, los ciclones son peligrosos, les tumban
las casas a las personas y causan mucho daño.”
Ni quien lo convenciera. Vino el ciclón y pasamos todo
el tiempo con la puerta semiabierta. Cuando todo terminó
y salimos a la calle, lo primero que vio fue la casa de
un compañerito a quien quería mucho, o mejor dicho, lo
que quedaba de la casa, que se había caído. A la familia
no le pasó nada, pero Camilo se entristeció y prometió
no volverse a alegrar por la llegada de un ciclón.
(Narrado por Ramón Cienfuegos)
Cuando Camilo ordenaba a algún compañero una misión en
la ciudad, le facilitaba dinero con que poder comer
durante el tiempo que demorara la encomienda.
Ñico, uno de sus hombres, utilizado múltiples veces para
entrar y salir de la ciudad de Bayamo, debía burlar el
cerco de los guardias y sacar del pueblo alimentos,
medicinas, y otros útiles necesarios para las tropas que
operaban en los montes. El enlace, en la conciencia de
que el dinero que le daban era necesario para otras
cosas, escasas veces lo utilizaba y lo entregaba
íntegro.
Por otra parte, en varias ocasiones llegaban a casas de
campesinos conocidos por él y solicitaba el plato de
comida para continuar la misión.
En una ocasión, Camilo, bastante contrariado, le llamó a
su presencia.
“Oye --le dijo-- me parece que te estás comiendo la
comida de los campesinos y eso no es bueno. Yo te doy
dinero para que lo gastes y no para que me lo devuelvas
y vayas a pegarles la ‘gorra. No quiero que se repita.”
(Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes)
Se acercaba el fin de diciembre de 1957. Eran esos días
silenciosos donde la nostalgia invade a los hombres
alejados de sus familiares. El jefe del primer pelotón
de la Columna 4, capitán Cienfuegos, moviliza a sus
hombres; Haroldo Cantallops y Fernando Virelles montan a
dúo la canción Por el camino verde, muy popular
por esos días; ellos dos, más Guevara (debe ser Ernesto
Guevara conocido por Tétiro o Ángel Guevara), formarían
un trío; Ramón, Nené, López y Luis Olazábal fungirían de
guaracheros; Félix Mendoza, el Bazuquero, haría
de maestro de ceremonias; los hermanos Zenén Meriño
(muerto en la invasión) y Tempo Meriño (caído en el
combate de la Otilia) formarían otro dúo. Como cierre
del acto Vitalio Acuña (Joaquín en la guerrilla de Che
en Bolivia) improvisaría puntos guajiros.
Todos los hombres del pelotón de Cienfuegos tenían una
ocupación en la fiesta. Una de las invitaciones,
dirigida al armero de la Sierra y redactada de puño y
letra del jefe de pelotón aún se conserva; dice:
“Sr. Téllez y Sra.
“El Pelotón No. 1 de la Col. 3
“Tiene el honor de invitarle a usted a las fiestas de
Nochebuena que se celebrarán en el cuartel situado en La
Pata de la Mesa.
“AMENIZARÁN
“1) Dúo Vanguardia (Haroldo y Virelles)
“2) El trío Rebelde (Haroldo, Virelles y Guevara)
“3) Los Guaracheros del 26 (Nené y Luis)
“4) Los Merengueros de Mendoza
“5) Dúos Hermanos Meriño
“6) Luis Olazábal (el dinamitero bailarín)
“7) Vilo Acuña (puntos guajiros)
“Acompañamiento a cargo de la orquesta
“CUBA LIBRE
“Félix Mendoza (maestro de ceremonia)
“Se tomarán fotos para la posteridad
“Maestro fotógrafo (Guillermo Vega)
“Se admiten colaboraciones artísticas
“Cap. Camilo”
(Datos tomados de la Oficina de Asuntos
Históricos del Consejo de Estado)
A ustedes me dirijo, puesto que ante ustedes, como
principales gerentes de esa casa, empeñé mi la palabra,
con respecto al pago de los $153.56 que desde esta
ciudad haría, ya que en el momento de dejar esa casa,
muy a pesar mío, me era imposible realizar esa
liquidación.
(...) Adjunto a estas líneas, les envío el importe de
ciento cincuenta y tres pesos con cincuenta y seis
centavos ($153.56) en esa casa, “Sastrería El Arte”,
realicé en el tiempo que de ella fui empleado.
(...) Ya realizada esta operación, podré sentirme
verdaderamente tranquilo, sabiendo que esa mancha sobre
mi apellido pesaba, materialmente está borrada(...) (De
una carta a los dueños de su antiguo trabajo)
Camilo tenía hambre y quería comer; tuvimos fuertes
“broncas” con Camilo porque quería constantemente
meterse en los bohíos para pedir algo y, dos veces, por
seguir los consejos del “bando comelón” estuvimos a
punto de caer en las manos de un ejército que había
asesinado allí a decenas de nuestros compañeros.
Al noveno día, la parte “glotona” triunfó; fuimos a un
bohío, comimos y nos enfermamos todos, pero entre los
más enfermos, naturalmente, estaba Camilo, que había
engullido como un león un cabrito entero.
(Narrado por Ernesto Che Guevara)
El campamento rebelde es actividad. Los combatientes se
disponen a marchar a un combate.
El rebelde Horacio González Polanco, a quien Camilo
había apodado cariñosamente el Mulato, pese a que la
pigmentación de su piel no correspondía a la
designación, se lamentaba junto al teniente de larga
barbas.
- Óyeme, ¡con qué gusto me tomaría un jarro de café con
leche...!
Camilo, que no participaría en la acción le sonrió y sin
decir palabra alguna, se retiró lentamente, hacia el
rincón del monte donde colgaba la hamaca.
Polanco se disponía ya a partir junto con el resto de
los combatientes seleccionados para la acción, cuando,
desde lo alto de un promontorio, oyó una voz conocida,
que gritaba:
- Mulato, antes de irte, para por aquí...
Polanco cruzó con sus descalzos pies el tramo que le
separaba y se aproximó. Frente a él, extendiendo en la
mano un jarro, le sonreía Camilo.
- ¡Esto vale un tesoro!, ¿dónde lo conseguiste?
- Nada, tenía una reservita de lata de leche, y la
sangré...
(Narrado por Horacio González Polanco, guerrillero)
El cartuchito de
frijoles
Después de Uvero nos quedamos enterrando los muertos,
porque esa era la misión de la vanguardia. El resto de
la columna continuó retirándose y cogimos en un altico
atravesando, y allí le dimos sepultura.
Camilo mandó a recoger y alcanzar a la tropa, y al poco
rato la pasamos y volvimos a ocupar la vanguardia. Eso
de andar alante siempre tiene sus ventajas, porque ese
día, por ejemplo, cruzamos por un bohío abandonado y
había un cartuchito y Camilo lo recogió, le echó un
vistazo dentro y comentó:
- ¡Qué bueno, encontramos frijoles!
Víctor Mora vio una maceta de arroz para semilla y la
cargó también y nos cargamos esas dos cosas pensando en
el banquete que nos íbamos a dar con el arroz y los
frijoles.
Cuando llegamos fuimos a preparar lo que traíamos y
resultó que los frijoles que vio Camilo, que era un
hombre de la ciudad, no eran frijoles sino semillas de
júcaro para sembrar el café. El arroz también fue
imposible cocinarlo y pasamos en blanco esa noche.
