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El cuento de La Jiribilla

LA CLAVE DEL ÉXITO

Romualdo Santos

Zavala llegó a la fábrica por primera vez un día de octubre, luego del paso de un ciclón y de una semana de lluvias que inundaron los almacenes y detuvieron el trabajo durante casi diez días. Por aquella época se dijo que Zavala venía recomendado por un amigo de Mellado, entonces en la dirección. Más tarde se supo que, al parecer, la intervención de una parienta de ese amigo, empleada de tiendas y manicure a domicilio los fines de semana, joven de piel muy blanca y llena de pecas, que había sido novia de Zavala en un tiempo y con la que él mantenía, no obstante, muy buenas relaciones, favoreció su incorporación a la plantilla de la fábrica.

Destinado desde el primer momento a trabajar como auxiliar de Gutiérrez en la máquina de prensado, todos pudieron observar que, durante los días que la planta estuvo detenida, Zavala jamás le regateó el cuerpo a ninguna faena. Había que verlo, con la melena revuelta y enmarañada, poniendo a salvo de las aguas lo que se había producido en las semanas anteriores o apuntalando los techos del almacén y los de la sección de envasado, a punto de desplomarse como si fueran de papel y varillas, o talando los árboles derribados que bloqueaban el paso de los camiones o sencillamente estando allí a la espera de lo que se ofreciera.

Pero lo que explica que hoy recordemos a Zavala no fueron aquellas largas jornadas con las que debutó entre nosotros, ni las sesiones de trabajo que cumplió cuando la planta echó a andar y había que remediar de alguna manera las pérdidas, sino más bien su carácter, su modo de expresarse y de interpretar y exponer ciertos acontecimientos de su vida. Y, claro está, su vida misma.

Contaba el que había sido un estudiante ejemplar durante sus años de primaria.

—Yo no hacía más que ir a la escuela, ver los muñequitos por la tarde en la televisión y leer un libro de cuentos antes de dormir. Así todos los días.

Afirmaba que, sin embargo, en la secundaria comenzó su declinación. El séptimo grado lo cursó no sin cierta dificultad y, aunque pasó a octavo, debió arrastrar las asignaturas de física y matemática. Al terminar ese año supo que no había aprobado las materias de arrastres, por lo que estaba obligado a continuar cursando el mismo grado.

—Mi madre se puso más loca de lo que estaba. Fue a hablar con los maestros, con el director, lloró, se haló los pelos, les pidió ayuda y al fin sólo logró que me trasladaran de escuela. Total, para nada. Al año siguiente una vecina le aconsejó que me llevara al psicólogo, y este dio en el clavo nada más que de verme y hacerle a ella dos o tres preguntas. «Señora, le dijo, las discusiones de toda la vida entre usted y su marido han agriado a este muchacho por dentro, y ya no tiene arreglo.»

Cuando iba a repetir el octavo, sucedió el divorcio de sus padres. El carácter de su madre se volvió más irascible. En lugar de asistir a clases, Zavala se iba a ayudar a un amigo del barrio que acababa de convertir su casa en un rudimentario taller de reparación de motos. Perdido el entusiasmo por el estudio, Zavala no llegó a terminar aquel curso. Sobreviviendo con la mensualidad que le pasaba el padre y con lo que de mala gana, y tras una vehemente discusión, le entregaba su madre, aprendió mientras tanto los misterios básicos de la Yamaha, MZ y Jawa, hasta que un día fue llamado por el ejército.

—Lo mío en el servicio es historia de la buena, caballeros —proclamaba como si el llamado del ejército lo hubiera estado ambicionando desde el día en que nació—. Historia con letras grandes, historia para ser contada.

Y se ponía a hablarnos de sus tres largas zafras en el sur de Camagüey, entre jejenes y mosquitos, sostenido sólo por una escasa y mala comida al día; de su desempeño como tanquista durante cuatro maniobras militares; de las mujeres que había conocido en el curso de su breve pero intensa existencia; y de sus aventuras sobre una MZ, especialmente preparada por él para que más bien volara sobre la carretera de Guanabo, a donde llegaba por lo general diez minutos antes que los restantes miembros del pelotón.

—Mi vida es una novela, señores —repetía, si acaso creía descubrir sospechas de incredulidad entre algunos de sus oyentes—. Nada más hay que escribirla.

Y, volviéndose hacia mí, me preguntaba:

—¿Qué dice el escritor?

