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19 Festival Internacional
de Ballet de La Habana
Pinceladas a favor de la memoria
Cuando esta alegría por la danza se esfume, ― y a pesar
de de la ausencia de figuras anunciadas, muchas de ellas
debido a las prohibiciones del gobierno de los Estados
Unidos―, nos animará la certeza de haber presenciado
unas jornadas de lujo, de intercambio enriquecedor con
varios de los protagonistas que hacen del ballet un arte
vivo y actuante.
Tania
Cordero|
La Habana
Fotos: Nancy Reyes
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Siempre me emocionan
los desfiles inaugurales, esa procesión animosa que
muestra desde los pequeños alumnos de las cátedras
vocacionales y las escuelas elementales de ballet,
transitando por otros niveles de enseñanza, los
integrantes de nuestra insigne compañía hasta culminar
con la presencia en escena de Alicia Alonso y toda la
historia que en ella se atesora. Justo desde ese
concepto, que augura un relevo seguro, quiero iniciar
este recorrido por algunos de los momentos más
significativos de la decimonovena edición del Festival
Internacional de Ballet de La Habana.
El joven y prolífico
coreógrafo Eduardo Blanco supo imprimir su sello al
concepto que durante años alimentó la maestría de
Alberto Méndez a la Gala Inaugural. Blanco optó, al
principio, por iluminar alternativamente a los distintos
grupos, sobre todo de los más pequeños, para imprimirle
dinamismo al resultado. En la base de esta destreza en
el trabajo coral, se reconoce el oficio que ha
desarrollado a través de las puestas creadas para los
alumnos de la Cátedra de Danza del Ballet Nacional de
Cuba (BNC) como Aladino, El camarón encantado o
El soldadito de plomo.
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Varias de las
personalidades a las que esta cita rinde tributo fueron
recordadas en la noche de apertura: María Taglioni con
el Grand pas de quatre; Frederick Ashton con el
pas de deux de Los patinadores; Alejo Carpentier
con su Manita en el suelo; y George Balanchine
con Tema y variaciones. De esta velada sobresale
la interpretación de Joel Carreño, Rómel Frómeta, Javier
Torres y Alejandro Virelles en Variaciones para
cuatro, de Antón Dolin, otro gran creador
homenajeado en su centenario. Si excluimos a Joel
Carreño, con una sostenida carrera en la compañía, el
resto del elenco se perfila para empeños mayores. El
virtuosismo técnico de Frómeta y la elegante presencia
escénica de Torres hablan de intérpretes que pudieran ir
adentrándose en roles principales, una cuestión que ya
ha sido tomada en cuenta.
Otra jornada
memorable fue la que culminó con el estreno de La
flauta mágica. La coreografía de Alicia Alonso
descansa en la hilaridad de esta pieza de finales del
siglo XIX con una recreación del estilo clásico de
nuestros días. El marqués de Víctor Gilí confirma la
idea de lo bien que se ajusta este bailarín a los
personajes de carácter. Gilí luce sus posibilidades
interpretativas. Es entonces que su desplazamiento se
muestra más ágil y dinámico sin las tensiones que a
veces se perciben cuando asume personajes principales en
los grandes clásicos. Aunque es justo destacar también
su brillante desempeño en el pas de deux de “Don
Quijote” junto a la brasileña Priscila Yokoi.
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Volviendo a la noche
de La flauta..., velada que también nos dejó ver
a otras de las figuras que nos visitan (Alicia Amitriain,
del Stuttgart Ballet, por ejemplo, quien impresionó en
el pas de deux del Tercer Acto de La bella durmiente
del bosque), hay que decir que fue la noche de
Alihaydée Carreño. La primera bailarina del BNC se
dispuso a bailar con Leonardo Reale, del Ballet Estable
del Teatro Colón, El corsario. La grabación
musical comenzó a fallar de manera estrepitosa y los
intérpretes derrocharon pulcritud técnica y
profesionalidad. La sala García Lorca del Gran Teatro de
La Habana aplaudió hasta el éxtasis.
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La inclusión de
Las Sílfides, en montaje de Alicia Alonso según la
versión de Mijail Fokine, constituye otro acierto de la
cita danzaria. Sobrecoge la manera en que el BNC y su
Cuerpo de Baile se apropiaron del alo neorromántico de
este renovador ballet. Los pinceles del
coreógrafo-pintor Fokine se ven fluir en armonía de
movimiento, fragilidad y belleza. Luego de la excelencia
interpretativa del Cuerpo de Baile, vale destacar la
participación de Anette Delgado, Rómel Frómeta y Aymara
Vasallo.
Esa noche reflexioné
también sobre los manejos del público en un arte en el
que, por supuesto, su presencia vale y cuenta. La
brasileña Leticia Oliveira y el checo Zdenek Konvalina,
primeras figuras del Ballet de Houston, enseñaron sus
dotes desde su aparición en el adagio del Chaikovski
pas de deux. Los espectadores se entusiasmaron tanto
en las variaciones que hubo momentos en que la música no
se podía escuchar. La desconcentración que eso generó en
los protagonistas terminó con una cargada fallida. El
deslucido final pudo haberse trocado en cierre eficaz de
contar con un público más concentrado y respetuoso. A su
vez queda la prueba para los bailarines (también para
los nuestros) de que al respetable es necesario educar y
convencer de que el ballet es un arte, no solo destreza
gimnástica.
De los grandes
clásicos me acerqué al Lago de los cisnes que
protagonizaron la rumana Alina Cojocaru y el danés Johan
Kobborg, del Royal Ballet de Londres. Cojocaru
impresionó con su bella línea, balances pulcros y una
interpretación sobria, pero orgánica y sentida. El Segundo Acto resultó sencillamente hermoso. La frialdad
dramática de Kobborg ―técnicamente dotado de amplios
saltos y exactitud en los giros― restó brillantez a la
entrega. Algunos lamentaron también que Cojocaru no
concluyera la esperada sesión de fouttés del Tercer
Acto. Pero los aplausos finales agradecieron esta
visita.
Algo similar ocurrió
con Penélope, la propuesta con que vino en esta
ocasión a La Habana el ya habitual Ballet de Murcia,
España. En un espectáculo ejemplar en cuanto a la
concepción de la estructura dramática, destaca la fuerza
y virtuosismo del Pisandro que asumió Daniel Navarro con
absoluta maestría. La Penélope de Beatriz Arce es una
amante paciente, enérgica y entregada. Con estas claves
y las impetuosas entradas del Cuerpo de Baile asumiendo
al Pueblo de Itaca avanza una obra discreta, pero
efectiva.
Cuando esta alegría
por la danza se esfume, ― y a pesar de de la ausencia de
figuras anunciadas, muchas de ellas debido a las
prohibiciones del gobierno de los Estados Unidos―, nos
animará la certeza de haber presenciado unas jornadas de
lujo, de intercambio enriquecedor con varios de los
protagonistas que hacen del ballet un arte vivo y
actuante.
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