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NACIÓN DIVIDIDA:
FUNDAMENTALISMO Y MODERNIDAD
Víctor Flores Olea
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México
El proceso electoral
en Estados Unidos y los cuatro años del gobierno Bush,
nos llevan a una reflexión llena de paradojas y
preocupaciones: la nación militar y económicamente más
poderosa de la tierra, con incontestable influencia en
el globo, ha mostrado en una de sus mitades un claro
espíritu religioso y fundamentalista, profundamente
alejado de la razón moderna: mitad de la población de
ese país que no ha vivido la revolución laica y secular
de los dos últimos siglos. Mitad de un pueblo apegado a
las muecas de una divinidad suplantada que fue capaz de
derrotar en las urnas a los principios de la razón y la
moral definidas por la modernidad.
Se nos había dicho que es inexplicable Bush sin sus
convicciones evangélicas y religiosas (Monsiváis en
estas páginas), que le han permitido afirmar que la
libertad “es el plan del Cielo para la humanidad”,
pidiéndole además bendiciones a Dios a favor del general
Franks y sus tropas, en el momento de ordenar el ataque
a Irak. Y como muestra de un rosario de frases
inconcebibles su declaración por ejemplo de que “Debemos
darle la bienvenida en nuestros programas de bienestar
(a la fe), siendo necesario reconocer el poder sanador
de la fe en nuestra sociedad”.
En reciente mesa redonda sobre las elecciones uno de los
participantes (estadounidense) declaró que se “había
olvidado el profundo espíritu religioso” de una porción
enorme del pueblo de Estados Unidos, y que pese a las
críticas racionales que se habían hecho a las decisiones
de Bush en estos cuatro años de gobierno no se
afectarían sensiblemente las creencias profundas de esa
multitud. Se trataba de dos planos sin conexión: uno
apelaba a los argumentos de la razón y otro se aferraba
simplemente al artículo de fe, a la expresión de una
divinidad que se manifiesta infaliblemente a través de
su privilegiado portador: el presidente de Estados
Unidos. Tal multitud encerrada en un tribial espíritu
religioso representaba la “fuerza de choque electoral”
más poderosa con que contaba George W. Bush, y podía
imponerse a la otra mitad del pueblo estadounidense, la
que apela a los argumentos y a la crítica de la razón.
Por supuesto que los enormes intereses económicos a
quienes ha favorecido Bush son factores decisivos de sus
políticas militaristas (el petróleo; las grandes
ganancias de los últimos años en manos de los
proveedores del Pentágono), y de sus políticas
económicas: eliminación de impuestos a los más
acaudalados, mengua de inversiones en educación y salud,
destrucción de servicios sociales y polarización aún
mayor de la riqueza-pobreza. Pero la “fuerza de choque
electoral”, que lo llevó a su reelección casi
inconcebible racionalmente, se anidaba sobre todo en ese
“espíritu religioso” y “místico” que abunda en las
inmensas planicies centrales del continente
estadounidense, con otras extensiones. Basta con ver el
mapa de Estados Unidos: las costas este y oeste, las
regiones “abiertas” al exterior, inclinadas
decisivamente por la candidatura de Kerry; las zonas
centrales, aisladas y oscuras, el contingente mayor de
votación en favor de Bush.
Por supuesto, tal espíritu religioso fue inflamado hasta
la incandescencia por los medios de comunicación. Aunque
se presentó un fenómeno inusitado, que ya comentamos en
nuestro último artículo: periódicos como The New York
Times, Washington Post, Los Angeles Times, y revistas
como The Nation y The Economist, es decir, la crema de
la crema de la prensa mundial en idioma inglés, se
pronunció abiertamente por la candidatura de John Kerry.
Lo cual confirmaría que en el universo estadounidense la
razón moderna está en minoría respecto al “espíritu
religioso”.
Claro que se trata de
un peculiar “espíritu religioso” que presenta a los
estadounidenses ante sus propios ojos como el pueblo
elegido, arropado por un Destino Manifiesto que sería la
expresión de la voluntad divina para guiar al mundo en
la conquista del Bien y la Verdad. Caso extraordinario
el de ese pueblo en que “cohabitan” un franco
fundamentalismo religioso y la razón que ha guiado al
mundo moderno en la aventura de la ciencia y la
tecnología, de la producción industrial y del comercio,
de la exploración de los nuevos espacios de la
microfísica y el universo. Ésta “razón” fue derrotada
por una insignificancia, pero derrotada al fin y al
cabo, en las urnas del pasado 2 de noviembre, y la
triste y nebulosa victoria lleva el nombre de George W.
Bush.
En estas reflexiones encontramos conexión entre el
“espíritu religioso” que domina muchos aspectos de la
vida del país más poderoso de la historia y la tesis de
Max Weber, que encuentra en la “ética protestante” el
fundamento del “espíritu del capitalismo” (de su
cultura, de sus tendencias y aún obsesiones). Una
“ética” de frugalidad necesaria para la acumulación
originaria del capital pero que, en el caso de Estados
Unidos, que hace tiempo abandonó la etapa de la
acumulación primaria, ha sido convertida en pura
ambición de dominio y poder, eso sí, en nombre de un
“país elegido” y de un destino que lo condenaría a ser
cabeza del mundo, de una ética fundamentalista que habla
por boca de los más conservadores en ese país que se
colocan, como lo hemos visto, por arriba de cualquier
ley humana y divina.
