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El cuento de La Jiribilla
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LA CLAVE DEL
ÉXITO
Romualdo Santos
Zavala llegó a
la fábrica por primera vez un día de octubre, luego del
paso de un ciclón y de una semana de lluvias que
inundaron los almacenes y detuvieron el trabajo durante
casi diez días. Por aquella época se dijo que Zavala
venía recomendado por un amigo de Mellado, entonces en
la dirección. Más tarde se supo que, al parecer, la
intervención de una parienta de ese amigo, empleada de
tiendas y manicure a domicilio los fines de semana,
joven de piel muy blanca y llena de pecas, que había
sido novia de Zavala en un tiempo y con la que él
mantenía, no obstante, muy buenas relaciones, favoreció
su incorporación a la plantilla de la fábrica.
Destinado desde el
primer momento a trabajar como auxiliar de Gutiérrez en
la máquina de prensado, todos pudieron observar que,
durante los días que la planta estuvo detenida, Zavala
jamás le regateó el cuerpo a ninguna faena. Había que
verlo, con la melena revuelta y enmarañada, poniendo a
salvo de las aguas lo que se había producido en las
semanas anteriores o apuntalando los techos del almacén
y los de la sección de envasado, a punto de desplomarse
como si fueran de papel y varillas, o talando los
árboles derribados que bloqueaban el paso de los
camiones o sencillamente estando allí a la espera de lo
que se ofreciera.
Pero lo que explica
que hoy recordemos a Zavala no fueron aquellas largas
jornadas con las que debutó entre nosotros, ni las
sesiones de trabajo que cumplió cuando la planta echó a
andar y había que remediar de alguna manera las
pérdidas, sino más bien su carácter, su modo de
expresarse y de interpretar y exponer ciertos
acontecimientos de su vida. Y, claro está, su vida
misma.
Contaba el que había
sido un estudiante ejemplar durante sus años de
primaria.
—Yo no hacía más que
ir a la escuela, ver los muñequitos por la tarde en la
televisión y leer un libro de cuentos antes de dormir.
Así todos los días.
Afirmaba que, sin
embargo, en la secundaria comenzó su declinación. El
séptimo grado lo cursó no sin cierta dificultad y,
aunque pasó a octavo, debió arrastrar las asignaturas de
física y matemática. Al terminar ese año supo que no
había aprobado las materias de arrastres, por lo que
estaba obligado a continuar cursando el mismo grado.
—Mi madre se puso más
loca de lo que estaba. Fue a hablar con los maestros,
con el director, lloró, se haló los pelos, les pidió
ayuda y al fin sólo logró que me trasladaran de escuela.
Total, para nada. Al año siguiente una vecina le
aconsejó que me llevara al psicólogo, y este dio en el
clavo nada más que de verme y hacerle a ella dos o tres
preguntas. «Señora, le dijo, las discusiones de toda la
vida entre usted y su marido han agriado a este muchacho
por dentro, y ya no tiene arreglo.»
Cuando iba a repetir
el octavo, sucedió el divorcio de sus padres. El
carácter de su madre se volvió más irascible. En lugar
de asistir a clases, Zavala se iba a ayudar a un amigo
del barrio que acababa de convertir su casa en un
rudimentario taller de reparación de motos. Perdido el
entusiasmo por el estudio, Zavala no llegó a terminar
aquel curso. Sobreviviendo con la mensualidad que le
pasaba el padre y con lo que de mala gana, y tras una
vehemente discusión, le entregaba su madre, aprendió
mientras tanto los misterios básicos de la Yamaha, MZ y
Jawa, hasta que un día fue llamado por el ejército.
—Lo mío en el
servicio es historia de la buena, caballeros —proclamaba
como si el llamado del ejército lo hubiera estado
ambicionando desde el día en que nació—. Historia con
letras grandes, historia para ser contada.
Y se ponía a
hablarnos de sus tres largas zafras en el sur de
Camagüey, entre jejenes y mosquitos, sostenido sólo por
una escasa y mala comida al día; de su desempeño como
tanquista durante cuatro maniobras militares; de las
mujeres que había conocido en el curso de su breve pero
intensa existencia; y de sus aventuras sobre una MZ,
especialmente preparada por él para que más bien volara
sobre la carretera de Guanabo, a donde llegaba por lo
general diez minutos antes que los restantes miembros
del pelotón.
—Mi vida es una
novela, señores —repetía, si acaso creía descubrir
sospechas de incredulidad entre algunos de sus oyentes—.
Nada más hay que escribirla.
Y, volviéndose hacia
mí, me preguntaba:
—¿Qué dice el
escritor?
A todo esto se sumaba
el tránsito de Zavala por la fábrica. A los dos meses
había dejado de auxiliar a Gutiérrez y ya operaba una
máquina sin ayuda alguna. Él, por su parte, era tajante
en la explicación:
—Compañeros, es que
yo le tiro a todo. Esa es la clave del éxito.
De este modo un
mediodía, antes del almuerzo, lo llamaron de urgencia a
la dirección y le propusieron una plaza en el taller de
mantenimiento. Entonces, al menos así se explicó, había
dificultades con la mano de obra en aquella área.
—Eso es lo mío.
Fajado con los motores, las cajas de cambio, la grasa...
