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LA crónica

BOHEMIA EN TARDE DE AGUA

Amado del Pino
| La Habana

La vida me ha llevado varias veces a trabajar en revistas culturales, pero eso no es el tema de estos apuntes. Alguna vez hablaré de los viejos cierres ―antes de entronizarse el lumínico reino de la computación― de las tardes-noches junto al diseñador, esperando por si sobra algún texto para uno seleccionar el párrafo más débil y el colega de las tijeras dar cuenta de esas líneas superfluas, con cuidado, pero sin remilgos. Más bien quiero proclamar mi condición de lector de publicaciones periódicas. Da testimonio de esa fricción que los habituales ojeamos de adelante hacia atrás y viceversa; recordar como lanzamos la publicación a los pies de la cama y volvemos a ratos para adentrarnos en ese par de artículos que en la primera ronda fueron pasados por alto.

Nunca olvidaré una tarde de lluvia en la escuelita- casa rural de mi adolescencia. Regresaba de una primera excursión escolar y la humilde pero entrañable cama del hogar me recibía como parte de la familia. Por la ventana la mata de mango ―que un día fue una semilla arrojada al azar por mi padre― se iba tornando gris de lo mucho que amenazaba la lluvia.  Con esa humedad en el aire y la sábana limpia bajo el cuerpo, todo invitaba al descanso y la lectura. Allí estaban dos o tres números de  Bohemia. Por cierto, nuestra casi centenaria publicación llegó a convertirse en la Cuba de tierra adentro en un nombre por antonomasia.  La gente decía  “Estaba leyendo una bohemia”,  como sinónimo de tener en la mano cualquier revista.

Por las erráticas cajas de mis libros andan decenas de ejemplares de La Gaceta, Revolución y Cultura, Tablas, El Caimán Barbudo. Hace poco en una Biblioteca querían deshacerse de una colección casi completa de la española y teatral El Público, cargué con ella, olvidándome, en mi gula de lector, de nuestras agonías con el espacio.

Leer revistas da más cultura de lo que se supone, incita a la búsqueda más profunda, forma parte uno de la apuesta de diálogo con la actualidad que entablan los editores y, si son viejas, iluminan sobre la época.  Por ejemplo, la reseña de un libro que en su momento no fue importante y que entonces formó parte de los materiales no leídos, puede ser el centro de nuestro interés una década más tarde.

Durante poco más de un año trabajé en el Instituto de Literatura y Lingüística. En este hermoso edificio de la avenida Carlos III se encuentra la Biblioteca cubana que atesora la mayor colección de prensa, desde los albores de la letra de imprenta. A mí no me dio tiempo de hacer hondas investigaciones como las del sabio Ricardo Hernández Otero en este tema. Muchas tardes pedía un montón de mensuarios culturales y me sumergía en una búsqueda más vital que académica.  ¿Con quién fui al estreno de esta película? ¿Qué edad tenía entonces esta actriz que después estaría tan cerca de mis afectos? ¿Qué se discutía en tal año con especial vehemencia?

En la barbería, a bordo de un tren, mientras espera por el médico o el dentista, cuando su mujer prefiere dormir la mañana y su sueño se fugó... en esos casos típicos y en mil más, no hay nada como tener a mano una revista. ¡Se lo digo yo!
 

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