(Narrado por Walfrido Pérez)
Cuando se conseguía alguna comida, los combatientes
acostumbraban a hartarse y abandonaban posteriormente
las obras.
Una y otra vez sucedía lo mismo y después todos tenían
apetito y se lamentaban por haber abandonado la comida.
Pero nadie escarmentaba, cuando el estómago se llenaba,
ya no querían cargar.
Camilo, con su actividad de siempre notó el problema y,
desde ese momento cuando se terminaba de comer y la
gente abandonaba los restos de comida, la iba recogiendo
en una cazuela grande y casi siempre la llenaba con las
viandas sobrantes.
Hecho esto, la cargaba al hombro, sin solicitar ninguna
ayuda y la trasladaba a los combatientes y a las
distintas operaciones a las que era designado.
A la hora del hambre, Camilo, sonriendo con su
acostumbrada picardía, exponía ante todos su cazuela
repleta de viandas y llamaba al personal. “Ya ven
caballeros, siempre hay que guardar; miren si no traigo
la cazuela...” Narrado por Horacio González Polanco)
¿Se enteró de la
paliza?
La comandancia general de la Columna 2 radicaba en el
lugar conocido como montes de La Caridad, en Las Villas.
Allí se encontraban además la planta de radio y el
almacén y Puerto Gofio, nombre con el cual Camilo
parodiaba al de la cárcel de Puerto Boniato.
Los rebeldes batían al ejército de la tiranía,
hostigándolo en los caminos, carreteras y pueblos de la
costa norte, como Venegas, Iguará, Mayajigua, Meneses,
Zulueta, General Carrillo y otros.
Un día, en el campamento de La Caridad se suscitó un
singular diálogo entre el jefe guerrillero y Lorenzo
Pérez Pérez, conocido por Monino, carnicero de la zona y
colaborador de los rebeldes.
- Viejo --le dijo Camilo--, sáqueme un bistec bien
grande para un hombre que va a combatir hoy.
El viejo Monino, satisfaciendo la petición, lo preparó
en la rústica cocina, acompañándolo con malanga.
Al día siguiente, al ver nuevamente al viejo Monino, lo
envolvió con su franca sonrisa, comentando.
- Óigame, el bistec de ayer me dio muchas energías...
¿No se enteró de la paliza que les dimos a los casquitos
en Zulueta?
(Narrado por Lorenzo Pérez Pérez,
colaborador del Ejército Rebelde)
En el periódico vi que pedían un sastre para una
fábrica; me presenté, llené los papeles, pero cuando me
dijeron “Identifícate persona”, papeles de por medio,
quedé por testarudo, les dije que los tenía en N. Y. y
que mañana, una mañana que nunca llegó, se los llevaría.
También el ciudadano ese me dijo que tenía que tener
unión, pero ahí mismo se le fue la musa, le pedí la
dirección de la unión y de ahí partí para allá (la unión
esa tarde, sábado, estaba cerrada y entonces el lunes, a
las 8 en punto, ya estaba haciendo posta en la unión.
Llegué a las oficinas y me preguntaron What you want, le
dije a la “anciana” que hacía 10 días que estaba en el
país y que era Taylor (sastre) no se rían, que ustedes
saben de mis cualidades, que yo era Taylor, y que quería
unionarme y quería una peguita, de ahí me pasaron a
otro, donde llené una solicitud. El buen Mr. ese, me
dijo que qué podía hacer, le dije que en sacos “any kind”,
cualquier cosa, me preguntó Where you come fron (de
dónde venía), le dije de Cuba, me pidió el social
security y llamó por teléfono, después me preguntó si yo
era P. Riqueño (que es como aparezco en el registro del
S. C.) entonces di marcha atrás, le dije que yo era
nacido en P. R. y me preguntó que de dónde venía y no
dónde había nacido, entonces le tuve que dar una
explicación explicativa, explicándole de cuando nací y
dónde y cuándo me llevaron a Cuba, o sea, que dije
mentiras de a burujón pila, montón puñao, por fin el tío
me dijo: mira, vete ahora mismo a este lugar y ahí
puedes trabajar.
Llegué, seguí llenando planillas y (diciendo mentiras,
muy pocas), hombre, me decía, tú sabes hacer esto,
aquello, lo de más allá y a todo el yes, que es lo que
vale y camina en este país, de ahí me dijo venta
tomorrow a las 8.
Efectivamente, con 2 metros de nieve en el cielo de la
boda del frío (sin nevar), me pasaron a un quinto piso,
me buscaron una silla y me preguntaron si tenía tijeras,
dedal y demás, les dije que no, me consiguieron todo eso
y después me pusieron a a a a a pegar cuellos, me
tiraron un saco y fuera, ahí mismo fue el average,
gracias a un viejo que estaba al lado mío me fui
defendiendo, le dije: mire Mr. resulta que hace muchos
year ago que yo no hago esto, y se me ha olvidado, dame
una manito, yo lo que quiero es aprender no me interesan
los Tikets para la money, efectivamente el viejo me
indicó cómo era (no es difícil); ahí pasé como 2 horas,
cuando el jefe vino me preguntó que de qué yo había
pedido trabajo, yo le dije que en lo que yo era un
trueno era haciendo bolsillos, que podía hacer cualquier
cosa, pero necesitaba un poco de práctica. Me dijo que
si quería coger un puesto para hacer bolsillos, le dije:
¿Today?, me dijo: sí, hoy: le dije: barín. Seguí
subiendo pisos y llegué al Dpto. de bolsillos, ahí me
dieron una pequeña indicación de cómo hacerlos y me
hicieron uno, entones les tiré mis alardes, les dije:
mire maestro yo los hago igual con un procedimiento más
“Moderno”; me dijo: Ok, vamos a ver. Les hice uno y me
dijeron: déjese de inventos y hágalo como le dijimos. En
fin de cuentas hice más bolsillos que un buey, todavía
no sé lo que me pagan, pero ya afinqué el puesto, pues
el jefe me dijo que regresara mañana, así que como
pueden ver, ya estoy tailoreando.
(De
una carta de Camilo a sus padres)
El Caimito es un pequeño batey de Bayamo, bautizado
cariñosamente como “Picio” por los rebeldes al mando de
Camilo Cienfuegos que en muchas ocasiones recibieron un
trato de Eupicio Ramírez, campesino del lugar.
La casa de Eupicio fue centro de colaboración para
cuantos barbudos llegaran a cualquier hora en busca de
ayuda. Además, en ella se confeccionaban los uniformes
verde olivo, que la esposa de Ramírez cosía con esmero.
Al iniciar Camilo la histórica invasión, llegó hasta la
casa.
La señora de Picio, se preparaba para coser los
uniformes rebeldes en el momento en que le comandante de
largas barbas penetraba en el humilde bohío.
- Señora --dijo el jefe rebelde--, déjeme a mí esa
tarea, ¿no sabe que fui sastre?
Ocupó el lugar de la desconcertada campesina y ya frente
a la vieja máquina de coser, pedaleó hasta bien entrada
la madrugada.
¡Me encanta el
sabotaje!
