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El cuento de La Jiribilla

LAS TREINTA MONEDAS DE LA VIRGEN

Eduardo del Llano

Después que la Virgen María tropezó con el transformador y se electrocutó, la curva anímica de Nicanor vino en picada al eje de las abscisas. Los últimos fieles lo rehuyeron y la justicia dio en buscarlo; tuvo que enfrentar en piel y mollera las consecuencias de sus actos, sin iluminaciones ni estigmas de santidad. Murió en el convencimiento de que su vida había transcurrido en yerro cabal, y que gazapo de tal envergadura no se curaba con notas o enmiendas, sino que era preciso arrancar la página.

El único amigo de Nicanor era Ángel Triste, un antiguo funcionario que en los años ochenta había sido sancionado por utilizar la Xerox de la oficina para fotocopiarle a su hijo una revista de rock. Ángel, con más tiempo libre que la niña Momo, asentó en concisos apuntes lo acontecido desde el principio, cuando Nicanor era un estudiante del seminario. Claro que no puede descartarse que algunos hechos anteriores fueran igualmente importantes, pero no lo sabemos, así que será forzoso ceñirse a su punto de vista para contar esta historia con buen tino.

¿Es la Biblia un texto definitivo? Considerémoslo. En siete días se hace el mundo. En unos miles de años se desbroza y se pule el camino de su caída. Final abierto, en verdad, pero sin gancho. No hay ilustraciones, no hay suspense, el relato es extenso y monótono. Visto así, no es extraño que las versiones cinematográficas hayan devenido panfletos camp, y que cada día el Libro tenga menos lectores.

Reflexiones de este jaez debió de hacerse el joven estudiante Nicanor O’Donnell en el seminario, inclinado sobre polvorientos catecismos como en su tiempo Adso de Melk. Nicanor, que era fanático de Spielberg y de esos horrendos animados japoneses. Nicanor, cuyo padre había probado la suerte del escritor y después la del asalariado de la Coca Cola, balsa por medio. Nicanor, que se yergue con aplomo ante su profesor de Historia Sagrada y le dice que está trabajando en un proyecto de

—¿Biblia policial?— contesta el erudito, abriendo los ojos como hostias—, ¿y quién es el asesino? ¿Debo suponer que lo estoy adivinando?

—No lo tome de esa manera —replica el seminarista—, no hay un homicida y un crimen. Simplemente, una Biblia con suspense. Una Biblia en que no se sepa hasta el final quién fue el Creador del mundo.

El profesor, alelado, no responde.

  —Expulsar a los mercaderes del templo fue un error de largo alcance —continúa Nicanor—, los estamentos tendrían que unirse antes que divergir. La Biblia se vende, luego es mercancía. Tenemos que hacerla más atractiva.

A Nicanor lo expulsaron a mitad del año terminal. Pudo evitarlo callando, pero bien al contrario se enquistó en sus heréticas convicciones ante cuantos quisieron escucharle, incluido el tribunal examinador. Según Ángel Triste, ya desde entonces su verba avasallaba y confundía. Fácil es comprender la decisión del tribunal, aunque a la larga fue justamente aquel fallo razón primera de su martirologio futuro.

Queda claro que la vocación religiosa de O’Donnell era irreprimible.  Otro en su lugar habría optado por una venganza más o menos sutil, como cagar a la puerta del seminario o, incluso, dejar de asistir a misa. Otro tal vez se habría flagelado al descubrir cuán poseído estaba de soberbia. Nicanor no buscó culpas ni revanchas; lo que hizo fue convertirse en vendedor de productos agrícolas en un mercado libre para, desde allí, realizar socialmente sus ideas.

—Sacerdote por cuenta propia —dice Ángel Triste que le dijo Nicanor un día en que el primero descubrió que el segundo vendía la mejor lechuga del mercado—, pero, a la vez que alimento las almas, doy el sustento a los cuerpos. Y, de paso, vindico a Cristo y a los mercaderes. La lechuga tiene el color de la esperanza, y la esperanza es un estado de gracia. Son ocho cincuenta.

Envolvía la lechuga en páginas, manuscritas y coleccionables, de las nuevas Escrituras que componía. Como la niña Momo, escuchaba a sus clientes y confortaba su espíritu. Guardaba la mercancía en un viejo confesionario portátil, fuera de uso, y por las tardes, cuando la había vendido toda, oía los míseros pecados de los compradores y prodigaba penitencias y absoluciones.

Aquí entra en escena Julio, el inspector.