Extraordinario: el país dividido en la elección Bush-Kerry
expresaría dos Estados Unidos: uno previo a cualquier
evolución laica, que precisamente no ha vivido la
revolución secular, y otro que asume la modernidad en
todos sus términos. Ha ganado pues, en esa lucha
cerrada, la porción mayoritaria de un fundamentalismo
que se ha erigido como adversario de los otros
fundamentalismos que en la tierra existen, y que, en un
segundo período en la Casa Blanca, hace ya temblar al
mundo y al resto de las naciones no elegidas. ¿Cuáles
serán los límites, si los tiene, de la prepotencia con
que esta reelección ha ungido a ese grupo de
archiconservadores que ya ha exhibido rasgos que lo
aproximan al fascismo de hace algunas décadas,
reviviéndolo en más de un sentido?
La inteligencia mundial, y estadounidense, señaló
incansablemente la lista de errores, mentiras, tragedias
y crímenes que marcaron el primer mandato de Bush en la
Casa Blanca. Sería interminable recordarlas, aún cuando
he aquí unas muestras: en nombre de la “guerra contra el
terrorismo” se emprendió la injustificada guerra contra
Irak, consolidándose otra vez un Estado terrorista que
ha costado ya más de cien mil muertes iraquíes y más de
1100 vidas estadounidenses. Una guerra que, además de
imposible de ganar, ha dado lugar a una política
imperial de dominio militar y colonial que ha levantado
contra la fortaleza de Bush la opinión de la mayoría
mundial y que, en buena medida, ha aislado
dramáticamente a Estados Unidos. La declaración de Bush
calificando a Naciones Unidas como “irrelevante”, y la
violación de las normas del derecho internacional y del
Consejo de Seguridad, quedan entre algunos de sus
“logros” más desvergonzados.
Y todavía para refrescar la memoria: la iniciativa de
Bush para desarrollar armas nucleares “utilizables”
contra nuevos objetivos, particularmente en el Tercer
Mundo. The Nation nos recuerda que el gobierno
Bush ha rechazado sistemáticamente o debilitado
iniciativas para mejorar o proteger el medio ambiente
(entre otros la denuncia del Protocolo de Kyoto), su
retiro de las negociaciones sobre el calentamiento
global y su intento de suprimir o debilitar las
investigaciones científicas sobre el medio ambiente.
Cuando ha sido necesario Bush ha recurrido a sus bases
de fanáticos religiosos para desacreditar determinados
campos de la investigación científica o políticas
“liberales” en el campo educativo y de la seguridad
social.¡Buen récord para un fundamentalista antimoderno!
Con Bush se ha deteriorado aún más la economía de los
más pobres en Estados Unidos y se ha incrementado el
desempleo, extrayendo de los pobres centenares de miles
de millones de dólares y transfiriéndolos a los más
ricos vía la reducción de impuestos (los opositores a
esa medida han sido acusados de fomentar la “lucha de
clases”), llevando al país además a gigantescas sumas de
gasto deficitario y de pérdidas en el comercio exterior.
Por lo demás, se han denunciado abundantemente sus
violaciones a la Constitución y el encarcelamiento de
ciudadanos estadounidenses o de otros países, sin
acusación ante tribunales ni defensa legal, e inclusive
su detención fuera de cualquier regulación nacional e
internacional (Guantánamo), al mismo tiempo que se
permitía y estimulaba la tortura de los prisioneros.
Tal es el personaje que ha doblado por vía electoral el
tiempo de su permanencia en la Casa Blanca. ¿Hay alguna
posibilidad de que se presente un viraje significativo
en su nuevo gobierno? Los analistas coinciden en que,
por el contrario, ahora que el gobierno de George W.
Bush se ha legitimado en las urnas sería de esperarse
una política más amenazante en todos los planos, para
cumplir las metas autoimpuestas por “voluntad divina”.
¿Entre ellas se contemplan nuevas restricciones y
ataques a Cuba, inclusive de orden militar? La
conciencia latinoamericana y mundial ha de estar
vigilante de los “designios” que proclame como
necesarios este grupo de fundamentalistas, que habitarán
otros cuatro años en la Casa Blanca.
Extraño pero cierto: uno de los países más avanzados de
la tierra, inclusive en la ciencia y la tecnología,
dirigido por un grupo de fundamentalistas radicalmente
alejado de los principios de la razón moderna. Un país
profundamente dividido y con polarizaciones internas
innegables y seguramente en muchos aspectos insalvables,
como lo demostró el encono de la última contienda
electoral. Aunque parezca paradójico: el país más
“avanzado” de la tierra urgido cuando menos en una de
sus mitades de la revolución laica y secular que define
a la modernidad cuando menos hace dos siglos.
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