Caminamos como uno y medio kilómetro y se detuvo la
columna al pasar una línea de cables telefónicos que
existe entre Bayamo y Martí, en la provincia de
Camagüey. La línea en cuestión fue cortada frente al
chucho ferroviario Pastor. Causaba admiración ver a
Santiago Rosales subir al poste telefónico. ¡Qué
rapidez! Cortó los alambres y estos en el suelo fueron
hechos añicos con extraordinaria velocidad por el
Capitán, quien a la vez daba a los alambres más cortes
que un sastre a un traje. Exclamaba: ¡Me encanta el
sabotaje! (Diario de campaña de Osvaldo Herrera, capitán
rebelde que al caer prisionero
optó por privarse de la vida)
Fuimos al panteón donde cayó el Apóstol y colocamos como
él quería una bandera y un ramo de rosas, y se puso otra
bandera, la del 26. Hicimos un minuto de silencio en
memoria de los caídos y dos descargas de fusilería. De
más está decirle que la aviación ametralló más tarde los
alrededores.
Aquello es una vergüenza como está de abandonado. Tenía
planeado mandar a limpiarle y arreglar el lugar. Ya nos
encargamos de hacerlo. (De una carta de Camilo a Fidel)
Un
cartelito que decía: “COMUNISTA”
El día de enero fui al Parque Central, aquello parecía
un desfile policíaco, estaban por docenas, no permitían
grupos ni entrar al parque, al rato logré entrar. Cuando
me acerqué a la estatua del Apóstol rindiéndole homenaje
silente y pensando cómo estaba la tierra por al cual
murió, se me acercaron dos policías moviendo
amenazadoramente los palos, me alejé, todos esperábamos
la llegada de Echevarría, la orden era que cuando él
apareciera unirse todo el mundo, él llegó por Prado en
una máquina con otros portando una corona, acto seguido
empezaron los palos a todo el que intentaba acercarse.
Echeverría y los demás peleaban cuerpo a cuerpo con la
policía, la corona para el Apóstol destrozada por el
suelo.
Yo estaba frente al Asturiano. Cuando corría hacia el
lugar me cogieron tres “paisanos” y la emprendieron a
golpes, me metieron en un carro “chapa particular”.
Cuando lo llenaron (enseguida lo hicieron), nos llevaron
a las oficinas del BRAC, Buró Represivo de Actividades
Comunistas, según nos subían al carro nos daban golpes.
Ya dentro me dieron una patada en la cara. En el BRAC
nos tuvieron como seis horas, nos tomaron las huellas,
mil preguntas y me retrataron con un cartelito que
decía: “COMUNISTA”. Este fue el homenaje que le brindó
la dictadura a MARTÍ en su natalicio. De una carta de
Camilo a José Antonio Pérez, amigo cubano que residía
por entonces en Estados Unidos)
¿Para qué piensas
que pelea?
Recuerdo que una vez un compañero le preguntó qué era
los comunistas.
- ¿Tú qué eras antes de alzarte? --preguntó él como
respuesta.
- Ordeñador --respondió el compañero.
- ¿Qué te han dicho que son los comunistas?
- Que son malos...
- ¿Y si tú ves a un comunista peleando junto a nosotros,
para qué piensas que pelea?
- Para el bien del pueblo.
- ¡Ah,. entonces no son tan malos como te dicen!
(Narrado por Roberto Sánchez Berthelemy,
guerrillero invasor de la Columna de Camilo, y
combatiente en el Congo junto a Che)
Los caminos estaban intransitables por las pulgadas de
lluvia caídas y tuvimos que hacer un alto en La Jacinta,
un pequeño batey de Ciego de Ávila.
Allí estuvimos desde horas tempranas, de la mañana hasta
bien entrada la noche.
En ese lugar estaba una escuela, pero el maestro no
había acudido a dar su clase por la lluvia y los niños
nos recibieron con tremenda alegría; Antonio Sánchez
Díaz, Pinares, se improvisó como maestro y dio una clase
muy cómica sobre matemáticas, pero con problemas que
eran como un juego. Les preguntaba, por ejemplo, el
número del mes en que habían nacido y después de sacar
montones de cuentas, de sumas y restas, concluís
sonriente:
- Naciste un martes...
Los muchachos estaban divertidos; Camilo, aprovechando
que los trabajadores y vecinos no podían abandonar, por
razones de seguridad, el batey, los reunió y les habló a
los niños y mayores. Recuerdo que a los muchachos les
dijo que le pidieran a la maestra que cada viernes les
hablara de Martí, Maceo, de nuestra guerra de
Independencia.
Él nos orientó a los miembros de la columna repartir
dulces a los niños y entregar a cada trabajador una suma
equivalente a un día de haber, porque no podían
presentarse al trabajo ese día por estar retenidos por
nosotros.
Por
último, todos cantamos --población y tropa rebelde-- el
Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio. Fue
realmente un día inolvidable y Camilo tenía un regocijo
tremendo porque se daba muy fácil con los niños y estos
lo miraban con mucha admiración.
A la hora de partir los niños estaban tristes.
(Narrado por Orestes Guerra, guerrillero invasor, jefe
del primer pelotón de la Columna de Camilo)
Chiste mutuo
Pasó
aquello, salvamos la vida, la mía personalmente gracias
a la intervención del compañero Almeida y vagamos cinco
hombres por los acantilados cercanos a Cabo Cruz. Allí,
una noche de luna encontramos a tres compañeros más,
dormían plácidamente sin temor a los soldados y los
sorprendimos creyendo precisamente que eran enemigos, no
pasó nada, pero serviría después de base a un chiste
mutuo que nos hacíamos; el que hubiera estado yo entre
los que lo sorprendieran, pues otra vez me tocó levantar
bandera blanca para que su gente no nos matara,
confundiéndonos con batistianos.
(Narrado por Ernesto Che Guevara)
La orden era detener una tropa de Sánchez Mosquera. La
vanguardia recibió la misión de adelantarse por uno de
los flancos.
Mientras avanzaban localizaron al enemigo en una altura,
con evidente ventaja sobre ellos. Pese a la desventaja,
Camilo abrió fuego sobre la sombras con cascos.
El fuego de su fusil obligó a los hombres a echarse a
tierra, y él continuó hostigándolos hasta que en la
punta de un fusil flotó la bandera de rendición en la
forma de un pañuelo blanco.
Avanzando cautelosamente llegó hasta los soldados. Su
sorpresa fue mayúscula, el militar rendido desanudaba
tranquilamente el pañuelo de la punta del fusil mientras
le comentaba:
- ¿Vos no te diste cuenta que éramos nosotros?
--preguntaba el argentino.
Che había avanzado por otro lado y ocupado una posición
superior; al percatarse de que el agresor era Camilo izó
la bandera de paz.
Con esto quedaba zanjada una vieja disputa. Luego de
Alegría de Pío Ernesto había sorprendido dormido a
Camilo y también lo había “capturado”.
(Narrado por Reinaldo Benítez, asaltante al Moncada,
expedicionario del Granma)
La primera vez que William Gálvez vio a Camilo fue en el
Hombrito. El guerrillero ya legendario venía a la
“consulta” de Ernesto. Fue también la primera jarana que
le escuchara. Estaba risueño y comentó su preocupación
de extraerse una muela con el Che.
- ¿Cómo es posible --comentó William-- si el Che es
médico y seguro no te va a doler?