A todo esto se sumaba el tránsito de Zavala por la fábrica. A los dos meses había dejado de auxiliar a Gutiérrez y ya operaba una máquina sin ayuda alguna. Él, por su parte, era tajante en la explicación:

—Compañeros, es que yo le tiro a todo. Esa es la clave del éxito.

De este modo un mediodía, antes del almuerzo, lo llamaron de urgencia a la dirección y le propusieron una plaza en el taller de mantenimiento. Entonces, al menos así se explicó, había dificultades con la mano de obra en aquella área.

—Eso es lo mío. Fajado con los motores, las cajas de cambio, la grasa... —le decía jactancioso a Gutiérrez, mientras daba la impresión de representarse mentalmente el taller en plena efervescencia.

Y a la mañana siguiente se le pudo ver tendido bajo el Zil del departamento de distribución, revisando las bandas de freno o afinando un flamante Toyota, solemne como un iniciado. Yo sé de más de uno que se preguntaba qué había ganado Zavala con aquel cambio, que no fuera la mugre que despedían los carros y que se le iba hundiendo en la piel con la persistencia de un topo. No obstante, cada vez que alguien se interesaba por el modo que le iban las cosas en el nuevo trabajo, recibía por lo regular la misma respuesta, un poco como para que no se volviera sobre el asunto:

—¿Cómo usted cree que le puede ir a un hombre de verdad?

Algunos a sus espaldas insistían en cuestionarse si era en efecto sincero cuando se esforzaba por trasmitir aquella particular sensación de bienestar, júbilo y certidumbre.

Los rumores sobre las aventuras y hazañas de Zavala seguían aumentando. Se afirmaba que había echado a andar un camión chino dado por inservible diez años atrás, incorporándole unas válvulas españolas que durante mucho tiempo habían permanecido arrinconadas en el almacén, por desconocerse su fin último. Esta etapa en la vida de Zavala no sólo resultó abundante en nuevas anécdotas, sino que de cierta manera se proyectó hacia el pasado, enriqueciendo el tono novelesco de lo que, una vez, todos aceptamos como su biografía definitiva. De tal manera, que la historia que circuló dos años antes volvía a oírse magnificada por inéditos detalles. Y si en una de aquellas ya distantes zafras, Zavala había demostrado ser uno de los cortadores más largos de su unidad, ahora se sabía que, al mismo tiempo, había sido uno de los que con más fortuna había navegado durante los cuatro lentos meses de corte, gracias a un particular encanto personal que le permitió contar con una dieta extra, garantizada por alguna de las guajiras de los alrededores, junto con la muda de ropa limpia a la hora del baño y la cama caliente dos o tres noches a la semana. Ante la pregunta que evidenciaba escepticismo o ironía, Zavala reaccionaba con seguridad:

—Es que yo sé cómo hay que moverse en cada situación.

Y se extendía a razonar sobre Margot, la camagüeyana que se había ocupado de que nada le faltara:

—Era una trigueña con nalgas europeas.

Y frente a la risa de algunos, declaraba rotundo:

—Hay cuatro tipos de nalgas: la cubana o africana, la europea o nalga triste, la asiática y las demás.

Por esos días Mellado dejó la dirección y pasó a un cargo de más jerarquía en el Ministerio y, en su lugar, nombraron a Giordano, quien llegó despachado desde Santiago con la gloria de haber convertido en productiva una de las más desastrosas empresas del interior. Durante las primeras semanas casi nada varió. Pero bastó que Mellado mandara a buscar a Papito, el chofer de la dirección, un viejito almidonado, de ojos mansos, al servicio de la empresa desde los años sesenta, para que una mañana Zavala llegara a la fábrica conduciendo el Lada azul de Giordano. No fue preciso ninguna pregunta. Zavala espontáneamente ofreció la información de rigor.

—Resulta que Giordano es amigo de Méndez... Más que amigo, hermano de Méndez, y Méndez, que cortó conmigo durante dos zafras y sabe qué tipo de hombre soy yo, lo puso en antecedentes y bueno... Giordano enseguida me llamó a trabajar con él.

