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LA HABANA, LA HABANERA
La
sintaxis de este texto, al parecer dictada por el ritmo
de la respiración, deviene estilo inconfundible de su
autor, hombre de profunda sensibilidad para quien “La
Habana es un misterio que nos toca, ese alado mensaje
que define…”
Alfredo
Guevara |
La Habana
La Habana es un misterio que nos
toca, ese alado mensaje que define; el hálito de un dios
transita por sus calles, andaluza ciudad que en olas se
deshace como si fuera un mar ondeante de barroco,
entonces castellana porque quiso, y si mediterránea,
atlántica pareja de ese Cádiz que mira desde lejos como
frágiles mástiles conducen la sangre de España marinera,
diré mejor de audacia y aventura, empeñada en irse para
el regreso, en retornar con el secreto manjar que no
será la piel quien lo disfrute, porque ya llega envuelto
en delicada seda; es que recorre vida por las venas, el
corazón invade, es la cadencia de un palpitar que llega
a la cadera, a los hombros que mueven los ciclones, la
cadencia es la clave de ese encuentro que el trópico
repite con los Siglos y que un Siglo siglara en
habanera, inventando del ritmo el marco estrecho, ceñido
y que se abre en abanico, porque el frescor que siembra
toca las raíces diversas que llegaron y que escapan. Es
la habanera esencia que se esfuma, que aparenta
esfumarse pero impregna, con su fragancia musical,
compases: la estructura fugaz de sabrosura, el dengue y
la milonga, el doble paso, triple o redoblado, cuando
repite y se repite aguajirante, girante como danza en
contradanza, acriollada danza. El Atlántico trópico
pudiera ser un filtro, que mirando hacia debajo se nutre
en Las Antillas, pero que nunca esquivará la ruta que
conduce por los mares del Norte directa hacia el Origen.
Ese va y viene que anida entre las olas, ese que viene y
va y en olas anida, en la habanera tiene su símbolo más
alto. Es que Cuba y España, aquellos tiempos; la
habanera se inserta en sus entrañas, con esa naturalidad
con que derrama, la entraña que es entraña sus entrañas.
Aquel tejido musical no puede renunciar la estructura
que lo forja, porque de elemental resulta lo complejo, y
ese núcleo sostiene la cadencia, pero adentrarse puede
en otros ritmos, adoptar, adaptarse en otras formas,
imbricando, imbricándose tan hondo, con tan perfecta
imbricación que llega a ser, en el no ser que le
sumerge. Por eso la habanera es el tanguillo, el tango y
la sandunga, y es por eso que, cuando el flamenco
imbrica la presencia lejana, entonces, solo entonces, se
acanciona. En medio del “quejío” se acanciona.
Esta ciudad que salta de mis ojos,
que los tuyos asalta, es mi ciudad amada, perla de Las
Antillas pero ciudad Atlántica, con un Mediterráneo que
le baña el trasero y que otros dicen fuera el mar de los
Caribes, marítima ciudad en cruce de los mares, es la
ciudad que Cádiz y Málaga y Madrid y Granada lanzaron a
los mares y se asentó en mis playas, y de estas playas
dice su canción y su ritmo, del goce de vivir y la
sensualidad del goce, de la piel que quisiera tocar la
piel del otro y que en su canto y danza la toca y la
rechaza, melancólica y dulce como la piel del mango,
roja de sangre como el mamey sagrado, fuente que es la
vida, mejor del paraíso, que perdido recobra su sabor en
la carne, en trascendente imagen de encendida papaya.
Si era una flauta, un arpa o
pitagórica guitarra la que Orfeo tocara, por el Egeo
puede que así fuera; en La Habana, mestiza del blancor
más mestizo, con el fulgor más negro del otro mestizaje,
se fundieron colores ibéricos y afros, que dieron otro
fruto, y otro fruto fundaron, ese fruto fue Cuba y la
Cuba española, España encontró el fruto que también suyo
era; tierra de España, Cuba camina sin fronteras, la
habanera resulta legítima en “el chota”, legítima en la
danza, en la canción legítima, se inmerge en el
flamenco, la ópera y la zarzuela, por doquier la
encontramos en Albéniz y en Falla, Debussy, Ravel y
Saint-Saëns, en Lecuona y en Anckermann, en Sánchez de
Fuentes, en Roig y en Bizet, desde Saumell o antes y en
el son más cubano, el guaguancó y guarachas, la guajira
y el aria y la canción urbana. La habanera “se cuela”
como el café caliente, se cuela entre labios, se cuela
por doquiera, es como invisible mensaje, esa, la música,
que penetra en el alma e inunda sus parajes, y es La
Habana que llega desde sí y a sí misma, que desborda los
mares y se adentra en los otros, que la tocan, la
cantan, la bailan sin saberlo, o que saben y cantan y
bailan, la interpretan, la gozan, sabiendo que les llega
desde un puerto lejano, que es el cercano puerto que
funde las España, el puerto de La Habana.
Tomado de
Opus Habana,
Vol. IV, No. 1, 2000, pp. 32-33. |