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LA CASA DE “EL SIGLO DE LAS LUCES”
(Y UNAS NOTAS DE AGRADECIMIENTO)
Julio Pino
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Miami
Puedo decir, quizá con rubor, que la primera vez que me
dispuse a meditar con fijeza sobre los temas de la
cultura cubana, era ya un joven de algo más de veinte
años. Ese acontecimiento, tal vez trascendental para la
vida individual de un hombre, en que todo adolescente,
que está destinado a convertirse en un intelectual, en
un artista, se apropia por derecho generacional de la
lectura de los clásicos nacionales, resultó para mí
bastante tardío.
Y no es porque
viniera, entre tanto, de vuelta de los clásicos latinos
y griegos. O porque me hallara envuelto en enjundiosas
lecturas, dedicadas, para mi solaz, a alguna de las
grandes islas literarias (Francia, Inglaterra, Italia,
Alemania etcétera), que pueblan la civilización de
Occidente. No. No era ese mi caso en modo alguno.
Yo venía de la triste
imaginación. Había tomado muy en serio aquello que
decía en pleno siglo XIX, el escritor ginebrino Enrique
Federico Amiel de que era menester inventar “una nueva
manera de ser triste”. Fuera de eso algunos repasos de
mi adolescencia, leídos hasta la obstinación, como “Las
iluminaciones” de Rimbaud, traducidas por Cintio Vitier,
y “Vida de Don Quijote y Sancho” de Don Miguel de
Unamuno. Me resulta simpático hacer hoy el inventario.
Sobre todo cuando recuerdo que una vez que ingresé a
trabajar, a principio de la década de los 80’, en la
casona del “Centro de Promoción cultural Alejo
Carpentier”, merced a no sé qué ilusoria denominación
burocrática que me daría algo de sueldo, y un horario
laboral con el cual nunca cumplí, me decidí a
estudiar... la obra de José Lezama Lima.
Por supuesto, tampoco
fui fiel a ese cometido. Prefiriendo divagar entre
Lezama y Carpentier bajo el prisma un tanto imaginario
de las luces y enrejados de la mansión habanera; las
arábigas paredes blanco - azules de la Casa de El Siglo
de las Luces. Disculpándome por ello, ante los
interlocutores que allí habían, con la mención siempre
paródica de algún buen opúsculo pascaliano.
El viejo caserón de
una antigua condesa habanera, llamada, en su momento, de
la Reunión, fue el lugar escogido por la gestión
ministerial para que en ella sesionaran las oficinas de
una institución cultual. Cuya localización urbana hacia
feliz alusión al No - lugar de la literatura, en el que
hubo Alejo de contarnos con maestría la trama allí
vivida por unos adolescentes, en la mansión a oscuras,
y en la que reunidos hacían de las suyas los singulares
vástagos del padre tempranamente ausente, invirtiendo
el tiempo, e incumpliendo como yo con los horarios
rígidos, las calendas históricas y las sacrosantas leyes
del buen vivir. Hasta que una noche “de esas que no se
olvidan” tocaron a las puertas, con sólidos golpes de
aldaba, las luces y los vientos de una historia propicia
y de la gran revolución del siglo: La revolución
francesa de 1793; en clara sintonía de la novela
homónima con el siglo llamado “de las luces”.
Existe lo que
podríamos llamar una filosofía de la luz. Los pintores
tenebristas del período barroco, ante pusieron los
juegos de luz y sombra a la luz positiva de una
modernidad calvinista que se alzaba entre tanto. Una
modernidad capitalista donde el nuevo ciudadano,
haciendo uso positivo de los nuevos tiempos –la plaza
del mercado y la vida de salón--, salía, convertido en
burgués, del enrejado espiritual donde fue alojada la
subjetividad humana por todos los siglos de la
medievalidad cristiana. El siglo XVIII puede llamarse
con razón “el siglo de las luces” porque iluminó lo que
hasta ese momento en la cultura europea se encontraba en
la umbría; en el húmedo subsuelo de una identidad
humana acuclillada. Y donde las nociones Dios,
servidumbre, espanto y devoción componían la inevitable
cuaternidad espiritual de una particular concepción del
sentido de la vida fraguada en la catacumba, en la
gruta del eremita, en el claustro, en los ojos que miran
sin ver.
No sé tal vez por qué
lo digo pero, lo digo: Nuestra cultura nacional posee
también su lugar más luminoso. Del mismo modo que
coexiste, entre nosotros, una región de sombra situada
al margen de la luz, y, a la vez, en constante re juego
con ella. Lezama y Alejo componen, de algún modo, dos
miradas radicales de lo cubano, cada una cargada con sus
respectivas sombras. Dominadas también por sus
respectivas concepciones de la luz. Recurriendo a los
esquemas, podríamos decir que en la región de las
sombras habita nuestro gran imaginario; nuestro enorme y
lúbrico bestiario --pintado por los tantos jerónimos y
favelos que pueblan nuestra pintura--, y que es el
subsuelo umbroso donde arden las semillas de la época
previa a toda gran germinación. A toda imantación que
llega desde el cielo y que fuerza a la semilla a nacer,
a ser, convertida en espumoso vegetal bajo la luz del
trópico más verborante.
