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DIEZ PESOS DE
MOVIMIENTO
Amado del Pino
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La Habana
En una crónica de su
espléndido libro sobre las costumbres y los personajes
de San Cristóbal de La Habana, Jorge Mañach aborda los
automóviles de alquiler que trabajaban hasta la
madrugada y los clasifica según su marca y su tamaño,
siguiendo el itinerario de sus estrategias de seducción.
Si el formidable ensayista hubiese sido contemporáneo de
los actuales taxistas de La Habana es probable que
también los ubicara entre los protagonistas de sus
viñetas.
A los extranjeros
les llama la atención que buena parte de estos vehículos
son antiguos, algunos de la década del 40 y hasta del 30
del siglo pasado. Claro, en ciertos casos la antigüedad
es solo exterior, pues dentro de la añeja máquina se
pueden encontrar piezas soviéticas, chinas y puede que
hasta de Indonesia o Malasia.
Los hay que son joyas
de conservación y otros que hacen ruido, apestan,
manchan la ropa. El caso es que el país vive un momento
de escasez de ómnibus y los habaneros resuelven con esta
transportación colectiva, incómoda pero efectiva. Por
diez pesos se pueden recorrer largas distancias, pero
esa misma cifra suele exigirla el conductor por solo
unas cuadras.
Dentro del
Almendrón ―nombre popular de los antiguos vehículos
norteamericanos― pasa de todo y se conversa con fluidez.
En un tramo Centro Habana-Vedado se debate sobre
béisbol, el clima, la telenovela y se admite hasta una
disquisición levemente política. Los dueños de los
carros practican la intransigencia en cuanto a la
cantidad de pasajeros y planifican cuatro usuarios para
el asiento de atrás. Cuando coincidimos un par de
gordos, ese espacio se convierte en una auténtica lata
de sardinas. Ahí aparece el personaje del marido celoso
que no quiere ni roce, ni cercanía, ni ninguna
casualidad con su más o menos hermosa mujer. ¿Pero cómo
no pegarse, señor mío, si vamos tan apretados que no se
puede ni respirar?
Para los turistas
esta variante resulta bien módica. Si se saca la cuenta
del euro al dólar y de ahí al peso cubano, abordar estos
cuasi taxis apenas araña el bolsillo. Además se viven
interesantes momentos, a base de las contradicciones
entre los taxistas, que se congratulan o insultan a voz
en cuello de un auto a otro. Los hay que te cuentan su
vida laboral y hasta familiar en el trayecto, con lo
cual los diez pesos amparan también un retrato hablado
de un hombre cubano de estos tiempos. Y existen otros un poco
empalagosos y habría que pensar si, más bien, merecemos
una rebaja por escuchar tantas boberías en unos minutos.
Como en todo grupo
humano hay de todo. Me he encontrado choferes deliciosos
y amables. A otros, sin embargo, solo les falta morder.
En poco tiempo te advierten que no tires la puerta, que
te muevas para un lado, que le pagues con el billete
exacto. Hace poco, llegando al Capitolio Nacional, una
señora abrió la puerta en el momento y lugar inapropiado
y estuvo a punto de ser arrollada por otro vehículo que
venía detrás. El taxista no se asustó ni se preocupó por
la integridad física de la mujer. Solo le advirtió.
“Oiga, si me estropea la puerta, me la tiene que pagar”.
Nada, que andar estos autos regalan experiencias
variadas, aventuras más allá del hecho de moverse de
aquí por allá con los diez pesos en la mano. |