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LA LEYENDA DE SAN
CRISTÓBAL*
¿Quién es verdaderamente San Cristóbal? Es muy difícil
contestar a esta pregunta, porque en su vida también la
tradición y la historia se han amalgamado tan
profundamente que hoy día es casi imposible separar una
de otra.
Monseñor
Santo Gangemi* |
La Habana
Fotos:
Diego
Es un espectáculo maravilloso el
que se ofrece a los ojos de turistas y curiosos el 15 de
noviembre de cada año en las calles que rodean la
Catedral y la Plaza de Armas. Un río de gente —criolla,
por supuesto— que desde El Templete (donde se encontraba
la robusta ceiba bajo cuya sombra, según tradición, se
celebró la primera misa al tiempo de poblarse La Habana)
se dirige hacia el templo mayor para venerar al patrono
de la Villa: San Cristóbal, con una mezcla de fe y
superstición que no deja de fascinar.
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¿Quién es verdaderamente San
Cristóbal? Es muy difícil contestar a esta pregunta,
porque en su vida también la tradición y la historia se
han amalgamado tan profundamente que hoy día es casi
imposible separar una de otra.
Sus orígenes parece que hay que
buscarlos en Licia, pero no se conoce el tiempo en que
vivió ni su martirio, que según la tradición padeció en
el año 250 durante la persecución de Decio.
Al juez que lo interrogaba le
contestó: “Antes del bautismo me llamaba Rechazado,
ahora me llamó el Portador de Cristo, Cristóbal”.
No hay que excluir que, por ese
juego de palabras, ha sido construida la fantasiosa
historia de su vida, luego acogida en la leyenda áurea
que se presenta a continuación:
Cananeo de enormes dimensiones,
doce codos de altura, con un rostro terrible, estaba al
servicio del rey de su país cuando decide salir en busca
del príncipe más poderoso del mundo para someterse a sus
órdenes. Así, después de distintas experiencias que no
logran satisfacer su aspiración, encuentra por fin a una
ermita que le dijo: “El patrón al que tú quieres servir
exige sobre todo que ayunes mucho y que reces mucho”.
Dos cosas que al gigante le parecieron demasiado
difíciles. Le preguntó entonces el viejo hombre de Dios:
“¿Conoces el río de este país? Nadie puede atravesarlo
sin peligro de muerte. Si tú, grande y fuerte como eres,
te estableces cerca del río y ayudas a los viajeros a
atravesarlo, harás un servicio que a Cristo le será muy
grato y, quizás, consintiera en manifestársete”.
Cristóbal le contestó: “Esto es una cosa que puedo
hacer. Te prometo que, por servir a Cristo, la haré”.
Se fue a la orilla del río, se
construyó una choza y, sirviéndose del tronco de un
árbol como bastón para poder caminar mejor en el agua,
transportaba de una orilla a la otra a todos aquellos
que quisieran atravesar el río. Una noche, Cristóbal
dormía en la choza cuando oyó que un niño le llamaba:
“Cristóbal, ven, ayúdame a cruzar el río”. Enseguida
Cristóbal se precipitó fuera de la choza, pero no
encontró a nadie. Entró, y se sintió llamado de nuevo,
pero tampoco en esta ocasión vio a nadie. A la tercera
vez, vio un niño que le rogó le ayudara a atravesar el
río. Cristóbal lo cargó sobre la espalda, cogió el
bastón y entró en el agua. Pero, poco a poco, el agua
crecía y el niño se volvía pesado como el plomo. El agua
era cada vez más alta y el niño más pesado, al punto que
Cristóbal creía que se moría. A pesar de esto logró
llegar a la otra orilla. Apenas bajó al niño le dijo:
“Mi niño, me has metido en un gran peligro; pesabas
tanto sobre mí, que si hubiera tenido que cargar al
mundo entero, no tendría la espalda tan oprimida”. El
niño le responde: “No te sorprendas, Cristóbal, has
cargado sobre tus hombros no solo al mundo entero sino a
Aquel que lo ha creado. Yo soy Cristo, amo al que tú
sirves. Como señal de que mi palabra es verdad, planta
tu bastón en la tierra, junto a tu choza, mañana lo
verás lleno de flores y frutos”.
Dicho esto, el niño desapareció.
Cristóbal plantó su bastón y, al día siguiente, lo
encontró transformado en una bella palma llena de flores
y dátiles.
Hacia el final de la Edad Media, la
devoción a San Cristóbal tomó un gran auge, sobre todo
porque le atribuían el poder de evitar la mala muerte,
es decir la muerte en pecado mortal que lleva al
infierno.
Mirar su rostro era signo de
protección; por eso hacía falta verlo desde lejos y hubo
necesidad de pintarlo en dimensión enorme y colocar su
imagen en la fachada de la Iglesia (de ahí, quizás, que
la leyenda lo transformara en un gigante). Por el hecho
de haber transportado sobre sus espaldas al niño Jesús,
se ha convertido a través de los siglos en el patrono de
los transbordadores y barqueros y, al principio de este
siglo, en el de los automovilistas.
En la liturgia de la Iglesia
católica, la fiesta de San Cristóbal se celebra el 25 de
julio; en Cuba, el 16 de noviembre. ¿Por qué?
Es difícil encontrar una respuesta
satisfactoria a esta pregunta. El historiador Arrate,
hablando sobre la fundación de la villa de San Cristóbal
—que tuvo lugar en 1515, en la costa sur, por mandato
del capitán Diego Velázquez— escribe que se le dio el
nombre del Santo Mártir por haberse comenzado a poblar
el propio día de su festividad: 25 de julio. Aunque acá
—agrega— se celebra por especial Indulto de la Silla
Apostólica el 16 de noviembre, para que no se embarace
la festividad con la de Santiago, patrón de España y de
la Isla.
Toda esa motivación es cierta, pero
queda sin respuesta el porqué de esta última fecha, que
tuvo que ser algo especial y digno de recuerdo. En ese
sentido, no encuentro otra motivación que el día de la
refundación de la villa en 1519, cuando fue desplazada
desde el sur hacia la costa norte y, por primera vez, se
celebró misa y cabildo.
Tomado de
Opus Habana,
Vol. II, No. 4, 1998, pp. 23-25.
* Encargado de Negocios a. i.
Embajada de la Santa Sede.
Esta fábula ha arraigado como seña de identidad
colectiva para los habaneros.
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