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ENTREVISTA CON Eusebio
Leal Spengler
LA HABANA: UN ESPACIO
GRANDE
EN LA MEMORIA
Imposible celebrar los 485 años de la otrora Villa de
San Cristóbal de La Habana, sin beber en la fuente de
las reflexiones de Eusebio Leal, Historiador de
la Ciudad de La Habana: "Me interesa esa Habana en la dignidad de
sus años, con la belleza del tiempo, con el encanto del
orgullo de sí misma".
Magda
Resik Aguirre |
La Habana
Fotos:
Diego
Su
devoción por La Habana es ejemplar. Muchos se han
rendido a los encantos de esta urbe bañada por las aguas
del Caribe, pero pocos han devenido símbolo de
habaneridad, como este ser entrañable de intensa entrega
a una obra de bien. Patriota en su tierra chica, es
también devoto de Cuba, nuestra patria grande.
Imposible celebrar los 485 años de la otrora Villa de
San Cristóbal de La Habana, sin beber en la fuente de
sus sabias reflexiones, nacidas de una erudición a toda
prueba y una pasión siempre renovada. Eusebio Leal
Spengler, leal a su ciudad amada, nos muestra a diario
la utilidad de preservar esa memoria viva que es el
patrimonio de una nación, en un mundo donde parece
imponerse una despersonalizada visión de la especie
humana.
Cuando
se menciona a La Habana, ¿qué le sugiere ese santo y
seña al Historiador?
En el
sentido etimológico de la palabra, después de muchas
elucubraciones, mi predecesor Emilio Roig de
Leuchsenring asumió la hipótesis de Genaro Artiles, el
gran polígrafo español, quien vino a Cuba durante los
años terribles de la guerra civil y llegó a la
conclusión de que Habana tenía que ver directamente con
el nombre de Habaguanex, el cacique o jefe comarcano
aborigen, hallado aquí por los conquistadores en su
avance al occidente de Cuba.
Y no así “Haven”,
como algunos querían acuñar por la existencia en la
corte española de la época de tal cantidad de flamencos
y de gentes de los Países Bajos, que así hizo pensar en
la asimilación de ese término germano-holandés que
significa puerto o fondeadero.
De ello no hay una sola evidencia, palabra escrita,
carta náutica donde aparezca referido. Sin embargo, sí
aparece San Cristóbal, el pueblo viejo y frente a él, al
Norte, La Habana. Ahí está la clave: existieron al menos
dos ciudades históricas, de una parte la Villa original
fundada y después, posteriormente, la que se traslada
del sur al norte, donde queda definitivamente emplazada.
Se acepta por lo común, que el asentamiento definitivo
fue en el año 1519, a partir de un padrón de piedra que
el propio Roig mandó a retirar de la columna de El
Templete, ante el peligro de que se borrase para
siempre, pero que aparece fotografiada en obras tan
célebres como “Cuba monumental, estatuaria y epigráfica”
del Dr. Eugenio Sánchez de Fuentes y Peláez y luego la
encontramos en el primer tomo de la obra de Emilito: “La
Habana. Apuntes históricos.”
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El Templete |
Al regreso de
alguno de sus viajes a otros sitios de la Isla y del
mundo, ¿cómo se le revela su ciudad?
La Habana es para todos nosotros, y también para mí, un
espacio muy grande en la memoria. Ella misma es un trozo
de la memoria de Cuba, de América y del mundo. ¡Tantas
cosas han pasado en esta ciudad! ¡Es tan bello su
urbanismo, está tan bien trazado su diseño de cara al
mar! Es también una urbe que por una serie de azares ha
conservado como otras europeas, al estilo de Praga, las
diversas épocas arquitectónicas.
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Boulevar de San Rafael |
Aquí puedes ver una Habana del prebarroco, con los
bellos edificios que conocemos del siglo XVII; La Habana
del XVIII con su Plaza de la Catedral, la de Armas, la
de San Francisco, la ciudad amurallada, la ciudad
neoclásica, que es todo San Rafael, el ambiente precioso
de El Prado, el eclecticismo de Centro Habana y El
Vedado, revelador de una impronta del neoclasicismo, que
quizás nos dejó uno de los barrios más completos y mejor
trazados.
En otros sitios ese pasado ya no está. De ahí que
nosotros no tengamos una mirada nostálgica sobre la
ciudad, sino una mirada activa, de participación, al
dedicarnos a conservar los rasgos de su identidad. No me
interesa La Habana como una señora ya mayor que se
coloca una peluca y se pintorretea. Me interesa esa
Habana en la dignidad de sus años, con la belleza del
tiempo, con el encanto del orgullo de sí misma.
