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CIUDAD
Todavía
la ciudad nos tiene deslumbrados, nos
quedamos boquiabiertos ante el paisaje. Todavía nos
sentamos en el Malecón, a ver una puesta de sol, y se
nos salta alguna lágrima. Todavía nos sumergimos
asombrados en el río caudaloso de las calles. Estamos
hechizados, todavía.
Yuris
Nórido|
La Habana
Fotos:
Alain
Gutiérrez
La Habana tiene
muchas caras, La Habana es una diosa caprichosa que hoy
te sonríe y mañana te mira con desdén, yo no entiendo a
La Habana, como no he podido entender a muchas otras
mujeres en mi vida ―dice
mi amigo F mientras caminamos juntos por el Malecón. Es
otoño de 1997, octubre, casi noviembre. Acaba de caer un
aguacerillo triste que nos mojó el pelo y la ropa; son
las cuatro de la mañana, la ciudad calla.
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Yo no entiendo a esta
ciudad, no puedo entenderla ―sigue
F. Intento decirle que la conoce hace poco tiempo, ¿cómo
pretende entenderla? Llegó hace dos meses, como tantos,
como yo, a estudiar una carrera. Y ya está hablando de
quedarse aquí para siempre, de sembrar árbol
genealógico, de tener apartamento bonito frente al mar,
preferiblemente en el Vedado, aunque en Centro Habana no
estaría mal, siempre que el edificio no se esté cayendo.
(A los siete días de estar en La Habana, F. me miró a
los ojos, fijamente, con un principio de sonrisa entre
los labios y me dijo medio solemne medio divertido: No
regreso, que no me esperen. Yo le dije: está bien. Y me
acosté a dormir).
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Todavía faltan como
tres kilómetros para llegar a la beca, nos subimos al
muro, miramos la ciudad, algunas olas nos salpican. Pasa
un carro azul descapotado, repleto de alegres criaturas,
nos gritan: ¡comemierdas! Y nosotros no tenemos tiempo
de contestar, se pierden. Abrimos los brazos, intentando
abrazar la ciudad entera. De espaldas al mar, frente a
los viejos edificios, F grita: ¡¿Tú me quieres Habana?!
La Habana no responde. ¡¿Estás dispuesta a ser mi novia,
Habana?! La Habana como si con ella no fuera. ¡Acéptame
Habana, vamos, acéptame; soy F, triste infeliz, gris
mortal, estudiante anónimo y estoy perdidamente
enamorado de ti! A La Habana no le importa. (A estas
alturas es conveniente aclarar que F y yo estamos algo
borrachos, yo diría que bastante borrachos, así que
sabrán perdonar nuestros pedantes bocadillos).
Me siento en el muro
mientras mi amigo sigue gritándole boberías a la ciudad;
aunque ―será el vino―
en este momento me parecen bellas y muy poéticas frases
de amor. Mañana, con la resaca, me parecerán ridículas y
escandalosas; pero ahora todo es hermoso y sugerente,
ahora mismo somos poetas. Si tuviera lápiz y papel le
escribiría un poema a la ciudad. Le pondría mis
iniciales y lo dejaría sobre el muro. Quizás lo
encuentre alguien por la mañana, lo lea y se emocione,
quizás ese alguien sea el editor de una revista
literaria y un día cualquiera, cuando yo compre la
revista, me sorprenda al ver mis versos publicados con
una hermosa viñeta y con una pequeña nota: Poema anónimo
a La Habana, encontrado, ah destino, en el muro del
Malecón una madrugada de octubre. Me entusiasmo; puede
suceder, todo puede suceder en esta ciudad maravillosa.
Con los años, la gente recitará el poema (será un poema
tan hermoso) muchos se lo atribuirán, pero solo F y yo
sabremos el secreto. Los versos me asaltan en tropel
furioso. Me paro en el muro, interrumpo a F: oye, las
musas existen. Me mira maravillado. Me están dictando un
poema sobre la ciudad. Pues adelante
―dice medio burlón―
La Habana te escucha. Grito: ¡Habana! Yo te soñaba dueña
y señora de los mares... ¡Llave del golfo!
―interrumpe F y suelta
la carcajada. No me inmuto: Yo te soñaba madre amorosa.
Torre de Babel, laberinto y minotauro. Yo te soñaba
reina y obrera. Diosa caprichosa... ¡Esa frase es mía!
―me sacude F
divertido. Estás muy jovencito para estar robándoles
ideas a tus amigos. Le digo que está bien y concluyo el
himno: Yo te soñaba, Habana, pero desperté. Y estás ahí,
por suerte... F me felicita: es un gran poema, merecería
estar publicado. Claro, le falta título. Podría ser
Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba ahí. Yo
todavía no he leído a Monterroso y le digo que el título
no me gusta, ya pensaré uno mejor, ahora vamos, que si
seguimos gritando va a venir un policía, como en efecto,
viene, y nos pide el carné de identidad. Cuando
comprueba que somos dos estudiantes del interior nos lo
devuelve y nos manda a dormir. Agradezcan que no les
cobre una multa por escándalo público.
Todavía tenemos
tiempo y borrachera para hacer grandes planes. Caminamos
frente al monumento de Maceo. Antes de que acabe la
carrera ya habré publicado tres poemarios
―confiesa F. Uno
estará dedicado a La Habana, será el más bello, estará
ilustrado por Fabelo y tú bien que podrías escribir el
prólogo. Con muchísimo gusto, y tú escribirás el del
libro de crónicas que pienso publicar.
Somos inocentes y
casi felices. Todavía la ciudad nos tiene deslumbrados.
Todavía quedamos boquiabiertos ante el paisaje que se
nos abre cuando salimos al balcón de la beca. Todavía
nos sorprendemos ante la belleza inefable de un edificio
en ruinas. Todavía nos sentamos en el Malecón, a ver una
puesta de sol, y se nos salta alguna lágrima. Todavía
nos sumergimos asombrados en el río caudaloso de las
calles. Estamos hechizados, todavía.
Llegamos a la beca,
está roto el elevador, como siempre. Subimos poco a poco
las escaleras, corriendo el riesgo de caer en cualquier
momento. Llegamos al piso veinte, salimos al balcón.
Hay un atisbo de luz.
En unas horas el sol estará en el medio del cielo y La
Habana será distinta. Pero me gusta más a esta hora,
cuando todavía están encendidas las luces de las calles,
las paradas están vacías, hay una brisa limpia que llega
del mar... Los madrugadores salen de sus casas, se
cruzan con los trasnochadores, la gente se despierta en
la tibieza de la cama, mira el reloj, todavía es
temprano, puedo dormir un rato más.
F aspira una tonelada
de aire puro, lo suelta. Me mira con ojos vidriosos: La
ciudad somos nosotros, también. Se va a dormir, dentro
de tres horas tenemos clases, pero no iremos, un día es
un día. Distingo, desde mi altura, una pareja que camina
despacio por la acera. ¿Vienen o van? La ciudad son
ustedes, también ―murmuro.
Me quito la camisa y entro al cuarto tambaleando. Algún
día escribiré esta crónica. |