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Bladimir Zamora Céspedes
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La Habana |
LOS MÁS PEGADAS AL
PANTALÓN
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Descargar temas del disco Los hijos de Guillermo Tell
Hace muy
pocas noches Carlos Varela me ha cantado unas cuantas
canciones, que todavía no tienen nombre definitivo, pero
ya arden intensamente, como las brazas de las buenas
maderas. Ese mismo día puso en mis manos el primer
volumen de Los hijos de Guillermo Tell. Un
álbum antológico donde aparecen dieciséis temas, acaso
de los más mimados por él y por su público. Canciones
que andan más pegadas a su pantalón.
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Ya uno
debiera estar acostumbrado a estos trances, porque hace
un poquito más de veinte años que él empezó, eso que los
rotuladores llaman su carrera profesional. Pero de todas
maneras en cuanto empiezan sonar estas canciones, desde
lo más alto nos empieza a caer la fina y persistente
lluvia de la nostalgia. No hay manera de salvarse. Con
los ojos abiertos o cerrados, cae uno sin remedio en
medio del patio
—que
no era particular—,
de la ya inexistente Casa del Joven Creador de Avenida
del Puerto y Sol, a donde Carlitos, con Santi, Gerardo,
Frank, Donato... cantaban sin cansancio, soñando en que
alguna vez su voz pudiera escucharse más allá del fiel
puñado de amigos.
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Es claro
que escribo, como diría mi amiga Puchi, poniéndome en
vena todas estas composiciones, que ya sin miedo, pero
todavía con un poco de rubor, me inclino a llamar piezas
fundamentales de la cancionística de Carlos Varela. Por
eso, la nostalgia no se me puede quedar en la que fue
primera sede de la Asociación Hermanos Saíz. Así como
salió el trovador del patio de ese palacio el siglo
XVIII al Cine 23 y 12 y después a la Sala Charles
Chaplin de la Cinemateca de Cuba... así va uno
recorriendo las plazas y las circunstancias de esta
ciudad, con su música pegada al asfalto. La casa más
cómoda para estas canciones es el amplísimo Teatro
Carlos Marx. Mientras van cayendo uno a uno los tracks
del disco en la aguja inefable, uno enseguida puede
verse sentado en ese coliseo y entre la música y la voz
suya, se puede palpar otra vez las luces, los humos, los
carteles... de las múltiples escenografías armadas para
aquellos conciertos.
Hombre,
después de ese arrancón sentimental puedo y estoy
obligado a brindar noticias más claras de este disco que
en Cuba está siendo distribuido por el sello Unicornio
de las Producciones Abdala. Lo primero que puede llamar
la atención es que los temas, que han sido seleccionados
por el propio autor, no están dispuestos de manera
cronológica. Y es un acierto, a mi juicio, porque ello
permite percibir a un mismo trovador, ya hecho desde que
en 1989 el público le coreó “Guillermo Tell”, cuando
todavía no había terminado de estrenarla, hasta el
sugestivo “Siete”, de su álbum anterior.
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He dicho trovador, a plena conciencia, porque en
aquellos tiempos de la Casa del Joven Creador y en esa
noche cercana de la que hablé más arriba, Carlos solo se
siente completamente humano, si está abrazado a su
guitarra. O a sus guitarras, todas las que le sean
posibles, porque espera en cada una descubrir el
misterio de una nueva canción. Esto de ningún modo
quiere decir que el hombre y su guitarra, quiero decir
el trovador, no se dejen rodear por otros músicos y otro
instrumentos.
“Los
hijos de Guillermo Tell” es una prueba de
que se puede ser leal a las esencias trovadorescas y al
mismo tiempo interactuar con otras modalidades de
nuestra música y de sonoridades foráneas, especialmente
el rock y el jazz. Y a fuerza de ser juglar, esta
antología de Carlos deja ver que no se ata para siempre
a ningún formato, ni a ninguna sonoridad específica,
sino que va entrando en unas y otras, pautado por
motivaciones que la mayoría de las veces van más allá
que la propia música.
En otra
oportunidad ya he dicho que la historia de la canción
cubana de las últimas dos décadas del siglo pasado, no
se puede escribir sin contar con la contribución de
Carlos Varela. Este álbum es una estupenda
fundamentación de ello. Como hacedor de lo que Silvio
Rodríguez llamara “la canción pensadora”, él ha
desplegado una lírica mural de las aspiraciones, las
angustias, las alegrías, las tristezas, los modos de
hacerse al amor o al desamor... de quienes empezaron a
ser jóvenes con él, quienes se han mantenido en ese
sentimiento y aquellos de muy pocos años que ya lo han
hecho suyo. Se podrá estar o no de acuerdo con las
crónicas esencialmente habaneras de Carlos, pero a estas
alturas, uno de los modos auténticos de ser de esta
ciudad reside en sus canciones.
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