- No, no es porque me duela, sino porque ese “matasanos”
de seguro me saca una buena y no la mala. (Narrado por
William Gálvez, guerrillero invasor, autor de varios
libros sobre la vida de Camilo)
De la
memoria popular
El Che visitaba la zona de Yaguajay para discutir con
Camilo los pasos a seguir. La presencia del legendario
guerrillero argentino provocó la lógica curiosidad y
muchos pobladores del lugar se acercaron para verlo; se
asomaban por todos lados.
En medio de la conversación, antes de iniciar la reunión
que sería privada, Camilo, al notar la curiosidad de los
campesinos, le comentó a Ernesto Guevara:
- Ya sé a lo que me voy a dedicar cuando triunfemos: Te
voy a meter en una jaula y recorrer el país cobrando
cinco kilos la entrada para verte. ¡Me hago rico!
¿Impresionar
con tu estado mayor?
Una noche de finales de agosto llegó Camilo a Las Vegas
para ver al Che. El Che estaba acostado en la cama, sin
camisa, y conversando con Miguel, Ramón Pardo, Guile,
y yo.
Desde que llegó Camilo se puso a jugar con el Che: a
hacerle cosquillas, a imitarle el hablar. Entonces,
riéndose, le dijo a Camilo:
- Mirá, Camilo, fíjate que estás jugando al lado de mi
estado mayor.
- ¿Cuál es tu estado mayor? --le preguntó Camilo.
- Pues, mirá, aquí tienes al compañero Miguel, que es el
jefe de la comandancia, al compañero Guile, que es el
jefe de la escuadra, y a Pachequito, que es el jefe de
suministros de la tropa.
Camilo lo miró y hablando en tono argentino, le ripostó:
- ¿Y vos creés que me vas a impresionar con tu estado
mayor?
(Narrado por Raimundo Pacheco Fonseca, guerrillero)
Después del triunfo de la revolución, Fidel y Camilo,
los inseparables guerrilleros, acudían con regularidad a
los encuentros de pelota, algunas veces como
espectadores y otras como activos participantes.
En una ocasión en que ambos acudieron al estadio del
Cerro para participar en un desafío que se desarrollaría
esa noche, surgió la idea de que en las dos novenas
jugaran los guerrilleros en una división que daría al
juego mucha viveza.
Camilo, acariciando su amplia barba oía la proposición y
mascaba fuertemente su tabaco, mientras exhalaba el humo
con vigor. Cuando concluyeron de explicarle la idea,
respondió como un rayo: “¿Qué integre una novena contra
Fidel? ¡Qué va! ¡Contra Fidel yo no estoy ni en juego!”
Ese día mientras Fidel ocupaba el montículo de los
lanzadores, en la novena de Los Barbudos, Camilo le
atrapaba sus líneas como receptor.
Camilo y un grupo de compañero nos trasladamos a mi
casa, que era la de mis padres. Muy próximo a comenzar
Fidel su comparecencia por televisión, mi madre nos
preparó comida a todos, y siguiendo la costumbre invitó
a pasar al comedor. Camilo, muy cortésmente le dijo:
- ¿Usted no se pone brava, mi vieja, si nos llevamos los
platos para la sala para poder escuchar a Fidel?
Mi madre respondió con una sonrisa --ella tampoco quería
dejar de oírlo--- y todos nos llevamos los platos para
la sala y nos pusimos a oír a Fidel, que estaba a punto
de comenzar.
En medio de la intervención del Comandante en Jefe sonó
el timbre del teléfono: era una llamada local de un
compañero que quería hablar con Camilo. Camilo se puso
de pie, con rostro serio, y después de escuchar
brevemente preguntó qué estaba haciendo. No sé lo que le
contestaron, pero jamás podré olvidar la respuesta de
Camilo:
- Cuando Fidel está hablando lo único que debe hacer un
revolucionario es oírlo.
(Narrado por Jorge Enrique Mendoza, guerrillero,
fundador de Radio Rebelde)
Cuando terminó el acto nos dirigíamos a la Universidad,
la masa del pueblo con el estudiantado al frente, con el
estudiantado que marcha con entereza y heroísmo en la
lucha contra el régimen, profiriendo voces contra la
bestia de Batista, los gritos de cientos y cientos de
jóvenes, viejos, mujeres, era grito de pueblo, de pueblo
sufrido que quiere o morir o ser libre, gritando
REVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN. Al llegar a la calle
Hospital estaban entre las primeras filas Sierra y
Osmany que estaban por su lado (como siempre) y a los
demás ya no los vi. La policía y varios carros
atravesados en la calle San Lázaro, seguíamos avanzando,
y los más pequeños del grupo comenzaron a tirarnos,
tiraban con rifles, recuerdo como Anillo, que iba al
frente, quiso, cuando estábamos a unos solos metros,
lanzarse contra la policía (lo hubiera destrozado a
tiros. Los más serenos lo aguantaban, nadie se movía,
seguían los tiros, comenzaban a caer la gente. En esos
momentos fue que me hirieron en la pierna izquierda, fue
un balazo de M-1. Ya las armas del pueblo respondían
valientemente al ataque, llovían las piedras, palos,
botellas y los gritos contra la porra traidora y
mercenaria que acostumbra a marchar en las
manifestaciones, para después emprenderla a golpes
contra el pueblo (...)
Ya herido, a pesar de la confusión, me metieron en una
máquina donde había tres heridos más. Cuando nos
llevaron al Hospital, la policía volvía a tirarnos,
sentimos los disparos contra el carro, 3 nos alcanzaron,
uno de ellos alcanzó al que manejaba en la cabeza, fue
solo una rozadura, de milagro no lo mató, nos llevaron
al Calixto García, la confusión era terrible. En aquel
momento cuando esperaba que me atendieran creí que se
peleaba en las calles, cada vez más heridos y golpeados,
decían que la policía iba a tomar la Universidad y el
Hospital, el primero en llegar cuando me curaban fue
Osmany, después los viejos, esos momentos son imposibles
de olvidar, cuando el viejo en un verdadero arranque de
emoción y tensión, cogiendo el jakey manchado de sangre
con que me había vendado provisionalmente la herida,
dijo: “Es la sangre de mi hijo, pero es sangre para la
Revolución.”
(De
una carta de Camilo a José Antonio Pérez)
Siendo él Capitán nos fuimos a atacar Pino del Agua, con
unos cuarenta y tantos hombres. Llegamos a eso de las
cuatro y media o cinco de la mañana. Las postas estaban
con ametralladoras treinta. Nos acercamos como a unos
diez metros.
Camilo abrió fuego y tomamos las dos postas de delante.
Nos hirieron al último hombre, familia de Delfín Moreno;
Fernando Virelles llevaba una treinta y cuando empezamos
a avanzar sonaron dos browning, unas San Cristóbal y
unos Springfield, y todos los guardias de por allí
cayeron. Entramos hasta el mismísimo estado mayor de
Pino del Agua.
A Camilo lo hicieron y le tumbaron la gorra que llevaba
como sí fuera de la legión extranjera.
Nos ordenó que nos retirásemos y cargásemos un herido
que estaba cerca. Nadie quería irse dejándolo allí.
Él se molestó y salió caminando hacia nosotros con sus
tiros en el cuerpo, exigiendo el cumplimiento de la
orden o di no la cumpliría él mismo. El herido que le
preocupaba se murió más tarde.
Camilo dirigió la retirada de su propia gente cuando
íbamos lejos fue que logramos encamillarlo.
