La Jiribilla | Nro. 185
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

LA CASA DE “EL SIGLO DE LAS LUCES”
(Y UNAS NOTAS DE AGRADECIMIENTO)
 
Julio Pino | Miami


Puedo decir, quizá con rubor, que  la primera vez que me dispuse a meditar con  fijeza sobre  los temas de la cultura cubana, era ya un joven de algo más de veinte años.  Ese acontecimiento, tal vez trascendental para la vida individual de un hombre, en que todo adolescente, que está destinado a convertirse en un intelectual,  en un artista, se apropia por derecho generacional de la lectura de los clásicos nacionales, resultó para mí bastante tardío.

Y no es porque viniera, entre tanto, de vuelta de los clásicos latinos y griegos. O porque me hallara envuelto en enjundiosas lecturas, dedicadas,  para mi solaz, a alguna de las grandes islas literarias (Francia, Inglaterra, Italia, Alemania etcétera), que pueblan la civilización de Occidente. No.  No era ese mi caso en modo alguno.

Yo venía de la triste imaginación. Había tomado muy en serio aquello que  decía en pleno siglo XIX, el escritor ginebrino Enrique Federico Amiel de que era menester inventar “una nueva manera de ser triste”. Fuera de eso algunos repasos de mi adolescencia, leídos hasta la obstinación, como “Las iluminaciones” de Rimbaud, traducidas por Cintio Vitier, y “Vida de Don Quijote y Sancho” de Don Miguel de Unamuno.  Me resulta simpático hacer hoy el inventario. Sobre todo cuando recuerdo que una vez que ingresé a trabajar, a principio de la década de los 80’, en la casona del “Centro de Promoción cultural Alejo Carpentier”, merced a no sé qué ilusoria denominación burocrática que me daría algo de sueldo, y un  horario laboral con el cual nunca cumplí, me decidí a estudiar...  la obra  de José Lezama Lima.

Por supuesto, tampoco fui fiel a ese cometido. Prefiriendo divagar entre Lezama y Carpentier bajo el prisma un tanto imaginario de las luces y enrejados de la mansión habanera; las arábigas paredes blanco - azules de la Casa de El Siglo de las Luces. Disculpándome por ello, ante los interlocutores que allí habían, con la mención siempre paródica de algún buen opúsculo pascaliano. 

El viejo caserón de una antigua condesa habanera, llamada, en su momento, de la Reunión, fue el lugar escogido por la gestión ministerial para que en ella  sesionaran las oficinas de una institución cultual. Cuya localización urbana hacia feliz alusión al No - lugar de la literatura, en el que  hubo  Alejo de contarnos con maestría la trama allí vivida por unos adolescentes,  en la mansión a oscuras, y en la que reunidos hacían de las suyas los singulares vástagos del padre  tempranamente ausente, invirtiendo el tiempo, e incumpliendo como yo con los horarios rígidos, las calendas históricas y las sacrosantas leyes del buen vivir. Hasta que una noche “de esas que no se olvidan” tocaron a las puertas, con sólidos golpes de aldaba, las luces y los vientos de una historia propicia y de la gran revolución del siglo: La revolución francesa de 1793;  en clara sintonía de la  novela homónima con el siglo llamado “de las luces”.

Existe lo que podríamos llamar una filosofía de la luz. Los pintores tenebristas del período barroco, ante pusieron los juegos de luz y sombra a la luz positiva de una modernidad calvinista que se alzaba entre tanto. Una modernidad capitalista donde el nuevo ciudadano, haciendo  uso positivo de los nuevos tiempos –la plaza del mercado y la vida de salón--, salía, convertido en burgués, del enrejado espiritual donde fue alojada la subjetividad humana por todos los siglos de la medievalidad cristiana. El siglo XVIII puede llamarse con razón “el siglo de las luces” porque iluminó lo que hasta ese momento en la cultura europea se encontraba en la umbría; en el húmedo  subsuelo de una identidad humana acuclillada. Y donde las nociones  Dios, servidumbre, espanto y  devoción componían la inevitable cuaternidad espiritual de una particular concepción del sentido de la vida  fraguada en la catacumba, en la gruta del eremita, en el claustro, en los ojos que miran sin ver.

No sé tal vez por qué lo digo pero, lo digo: Nuestra cultura nacional posee también su lugar más luminoso.  Del mismo modo que coexiste, entre nosotros,  una región de sombra situada al margen de la luz, y, a la vez, en constante re juego con ella. Lezama y Alejo componen, de algún modo,  dos miradas radicales de lo cubano, cada una cargada con sus respectivas sombras. Dominadas también por sus respectivas concepciones de la luz. Recurriendo a los esquemas, podríamos decir que en la región de las sombras habita nuestro gran imaginario; nuestro enorme y lúbrico bestiario --pintado por los tantos  jerónimos y favelos que pueblan nuestra pintura--, y que  es el subsuelo umbroso donde arden las semillas de la época previa a toda gran germinación. A toda imantación que llega desde el cielo y que fuerza a la semilla a nacer, a ser, convertida en espumoso vegetal bajo la luz del trópico más verborante.