Creo que del mismo modo que hay en la obra magna de
Marcel Proust largas páginas dedicadas a la sexualidad
de las flores, si José Lezama Lima hubiera escrito “El
Siglo de las Luces” (permítanme esta aporía), dos de
los tres personajes principales de la novela jamás
habrían salido de la casona habanera. Se habrían quedado
para siempre allí trasponiendo el tiempo histórico, en
nombre de los juegos peligrosos de la noche. Luchando
noblemente contra las acechanzas de los edipos y otros
demonios del imaginario de Occidente, África, América y
el Oriente. Dialogando entre ellos como sombras
inacabadas, en medio de la penumbra tenebrista como los
cuadros de un no tan hipotético Zurbarán cubano.
Condenados al húmedo sótano mental donde, para nuestro
innombrable regocijo, todos nuestros deseos pueden
llegar a verse cumplidos. Tal como si las traducciones
del latín del joven Carlos –quizá el más efímero de los
personajes de Carpentier--, fueran vertidas a un idioma
apócrifo e increado.
Los que visitan la
casa de El Siglo de las Luces saben que allí domina una
luz fuerte, esencialmente blanca, que sólo se va
volviendo dorada por la magia bochornosa de las tardes,
y que tiende a golpear con contenida fuerza en el mismo
centro del gran patio rectangular que posee la
edificación. Y que, posada en los aleros, provoca
breves y refrescantes espacios de sombra, las cuales son
como reflejos que irrumpen gozosos en las salas, en la
holgura de la luz que afuera es, sin embargo,
agotadora.
Alejo Carpentier, en
uno de sus textos, recomendaba al escritor latino
americano que tuviera muy en cuenta eso que él llamaba
“los contextos de iluminación”. Y decía que cada ciudad
americana tiene su luz propia. De este modo La Casa del
Siglo posee la suya. Luz que bordea, en su proliferación
casi perfecta, a los cuartos contiguos que se
encuentran en el piso inferior. En los que una vez --se
presume-- pudieron existir una cochera y un humilde
camastro donde el adolescente Esteban, tirado a
horcajadas como un asceta en posición sufriente,
encontraba en las noches, para los espantos de su prima
Sofía, y en medio del creciente olor a humus que
infectaba las paredes carcomidas de humedad, la más
profunda de sus crisis de asma.
“Respiración
sistáltica”, le hubiera dicho el maestro Opiano Licario
auscultándolo. “Todavía no podemos empezar”.
Alguien me afirmó que
una vez al pintor Wifredo Lam se le ocurrió comenzar a
pintarlo todo en blanco y negro, pues al mediodía en La
Habana las cosas lucen de ese color, debido a una luz
sin matices que cae de plano entre los transeúntes
asombrados. La Habana, en mi opinión es sepia. La Habana
es como un daguerrotipo viejo. Y hablaba Alejo de la luz
del verano en La Habana tan distinta en la ciudad a la
luz de invierno. La luz de invierno --me atrevería a
decir mejor el otoño--, tiende a acercar mucho más los
objetos, ya que la luz entonces es menos líquida. El
verano, por su parte, en su excesiva transparencia, le
entrega al ambiente mayores distancias por andar.
Agudiza las verticales. Las puntiagudas geometrías de un
cuasi cubismo empírico. Mientras el otoño se recoge en
su sensibilidad intranquila de materia grácil, la cual
sabe desatar el mejor tono para cada color. La mejor luz
para iluminar los ambientes, y devolvérselos, una vez
resueltos, al solitario viandante que los disfruta.
Pero, volviendo a
Lezama, a Alejo y a la luz. La luz en Carpentier
expresa su mejor posibilidad desde un caballete fijo.
Está construida desde el paradigma óptico de una
perspectiva que tiene como fundamento la razón
intelectual del gran siglo francés --el XVIII-- y la
gracia centrípeta de los grandes pintores neo clásicos.
Es, por tanto, una luz histórica, exegética.
Arqueológica. Como si pudiera haber encontrado su
sentido manifiesto en un pasado perfectamente
comprobado, como lo pueden ser en Italia las ruinas
desnudas de Pompeya y Herculano.
En Lezama la luz
aparece solamente al final. Porque tiene la fuerza
creadora de lo aún no totalmente expresado. La
abstracción figurativa de la fachada de una alta
catedral en sombras. La casa de Lezama es como una
gruta por lo oscura. Allí la luz se intuye del mismo
modo que fue intuida la verdad en el Mito de la Caverna
de Platón. Pues es lo exterior a toda subjetividad.
