María Villar Buceta
EL PAN Y LA POESÍA
Josefina Ortega| La
Habana
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En casa todos
vamos a morir de silencio
Yo señalo el fenómeno; pero me diferencio
Apenas del conjunto... ¡tengo que ser lo mismo! |
En 1916 publicó sus
primeros versos. Aún no residía en La Habana, no había
cumplido 20 años y era de un pueblito remoto de la
provincia de Matanzas, a unos 160 kilómetros de la
capital cubana.
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María Villar Buceta
niña |
En toda las épocas ―y
en todas las latitudes―, raros son los líricos que
pueden vivir con los emolumentos resultantes de la
publicación de sus versos. Algunos llevan sus vidas con
privaciones, que la mística confunde con la bohemia
trasnochada.
Sin embargo, para
María Villar Buceta, la publicación de su libro de
poemas Unanimismo, en 1927, le reportó
reconocimiento entre los creadores de la literatura,
pero no le permitió vivir de la poesía. Si bien es
cierto que los versos le daban para alimentar el alma,
también es cierto que necesitó trabajar como el más
común de los mortales para alimentar el cuerpo.
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Retrato de los
años 20. |
En cambio,
Unanimismo
sería considerado por la crítica como “una de las obras
más importantes durante el primer tercio del siglo XX”
En su condición de
mujer, joven, poetisa, de familia de escasos recursos,
y formación autodidacta difícil debió haber sido el
trayecto.
Cuando en 1921 se
radicó definitivamente en La Habana daba un giro a su
vida que la llevaría entre otros lugares, a la
Biblioteca Nacional, la Escuela de Periodismo, a la
redacción de varios periódicos, otra vez a una
biblioteca ―esta vez a la del Ministerio de Relaciones
Exteriores― a impartir un curso de Bibliotecología, así
hasta muy avanzada edad, no mucho antes de morir el 29
de junio de 1977.
Pero Unanimismo
no sería el resultado de un soplido accidental.
Max Enríquez Ureña
diría entonces: “nunca antes en la poesía cubana, se
había manifestado tan hondo y amargo humorismo”.
¡Tal vez dirán
que solo nos preocupa la conquista del
pan!
¡Y yo en medio de todos, señor, con mi lirismo!...
¡Cuán se agobia mi espíritu de vivir en sí mismo
y ver siempre estos rostros pensativos y huraños!
¡Y así pasan los días, los meses y los años!
Su obra posterior
navegaría en “angustias y sensación de frustraciones,
propia de buena parte de la generación del 30, a la que
perteneció, sin duda alguna, en opinión de muchos
investigadores.
Para
esta cubana nacida en Pedro Betancourt, en abril de
1899, nunca hubo poses ni exhibicionismo y sí mucho de
modestia. Muchos de sus alumnos reconocen no haber
sabido de sus libros de poesía hasta bien adentrado el
curso que ella les daba.
A su muerte, la
poetisa Dulce María Loynaz escribiría una crónica
titulada Un paseo a caballo, en la que evocaba a
la amiga: “La imaginación me la devolvió un instante,
como al vi aquella noche de primavera, incorporándose
como entre sueños, sobre la blanca tierra mirando
deslumbrada, quién sabe qué misterioso espejo de su
alma”.
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