A partir de aquel día Zavala se convirtió en el ineludible chofer de Giordano. A menudo, durante las interminables horas en que debía esperar porque Giordano pusiera fin a un consejo o un despacho, Zavala aparecía por el taller sofocante y opresivo al mediodía y, rodeado de sus compañeros de otra época, se ponía a relatar las más excepcionales aventuras en las que él como chofer de la dirección había tenido, por supuesto, una intervención decisiva. Igual refería la aventura vivida con una adolescente, recogida por casualidad, una noche en medio de un ataque de llanto, como detallaba el aditamento que le había incorporado al carro de Giordano, convirtiéndolo en un vehículo a prueba de robos.                                              

Sobre la adolescente explicaba que la habían dejado abandonada, poco después de La Habana del Este, tres hombres que, antes, la habían invitado a dar una vuelta en auto. Sin perder de vista los pormenores, Zavala relataba la forma en que se había visto obligado a zarandearla para hacerla volver en sí y enseguida montarla en el Lada y, a todo vapor, perseguir a los tres hombres hasta darles alcance en la boca del túnel. Allí los hacía detenerse y se iba a conversar aparte con ellos. Los hombres, tratando de contemporizar y atropellando las palabras, insistían en que ellos eran gente alegre, incapaces de perversidad alguna, que no habían tenido otra intención que hacerle una broma a la muchacha y darle un susto, pero que ella se había puesto histérica, dando gritos, arañando y mordiendo y que no habían encontrado más solución que hacerla salir del carro y dejarla en la carretera. Zavala afirmaba, convencido, que sólo de oírlos se había dado cuenta de que eran tipos sin escuela y que los había dejado ir, para finalmente, seguro del terreno que pisaba, volver al Lada donde había quedado la muchacha reponiéndose del sobresalto y llevarla a una posada de la bahía, en la que ella se le había entregado con una gratitud que, él mismo explicaba, nunca olvidaría.

Por otra parte, y frunciendo las cejas para trasmitirle gran fuerza de verdad a lo que decía, juraba que acababa de inventar un dispositivo que, adaptándolo al Lada, hacía sonar el teléfono de la dirección y que, mediante un convenio con la empresa telefónica,  podía hacer sonar el de la estación de policía, si alguien intentaba robarlo, y que había enviado los detalles a Moscú para que los fabricantes se lo reconocieran. Zavala, para la fecha, se había convertido en la figura más popular de la fábrica. Llegado a un punto, ya no necesitaba contar nuevos lances sobre sí mismo, pues bastaba con los que en torno a su vida ponían en circulación aquellos que lo rodeaban y decían conocerlo bien.

Pero lo que trastocó la imagen que de Zavala nos habíamos hecho todos, fue la aparición de Dora, a quien desde meses atrás se le había visto asediando la oficina de Giordano.

Dora debía de andar por los treinta. Tenía la cabeza alta, los ojos vivos, y el pelo castaño le caía sobre los hombros. Con pantalones muy ceñidos y oscuros, pulóveres de rayas o blusas de flores multicolores demasiado amplias, escotes que llegaban hasta la unión de los pechos, muchos collares, pulsos, una sortija en cada dedo de la mano y un maquillaje más apropiado para la medianoche, llegaba siempre que Giordano se encontraba inspeccionando la planta o reunido en el Ministerio. Con modales de muchacha ligera, cargando sus palabras y gestos de una aparatosa frivolidad, lanzaba miraditas forzadamente ingenuas a todo aquel que pasaba.

Durante mañanas enteras permanecía hablando con Carmita, la secretaria de la dirección, con una voz lánguida y algo cómplice, hasta que Giordano irrumpía, empujando puertas y dando instrucciones de inmediata ejecución. Lo que sucedía a partir de ese momento formaba parte de un orden que jamás se dejó de cumplir. Sin preocuparse por ocultar la molestia que le causaba su repentina visita, Giordano la hacía entrar en el despacho. Minutos después Dora salía, con la sonrisa de mujer triunfadora a quien la suerte del resto del mundo le resulta absolutamente indiferente. Echando brasas y magnetizando a los hombres con que se tropezaba, los dejaba entregados a consideraciones mentales que tenían que ver con la amplitud de sus caderas, lo abundancia de sus senos y la carnosidad de sus labios, hasta mucho después que ya la habían perdido de vista.