—Vino gente a quejarse —le dirá Julio a Ángel Triste—, campesinos, gente que vendía y que miraba con recelo a Nicanor. Porque, óigame, eso era lo nunca visto en el mercado: un cura..., él trabajaba con sotana, y le hablo de mediados de agosto..., un cura con un puñado de lechuga y una labia que ya quisieran los políticos, tranquilo en su rinconcito, y poco a poco se le formaban unas colas de viejitas que no compraban otra cosa. Yo creo que si la carne de puerco hubiera estado a mitad de precio, no habría tenido tanta demanda como la lechuga de ese Nicanor. Pero yo fui a verlo, y no había nada ilegal.

—De la finca de mi tío, en Caimito —dijo el seminarista—. Aquí está la licencia. Los precios son justos. ¿Qué? No, no hay nada que prohíba hablar con los clientes. Y los textos que les regalo no hablan de política, son fragmentos de una Biblia policial. Literatura. Mire, éste es para usted. Es la parte en que Caín investiga quién quiere inculparlo.

Sucedió que las ancianas, y después los delincuentes redimidos, los jóvenes sin rumbo, empezaron a ver en Nicanor a su padre espiritual. También algunos extranjeros vegetarianos fueron a verlo en busca de una devoción exótica y acabaron colgados, fascinados por las luces del predicador. Para incentivar a sus ovejas, O’Donnell empezó a variar ligeramente sus precios en la medida en que los pecados fueran más o menos graves y el arrepentimiento más o menos definitivo. A una viejita que confesó impurezas y luego vendió su doberman, la lechuga le salió gratis una semana.

Entonces llegó la Virgen.

 

 

—Me llamo María —dijo la mujer con un acento raro, quizás árabe o judío, mientras palpaba las redondeces de una col—, vengo de muy lejos, y necesito alquilar un cuarto.

Tenía el cabello oscuro, la piel aceitunada, y era menuda y patiflaca, pero sus tetas se levantaban como si las sostuviera un corpiño. Si no donaire, podía hallársele cierto atractivo. Acunó la col revelando la destreza de quien ha llevado en brazos por mucho tiempo a un niño peleón, y repitió su demanda, esta vez directamente hacia Nicanor.

—Apartamento barato —ofreció un negro repentino. La mujer lo desoyó. Alguien de la cola gritó que se apuraran allá alante.

—Mi hogar es de los necesitados —dijo Nicanor, con la voz desfigurada por el catarro—, mi casa es la casa de Dios.

—Lo sé —dijo ella, dejando a un lado la col y metiendo las manos en el frescor verde esperanza de la lechuga—, he oído hablar mucho de ti. Compraré toda tu mercancía. ¿Cuánto es?

Pagó con unos dólares inusualmente brillantes. Nicanor, cuyo constipado había remitido de pronto, le dijo que esperara un minuto para apacentar a su rebaño descontento. Más de diez fieles se fueron sin lechuga, y uno compró la col tirada por María. Ángel Triste asegura que la col se convirtió más tarde en oveja, o al menos eso le contó la presidenta del CDR.

La casa que Nicanor habitaba a solas, desde que su padre marchó a ultramar, era un apartamento en la planta baja de un edificio. Detrás había un patio de tierra, y en él vivía el cerdo Clinton, cuya propiedad iba a medias entre Nicanor y Rodríguez, un vecino. Clinton comía exclusivamente lechuga pasada, e iba a ser sacrificado en Navidades

—Pero vinieron unos familiares de Oriente —dice Rodríguez en los apuntes del cronista— y le dije a Nicanor que teníamos que matar a Clinton. Él se negó; aún faltaban cuatro meses para la fecha acordada, y en ese tiempo Clinton podría engordar cincuenta libras. Entonces, esa mujer... Dios mío, esa mujer...

¿Podía la Virgen hacer milagros en vida, o era sólo un recipiente, un atanor para conducir el poder del Padre al Hijo? Cristo hizo lo suyo, pero su madre no fue muy bien tratada en el casting. Y lo cierto es, biológicamente hablando, que no se puede ser fecundada por el Creador y engendrar al Mesías sin permearse un poco. Como tampoco cabe dudar que incluso los buenos milagros son cuestión de práctica.

Al tercer día de convivencia con Nicanor, María fue testigo de una disputa entre Rodríguez y su anfitrión, a propósito del bien mueble que hozaba en el patio. Rodríguez, con un cuchillo previa e inexplicablemente ensangrentado, quería ultimar al cerdo sin dilación. Nicanor, fiel a su doctrina, recurría simultáneamente a la palabra y a un puñado de dólares para comprar la totalidad del puerco y preservar su hálito vital otros cuatro meses. Rodríguez fue al patio y Nicanor lo siguió. María, a través de una ventana, hizo con los dedos algo que podría ser interpretado como un sortilegio o la imitación del vuelo de un murciélago.

