|
CELIO GONZÁLEZ EN SU JUSTO
LUGAR
Pedro de
La Hoz |
La Habana
Cuando el 2004 se despida, entre las bajas de la música
popular cubana no podrá dejar de contarse la de Celio
González. Al día siguiente de su muerte publiqué un
breve despacho cablegráfico en el diario Granma
dando cuenta del luctuoso suceso. Han pasado algunas
semanas después de aquel domingo 17 de octubre. Mientras
redacto esta nota, en el equipo de música suena una
vieja grabación del Conjunto Casino con “Plazos
traicioneros”, ese bolerazo de Luis Marquetti y tengo a
mi lado la copia de un texto escrito por el ex
integrante de la Sonora Matancera, Nelson Pinedo, donde
con sentidas palabras llama a Celio “maestro
y precursor de esa cubanísima manera de decir el son
cubano”.
Estoy casi seguro de que esto último adquiere sentido en
la medida en que la voz de Celio
―como
la de otros notables cantantes de la época de oro de los
conjuntos―
se convirtió en un canon del cual se han servido, bien
sea para asimilarlo, negarlo, desarrollarlo o renovarlo.
Tal es la dialéctica de la evolución musical, quienes
durante las últimas décadas en Cuba, Puerto Rico,
Venezuela, Colombia y Estados Unidos, se han consagrado
a la música afrohispanocaribeña en función bailable.
Únicamente me atrevo a corregir el tiro del maestro
Pinedo en un aspecto: el fuerte de Celio González fue el
bolero asimilado en la estructura sonera. No se trata de
una de aquellas voces, que las tuvo y muy señaladas la
Sonora a lo largo de su existencia, características de
la emisión sonera, sino de uno de los mayores
representantes de la confluencia de los temas
lírico-desgarradores-sentimentales arropados por el son.
Lo
que digo no es una apreciación aventurada. José Loyola,
en su libro El bolero en la música popular bailable,
ha expuesto exhaustivamente los vasos comunicantes entre
la canción y el baile incitado por las especies soneras.
En el repertorio de las formaciones cubanas entre los
años 50 y 60 del pasado siglo era habitual que se
alternaran “números” de aires rápidos y moderados, a
partir de claves afines. Muchos de los temas, en un
alarde lingüístico precursor del uso de la fusión como
cuño mercantil para las hibridaciones de cualquier tipo,
se inscribían como “bolero-son”.
Fue en ese terreno donde Celio González ganó
credenciales. Sin negar sus indudables dotes para el
“soneo” más pronunciado, ni su inclinación natural al
“guaracheo”, sus aportes más sensibles y recordados
pasan por la interpretación de “Súplica”, “En el balcón
aquel”, “Nobleza” y, sobre todo, “Total” (mérito que
comparte en el recuerdo con Fernando Álvarez, los dos
mejores representantes de ese tema) y “Vendaval sin
rumbo”.
De
su filiación bolerística habla el hecho de que uno de
sus últimos trabajos en México, país donde residía desde
los albores de los 60, consistió en un álbum de boleros
cubanos, arreglado por Osmani Paredes, con José Antonio
Méndez como el autor más representado. No resulta casual
esta asociación: dentro del movimiento bolerístico
filinero, el King resaltó por ser el compositor que tuvo
mayor proclividad a tangenciar los hallazgos soneros. Ni
tampoco esta otra: las frecuentes colaboraciones de
Celio con el Niño Rivera.
También conviene situar a Celio dentro de unas
coordenadas más amplias que las que lo circunscriben al
fenómeno Sonora Matancera.
Nacido el 29 de enero de 1924 en Camajuaní, actual
provincia de Villa Clara, se da a conocer en la versión
de La Corte Suprema del Arte, concurso de jóvenes
promesas, de Sancti Spíritus y todavía adolescente se
traslada a Camagüey, donde forma parte de la línea de
voces de la orquesta de Joaquín Mendivel y el conjunto
Camacho, el mismo que en los últimos años ha reanimado
Nené Álvarez, el padre del internacionalmente reconocido
Adalberto Álvarez. Su madurez como vocalista se acentúa,
antes de la Sonora, con la orquesta Niágara y, sobre
todo, con el famoso conjunto Casino. Nunca será bien
ponderado el papel de esta agrupación, al igual que la
de Arsenio Rodríguez, en la definición del canon
sonero que se impuso en los 50 y que se ha reproducido y
perfeccionado en el mainstream de la salsa.
Sobre el acercamiento de Celio al bolero, vale anotar su
propia versión, reflejada por Enrique Romero, uno de los
más fieles seguidores de las corrientes de la música
latina: “Cantando guarachas tú te puedes comer las
eses, o algo así, porque algunas palabras tienen que
pegarse, empatarlas de corrida. En el bolero la cosa es
distinta. Mi pronunciación, debo confesarlo, fue sacada
de un estudio que hice de la voz de don Pedro Vargas.
Este señor sí que canta bien clarito, me dije, y allí
está. Hay algunos cantantes que cantan bien bonito, pero
nadie los entiende”.
Y
vale porque nos deja entrever una sabiduría: en una
leyenda como la Sonora, donde los nombres de Celia Cruz,
Daniel Santos, Carlos Argentino, Bobby Capó, Leo Marini
y Nelson Pinedo hacían historia, Celio González supo
buscarse un espacio desde los dominios donde se sentía
más cómodo y podía dejar una huella.
|