Creo que del mismo modo que hay en  la obra magna de Marcel Proust largas páginas dedicadas a la sexualidad de las flores, si José Lezama Lima hubiera escrito “El Siglo de las Luces” (permítanme esta aporía),  dos de los tres personajes principales de la novela jamás habrían salido de la casona habanera. Se habrían quedado para siempre allí trasponiendo el tiempo histórico, en nombre de los juegos peligrosos de la noche.  Luchando noblemente contra las acechanzas de los edipos y otros demonios del imaginario de Occidente, África, América y el Oriente. Dialogando entre ellos como sombras inacabadas, en medio de la penumbra tenebrista como los cuadros de un no tan hipotético Zurbarán cubano. Condenados al húmedo sótano mental donde, para nuestro innombrable regocijo, todos nuestros deseos pueden llegar a verse cumplidos. Tal como si las traducciones del latín del joven Carlos –quizá el más efímero de los personajes de Carpentier--,  fueran vertidas a un idioma apócrifo e increado.

Los que  visitan la casa de El Siglo de las Luces saben que allí domina una luz fuerte, esencialmente blanca, que sólo se va volviendo dorada por la magia bochornosa de las tardes,  y que tiende a golpear con contenida fuerza en el mismo centro del gran patio rectangular que posee la edificación. Y que, posada en los aleros,  provoca breves y refrescantes espacios de sombra, las cuales son como reflejos que irrumpen gozosos  en las salas, en  la holgura de la luz que afuera es, sin embargo,  agotadora.

Alejo Carpentier, en uno de sus textos, recomendaba al escritor latino americano  que tuviera muy en cuenta eso que él llamaba “los contextos de iluminación”. Y decía que cada ciudad americana tiene su  luz propia. De este modo La Casa del Siglo posee la suya. Luz que bordea, en su proliferación casi perfecta,  a los cuartos contiguos que se encuentran en el piso inferior.  En los que una vez --se presume-- pudieron  existir una cochera y un humilde camastro donde el  adolescente Esteban, tirado a horcajadas como un asceta en posición sufriente, encontraba en las noches, para los espantos de  su prima Sofía, y en medio  del creciente olor a humus que infectaba las paredes carcomidas de humedad,  la más profunda de sus crisis de  asma.

“Respiración sistáltica”, le hubiera dicho el maestro Opiano Licario auscultándolo.  “Todavía no podemos empezar”.

Alguien me afirmó que una vez al pintor Wifredo Lam se le ocurrió comenzar a pintarlo todo en blanco y negro, pues al mediodía en La Habana las cosas lucen de ese color, debido a una luz sin matices que cae de plano entre los transeúntes asombrados. La Habana, en mi opinión es sepia. La Habana es como un daguerrotipo viejo. Y hablaba Alejo de la luz del verano en La Habana tan distinta en la ciudad a la luz de invierno. La luz de invierno --me atrevería a decir mejor el otoño--, tiende a acercar mucho más los objetos, ya que la luz  entonces es menos líquida. El verano, por su parte, en su excesiva transparencia, le entrega al ambiente mayores distancias por andar. Agudiza las verticales. Las puntiagudas geometrías de un cuasi cubismo empírico. Mientras el otoño se recoge en su sensibilidad intranquila de materia  grácil,  la cual sabe desatar el mejor tono para cada color. La mejor luz para iluminar los ambientes, y devolvérselos,  una vez resueltos, al solitario viandante que los disfruta.

Pero, volviendo a Lezama, a  Alejo y a  la luz. La luz en Carpentier  expresa su mejor posibilidad desde un caballete fijo. Está construida desde el paradigma óptico de una perspectiva que tiene como fundamento la razón intelectual del  gran siglo francés --el XVIII-- y la  gracia  centrípeta de los grandes pintores neo clásicos. Es, por tanto, una luz histórica, exegética. Arqueológica. Como si pudiera haber encontrado su sentido manifiesto en un pasado perfectamente comprobado, como lo pueden ser en Italia las ruinas desnudas de Pompeya y Herculano.