Afuera lo que está es la luz intuida de Agustín. Su
certeza. Que es como pronunciar, para el artista, la
máxima de Doña Rialta dicha a su hijo José Cemí una hora
después de que éste volviera jadeante de la gran
manifestación política de los años 30: “Hijo, afuera
está lo más difícil.” Es regresar a la luz pero,
cargado de todo lo maravilloso que se ha dejado entrever
en las tinieblas y congojas del alma.
Mas, debo decir que
hay oscuros grabados del pintor de Nüremberg, Alberto
Durero que me recuerdan a Carpentier, del mismo modo
que esos mismos grabados me recuerdan también a Lezama.
Lo que sucede es que ambos me impactan desde ángulos
distintos: Los graves paisajes de desolación que abundan
en determinadas zonas de la cultura. Y el misterio de la
encarnación que debe llegar a colmar, con su gracia, lo
más desolador.
Durero habita en el
espacio cismático de la vieja cultura germana que se
resiente dolorosa ante el impacto que produce en su alma
la nueva modernidad capitalista. Carpentier, por su
parte, habita gozoso el espacio del lenguaje de una
modernidad muy bien disimulada, la cual ha sabido
insertar en ella el maduro disfrute por lo arcaico.
Lezama, entre tanto, mezcla los olorosos aceites del
pasado con el pescado lúbrico del porvenir.
Ambos son escritores
criollos. Lezama representa, en mi opinión, --después
de Martí-- la apoteosis de la expresión criolla.
Carpentier expresa el enorme grado de inserción
fecunda de Europa en América. Carpentier opera por
yuxtaposiciones y por la germinación que producen los
mejores encuentros. Lezama opera por sobre dosis.
Lezama sabe a natilla con mucha canela y vainilla
acabadas de traer del puerto en el último bergantín que
ha burlado la tormenta. Carpentier sabe a cóctel de
champiñones frescos delectados a la sombra surrealista
de un tornasolado pavo real criollo.
En ambos se realiza
por igual la fiesta de la palabra y una exploración muy
particular de lo cubano. Lezama es cubano por la
palabra expresada. Carpentier lo es, además, por lo que
la palabra expresa. En ambos habita la preocupación por
un destino nacional puesto a hornear bajo la luz todo
poderosa de los trópicos. En ambos el alma de lo
nacional teje para nosotros la mejor cuerda, para el
abordaje de la nueva época literaria que se prepara.
Aunque debo decir que
el alma lo que visualiza en su interior son paisajes
rotos que la imaginación recompone, haciendo el mejor
uso de la memoria fértil en cuanto creadora. Son como
las secuencias de un viejo celuloide, que va
reorganizando, con ayuda de un foco amarillo de luz, lo
que en la vida frecuente de los sentidos ya no se puede
ver. Allí un castillo. Acá una palma. Por aquí pasan las
muchachas en flor camino del agua en sombra de la
cisterna. ¿Surge así un nuevo lenguaje? No lo sabemos.
Lezama opinaba que del mismo modo tan natural en que la
verdad se intuye, la esencia se expresa. Todo radica en
saber esperar.
Por el momento,
sabemos que la luz que habita tanto en las sombras como
en sus reflejos, son porciones fundamentales de la luz
americana. En Miami, sin embargo, la luz no hace otra
cosa que crear inmensos paisajes de imposible lejanía.
No tiende a unir las figuras ni tampoco abocetarlas
para la imagen, sino a escandir los espacios hasta el
cansancio. Tal como si la luz sólo existiera para
acentuar la presencia de los límites. --De los conos de
sombras que te rechazan. Es un lugar de panoramas
fijos. Una región de geometrías exactas. De escasos
contrastes al margen de las formas. Es también como una
gran campana de vacío que algún gran alquimista ha
vaciado, y re vaciado, con destreza de aire para
dejarnos adentro sólo el éter metafísico. Donde único no
cumple la luz su fatigosa labor es en el paso de aguas,
y en el puente, que bordean el exterior subjetivo de mi
casa. Algo humano creo que por fin ha aparecido allí,
para mi solaz, en el interior de ese paisaje.
En
resumen, creo que estas palabras un poco caprichosas
configuran solamente un pretexto para comunicarle
simbólicamente al “Centro de Promoción cultural Alejo
Carpentier”, y, en especial a Lilia y a Omar, en el
cumpleaños número cien de Don Alejo, mi gratitud y mi
afecto desde el lugar en el que hoy me encuentro.
“Hoy”, sin embargo, dos patrias tenemos muchos de los
que, en esta “región más trasparente”, nos tocó vivir,
y donde poco podemos hacer. Dos patrias, dos ciudades,
con esas luces y esos ámbitos tan distintos, aunque tan
acercadas para mí merced a un extraño destino: Miami y
La Habana. |