Dos o tres semanas más tarde Dora reaparecía, nuevamente con su tonta ingenuidad y sus gestos desmesurados. Y el mismo proceso se reproducía con una fidelidad fotográfica: primero se ponía a conversar con Carmita; en cuanto surgía Giordano, este, de mala gana, se retiraba a hablar con ella a solas, y en el acto ella se marchaba, saludando a todos con el jubiloso hastío que la distinguía y haciendo oír un taconeo rítmico y penetrante durante unos largos segundos. Lo que se dijo entonces sobre Dora, sobre sus esporádicas apariciones y sobre los ocultos lazos que la unían a Giordano —o al menos que la habían unido alguna vez— es algo que no interesa para la historia de Zavala.

Una de aquellas mañanas Zavala, quien por lo visto estaba enterado de esas visitas, abordó a Dora tan pronto esta, con su aire indiferente y calculado, salió de la oficina de Giordano y, sacándole conversación, hizo el camino con ella hasta la puerta de la fábrica. Cuando al cabo de los quince días ella regresó, ya no tuvo que acudir a Carmita para aliviar el tiempo de la espera, pues allí, en la mismísima antesala de Giordano, se encontraba Zavala, solícito y expectante, quizás con un rayo felino en la mirada y fumando más de la cuenta, pero dispuesto a retomar la conversación en el punto en que la habían dejado.

Luego de aquellos dos encuentros, las cosas empezaron a cambiar. Dora, evidenciando un progresivo desinterés por Giordano, seguía visitando la fábrica a menudo, ahora con la única finalidad de encontrarse con Zavala y dedicarse, durante horas, primero a conversar con él y, después, antes de que terminara el mes, a secretear y enamorarse por pasillos y rincones.

Por esos días ya no cabía duda para nadie de que Dora era —como decía Gutiérrez— una mujer para divertirse, sobarle las nalgas y meterse con ella en la cama, y más cuando empezaron a llegar testimonios de que la habían visto junto a Zavala en la entrada de un cine o un cabaret, o acurrucados en la penumbra de un bar o reservando en la carpeta de hoteles de diabólica presencia, o merodeando las posadas de Vento, cerca de la medianoche. Ante aquellos comentarios, Zavala sonreía socarrón.

—¿Qué quieren que haga? —comentaba pasándose las manos por las anchas patillas—. Yo le doy lo que ella necesita. Ni más ni menos. Esa es la clave del éxito.

La imagen de un Zavala seductor, frente al cual más de una mujer se llegaba a sentir desamparada, aquella imagen de la que tanto habíamos oído hablar durante casi dos años, se iba concretando ahora ante nuestros ojos.

Pronto se conoció que Dora dormía, algunas noches, en el cuarto que Zavala ocupaba en una azotea de la calle Trocadero.

—Le sigo dando lo que necesitaba desde hacía mucho tiempo, que conste. Eso es lo que sucede —se jactaba por aquellos días, medio en broma y medio en serio.

Una mañana Dora se despertó después que Zavala se había ido a trabajar y por primera vez se le ocurrió limpiar el cuarto. Cuando terminó de fregar pisos que no habían conocido el agua hacía al menos diez años y puso orden en una cocina donde guardaban un dudoso equilibrio platos, cacharros de todo tipo y pedazos de pan, corchos de botellas, periódicos viejos y cajas de cigarros vacías, se dirigió a casa de su tía en El Vedado; recogió sus cosas y, al anochecer, regresó con la intención de quedarse a vivir con Zavala, en aquel quinto piso sobre el cual el sol se derramaba denso durante el verano, hasta penetrar en el mismo medio de la habitación, y que, en invierno, era batido por los fríos e intensos vientos que, cargados de salitre y distancia, enviaba el Golfo.

La influencia de Dora a partir de ese día se hizo evidente sobre la vida de Zavala. Por indicaciones de ella, el cuarto de Trocadero fue pintado de blanco, se instalaron lámparas capaces de crear distintos ambientes, se compró un televisor de segunda mano, se plantó una enredadera en la azotea que garantizaba sombra y aire fresco durante los meses de calor y, en el paso que iba del cuarto al baño, Dora en persona colgó un azulejo en su jaula que, decía ella, alegraba aquel pasillo oscuro y desolado donde, a ciertas horas de la madrugada, silbaba un vientecillo de fatalidad. Por su insistencia personal, Zavala se vio asimismo impulsado a trasladar un juego de mimbre desde Guanabacoa y media docena de colosales macetas desde un viejo tejar en el Wajay y, luego, subirlos con gran dificultad un domingo en la mañana, ante la curiosidad de los vecinos, que salieron admirados a observar la operación.