En Lezama la luz aparece solamente al final. Porque tiene la fuerza creadora de lo aún no totalmente expresado. La abstracción figurativa de la fachada de una alta catedral en sombras. La  casa de Lezama es como una gruta por lo oscura. Allí la luz se intuye del mismo modo que fue intuida la verdad en el Mito de la Caverna de Platón. Pues es lo exterior a toda subjetividad. Afuera lo que está es la luz intuida de Agustín. Su certeza. Que es como pronunciar, para el artista, la máxima de Doña Rialta dicha a su hijo José Cemí una hora después de que éste volviera jadeante de la gran manifestación política de los años 30: “Hijo, afuera está lo más difícil.”  Es regresar a la luz pero, cargado de todo lo maravilloso que se ha dejado entrever en las tinieblas y congojas del alma.

Mas, debo decir que hay oscuros  grabados del pintor de Nüremberg, Alberto Durero que me recuerdan  a Carpentier, del mismo modo que esos mismos grabados me recuerdan  también a Lezama. Lo  que sucede es que ambos me impactan desde ángulos distintos: Los graves paisajes de desolación que abundan en determinadas zonas de la cultura. Y el misterio de la encarnación que debe llegar a colmar, con su gracia, lo más desolador.

Durero habita en el espacio cismático de la vieja cultura germana que se resiente dolorosa ante el impacto que produce en su alma la nueva modernidad  capitalista. Carpentier, por su parte, habita gozoso el espacio del lenguaje de una modernidad muy bien disimulada, la cual ha sabido insertar en ella el  maduro disfrute por lo arcaico. Lezama, entre tanto, mezcla los olorosos aceites del pasado con el pescado lúbrico del porvenir. 

Ambos son escritores criollos. Lezama representa,  en mi opinión, --después de Martí-- la apoteosis de la expresión criolla. Carpentier  expresa  el enorme grado de inserción  fecunda de Europa en América. Carpentier opera por yuxtaposiciones y por la germinación que producen los mejores encuentros.  Lezama opera por sobre dosis.  Lezama sabe a natilla con mucha canela y vainilla acabadas de traer del puerto en el último bergantín que ha burlado la tormenta. Carpentier sabe a cóctel de champiñones frescos delectados  a la sombra surrealista de un tornasolado pavo real criollo.

En ambos se realiza por igual la fiesta de la palabra y una exploración muy particular de lo cubano. Lezama es  cubano por la palabra expresada. Carpentier lo es, además, por lo que la palabra expresa. En ambos habita la preocupación por un destino nacional puesto a hornear bajo la luz todo poderosa de los trópicos. En ambos el alma de lo nacional teje para nosotros la mejor cuerda, para el abordaje de la nueva época literaria que se prepara.

Aunque debo decir que el alma lo que visualiza en su interior son paisajes rotos que la imaginación recompone, haciendo el mejor uso de la memoria fértil en cuanto creadora. Son como las secuencias de un viejo celuloide, que va reorganizando, con ayuda de un foco  amarillo de luz, lo que en la vida frecuente de los sentidos ya no se puede ver. Allí un castillo. Acá una palma. Por aquí pasan las muchachas en flor  camino del agua en sombra de la cisterna. ¿Surge así un nuevo lenguaje? No lo sabemos. Lezama opinaba que del mismo modo tan natural en que la verdad se intuye, la esencia se expresa. Todo radica en saber esperar.

Por el momento, sabemos que la luz que habita tanto en las sombras como en sus reflejos, son porciones fundamentales de la luz americana. En Miami, sin embargo, la luz no hace otra cosa que crear inmensos paisajes de imposible lejanía. No tiende a  unir las figuras ni tampoco abocetarlas para la imagen, sino a escandir los espacios hasta el cansancio. Tal como si la luz sólo existiera  para acentuar la presencia de los límites. --De los conos de sombras que te rechazan. Es un  lugar de panoramas fijos. Una región de geometrías  exactas. De escasos contrastes al margen de las formas. Es también como una gran campana de vacío que algún gran alquimista ha vaciado, y re vaciado, con destreza de aire para dejarnos adentro sólo el éter metafísico. Donde único no cumple la luz su fatigosa labor es en el  paso de aguas, y en el puente, que bordean el exterior subjetivo de  mi casa. Algo humano creo que por fin ha aparecido allí, para mi solaz, en el interior de ese paisaje.

En resumen, creo que estas palabras un poco caprichosas configuran solamente un pretexto para comunicarle simbólicamente al “Centro de Promoción cultural Alejo Carpentier”, y, en especial a Lilia y a Omar, en el  cumpleaños número cien de Don Alejo, mi gratitud y mi afecto desde el lugar en el que hoy me encuentro.

“Hoy”, sin embargo, dos patrias tenemos muchos de los que, en esta “región más trasparente”,  nos tocó vivir, y donde poco podemos hacer. Dos patrias, dos ciudades, con esas luces y esos ámbitos tan distintos, aunque tan acercadas para mí merced a un extraño destino: Miami y La Habana. 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600