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CUMPLEAÑOS DE LA HABANA:
CELEBRACIÓN DE UN MISTERIO
 
Cuando digo que soy de La Habana estoy diciendo algo mucho más profundo, complejo y misterioso que una inocente situación geográfica. Cuando digo esa frase también estoy hablando de casi quinientos años de historia, de recuerdos, de vidas de hombres, de alegrías, de nostalgias, de sueños.


Rubén Padrón Astorga | La Habana
Fotos: Alain


Cuando se celebra el cumpleaños de algo, por momentos se sospecha que lo celebrado no es la cosa misma, sino las personas, es decir, sus celebradores. Ante esta circunstancia inusitada, según la cual el motivo de una celebración ajena es uno mismo, es inevitable no sentir extrañeza. En estos días en que nuestra ciudad está de cumpleaños se hace más forzoso que nunca —por lo que una ciudad significa para sus habitantes— indagar en qué consiste esa circunstancia. 
 

Desde hace cinco siglos la humanidad empezó una nueva era, una era citadina. Desde entonces el mundo se ha venido dividiendo en extensas ciudades que agrupan a millones de seres que hablan una misma lengua, cocinan, se visten y comulgan de manera parecida. La ciudad, unidad fundamental de la sociedad, aglutina a los hombres, los define, expresa, protege y libera. Es uno de los más poderosos signos de identidad que existe a nivel social. 

Antaño el organismo celular de la sociedad estaba conformado por la reunión de personas en torno a un reducido espacio, un pedazo de costa, un río, un bosque, una gruta. La vida humana estaba llena de accidentes fatales. Estaba constantemente asediada por la inclemencia de la naturaleza y la cercanía de sus propios congéneres. Vivir era estar arrimado a la benevolencia de un pedazo pacífico del mundo, a la protección de los pasos inhóspitos y los recodos del camino. La sociedad humana se establecía a manera de fortaleza y lo saludable era marcar cierta distancia con el vecino. Así hicieron las tribus hebreas en el desierto, los sabios atenientes en sus montañas y los caballeros medievales en sus castillos. La horda, la tribu, el clan, durante siglos protegieron la vida humana de la intemperie… pero a la vez la aislaron de ella, la recluyeron. 

La necesidad de una vida más plena hizo que a lo largo de los siglos los hombres fueran ampliando sus límites tribales, lanzándose a la conquista del espacio terrestre. La necesidad de plenitud es lo que paulatinamente ha ido acabando con tribus, etnias, feudos. Conviene detenerse en esta palabra “plenitud”. Desgraciadamente es una palabra a la que no se le suele prestar mucha atención. No es fea, sin embargo, en nuestro idioma rara vez se usa, tal vez porque se prefieran palabras más emotivas, más ardientes, más recias. Tal vez sea por esa p cabizbaja que se sumerge en el renglón o por ese sonido melancólico que le da la d final. En fin, por su contenido o por su aspecto lo cierto es que es una palabra poco usada, poco querida. Es como «muy poca cosa». Sin embargo, ella sola encierra la más dramática realidad de la vida humana, que no es otra cosa que “necesidad de plenitud”. Los pueblos nacen y mueren en la búsqueda de la plenitud, los hombres se salvan y se matan por la plenitud, los amores se levantan en las ansias de la plenitud. Fue la plenitud la que abrió al burgo los sombríos derroteros de la Edad Media y su oscura ensoñación a la vida aireada de la ciudad. 

La humanidad abandonó toda forma de vida tribal (entiéndase: cualquier grupo social humano cerrado en sí mismo), porque la vida se le venía quedando estrecha, y se lanzó a la conquista del mundo. La historia de la humanidad es también la historia de su expansión por el planeta, de la sustitución de tierra infértil de vida humana por pasto civilizado. Todo esto coincide con el nacimiento de la ciudad. La vida se hace plena de sí misma cuando se hace citadina, cuando tumba las murallas del feudo. Está protegida, pero no prisionera. Es libre y a la vez está a salvo. La ciudad es el marco natural de la civilización, su medio propio y favorable. 

La Habana, a su manera, tuvo la suerte de vivir este cambio. Nació en la época de florecimiento de la ciudad renacentista, deseosa de abrirse al mundo, pero recelosa de sus peligros. La entrada de su puerto es una gigantesca barricada de mar, flanqueada por fortalezas que asoman al viajero los ojos mortíferos de sus cañones. En algunos puntos se conservan enclenques trozos de una muralla que en determinada circunstancia —una hora del día, un peligro inminente— podía dejar fuera de la ciudad a sus propios habitantes. El resto era bosque. De hecho los ingleses solo pudieron tomar La Habana asaltando a campo traviesa las espaldas del Morro. Hoy la ciudad no necesita sus murallas ni sus viejos cañones. Son, como los castillos feudales, atractivo turístico. Hoy es una ciudad abierta al mundo, plena y segura de sí misma. 