(Narrado por Alejandro Oñate Cañete, guerrillero,
invasor de la Columna de Camilo)
Camilo acostumbraba a hacerle bromas a todo el mundo,
así que todos estábamos siempre un poco en guardia con
él... eran bromas realmente infantiles, que hacían reír.
En los primeros tiempos, en el año 1959, cuando vivíamos
en Ciudad Libertad, se celebraban en la habitación de
Raúl y mía muchas reuniones.
Cuando Camilo salía, y como ya lo conocíamos, teníamos
que registrarlo porque acostumbraba a llevarse, por
broma, un montón de cosas en los bolsillos, y me dejaba
las almohadas pintadas de corazones y con letreritos de
las cosas que se habían estado conversando. (Narrado por
Vilma Espín)
El Capitán sitiado accedió a la conversación durante la
tregua y se aprovechó la presencia de un vehículo para
trasladar a la esposa e hija de un militar, de visita en
el cuartel en el momento de comenzar el ataque.
Camilo llegó con sus ayudantes repartiendo cigarros y
tabacos a los soldados, apiñados en la puerta para
conocerle. A la entrada, contrastando con la alegría
característica del guerrillero, estaba la marcialidad
aprendida en la escuela de oficiales del jefe de la
plaza.
Durante la conversación inicial, se le ofreció al
capitán Abon Le garantía absoluta para él y su tropa,
puesto que el objetivo era la ocupación del cuartel,
las armas y el parque, Abon Le se negó a aceptar las
condiciones rebeldes y decidió continuar peleando, pese
a la evidente inutilidad de la resistencia.
Al salir del despacho, el Comandante se detuvo en la
puerta.
- Es una lástima, Capitán --dijo-- yo tenía el
compromiso con sus soldados de comernos esta Nochebuena
veinte puerquitos asados-- y se volvió sonriente a la
tropa.
Abon necesitaba una frase para escapar del ridículo y la
encontró.
- Las circunstancias me hacen imposible aceptar el
ofrecimiento, se desmoralizaría la tropa, señor.
Se dieron las manos, y el delegado barbudo se alejó
hasta sus posiciones.
El comandante José Quevedo, hecho prisionero durante el
combate de El Jigüe se había sumado a las fuerzas
rebeldes. Una tarde, víspera de la invasión y a modo de
despedida, Camilo preparó una fiesta. Antes hizo llamar
a Quevedo.
- Tengo presos unos masferreristas y necesito que los
identifiques --le precisó.
- Es difícil, porque yo no tengo contactos con esos
elementos -respondió el oficial.
- Es que ellos insisten --agregó Camilo-- en que usted
puede dar fe de ellos.
- Si es así, tráigalos, para ver si los conozco.
A una señal de Camilo, William Gálvez fue hasta los
mulos y trajo sobre el hombro un saco. Quevedo miraba
con curioso asombro el bulto. Cuando ante sus ojos fue
abierto y descubierto el interior, las carcajadas
duraron horas. Varias botellas de ron eran sus presuntos
conocidos.
(Narrado por William Gálvez)
¿Que todavía no le han contado lo del submarino en las
montañas de Villa Clara?
Camilo era así, ocurrente, jaranero, le corría una
máquina a cualquiera, de una forma sana. No se podía uno
disgustar con él porque no tenía ni una pizquita de
maldad, sino que todo era entero, como de una sola pieza
Una vez estábamos conversando de muchos temas y él ve
que está un compañero que nos escucha embelesado, como
si aquello fuera algo de otro mundo y entonces se le
iluminó la cara como solo él sabía iluminarla.
- Bueno, bueno, compañeros, a mi lo que más me preocupa
ahora es qué vamos a hacer con el submarino que me manda
Fidel desde la Sierra, porque yo sí no sé para qué sirve
eso aquí en las lomas de Yaguajay.
Todo el mundo se quedó callado, a la expectativa, y el
hombre aquel abrió los ojos en redondo.
- Sí, hay que traerlo porque si Fidel lo manda par algo
tiene que servir, así que en cuanto llegue, usted --se
dirigió al hombre-- tiene la responsabilidad de subirlo
hasta acá arriba y ya veremos en qué lo usamos, pero
usted lo trae, ¿no es así?
Y aquel hombre, sin salir del asombro, afirmaba con la
cabeza.
(Narrado
por Manuel Bravo, guerrillero)
Alrededor de las tres de la tarde una de las postas
detuvo a tres hombres. Los prisioneros fueron conducidos
ante el Comandante. Este los observó detenidamente. Los
tres trataban de simular tranquilidad, con sonrisas que
solo acentuaban su nerviosismo, Camilo inició el
interrogatorio.
- Antes de comenzar, siéntese. Vamos a evitar que traten
de correr o las consecuencias serán peores --esas fueron
sus primeras palabras. Los tres, casi al unísono, se
sentaron en el suelo, pues no había otra cosa en qué
hacerlo. Los presentes los imitaron y nuestro jefe
agregó:
- Bueno, usted, dígame cómo se llama y qué estaba
haciendo. ¿Nos buscaba? Bien, si es así, nos encontró.
Se había dirigido al que parecía mayor. Era alto y
delgado, pero fuerte. De pelo totalmente canoso.
- Mire, señor, nosotros andábamos viendo cómo estaban
nuestras reses, ya que tenemos que pagar cierta cantidad
de dinero para que estas pasten y aumenten de peso
--contestó.
- Esa es la verdad --agregó otro de los prisioneros, un
poco nervioso--. Era el que más alterado parecía, pues,
aunque a los otros dos se les notaba intranquilos, a
este se le acentuaba el nerviosismo. Era el montero
Enrique Navarro, colaborador del ejército.
- Y usted seguro que dice lo mismo --dijo Camilo al otro
prisionero, bajo de estatura, de fuerte complexión
física, muy trigueño. En realidad, bastante parecido al
montero.
Al preguntárseles cómo se llamaban, dos de ellos dieron
nombres falsos, excepto el montero, ya que dos de los
prisioneros habían ocultado sus identificaciones debajo
de las monturas de sus caballos. Claro, Navarro no podía
negar quién era, pues esto servía de fundamento a lo que
los otros decían.
Al decirles Camilo que sus brazos se veían blancuzcos y
no parecían hombres de trabajo ni de campo, el viejo
respondió que tenían una bodeguita en el central y que
trabajaban a la sombra. Camilo entonces les dijo:
- ¿Si? ¿Y trabajan con mangas largas siempre? ¡Qué
casualidad!
El montero sólo afirmaba. El Comandante notó que
calzaban botines semicortos, de color carmelita, y les
hizo esta observación.
- ¿Esos botines los usa el ejército?
- Mire --contestó de nuevo el viejo canoso-- los
guardias venden cualquier cosa cuando no tienen dinero.
No es difícil ver en el central o en el pueblo a mucha
gente con esos botines.
Se sabía que era cierto lo que afirmaba, pero tanto
Camilo como los que participábamos en el interrogatorio,
estábamos seguros de que los acompañantes del montero no
eran otra cosa que guardias rurales, enviados en busca
de rastro de la columna y de su ubicación.
De manera que las cosas fueron subiendo de tono. En la
guerra los interrogatorios no son siempre calmados, aún
más si se sabe que los interrogados andan buscándonos
para informar acerca de nuestra ubicación, con el
propósito de liquidarnos.
