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El último expedicionario
El
día de su último discurso él no era quien hablaría, y
Raúl le pone la mano por encima y le dice: "tú eres el
que va a hablar", contesta: ¡"yoooo, si no estoy
preparado! Raúl le responde: dices lo que te salga del
corazón. ¡Bueno si es así, sí! Esa fue la despedida de
su pueblo.
Jorge
Oscar Salazar|
La Habana
Nos conocimos en la
Plaza del Vapor de la calle Reina, en la fonda del
gallego Paco. Trabajaba en la sastrería El Arte, de mozo
de limpieza con 16 años, cuando todavía no tenía edad
para laborar. Nos poníamos a conversar en la Fraternidad
y allí hablaba oprobios de los gobiernos, yo estaba
reticente, no sabía si aquel hombre me estaba probando.
Muy pronto descubrí su honestidad, me dijo, "para tumbar
a Batista voy a hacer lo que sea".
La ciudad le
encantaba, era un bailador de primera. Tenía una
simpatía natural, era amabilísimo, campechano,
extraordinariamente cariñoso. Conservaba una ternura
especial para su madre, fue un amigo excepcional y un
patriota empedernido. Entre los lugares que más le
cautivaba estaban la Acera de El Louvre y San Francisco
de Paula, quizás porque en este vivía el amor de su
vida. "Luego se casó, bajo tremenda bronca de la vieja,
con una ecuatoriana, en el Centro Vasco de La Habana.
En una oportunidad
invitó a sus padres para pasear por el Roca Club. Ese
era el nombre que a él se le ocurrió para un ranchito
que habíamos construido cerca de la playa. Cuando
llegaron, los mandó a sentar en bancos de tabla que
inventamos y les dijo: “Este
es Roca Club y es de mi propiedad”. No
podían hacer otra cosa que reírse.
Era un fiel seguidor
de Maceo, lo leía siempre. La vez que Fidel le comentó
lo de la invasión, exclamó: “ese es el sueño de mi vida,
el día que me mandes, bailo un mambo y un cha cha cha”.
El 7 de diciembre de 1955, en un homenaje al Titán de
Bronce, fue herido de un balazo en la pierna, yo mismo
lo llevé al Calixto García.
―Nos compenetramos
grandemente, comenzamos a participar en todas las
manifestaciones, aún sin ser estudiantes universitarios,
estábamos en todas las convocatorias. El 28 de enero de
1956 concurrimos al Parque Central para homenajear al
Apóstol y fuimos apresados por el Buró de Represión de
Actividades Comunistas (BRAC), a los dos nos llevaron en
el mismo carro, nos ficharon como tales con los números
0340 y 0341 y nos proporcionaron nuestros respectivos
golpes.
Lo perdí de vista
cuando marchó a EE.UU. Yo recuerdo lo primero que me
dijo en el aeropuerto a su regreso: “¿me conseguiste
La Historia me absolverá?”; ese Fidel Castro sí está
por la verdad, la única salida es la lucha armada.
Volvió a salir hacia
México e hizo todo lo posible con el fin de venir en el
Granma. Reynaldo Benítez le habló a Raúl Castro
para que intercediera ante Fidel y lo dejasen integrarse
a la expedición. Benítez le comenta: "es un muchacho de
La Habana y quiere ir con nosotros, siempre hay uno que
falla, vamos a hacer algo, él es flaco". Entonces Raúl
media por Camilo. A última hora faltan dos y viene.
"Después me decía, hubieras podido entrar cómodamente en
el Granma".
Lo reencuentro en la
Sierra, caigo preso en el camino para la loma. Por
suerte fue Vilo Acuña el que me cogió. Yo llevaba bien
escondidas en los zapatos dos cartas, una de Machaco
Ameijeiras para Fidel y otra de Emilia Gorriarán para
Camilo. Ya allí, el Che lo mandó a buscar para que
dijera si era verdad que era su amigo. Llegó y preguntó:
¿quién es el que dice que me conoce? Cuando me vio le
dio tremenda alegría y el Che nos dijo: váyanse a otra
parte a conversar que no dejan dormir a nadie.
El día de su último
discurso él no era quien hablaría, y Raúl le pone la
mano por encima y le dice: "tú eres el que va a hablar",
contesta: ¡"yoooo, si no estoy preparado! Raúl le
responde: dices lo que te salga del corazón. ¡Bueno si
es así, sí! Esa fue la despedida de su pueblo.
Esa noche nos
quedamos en Ciudad Libertad. Al otro día viajaríamos a
Camagüey para resolver la situación creada con la
traición de Hubert Matos. El 28 como a las 12:02 del día
partimos para la ciudad agramontina. El piloto de
Camilo, Aldo Lozano, estaba enfermo y manda a buscar con
urgencia a Luciano Fariñas. La avioneta contaba con
cinco plazas; íbamos el capitán Senén Casas; el sargento
Félix Rodríguez, su escolta; el piloto, Camilo y yo, que
era su ayudante.
Nosotros bajamos y el
CESSNA 310-C continúa para Santiago de Cuba a llevar a
Senén. En el momento que nos disponemos a regresar para
La Habana, llega un jeep que enciende y apaga las luces
insistentemente, nos alarma y Camilo me dice: mira a ver
lo que pasa. Es el coordinador del 26 en Ciego de Ávila.
Se habían presentado problemas en ese lugar, entre los
obreros y la administración norteamericana. Camilo me
dice, quédate y ayuda en la solución, espérame mañana en
el aeropuerto de Ciego, que yo voy para el Central.
Osmany es quien me da
la noticia de la desaparición del avión. Quedé
petrificado, no podía creerlo, además de mi jefe era el
amigo de los momentos difíciles, esos que se prefieren
por encima de los demás. Le dije que llamaran a todos
los lugares donde él acostumbraba a tirarse, todavía lo
dudaba. Era increíble, me había dado las últimas órdenes
unos momentos antes. Tenía su voz fresca, todavía la
tengo...
Fue Camilo quien apodó
"Siquitrilla" a Jorge Oscar Salazar de la Rosa. A
este amigo le queda el recuerdo interminable y el
privilegio de su cercanía a una leyenda que aún intenta
explicarse, "porque aquel flaco era lo más natural del
mundo".
Entrevista de María
Elena Pacheco Rodríguez.
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