Debemos recuperar al máximo ese atildamiento de La
Habana. Observo con admiración cómo en otras localidades
de Cuba —donde quizás tienen una dimensión menor los
desafíos que aquí son enormes—, se evidencia una
preocupación generalizada por el pueblo o la ciudad.
Muchos trabajamos cada día y soñamos con alcanzarlo aquí
a todos los niveles y con la cooperación consciente de
la comunidad que habita la que se titula, en honor a la
verdad, capital de todos los cubanos.
El habanero
que vive su ciudad todos los días, ¿qué más debe hacer
por ella?
Si tengo alguna autoridad para referirme al tema, es
moral. Nuestros conciudadanos, todos los que han hallado
cobija, casa, techo, espacio en esta urbe —pues la
condición de habanero no se gana solamente por haber
nacido aquí, la patria no es solo donde se nace, es
también donde se lucha—, bien deben dedicarle un poco de
su pensamiento y sobe todo, de sus obras diarias, a la
ciudad. Debemos preocuparnos por sus jardines, sus áreas
verdes, sus calles, sus monumentos, sus plazas… no solo
por las que ya fueron levantadas, sino por las que
todavía hay que erigir. El tiempo no ha terminado, no se
ha detenido. La ciudad posee una dinámica y no podemos
resolver este problema con conciliábulos tristones y
melancólicos sobre el pasado. Para mí el pasado es un
punto de partida, una referencia hacia el futuro.
Alguien tan
consagrado a la salvaguarda de nuestro patrimonio,
¿dónde se duele con más fuerza cuando atentan contra su
integridad?
Cuando se desconoce el valor del patrimonio como activo
moral. Otros atesoraron y ahorraron para nosotros hasta
ayer. A nosotros nos corresponde hacerlo ahora para los
que han de venir mañana. Ese concepto de acumulación ha
creado a la ciudad, que es una invención de las personas
cuyas referencias y razones afectivas deciden plasmarlas
en piedras, en espacios, en ambientes… y en la vida
cotidiana, en sus relaciones de amistad, en los lugares
que frecuentan.
Me duele muchísimo cuando se descuida ese extenso
patrimonio. Y ese atentado se expresa hasta en los más
mínimos gestos. Por ejemplo, cuando veo que desde un
automóvil, alguien baja un cristal y tira una lata vacía
a la calle, me resulta un acto de barbarie, digno del
peor castigo, o cuando alguien camina sobre el césped de
un hermoso jardín, como veo a muchos por la mañana dando
vueltas sobre el vergel del monumento a Máximo Gómez, me
parece sencillamente un ultraje. Muchos han trabajado y
trabajan para plantar y no merecen eso.
Sin embargo, me fascina que el sábado o el domingo
cientos de personas se sienten en los jardines del
Castillo de la Fuerza y coloquen hasta un mantel para
merendar de cara a la bahía tras una jornada de disfrute
y contemplación de la ciudad. Ese lugar les pertenece y
si al terminar recogen los desperdicios y los colocan en
un basurerito, la emoción es mayor. De lo contrario
sería ese un lugar inhóspito, feo, desagradable y habría
sido vano el trabajo de quienes durante toda la semana,
trabajamos puliendo, limpiando, recogiendo y volvemos
insistentemente a plantar.
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¿Cuál debe
ser el papel del Historiador en nuestras
municipalidades?
Los municipios deben preocuparse por tener a alguien que
conserve la memoria, que vaya la secretaría del Consejo
de la Administración y pida las actas, no solamente como
algo que esté sujeto a una auditoría, sino también como
algo que está sujeto a la memoria. Se necesita a alguien
que dé conferencias, que explique, que enseñe cuáles son
las casas importantes de Centro Habana, Regla,
Guanabacoa… en Güira, en Melena, en Alquízar, en Güines
y en cualquier lugar donde alguien reciba esa misión.
Por lo general hay historiadores natos. Hombres y
mujeres que han sido durante largos años defensores de
ese valioso legado y que las personas reconocen como
tales. Es muy bonito cuando la autoridad pública
consagra lo que la autoridad del pueblo definió. No se
trata de designar un funcionario, sino de buscar a
alguien que con amor, conserve y propugne, explique y
auxilie.
Sin la cultura o prescindiendo de ella, toda acción de
gobierno es fatídica. Es el historiador el que tiene
presente conmemorar la fecha de nacimiento del pueblo o
de las grandes figuras, o se preocupa activamente por
los familiares de los héroes, de las personalidades, de
los grandes maestros… no solo por pagar una deuda de
gratitud, sino para dar un ejemplo público que sigan las
generaciones futuras.