Ya había transcurrido un buen rato de conversación y no
se sacaba nada en claro. Camilo entonces me indicó que
los acompañara. Nos apartamos de los prisioneros,
quienes se notaban temerosos de su suerte, y me dijo:
- ¡Mira que estos tipos son descarados! Ya me tienen a
punto de perder la paciencia.
Por mi parte le dije lo mismo, y entonces agregó.
- Ve y busca al práctico y enséñale desde lejos a estos
tipos, a ver si los reconoce, antes de que se mueran del
susto que les vamos a tener que dar.
Busqué a Fernando de Oro, pero debido a su avanzada edad
no veía bien de lejos. La tragedia fue acercarlo al
grupo. El hombre temía que lo vieran si de verdad eran
guardias, y luego le exigieran cuentas. No fue fácil
aproximar al viejito hasta los prisioneros para que los
identificara. Después de un “échate para acá y échate
par allá”, más bien de un “empuja-empuja”, el campesino
distinguió a los prisioneros a través de unos matorrales
y los identificó:
- Ese canoso es el cabo Trujillo, Ese otro --dijo
señalando para Enrique Navarro-- es el montero. El
tercero no sé cómo se llama, pero es guardia.
Dejé que el viejito se retirara. Me acerqué a Camilo y
le informé.
Él se sonrió y comentó:
-Ya ves que eran guardias.
Luego de estar convencidos de la identidad de los
prisioneros, Camilo le puso una nota simpática al
momento, no obstante nuestra situación difícil. Se quedó
un rato pensativo y me dijo:
- Vamos a hacerle una bromita a estos descarados. Tú
verás.
Ordenó separar a los detenidos e hizo un aparte con
Sergio del Valle, a quien propuso lo siguiente:
- Vamos a ponerle el aparato de tomar la presión al cabo
Trujillo y decirle que es un detector de mentiras.
Y una vez junto al cabo, dirigiéndose al capitán médico:
- Ponle el detector de mentiras.
Mientras Sergio aplicaba el esfigmógrafo, Camilo, con
mirada amenazante, repetía:
- Vamos a ver si dices la verdad...
El estado nervioso de Trujillo le impedía darse cuenta
de qué era realmente el aparato y las preguntas de
Camilo aumentaban la tensión:
- ¿Son ustedes guardias? ¿Sí o no?
A cada respuesta del cabo, Sergio movía negativamente la
cabeza.
- ¡Usted es un mentiroso! ¡Usted no nos dice la verdad!
Al fin, el cabo comenzó a narrarlo todo. (Narrado por
William Gálvez)
Camilo era alegre, era dicharachero y burlón, recuerdo
que en la Sierra, a un campesino, uno de nuestros
grandes héroes anónimos, magníficos, le tenía puesto un
apodo que se lo decía con un gesto infame; un día vino a
darme las quejas como jefe de la columna para decirme
que él n o podía ser insultado, que él no era ningún “ventrílogo”.
Como no entendí fui a ver a Camilo para explicar un poco
esa actitud tan extraña, y es que Camilo lo miraba con
un aire tan despectivo y le aplicaba la palabra “ventrílogo”,
que el campesino interpretaba como un insulto de
terrible magnitud. (Narrado por Ernesto Che Guevara)
El día 5 de diciembre de 1956 son sorprendidos en
Alegría de Pío. Bajo la espesa balacera del enemigo, el
expedicionario Reinaldo Benítez ve a Camilo acercársele
arma en mano. Está sereno, ligeramente inclinado para
evadir las balas que buscan registrar en el aire la
presencia del hombre. En tono algo jocoso, le comenta:
- Reinaldo, ¿crees que si disparamos al aire se asusten
los guardias?
Benítez, con la tensión del enfrentamiento responde que
no, que hay que tirar sobre el objetivo y fue entonces
que vio el fugaz destello del humor. Los tiros cruzaban
en todas direcciones y aquel hombre todavía tenía ganas
de bromear. (Narrado por Reinaldo Benítez)
Tenía lugar una reunión en Las Mercedes. Desde que
desmontaron de las mulas todo fue encuentro amigo. Che
contaba de un viaje en helicóptero y lo fácil que es
desde la altura localizara un hombre escondido tras un
árbol. Para la reunión montuna habían acercado una caja
de refrescos y otras de tabacos, en esta última, cada
vitola traía la propaganda presidencial del candidato
batistiano Andrés Rivero Agüero, con las típicas
exhortaciones al voto. Camilo tomó uno y lo acercó a la
lama del fósforo.
- Bueno, vamos a darle candela a “Riverito”.
Y se lo fumó.
(Narrado por William Gálvez)
Cuando nos demandaron tuvimos que irnos de la casa en
que vivíamos en la calle O’Reilly, allá en La Habana
Vieja. Allí teníamos una vecina que quería mucho a
Camilo, quien por entonces contaba solo dos años.
Cuando ella supo que nos marchábamos, se apenó y nos
recomendó que lo cuidásemos mucho, porque era un niño
rubio y bonito y los gitanos se lo podían robar.
Yo me puse nerviosa. Nos fuimos para Pocito entre 16 y
17, Lawton, y el tiempo pasó. Hasta que una noche se nos
pierde Camilo. Nosotros lo buscábamos por todas partes y
no aparecía. ¡Quién le dice que lo único que se nos
había olvidado registrar era una puertecita que estaba
en una esquina de la casa! Ya casi sin esperanzas de
hallarlo y pensando lo de los gitanos, abrimos y allí
estaba, calladito, y muerto de risa. Narrado por Emilia
Gorriarán)
Cuando eran más jóvenes iban de vez en cuando, los
domingos, para Cojímar. Allí se bañaban en un lugar al
que bautizaron Roca Club.
Ellos hablaban de ese lugar y yo me intrigaba, y les
pregunto:
- ¿Qué es eso?
Ramón me invita un día a ir al Roca Club y Camilo me
advierte:
- No vayas vieja, que eso no es más que diente de perro,
por eso le decimos así.
(Narrado por Emilia Gorriarán)
Como lema de su vida ha escogido un verso de Espronceda
que dice:
Y si muero, ¿qué es la vida? / Por perdida ya la di, /
cuando el yugo del esclavo / como un bravo sacudí.
(Diario de campaña de Osvaldo Herrera)
La marcha se reanudó al anochecer. Abriéndose paso en el
monte tupido, manteniendo la distancia prudencial entre
uno y otro llegaron hasta la carretera que va desde el
entronque de Bueycito al de Manzanillo-Bayamo, justo
junto al monumento que recuerda la batalla de Peralejo.
Dos emboscadas a ambos lados de la carretera se
instalaron silenciosamente y comenzó el cruce ordenado y
ligero de los hombres, apenas unos se hundían en la
maleza que crecía en la orilla del asfalto, otra silueta
se levantaba y cruzaba con premura.
Tocó el turno a los mulos que cargaban el parque de la
tropa, Camilo, desde el pequeño monumento convertido en
estado mayor, comprobaba la eficacia del cruce, atento a
todo cuanto se movía en los alrededores. Tal vez por eso
notó los destellos de luces que amenazaban iluminar la
carretera tras desembocar en la curva cercana. El
combatiente que conducía uno de los animales agitó a la
bestia para sacarla prontamente del camino y fue cuando
el recién herrado animal resbaló para caer justo al
centro, dispersando en su caída la carga de balas y
pertrechos.