Al mismo tiempo, se empezó a notar que la apariencia de Dora iba transformándose. Poco a poco abandonó las ropas incitantes, los maquillajes llamativos, y hasta su gesto y la entonación de la voz fueron evitando la afectación y la falsedad.

Un día, como prueba de cuánto avanzaba aquella evolución, alguien trajo la noticia de que había visto a Dora trabajando como recepcionista en un  hospital.

Zavala por su parte parecía acomodarse, paso a paso, al orden que Dora introducía en su vida. Cada atardecer, sobre las siete, llegaba al quinto piso de Trocadero, donde Dora ya lo esperaba con la mesa lista, se bañaba y luego se sentaba a comer a su lado. A las nueve bajaba un instante con la basura del día, iba hasta la esquina y allí vaciaba el latón, con movimientos más bien resignados. Acto seguido subía y, en compañía de Dora, veía la televisión hasta la medianoche. A veces iban a la pelota y, sólo en muy contadas ocasiones, al cine. Algunas mujeres de la fábrica, al menos las del departamento, que son las que conozco y sufro cada día, persuadidas por sus propias inclinaciones hacia la fantasía, echaron a rodar la idea de que al fin Zavala se había asentado y que, a todas luces, era definitivamente feliz.

A decir verdad Zavala pregonaba en público las virtudes de su nueva existencia y de la propia Dora, y cuando se le preguntaba, acostumbraba sonreír maliciosamente y afirmaba que su etapa de soltero había concluido. Sin embargo, una tarde de fiesta, en la fábrica, Zavala se pasó con la cerveza y entre sus íntimos se confesó. Con palabras en las que no era posible ahogar el arrepentimiento, admitió que Dora había cambiado, que no era la muchacha rumbosa y despreocupada que él conoció, que ahora era una mujer que dirigía una brigada de choque en el hospital durante el día y que, por la noche, se dedicaba a contarle a él los problemas que tenía con los demás miembros de la brigada, gente ambiciosa, según ella, interesada únicamente en lograr el control del colectivo sólo por el placer de mandar y hacerse obedecer. A oscuras y acostados uno junto al otro, Dora le pedía consejos hasta que vencida por las tensiones se quedaba dormida, olvidándose de los ánimos necesarios para el amor. Una vida así, aseguraba Zavala, nada más le producía tedio y aburrimiento, y pronosticaba que cualquier día terminaba con ella. Los meses, no obstante, pasaban y todo continuaba igual.

Uno de aquellos atardeceres, Dora recibió a Zavala con el anuncio de que le habían solicitado en el hospital que fuera a trabajar en las montañas por dos años y, aunque la propuesta representaba un reconocimiento a su buen trabajo, su respuesta había quedado aplazada, pues ella quería consultarlo antes con él. Dora le habló entre ufana y perspicaz, y Zavala reaccionó con un optimismo desbordante. Eufórico y algo irreflexivo, Zavala empezó a concebir proyectos, le mencionó por sus nombres a amigos de años atrás que administraban granjas, dirigían escuelas, organizaban planes por las mismas montañas a las que ahora la destinaban, hasta prometerle que solicitaría ante Giordano —quien, en opinión de Zavala, contaba con muy buenas relaciones en provincia— un traslado temporal hacia el interior para, de este modo, poder estar juntos durante los próximos dos años.

Tres semanas más tarde Zavala no sólo la ayudó a preparar las maletas y la acompañó a la estación de trenes, sino que al pie del coche, a punto de partir, reiteró su decisión de unírsele cuanto antes.

Cómo sucedieron los hechos forma parte de la leyenda. Se sabe que a principios de la semana entrante llegó la primera carta de Dora, a la que siguieron una cada semana. Según se dijo, en ellas se quejaba invariablemente del trabajo, de las dificultades, de la vida que llevaba y, en especial, de la soledad. Eran extensas cartas escritas con una letra menuda y con un lenguaje que, a ratos, recordaba las novelas radiales. Zavala primero le respondió con expresiones apasionadas que pretendían trasmitirle un ánimo en verdad ambiguo, explicándole que ciertos problemas en su trabajo le impedían acompañarla por entonces y fijando su partida para una fecha que, en la siguiente carta, era objeto de una nueva posposición.