—El puerco se dividió en dos —continúa, babeante, Rodríguez—, pero cada una de las partes siguió viva. Lo juro por la Virgen. La mitad que me correspondía fue saltando en dos patas hasta mi casa, y allí se murió. Yo no quería comérmelo, pero mis familiares de Oriente...

Ángel Triste dice haber visto a menudo al medioclinton de Nicanor, vivo y feliz, en sus frecuentes visitas al amigo. De creerle, ésa sería una prueba incontestable del carácter divino de María. Por desgracia, el medioclinton de Nicanor está hoy tan muerto y digerido como su media naranja.

JULIO: —Yo nunca vi al lechón, ni me trago ese cuento. Pero sí me consta que María era muy hábil arreglando cañerías. La tercera vez que fui a interrogar a Nicanor a su casa, el hombre se quejó de que le faltaba el agua por las tupiciones. María le pidió que le mostrara cuanto hubiera detectado, y en un momento se arregló el problema. Verdad que entonces se jodieron las tuberías del resto del edificio.

La mujer ocupaba un cuarto al fondo, un sitio especialmente caluroso. De noche tenía que desnudarse y pasear por la casa, en tanto Nicanor, infatigable, redactaba sus Escrituras. Al cabo de unos días y de manera repentina, el apartamento se convirtió en un remanso de frescor, si bien María no perdió la costumbre de hacer la ronda en cueros vivos. La vecindad, con el cambio, se caldeó como un horno. La secta de los iniciados supo del milagro, y tuvo con ello otra prueba de que Nicanor era un nuevo Elegido. Ahora también venían a su casa, y miraban con hostilidad a la mujer.

—Está viviendo con una extranjera puta —comentó malignamente un vendedor de yuca en el mercado. Algunos empezaron a repetirlo; otros salieron en defensa del predicador. Las tensiones crecieron. Entonces se supo que un impotente había sido curado por Nicanor, según el procedimiento de frotarle el pene con una brillante moneda de un dólar.

Dice Ángel en sus notas que, por esa fecha, O’Donnell le habló del asunto.

—En cuanto las toqué, desapareció el catarro —habría dicho Nicanor—; al principio no vi la relación, hasta que una se me cayó en el calzoncillo y al instante se me quitaron las hemorroides. Dólares que curan, ¿te das cuenta? No podía gastarlos. Entonces le dije a María que hablara claro, porque no me gusta atribuirme los milagros ajenos.

¿Qué hace usted si su inquilina le confiesa ser la madre de Cristo, bajada de los cielos para secundar una labor socioliteraria trascendente? ¿Si, además, es usted el dueño de un mediopuerco milagroso que alcanzó tal condición poco después de la llegada de la supuesta Madre? ¿Si recibió de ella unas monedas capaces de sanar por mero contacto? ¿Cuál sería su primera pregunta?

—¿Eras realmente virgen cuando pasó aquello? —preguntó Nicanor.

—Era joven y sin experiencia —contestó María.

 

 

El Papa había estado a punto de visitar el país, pero en el último momento decidió no hacerlo. En el mercado libre, la gente murmuraba que el Pontífice se escandalizó al saber de la herejía donnelliana. Aún comentaban en voz baja, pero Nicanor podía sentir el olor mordicante del recelo.

—Es un santo —decían los fieles—, cura a los enfermos.

—Cualquiera se cura con dólares —argumentaban los otros.

—Métanse la lengua en el culo —sugerían éstos y aquéllos.

Julio volvió a visitar a Nicanor en su casa. Pero Nicanor no estaba; había ido a Caimito por un cargamento de lechuga. María recibió a Julio, desnuda. Y alguien los vio por la ventana.

—No quiero hablar de eso —advierte Julio cada vez que Ángel Triste lo interroga al respecto—; la verdad, si pasó o no pasó no le importa a nadie.

—Templaron, templaron —afirmó Rodríguez—; aquí se oían los gritos de «ay, qué divino» y «dios mío, pero qué cosa es esto». A mí que no me hagan cuentos.

¿Debía la Madre permanecer inmaculada por toda la eternidad, tras haber engendrado al Hijo sin roces de hombre? Ardua cuestión teológica que no admite respuestas ligeras. María nació de humana matriz, y lo fue ella misma; ¿la faculta eso para obrar como cualquier descocada hija de Eva?

