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El señor de los refranes
 
Idania Trujillo de la Paz | La Habana

 

Sancti Spíritus, una de las primeras siete villas fundadas en Cuba por el adelantado Diego Velázquez, tierra de poetas y cantores, también ha alcanzado fama mundial gracias a un sitio donde originalidad y fantasía cobran especial significado: La Casa de los Refranes. Su anfitrión, Tomás Álvarez de los Ríos, además de escritor y periodista, es un guajiro de extraordinaria sensibilidad que ha hecho de su peculiar manera de escribir una irremediable pasión. De origen humilde, sintió en carne propia los abusos de patrones y latifundistas y trasladó a su literatura el espíritu rebelde y fabulador del hombre de campo.

De verbo cortante y mano inquieta, conversar con Tomás es una fiesta del habla. Va del lenguaje culto a la frase popular sin titubeos. Buena parte de su vida la ha dedicado a coleccionar "cosas raras". Su casa, rodeada de ponasí, ciguarayas, palmas y disímiles árboles frutales, es parte inseparable de la personalidad de este incesante creador quien casi ha perdido su nombre de pila para convertirse en el señor de los refranes.

“Siempre tuve la idea de llenar estas paredes, me parecían tan desnudas. Un día leyendo El Quijote, que por cierto está plasmado de refranes. ¡Ese Sancho es maravilloso! Hay un momento en que el Quijote le dice: ‘¿De dónde sacas tantos refranes, maldito? Yo para hacer uno sudo como si cavase y tú los tienes a granel. Me atormentas, Sancho’. Me decidí a cubrir las paredes de mi casa con proverbios, frases populares que oía, me contaban o tenía en la cabeza. El problema era en cómo hacerlo. Rogelio Moya, el novelista, me sugirió que fabricara tablillas de barro y las pegara a las paredes. Yo conocía a los hermanos Navia, ambos artesanos, provenientes de una familia alfarera, quienes finalmente fabricaron los moldecitos de barro. Eso empezó por el año 1985 y ya hay en estas paredes cerca de seis mil refranes. Aquí tengo a desmochadores, carreteros, juglares, "isleños" de las Canarias, poceros, negros, haitianos, chinos, personalidades de Cuba y de otros países, artistas, políticos, de todo.”


Tomás Álvarez junto al poeta Raúl Ferrer

Pero, Tomás ¿refranero tan abundante debe tener un significado muy especial para usted?

Es parte de la filosofía que he asumido en la vida. Cuando comencé siempre pensé en la gente humilde. Fíjense que el refrán no lo hacen los filósofos, ni los poetas, ni los intelectuales; es la esencia misma del pueblo, de su sabiduría.

¿Cuál es su origen, tiene usted ascendencia canaria, Tomás?

Decía mi padre que sus abuelos eran de La Gomera; sin embargo, he llegado a querer a los isleños más que por literatura y por sangre, por la convicción profunda de estudiar el carácter y la forma de ser de esa gente. El isleño es un ser excepcional, puede haber algún que otro descarrilado, como en todas partes; pero el isleño es muy serio, extremadamente honesto. Es gente de buen quedar. La idiosincrasia de ese pueblo es muy parecida a la de nosotros. Creo que somos así, en buena medida, gracias a ellos.

Los personajes de origen canario aparecen con frecuencia en sus obras. De todos ellos, ¿cuál es su preferido?

Mateo Pérez, que aparece en Las Farfanes, es un tipo radical, pero de unos sentimientos del cará. En la novela cumple una función crítica. El isleño es muy franco y abierto —esa es una característica esencial de su carácter. Y resulta que Mateo vivía, hipotéticamente, en un lugar donde hicieron una granja estatal, entonces le propusieron integrarse y dijo que a él no le daba la gana de ceder la tierra donde habían nacido sus hijos. La granja tenía como cuarenta tractores y más de trescientos obreros. Un día fueron a pedirle un par de quintales de boniatos para darles comida a los obreros, ¡ay, muchacha!, ahí mismo Mateo pegó a decir cosas: “Carajo, así que esto es comunismo, chico, con trescientos obreros y tantos tractores y tanto petróleo y tanta cosa, me vienen a pedir boniato a mí que tengo un par de yuntas `e bueyes y un ara`o, coño. Ustedes tienen un palmar enorme y no sueltan puercos para coger manteca. No jodan, chico, así esto no echa pa` adelante”. Esas son las cosas de Mateo en la novela. Leña, leña y leña. Luego mucha gente me preguntaba cómo me habían publicado eso. Por una cosa: porque soy un revolucionario, digo la verdad y en mi trastienda no hay problemas.

Pero, Tomás, además de la literatura en su vida hay otras pasiones y vocaciones, ¿hábleme sobre su amor por las plantas y los objetos raros?

Ves las matas de ponasí Hamelia patens que están sembradas a la entrada de mi casa, ellas absorben el tetracloruro de carbono que botan los carros. Las sembré ahí, precisamente, para protegerme de la contaminación. Pero es que yo no puedo ver maltratar a ninguna planta. Yo tengo sembrada en el patio una palma que ya tiene 55 anillos. La cuido como si fuera la niña de mis ojos. No dejo que ni una sola gallina me la pique; le echo agua. Ya es un árbol enorme, no la puedo abrazar. Es que soy un enamorado de la naturaleza. Y por la palma, que es nuestro árbol nacional, tengo adoración, por su belleza, su hermosura cilíndrica, su cabellera esmeralda.

Los cacharros son otra cosa. Mira, tengo de todo aquí —indica como quien quisiera guardar por un instante toda la memoria del mundo— garrafas y garrafones, distintos calderos donde los esclavos hacían "el rancho", ladrillos primitivos de la Iglesia Mayor de Sancti Spíritus. Este pilón, hecho de un tronco de caoba, procede de Río Abajo, cerca de donde el Che tenía su comandancia. Me lo regaló un campesino. Por ahí hay un ariete, de origen español que eleva el agua a más de 20 metros de altura y tengo hasta una piedra volcánica de El Teide, de Santa Cruz de Tenerife. Muchas de estas cosas me las han regalado o yo las he recogido por ahí, de cualquier lugar. Cada una tiene una historia, algo que contar, por eso forman parte de mi vida.

Tomás Álvarez de los Ríos (Guayos, 1918, Sancti Spíritus). Autor de cinco novelas: Las Farfanes. Candelaria. Los Triángulos del amor. Tronco, ramas y raíces y Esos carreteros. Ha incursionado también en el cuento y el testimonio. Sus personajes de profunda raigambre humana son arquetipos del campesino cubano, de sus luchas, penurias y bienaventuranzas. Es, además, fundador de la UPEC. Buena parte de su producción literaria ha sido editada en Cuba y España.
 

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