Al cabo de dos meses pasó lo que tenía que pasar: Zavala comenzó a encontrar dificultades para hallar excusas distintas y plausibles. Una tarde, al regresar del trabajo, fue sorprendido por otra carta de Dora. Esta era breve, y su contenido concluyente. Quizás le pareció extraño que Dora le escribiera de ese modo; herido en su amor propio Zavala la rompió en cuanto terminó de leerla. Nadie supo jamás qué confuso sentimiento debió de moverse dentro de él. Lo cierto es que ni siquiera hizo por responderle.

Después de aquella tarde Zavala no volvió a hablar de Dora, al menos que se supiera. Ni sus amigos más próximos hubieran podido testimoniar en este sentido. Parecía como si nunca la hubiera conocido.

Sucedió por esos días el triunfo de Vegueros, el cruce de una devastadora manga de viento por Matanzas y la llegada a la fábrica de tres especialistas búlgaros.

Recuerdo que de lo que más se habló entonces fue de los apresurados cambios en el Ministerio y la sorpresiva promoción de Giordano al organismo. Y Zavala, por supuesto, lo acompañó en aquella oportunidad, y por un tiempo dejamos de verlo.

Hoy comenzaron los carnavales. Temprano anduve por el Prado con mi mujer, pero buscando un lugar menos asfixiante se  me ocurrió subir hasta el Capitolio. En una esquina pedí unas cervezas y, cerca de las once, tal vez porque las cervezas no estaban frías y las sentía insípidas o por la misma insistencia de Caridad, decidí volver a casa. A esa hora el Parque Central concentraba una masa de gente que bailaba y cantaba de manera desenfrenada, como adelantando lo que luego sería la apoteosis de la madrugada, la cual ya me encontraría apaciblemente dormido. En el ambiente había un penetrante vaho de orines, sudores y alcohol que no salía de ningún lugar, sino que formaba parte de aquel bailongo frenético.

Cuando cruzaba Neptuno para ir en busca de Galiano, me pareció descubrir su imagen instantánea y fugaz como un chispazo. Fue una visión atropellada y confusa, como el telón de fondo sobre el cual pasaba. Tuve que volver a mirar para convencerme. Entre la muchedumbre que continuaba rumbo al Malecón, siguiendo vagamente los ritmos de una música que difundían los altavoces, reconocí la melena negra y las largas patillas de Zavala y me detuve para observarlo. Teñido por la luz naranja que derramaban las luminarias de la calle, Zavala y aquella muchedumbre tenían un tono espectacular e ilusorio. Algo que bien pudo ser la simpatía que siempre le tuve, me hizo llamarlo. Debió de escuchar mi voz por el modo en que se volvió, aunque fue incapaz de distinguirme. Reteniendo el paso con torpeza, miraba sin éxito hacia donde me encontraba. Le volví a gritar, haciéndole un gesto con la mano. Y fue así que me descubrió y, soltándosele con espontaneidad una sonrisa de júbilo que le tomó toda la cara, alzó un puño cerrado con el pulgar en alto, en señal de triunfo, como si mostrara un trofeo, al tiempo que con la otra mano señalaba hacia alguien que lo acompañaba y a quien, hasta el momento, yo no había notado.

Junto a Zavala marchaba una mujer de mediana estatura, cabeza alta y pelo sobre los hombros, tal vez de maquillaje chillón, pantalones ajustados y pulóver ancho, de franjas, quien con desenfado se volvió hacia mí y, como si me conociera desde siempre, me saludó sonriente y de una forma desmesurada.

Aquella visión duró un instante. No pude ver más ni de Zavala ni de la desconocida que le seguía, diluidos de pronto entre los miles de hombres y mujeres que eran arrastrados, entre las exaltadas sombras de aquella noche de carnaval, Prado abajo, en dirección al mar.

Caridad y yo continuamos por Neptuno. Como era de esperar, no habíamos llegado al Rialto cuando ya me estaba preguntando por aquel hombre que acababa de saludar.

—Es Zavala, un compañero de la fábrica —le contesté sin mucho interés.

E intentando hacerme ver, de un modo tajante, la vulgaridad de la mujer que lo acompañaba, me preguntó por ella.

—No la conozco, quizás sea su mujer —le respondí esta vez con menos interés aún.

Y mientras Caridad afirmaba por lo bajo que ella en cambio sí parecía conocerme, un poco sin darme cuenta me vino de golpe a la mente la imagen de Dora, y me quedé pensando en ella, no sé bien si con pena o con algo de cierta desazón, acaso no mal fundada.
 

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© La Jiribilla. La Habana. 2004