Fuera cierta o no la acusación de fornicio, la verdad es que desde entonces el número de los compradores de lechuga se redujo en progresión geométrica. Ya no bastaba con las curaciones, ni con el rumor de que la inquilina de O’Donnell tenía un aura celestial. Ni en la Virgen se puede confiar, decían muchos. Sólo contados devotos intentaron demostrar que la pasión de María por Julio había sido un sacrificio, sin otra meta que neutralizar la acometividad del inspector.

¿Qué pensaba el hereje? Ángel Triste deja entrever que, superado el pasmo inicial, Nicanor había terminado por aceptar la presencia tangible de la Madonna como un artículo de fe —si tiene diversas y simultáneas encarnaciones como Virgen de Lourdes, de Regla, del Sarzo y de Guadalupe, ¿por qué no va a llevar su parcialidad hasta las últimas consecuencias?— y parangonaba la incomprensión del vulgo con la que en sus tiempos sufriera el Mesías. Gravísimo pecado de soberbia el tomarse, sucesivamente, por evangelista y Salvador. O quizás locura, megalomanía clínica que ha sido, en este país, estigma de generaciones. O credulidad y tontería frente a un embaucamiento sensible. Quién sabe. Ángel Triste, el historiador, no se aventura. Sólo apunta que la mujer comenzó por revisar la ortografía del texto, y acabó dictándolo.

Un día, manos ocultas apedrearon la casa. Otro, alguien juró haber encontrado un gusano en la lechuga, y otro la mercancía del confesionario permaneció invendida. Los enfermos y ulcerados preferían los untos naturales, los lenitivos de farmacia antes que recurrir a los milagrosos dólares del hereje. Algo tenía que ocurrir, y la Virgen fue la primera en comprenderlo.

—Me insinuó que preparaba algo —dirá Julio—, una demostración de su verdad. Yo no pensé que hiciera lo que hizo. Creí que hablaba de enseñar un carné, un documento.

—Ascenderá al cielo en pleno día —reveló un Nicanor obsedido, que tachaba y reescribía en papeles inmensos, a un Ángel Triste que se propuso aconsejarlo—; entonces todos los descarriados volverán a creer y comprarán mi lechuga y esperarán el nuevo Libro. Y la iglesia y el mercado serán uno.

Los testimonios circunstanciales son confusos. Se sabe que Nicanor fue al mercado aquella mañana y anunció un milagro público. Muchos se rieron de él, lo escarnecieron y lo expulsaron, pero en todos prendió la curiosidad, así que al mediodía el sitio prefijado estaba de bote en bote.

Había mucho viento, estaba nublado y lloviznaba. Cuando salió la Virgen y enfrentó a la multitud, los más soeces enmudecieron. La mujer señaló con un dedo a Nicanor, sin pronunciar palabra, y entonces una ráfaga oscura la arrebató y todos gritaron porque subía y era un milagro y tropezó con un transformador y se electrocutó.

Después que el gigantesco apagón fue conjurado, no pudo hallarse a dos testigos que relataran de la misma manera lo ocurrido.

—Había muchas razones para sospechar que el ciudadano Nicanor O’Donnell instigó a la víctima al suicidio —explica el oficial investigador—; estaba perturbado en sus facultades mentales, anunció el hecho, y por si fuera poco, la occisa lo señaló con el dedo antes de inmolarse.

Lo soltaron porque estaba loco y por el carácter circunstancial de las pruebas. Eso sí, un Julio desconsolado y justiciero clamó porque le fuera retirada la licencia de vendedor por cuenta propia. Y no hubo más lechuga, ni esperanza.

A Nicanor lo encontraron muerto tres días después. Aún estaba caliente. Luego de quemar los manuscritos, se había tragado su fortuna: el pago de María por el alquiler del cuarto del fondo, los dólares milagrosos, las monedas que curaban. Le sobrevino la asfixia, precisó el forense, y sus movimientos desordenados terminaron cuando consiguió aprisionar al medioclinton, que sostenía en sus brazos de cadáver a la llegada de los investigadores, pasadas las ocho de la noche del 24 de diciembre. Eso, al menos, le contó a Ángel Triste uno de los policías, alérgico a la carne de puerco.

—Fue esa luz —dijo Rodríguez—, tres días brillando el apartamento con esa luz extraña. Y el olor. Yo me asomé cuando llegó la policía. Era un olor... ¿tú has ido alguna vez a una iglesia?

Esa misma noche, antes de la autopsia, el cadáver desapareció de la morgue. El olor se mantuvo más tiempo.
 

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