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Siete estrenos de Aceituna sin hueso
 
Rubén Padrón Astorga | La Habana

 

aceituna sin hueso
MARGINALES.COM
 

1. Marginales.com
2. La flor de Estambul
3. Don´t let me down
4. Como un tango gris
     


El sábado pasado Aceituna sin hueso dio un concierto en el Cine 23 y 12, un discreto cine de barrio que en los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano exhibe películas de moderado atractivo, porque su interior no puede digerir grandes multitudes.

Sin embargo, este cine a menudo se repleta. Tal vez sea por su situación privilegiada, en esa desmesurada curva del Vedado en que las enérgicas guaguas habaneras conservan de milagro el equilibrio en su planeo vertiginoso y las paredes encarnadas del 23 y 12 surgen repentinamente a la vista. A lo mejor en eso pensaban los que lo construyeron, no en las guaguas, sino en la aparición repentina de sus paredes como una orden fulminante de visitar el cine al viajero entretenido.

Lo cierto es que a su entrada se agolpó ese día una multitud. No digo esto para que la próxima vez se piense en un teatro mayor para un concierto del grupo, aunque sus integrantes no se disgustarían porque lo dijera, sino porque tal vez ni sus mismos integrantes contaron con ello.

Tengo entendido que el grupo Aceituna sin hueso, antes de hacerse famoso y venir para La Habana, hacía espectáculos en un cabaret villaclareño, una especie de show, me imagino, en el que cantaban a poca distancia del público, un público de barrio, de cabecera de provincia y, por tanto, conocido por sus integrantes, un público que conocía sus canciones, sus códigos, sus chistes, y que los observaba y escuchaba en una perfecta comunión, en una cálida cercanía familiar. Es decir, un auténtico concierto, esa palabra que es antónimo de discrepancia y sinónimo de convenio, ajuste, concordia y armonía. No es que los conciertos al uso sean poco auténticos, pues en realidad la autenticidad de algo no radica en su fidelidad semántica. Sin embargo, véase cómo el destino de toda agrupación musical que ha alcanzado la fama ha sido el inevitable fin de sus conciertos y de sus presentaciones en público.

Ilustrado brevemente sería algo así: un grupo nace y empieza a cantar canciones en el primer sitio que aparece, por ejemplo, un club, las noches en que se lo permitan. Pero el público del club ni siquiera los escucha, porque no le interesa, porque nos los conoce y porque ni siquiera sospecha en ellos un buen grupo por ser tan inexpertas sus primeras canciones. Se puede dar el caso de grupos que empiezan directamente adosados como invitados a otro espectáculo, tan modesto que no tiene a nadie más para invitar. Igualmente nadie les presta atención.

Ayudado por los discos, los conciertos, la radio, poco a poco nuestro grupo va cogiendo fama. Poco a poco el gusto por ellos va creciendo, su público se va engrandando, sus conciertos son cada vez más vistosos, más multitudinarios y, finalmente, cada vez más espaciados unos de otros. Entonces el grupo se disuelve o simplemente deja de dar conciertos (verbigracia, Los Beatles) y sus fanáticos, sin haberse hartado aún de adorarlos, deben conformarse buenamente con escuchar sus discos. Lo que empieza como una cercanía, primero fastidiosa y luego cálida, se va alejando y alejando hasta terminar en una distancia desmesurada. Lo que alguna vez fue un concierto termina por ser una tecla de grabadora.

Claro que nada es eterno. No se trata de hacerle reproches a nuestro grupo. No es eso lo interesante, sino ver en el recorrido histórico de un grupo un devenir inevitable, una graciosa paradoja según la cual el abandono inicial del grupo se trueca en abandono del público con la llegada de la fama. Usando esto como profético termómetro podríamos distinguir el estado actual un grupo, la distancia que lo separa de la fama y hasta comprender el insólito resultado de un concierto.

Aceituna sin hueso está en una de esas fases intermedias del grupo ideal. Su concierto fue cercano, armónico, simpático, en particular por su vocalista, tan sensual y desenvuelta, y en general por el resto del grupo, siete músicos desenfadados que cautivaron al público, al extremo de tenerlo de pie por más de veinte minutos, sin cantar una canción. En realidad, el público no estaba cautivado, estaba embobecido.

Me pregunto si los grupos famosos logran embobecer al público. He visto públicos enloquecidos, histéricos, divertidos, animados, soñolientos e indignados, pero nunca había visto un público embobecido. De hecho, para poder ver lo que estaba pasando tuve por un momento que desembobecerme, antes de volver a integrarme. Poco después no lograba comprender lo que había pasado. Vamos, que no suelo entregarme a estados de bobería por cualquier motivo. Y el motivo no era un grupo famoso, sino un grupo en un estado intermedio de fama, en un concierto, en concordia, en armonía.

Valga la profusión de sinónimos para ilustrar lo que ocurre cuando la fama no ha alejado a un grupo del público. Cuando digo fama no estoy pensando en un concepto necio y reprobable, sino en las grandes masas de fanáticos que afloran en un concierto de un grupo famoso, que inevitablemente ahogan cualquier tipo de cercanía.

Porque la cercanía a fin de cuentas fue lo que cautivó al público aquella noche. Cercanía física y también emocional. Diálogos entre el grupo y el público, chistes comprensibles y crípticos de la vocalista, casetes y afiches del grupo lanzados al público como en una tarde de feria, risas, interrupciones, gritos, canciones ajenas, que a ningún grupo se le ocurre tocar y que el público puede disfrutar mucho. En fin, cosas realmente extrañas para un concierto, pero que generaron ese estado de fusión bobalicona, esa bobería que produce el éxtasis, esa felicidad en masa.

Antes de terminar con su canción más famosa, Aceituna sin hueso tocó siete estrenos, pensados especialmente para esa noche, siete melodías ajenas —finalmente fueron ocho—, relacionadas con cada uno de sus integrantes, cualquiera sabe por qué, y dedicadas a cada uno de ellos.

Aún no alcanzo a comprender qué clase de pueril designio decidió a los integrantes del grupo a dedicarse a sí mismos esas canciones, melodías de muñequitos, de telenovelas y de canciones de moda de ahora y de otro tiempo. Lo cierto es que fue conmovedor, al menos para mí, tal vez no por las melodías mismas, sino porque les estaba agradecido por un concierto que no esperaba, tal vez por las emociones que solo puede transmitir un grupo que toca a una distancia confidencial, tal vez simplemente porque las melodías fue la mejor manera que encontraron de hacernos saber que aquella noche ellos mismos eran los estrenados.
 

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