Es además, un educador; siempre preocupado por el valor
de los objetos y el sentido de las cosas, no porque crea
como el Rey Midas que todo lo que toca lo convierte en
oro. Hoy el historiador tiene otras funciones. En el
caso nuestro ejercemos una función activa en la
preservación del patrimonio, en la restauración y no
abandonamos las tareas de solidaridad, tan humanas y las
misiones administrativas, buscando que sea una
responsabilidad atractiva y nada cargosa, porque no hay
cosa peor que un historiador aburrido.
¿En qué
podríamos diferenciar al proyecto de restauración que
asume La Habana en su Centro Histórico, respecto a otros
modelos de rehabilitación del mundo?
Se llegó a la conclusión de que en países como los
nuestros no se puede obviar, ni soslayar que el
desarrollo social y comunitario debe marchar al unísono
con un proyecto de restauración. Venimos de una
experiencia fallida, hasta en países de grandes
recursos, donde la restauración trajo consigo una
desertización de la ciudad, una sobre valoración de los
predios, una transformación de la urbe habitada en
espacio comercial. Otro fenómeno se ha dado en
Latinoamérica donde las clases que una vez abandonaron a
su suerte la ciudad histórica, vuelven a ella cuando un
grupo de personas la rehabilitan o la ponen en valor y
la transforman entonces en un coto privilegiado.
El proyecto de La Habana es una proposición de buen
gobierno, un proyecto social, una muestra de que es
posible esa compatibilidad entre la vida de lo que
podíamos llamar la alta cultura, que es también la
cultura popular, la cultura del vivir y del cohabitar
con el mundo, con la arquitectura monumental, con la
salvaguarda de la memoria y los grandes desafíos de la
vida contemporánea, enfrentándonos con soluciones a
incógnitas como las del transporte urbano, la
peatonalización, tan discutida, porque la ciudad moderna
es la del automóvil. Como muchas veces he escuchado
decir: ¿qué sería del mundo si cada chino quisiese tener
un automóvil?
Hay que remeditar la ciudad contemporánea y en ese
proceso de replanteamiento son muchos los desafíos, en
muy diversas materias. Por eso la restauración es un
ejercicio interdisciplinario. Nunca podrían llevarlo
adelante solos, el historiador y el arquitecto, porque
es una cuestión jurídica, donde interviene el tema de la
propiedad y del usufructo, del espacio común, del
derecho de un tercero; están desafíos como el ecológico:
la ciudad y la naturaleza, el medioambiente, cómo
recoger los desechos urbanos sin contaminar, o el de la
conservación sistemática porque no puede dejarse todo
para el final.
Cuidemos, arreglemos, actuemos continuamente en esta
dirección para que la ciudad se conserve. Es más barato
conservar que construir, aunque siempre es necesario
construir. Es muy importante conservar porque llega un
momento en que pesa más sobre las espaldas públicas la
ruina que lo que se pueda hacer.
Y a los que
frecuentan constantemente esa poética del deterioro de
la ciudad, ¿qué les diría?
Ese discurso poético resulta agradable solo por un
instante. Yo mismo uso a veces una hipérbole y hablo del
velo que cubre la ciudad y comienza a rasgarse por aquí
o por allá con una obra restauradora, con una
renovación… Pero no se puede abusar de esa imagen —desde
lugares cómodos generalmente—, tratando de sacarle
partido hasta político a todo eso, con sentido avieso.
Hay quienes
ponen en duda que el bloqueo económico y financiero
impuesto por sucesivos gobiernos norteamericanos a Cuba,
constituye un elemento retardatario a la hora de
enfrentar los procesos de rehabilitación. ¿Cuál es su
postura?
El bloqueo es cosa objetiva y grave, que pesa sobre
todos nosotros y pesa también sobre la ciudad. Cuando se
evalúan los daños provocados por un ciclón como el
Charley y se habla de pérdidas por concepto de mil
millones, los cubanos sabemos muy bien que no disponemos
de fondos inmediatos en carácter de préstamo de un
organismo financiero internacional para subsanar los
daños y que no poseemos esa alta liquidez, pues nuestra
economía debe desarrollarse en condiciones muy
difíciles. Pienso en pequeños pueblos como Artemisa,
Guanajay, Bauta, Baracoa… que pueden ver dañada su
identidad tras un huracán y no podemos volver la casita
de madera, que era lo pintoresco, allí donde lo humilde
se convierte en un signo de identidad.
El país tiene que buscar sus propios remedios y curar
las heridas. Considero al historiador y al que cuida del
patrimonio, y ve cómo se pierde irremediablemente, sin
esperanzas de restituirlo. Entonces el bloqueo, sí,
porque los cubanos que tienen hoy como parte de su
economía, por ejemplo, las remesas que llegan de EE.UU.