Todo
fue instantáneo, en la oscuridad, ante la sorpresa del
rebelde, su jefe recogía los bultos y los lanzaba hacia
la cuneta con precisión de pelotero; después, entre
ambos halaron al animal.
Apenas reposaban del esfuerzo, un haz de luz barrió la
desierta carretera y minutos más tarde cruzaban ante
ellos, silenciosas, tres tanquetas enemigas.
(Narrado por Orestes Guerra)
Al establecer su comandancia en los montes de La
Caridad, en Las Villas, la columna de Camilo se situó en
el centro de las operaciones para batir a los casquitos
en la zona norte de esa antigua provincia.
Estando allí, el ejército avanzó en busca de unos
escopeteros que hacían campamento en el lugar, sin saber
que allí estaba acampada la Columna No. 2. Un campesino
de la zona dio la voz de alarma, y mientras Camilo
ordenaba las posiciones, los soldados penetraban en el
monte.
Unas piedras sirvieron de trinchera y se abrió fuego.
Durante el combate, se oyó decir a un casquito que
habían herido al Capitán, y Sergio del Valle quiso ir a
buscarlo, cosa que Camilo impidió por estar muy crecido
el tiroteo.
La fuerza rebelde, apenas podía contarse con los dedos
de ambas manos, mientras que los casquitos eran una
compañía y amenazaban con ocupar las posiciones
defendidas. Sin embargo, olvidando la desproporción
numérica, Camilo, en pie, gritaba a todo pulmón:
- ¡Soldados de la tiranía! ¡Ríndanse, que les
respetaremos la vida!
Los soldados optaron por retirarse acobardados.
Su voz sobre el
intenso fuego
La idea de crear el Dragón I se materializó en el
central Narcisa. Se trataba de un tractor recubierto de
planchas de acero al cual dieron también en llamar
Monstruo de la Noche. Camilo agregó: Fuerza Rebelde de
Tanques. Su tripulación estaba compuesta por Horacio
González, Ernesto Guevara, Tétiro, y Miguel
Sotolongo.
Se pretendía acercarse a cubierto hasta los muros del
cuartel y a corta distancia accionar una especie de
lanzallamas casero.
Aquello no funcionó, y el fuego cerrado procedente del
cuartel amenazaba la vida de los combatientes sobre todo
luego del certero disparo del bazuquero que logró
penetrar el blindaje y estropear seriamente el motor.
Horacio ha recordado que en medio del fuego ensordecedor
y mientras buscaban un modo de alejarse de los muros
hacia las lejanas posiciones rebeldes. Tétiro maniobraba
febrilmente el tanque mientras los demás disparaban sin
cesar y fue en ese momento que escucharon voces
conocidas próximas al tanque. Afuera era un infierno de
balas y alguien había llegado hasta ellos y ahora se
escudaba tras el propio Dragón I.
- ¿Qué les pasó?
¿Hay heridos? ¿Cómo están? --esas preguntas solo podían
proceder del propio Camilo quien, junto a Sergio del
Valle, había cruzado la distancia hasta ellos.
Ante la confirmación de que no había peligro, el jefe
volvió a las posiciones rebeldes mientras ellos,
lentamente, hacían retroceder el tanque.
(Narrado por Horacio González Polanco)
La primera victoria rebelde fue La Plata. Allí, en medio
de la balacera, Camilo se adelantó temerariamente hasta
el cuartel, arrancó parte de la cerca de madera que lo
rodeaba y penetró fusil en mano.
El tiroteo continuó aún por un tiempo hasta que los
soldados, convencidos de que no saldrían con vida,
decidieron rendirse.
Ya Camilo estaba dentro del cuartel en aquel momento de
la rendición, en un rasgo de valor inusitado.
(Narrado por Reinaldo Benítez)
Junto a Camilo participé en una emboscada que tendimos
entre Agua Revés y Loma Azul. Los soldados venían
subiendo y Che ordenó tender la emboscada. Recuerdo que
Camilo le pidió que le dejara disparar primero y así
fue. Los soldados venían avanzando y Camilo no
disparaba...
La tensión era mucha y el dedo tenía ganas de halar el
disparador, pero Camilo esperó a que el guardia
estuviera casi encima de él, entonces disparó a boca de
jarro, como quien dice y antes que cayera muerto el
guardia, él adelantó la mano y le quitó la Thompson
mientras el hombre aquel caía, tan cerquita estaba.
(Narrado por Silveade Cabrera Alba, guerrillero, invasor
de la Columna de Camilo)
Camilo era de un valor temerario. En una ocasión los
guardias estaban acampados próximos a nuestras
posiciones y era imposible moverse sin llamar la
atención. La cuestión más grave era la falta de comida,
Camilo y Julito Díaz, de la vanguardia de la pequeña
tropa, se disponían a regresar después de una
exploración a las zonas ocupadas por el enemigo.
Camilo sugirió a Julito meterse en el campamento
batistiano, y así lo hicieron. Recogieron azúcar, oyeron
sus conversaciones y después se desplazaron
silenciosamente hasta el grupo rebelde.
(Narrado por Reinaldo Benítez)
Camilo era muy buen nadador. No voy a decir que también
se destacaba jugando a la pelota, porque eso ya se sabe.
Pero nadaba bien. A lo mejor por el susto que pasó
cuando era chiquito y estando en el río Almendares le
advertí que no se metiera en el agua hasta que no le
avisara.
- ¡Figúrese, no sabía nadar!--; pues me vigiló y se tiró
en lo hondo. Por poco se ahoga.
(Narrado por Ramón Cienfuegos)
La detención del
traidor
Nosotros llegamos al regimiento en horas tempranas de la
mañana. Había muchos oficiales en las calles interiores
del recinto militar, debido a que por la madrugada
Hubert Matos había sostenido varias reuniones con el
estado mayor del regimiento, Camilo preguntó por el jefe
de la unidad y se dirigió directamente hacia donde este
se encontraba. Estaba en su cuarto, hacía poco que se
había acostado. Tenía el uniforme puesto, Camilo le
dijo:
- Hubert, yo, como jefe del Ejército Rebelde, asumo el
mando de la provincia, estás preso.
El traidor no dijo nada de inmediato, pero cuando fuimos
a la oficina y vio que estaban allí sus oficiales,
adoptó un papel de víctima y se puso a llorar, era una
chorrera de lágrimas.
Uno de los hombres suyos, un tal Álamo (que después se
convirtió en Agente de la CIA), intentó desenfundar su
pistola para tirarle a Camilo o intimidarlo, pero yo lo
estaba observando y le di un culatazo en el pecho que lo
dejó fuera de acción, Camilo me dijo:
- No vayas a tirarle, desarma a ese m...
Así lo hice.
Algunos
de aquellos oficiales manifestaron sus ideas y opiniones
y se originó una discusión en torno al comunismo y al
anticomunismo. El Jefe Guerrillero, que sabía que en el
grupo se encontraban compañeros valiosos, pero que se
habían dejado confundir, explicó el alcance y el
carácter de la revolución y les dijo que si para hacer
una verdadera revolución había que ser comunista, pues
entonces él sería comunista.