Ahora bien, ninguna realidad tiene sentido si no se expresa en términos de vida humana. Decir «La Habana es una ciudad plena y segura de sí misma» quiere decir que los hombres que la habitan, por el hecho de habitarla, son hombres plenos y seguros de sí mismos, hombres que en tanto habitantes de esta ciudad determinada y no de cualquier trozo de mundo, se justifican y se autentican a sí mismos, condición indispensable para que la vida se desarrolle con cierta holgura.  

Volvamos al comienzo. ¿Qué se celebra con el cumpleaños de La Habana? ¿Qué es La Habana? Celebrar el cumpleaños de La Habana es celebrar la plenitud de nuestra vida. Es expresar «me gusta La Habana», «me siento bien en La Habana», «me gusta ser habanero». La ciudad que habitamos ocupa un lugar significativo en nuestras conciencias. Es una manera de nombrarnos como grupo humano, y no solo frente a los que habitan en otros lugares. Es un signo de identidad y una afirmación de ella. Sin embargo, como todo signo de identidad es propio y a la vez es ajeno a nosotros, es explicación y a la vez confusión. Porque decir que alguien vive en La Habana ya significa decir algo de ese alguien, pero es realmente poco lo que se dice. Como decía al principio, celebrar el cumpleaños de La Habana significa celebrarnos a nosotros mismos como habitantes suyos. Solo bastaría averiguar qué es exactamente eso que nos identifica en tanto habaneros. 

Pero ocurre algo inesperado. Luego de intentarlo, esto se revela como un misterio, un secreto, un algo intangible e innombrable, aunque indudablemente existente. Cuando digo que soy de La Habana, no solamente estoy diciendo que no soy de París o de Canberra. Estoy diciendo algo mucho más profundo, complejo y misterioso que una inocente situación geográfica. Cuando digo esa frase también estoy hablando de casi quinientos años de historia, de recuerdos, de vidas de hombres, de alegrías, de nostalgias, de sueños, pero, ¿qué es todo esto sino un enloquecido enjambre de cosas que turban y confunden la imaginación? Decir «yo soy de La Habana» es casi más una desinformación que una aclaración, porque con eso lo estoy diciendo todo y a la vez no estoy diciendo nada. Es la raíz de lo que soy y es a la vez es todo lo que tengo que decir. Sin embargo, ocurre algo sorprendente y es que basta con esas palabras mágicas para satisfacer un poco la curiosidad de cualquiera que nos pregunte. Es una especie de juego de prestidigitación, y es una suerte que no haga falta aclarar qué cosa es La Habana. Basta decir «yo soy de La Habana» para que todo el mundo me sitúe y me comprenda. Al decirlo, tampoco «yo» siento apuro por aclararlo. Es una fácil alusión a mi plenitud, a la seguridad que siento de mí mismo. Es lo que soy y punto. ¡Es un gran alivio! 

Sin embargo, lo mejor no se ha averiguado, la esencia, la sustancia de eso que nos da una fisonomía por el hecho de vivir en esta ciudad y no en otra. Cualquier intento resultaría inútil. Si se preguntara a cada persona habanera o no, cubana o no, qué es ser habanero, se reuniría una colección completa de frases hermosas y de lugares comunes, expresados de todas las maneras posibles y en todos los idiomas. Se podría cubrir el Malecón habanero de pliegos con definiciones graciosas e injustas, sinceras y ridículas. Se tendría una creación espectacular de la imaginería humana, pero lo principal no se lograría. No se llegaría a determinar qué es La Habana o qué cosa es ser habanero. Sería frustrante, pero algo se sabría. 

Si ser habanero es definitivamente algo, pero imposible de expresar qué, entonces cabría pensar que tal vez en esa paradoja radique la ejemplar eficacia de ese misterio que es ser habanero —saberse habanero—, del orgullo que podemos sentir por calificarnos con semejante término aunque no lo comprendamos, de su fuerza vital para afirmarnos en nosotros mismos, de su resistencia a los cambios y a la falta de identidad, a la desfiguración de la fisonomía, a la incomprensión de los demás y, por supuesto, al olvido de nosotros mismos. Entonces lo mejor sería no expresar nada y pensar que tal vez somos habaneros por esa misma razón, o esa sinrazón: «porque sí». Y con eso basta para celebrarlo.

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