—un fenómeno del mundo contemporáneo, una realidad
latinoamericana porque en México, por ejemplo, las
remesas familiares superan en monto a la producción
petrolera— que constituyen un derecho de los emigrantes
hacia su familia, están conculcadas por las leyes
norteamericanas– anticubanas.
Cuba no puede aspirar, la Oficina del Historiador no
puede recibir dinero para la restauración de organismos
internacionales que EE.UU. controla. El gobierno de ese
país bloquea cualquier esfuerzo de Naciones Unidas, de
la UNESCO, desde su regreso a la institución, impide que
fondos de organismos y bancos internacionales que tienen
capítulos dedicados a la preservación del patrimonio se
puedan convertir en préstamos a favor de Cuba o
estimulan medidas opresivas como cuando los países de la
Unión Europea sancionan a la Isla, y entonces entre las
primeras penalidades vienen aquellas que recaen sobre
los procesos de restauración, tratando de infringir una
herida en algo que supone una contribución a lo más
preciado y a lo más profundo del país. Porque no
solamente de pan vive el hombre, vive también de
dignidad y de su memoria.
El bloqueo sí ejerce un papel real al no poder contar
con la cooperación de instituciones internacionales y
mucho menos de los propios EE.UU. a pesar de que
compartimos un legado histórico real, en el deporte, la
música, la cultura… Aquí han estado sus grandes
escritores, nuestros artistas han estado allá, nuestros
revolucionarios. Allá están los santos lugares a donde
llegaron los independentistas cubanos encabezados por
José Martí, en Tampa y Cayo Hueso. Allá está la historia
del Partido Revolucionario Cubano y han luchado
compatriotas de muchas generaciones, incluso por
conservar esos lugares que le pertenecen a la memoria de
Cuba.
Restaurar en Cuba supone un esfuerzo enorme dondequiera
que se realice un esfuerzo rehabilitador, en La Habana,
Trinidad, Camagüey, Santiago… y por lo tanto, es obra de
un mérito mayor.
¿Se ha
apropiado de los versos de algún poeta para cantarle a
La Habana o el Historiador ha desarrollado su propia ars
poética de la ciudad?
El poeta es Ángel Augier, a quien debo mucho por su
amistad con Emilio Roig y por su papel de cronista de
este aspecto de la vida de La Habana. Él publicó un
maravilloso volumen consagrado a la poesía habanera y
ahí aparecen muchos de los versos con los cuales los
poetas le han cantado a La Habana, desde los orígenes
hasta hoy. Es un poema que no se detiene.
Me gusta esa bella composición de Silvio Rodríguez: “…tú
me recuerdas el Prado de los soñadores”… “amor a La
Habana”. Está la literatura martiana, que le reserva un
espacio hermoso a esta Villa en los Versos Sencillos
y recuerda a los valientes habaneros en aquella noche
terrible de los acontecimientos revolucionarios del 68.
Existe una poesía de La Habana y la trova habanera paga
un gran tributo a la memoria de la vida real de sus
pobladores, a su encarnación en cada familia, en cada
espacio, en todos nosotros y en su monumentalidad misma.
He escrito muy pocos versos y los considero deleznables,
pero sí quise titular a los dos volúmenes de retratos
que hice de mis grandes compañeros generacionales y de
grandes momentos de la historia en que me tocó decir:
“Poesía y Palabra”, no porque allí estuviese encarnado
en versos lo que he sentido y pensado, sino porque la
poesía aparecía como parte de la palabra misma. Solo con
sentido racional y matemático las cosas no caminan. ¡Ay
de nosotros si no estuviésemos amparados por la poesía!
¡Pobre de este pueblo si no hubiese estado alentado por
un gran poema, un gran canto de gesta, una poesía
interior, para poder librar su gran desafío!
Si un día le
perdemos el rastro, ¿en qué sitio de la ciudad
encontraríamos a Eusebio Leal?
Probablemente estaría en el patio al que he regresado
durante cuarenta y cinco años, casi todos los días, el
del otrora Palacio de los Capitanes Generales, donde mi
predecesor y maestro fundó el Museo de la Ciudad y donde
se guardaron durante siglos los papeles de La Habana.
Bajo esa construcción están las ruinas de otra
edificación y debajo de ella encontramos los vestigios
de la comunidad primitiva, su alfarería rota, sus
caracoles tallados…
Cerca de allí está el árbol sagrado, que por supuesto,
ya no es el mismo. El primigenio también se fue una y
otra vez. Los habaneros volvieron siempre y sembraron
otro en el mismo lugar. Asistí a la plantación de la
ceiba actual quizás sobrecogido por su simbolismo,
porque esta ciudad, hace cuatrocientos ochenta y cinco
años nació bajo un árbol, lo cual quiere decir que La
Habana y sus pobladores siguen creciendo al amparo de la
naturaleza.
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