(Narrado
por Manolo Espinoza Díaz, guerrillero, invasor y escolta
de Camilo)
El uniforme de
la revolución
Corre el mes de junio de 1959. En el cementerio de Sagua
la Grande tiene lugar un acto de recordación de los
mártires sagueros. En ese íntimo diálogo que sabe
sostener con las masas, en mitad del discurso escucha a
una mujer que le informa que quedan esbirros en el
pueblo. Inmediatamente reacciona.
- Hay una señora aquí que nos habla de que quedan
esbirros en el cuartel.
- Sí, Comandante, quedan ocho y uno en la jefatura, y es
verdad que quedan --responde la mujer seguida con gritos
de apoyo de la población.
Camilo continúa:
- Esta misma tarde vamos a ir al cuartel y vamos a ver
cuáles son los esbirros que visten el uniforme verde
olivo de la revolución.
(De un
discurso en Sagua la Grande)
Desde niño yo le decía: no corras jamás. Cuando veas un
problema no corras. Por eso lo cogieron el día en que
jugaba a la pelota y rompieron el cristal de un camión
de la florería Tosca. Todos los niños huyeron, pero él
se quedó. A él fue a quien cogió el dueño del vehículo y
lo llevó a casa. Yo pagué por el cristal roto. Poco
después supe que el dueño de la florería era un pariente
de Emilia. Por eso le decía a Camilo:
“Mira, no se te olvide que tú eres socio de la florería
Tosca, porque por lo menos, pagaste un cristal que no
rompiste.”
(Narrado por Ramón Cienfuegos)
El regimiento de Matanzas estaba bajo las órdenes de
oficiales designados por el coronel Barquín. Camilo
había tomado la decisión de nombrar jefe militar de esa
provincia al oficial rebelde William Gálvez y sobre este
particular discutía con los improvisados jefes de la
plaza.
- ¿Cómo hombres que no han sido militares de academia
van a dirigir a estos oficiales? --preguntó al
representante de Barquín.
Camilo, sin inmutarse, respondió:
- Todos ustedes, siendo militares de academia y bien
armados perdieron la guerra contra hombres que no lo
eran, pero que hemos sabido ser más patriotas y estamos
dispuestos a dar la vida por esta causa.
Y William quedó al frente del regimiento.
(Narrado por William Gálvez)
No recuerdo bien las palabras pronunciadas aquel día,
solo memorizo el principio donde decía: “Compañeros, se
nos ha encomendado la difícil pero honrosa labor de
llevar la guerra a occidente. Recordemos todos que esta
columna llevará el nombre de Antonio Maceo, y que esta
tarea ya fue realizada por el Titán de Bronce. Así es
que nuestra obligación es cumplir con este deber.
Podremos caer muchos en el camino, lo que sí no podemos
es dejar de cumplir nuestra misión. Y si uno solo queda
con vida, la cumplirá por todos nosotros.”
(Narrado por Antonio Sánchez Díaz,
Pinares, guerrillero, invasor de la Columna de Camilo.
Murió en combate en Bolivia, combatiendo junto a Che)
¿Todavía no le han contado el caso de Juan sin Miedo?
Ese operaba por la zona de Mabay como enlace rebelde
para orientar a quienes bajaban al llano. Yo le informé
a Camilo que lo había visto en Bayamo dentro de una
máquina con los esbirros de Morejón y él me envió a ver
a Hernán Pérez Concepción, Héctor, para que investigara
la vida de Juan.
En Bayamo no teníamos muchos problemas. Nos
escondíamos en la casa de Rolando Garcés, que era una
especie de puente. Cuando supimos todo lo que era
necesario saber, me encaminé a los montes de Fello,
campamento de Camilo, y le informé todos los detalles
que pidió. En síntesis le dije que se trataba de un
colaborador de Morejón, el esbirro de Bayamo.
El chivato Juan sin miedo se presentó ese mismo día en
el campamento acompañado de dos muchachas. Le llevó
tabacos a Camilo, dulces, medallitas. Llegó muy temprano
y como a las cinco de la tarde se empezó a despedir.
Camilo lo había dejado hacer todo lo que él quisiera.
Cuando se iba, sonó a sus espaldas la voz del capitán
Cienfuegos.
- Juan sin Miedo, estás preso, ¡Orestes, Osvaldo,
arréstenlo!
En el juicio se probó todo y Juan si Miedo confesó. La
condena fue fusilamiento.
Juan habló para que intercedieran con Camilo, quería que
le dieran una oportunidad. Un compañero se dirigió al
Capitán que iba en ese momento a visitar familias
campesinas en su labor de proselitismo y captación y le
explicó la petición del condenado. Se detuvo con el
semblante nublado.
-Mira, negrito, ese hombre estaba con Morejón y vino al
campamento para ver la posición que tenemos, los hombres
y las armas con que contamos. Además, en el juicio ha
reconocido toda su culpabilidad. Dile que se resigne a
morir.
Juan se echó a llorar cuando supo las palabras del jefe,
y murió no precisamente como su apodo indicaba.
(Narrado por Antonio, Ñico, Cervantes)
Las que habría que inventar para ganarse el pan. Por
gestión del padre consiguió empleo como mojador de
telas, mozo de limpieza y mensajero en El Arte. Hizo
correr la voz entre sus amigos para cuando necesitaran
alguna ropa preguntaran por él en la tienda.
Frecuentemente los clientes solicitaban ser atendidos
por el empleado Cienfuegos y lo mandaban a buscar donde
estuviese.
Era curioso ver la facilidad que tenía para anudar la
corbata en la mano izquierda y mostrar cómo luciría en
el cuello del marchante.
Una vez, mientras convencía al cliente sobre las
ventajas de la prenda, y para acortar la distancia entre
su interlocutor y él, se inclinó demasiado sobre el
mostrador y el dueño le silbó discretamente para llamar
la atención. Impasible continuó su trabajo hasta que el
hombre, molesto, le dijo:
- Camilo. ¿No oye que le estoy llamando?
Sin inmutarse, respondió:
- Usted me conoce y sabe mi nombre. No soy psss, sino
Camilo y esas no son formas de llamar a nadie.
Ese comentario hizo historia en la tienda, donde siempre
había que rebajarse ante los dueños y él dio su pequeña
lección de dignidad.
El acto de esa tarde, día 26 de octubre, a las cuatro,
se celebraría en la avenida de las Misiones, frente a la
terraza norte del antiguo Palacio Presidencial.
Partimos de su despacho, cerca de la hora señalada para
comenzar la concentración. En las calles que conducían
desde el antiguo Campamento Militar de Columbia hasta el
hoy Museo de la Revolución había un mar humano. Todos se
dirigían a concentrarse al llamado de Fidel para dar un
grito más de independencia o muerte. Al paso de Camilo
las gargantas gritaban su nombre con inmenso fervor y
cariño; los brazos se agitaban para saludarlo, y él
correspondía con su sonrisa, agitando también sus
brazos. A los 15 ó 20 minutos de repetirse
incesantemente esta escena, se volvió y me dijo:
- Qué equivocados están los fatuos que se creen que los
aplausos y los saludos del pueblo son para ellos. Yo
contesto a los saludos con igual cariño, porque sé que
no me saludan a mí, sino a la Revolución. (Narrado por
Jorge Enrique Mendoza)
(Tomadas del libro: Camilo Cienfuegos,
el hombre de las mil anécdotas, del periodista
cubano Guillermo Cabrera Álvarez) |