—le decía jactancioso a Gutiérrez, mientras daba la
impresión de representarse mentalmente el taller en
plena efervescencia.
Y a la mañana
siguiente se le pudo ver tendido bajo el Zil del
departamento de distribución, revisando las bandas de
freno o afinando un flamante Toyota, solemne como un
iniciado. Yo sé de más de uno que se preguntaba qué
había ganado Zavala con aquel cambio, que no fuera la
mugre que despedían los carros y que se le iba hundiendo
en la piel con la persistencia de un topo. No obstante,
cada vez que alguien se interesaba por el modo que le
iban las cosas en el nuevo trabajo, recibía por lo
regular la misma respuesta, un poco como para que no se
volviera sobre el asunto:
—¿Cómo usted cree que
le puede ir a un hombre de verdad?
Algunos a sus
espaldas insistían en cuestionarse si era en efecto
sincero cuando se esforzaba por trasmitir aquella
particular sensación de bienestar, júbilo y certidumbre.
Los rumores sobre las
aventuras y hazañas de Zavala seguían aumentando. Se
afirmaba que había echado a andar un camión chino dado
por inservible diez años atrás, incorporándole unas
válvulas españolas que durante mucho tiempo habían
permanecido arrinconadas en el almacén, por desconocerse
su fin último. Esta etapa en la vida de Zavala no sólo
resultó abundante en nuevas anécdotas, sino que de
cierta manera se proyectó hacia el pasado, enriqueciendo
el tono novelesco de lo que, una vez, todos aceptamos
como su biografía definitiva. De tal manera, que la
historia que circuló dos años antes volvía a oírse
magnificada por inéditos detalles. Y si en una de
aquellas ya distantes zafras, Zavala había demostrado
ser uno de los cortadores más largos de su unidad, ahora
se sabía que, al mismo tiempo, había sido uno de los que
con más fortuna había navegado durante los cuatro lentos
meses de corte, gracias a un particular encanto personal
que le permitió contar con una dieta extra, garantizada
por alguna de las guajiras de los alrededores, junto con
la muda de ropa limpia a la hora del baño y la cama
caliente dos o tres noches a la semana. Ante la pregunta
que evidenciaba escepticismo o ironía, Zavala
reaccionaba con seguridad:
—Es que yo sé cómo
hay que moverse en cada situación.
Y se extendía a
razonar sobre Margot, la camagüeyana que se había
ocupado de que nada le faltara:
—Era una trigueña con
nalgas europeas.
Y frente a la risa de
algunos, declaraba rotundo:
—Hay cuatro tipos de
nalgas: la cubana o africana, la europea o nalga triste,
la asiática y las demás.
Por esos días Mellado
dejó la dirección y pasó a un cargo de más jerarquía en
el Ministerio y, en su lugar, nombraron a Giordano,
quien llegó despachado desde Santiago con la gloria de
haber convertido en productiva una de las más
desastrosas empresas del interior. Durante las primeras
semanas casi nada varió. Pero bastó que Mellado mandara
a buscar a Papito, el chofer de la dirección, un viejito
almidonado, de ojos mansos, al servicio de la empresa
desde los años sesenta, para que una mañana Zavala
llegara a la fábrica conduciendo el Lada azul de
Giordano. No fue preciso ninguna pregunta. Zavala
espontáneamente ofreció la información de rigor.
—Resulta que Giordano
es amigo de Méndez... Más que amigo, hermano de Méndez,
y Méndez, que cortó conmigo durante dos zafras y sabe
qué tipo de hombre soy yo, lo puso en antecedentes y
bueno... Giordano enseguida me llamó a trabajar con él.
A partir de aquel día
Zavala se convirtió en el ineludible chofer de Giordano.
A menudo, durante las interminables horas en que debía
esperar porque Giordano pusiera fin a un consejo o un
despacho, Zavala aparecía por el taller sofocante y
opresivo al mediodía y, rodeado de sus compañeros de
otra época, se ponía a relatar las más excepcionales
aventuras en las que él como chofer de la dirección
había tenido, por supuesto, una intervención decisiva.
Igual refería la aventura vivida con una adolescente,
recogida por casualidad, una noche en medio de un ataque
de llanto, como detallaba el aditamento que le había
incorporado al carro de Giordano, convirtiéndolo en un
vehículo a prueba de
robos.
Sobre la adolescente
explicaba que la habían dejado abandonada, poco después
de La Habana del Este, tres hombres que, antes, la
habían invitado a dar una vuelta en auto. Sin perder de
vista los pormenores, Zavala relataba la forma en que se
había visto obligado a zarandearla para hacerla volver
en sí y enseguida montarla en el Lada y, a todo vapor,
perseguir a los tres hombres hasta darles alcance en la
boca del túnel. Allí los hacía detenerse y se iba a
conversar aparte con ellos. Los hombres, tratando de
contemporizar y atropellando las palabras, insistían en
que ellos eran gente alegre, incapaces de perversidad
alguna, que no habían tenido otra intención que hacerle
una broma a la muchacha y darle un susto, pero que ella
se había puesto histérica, dando gritos, arañando y
mordiendo y que no habían encontrado más solución que
hacerla salir del carro y dejarla en la carretera.
Zavala afirmaba, convencido, que sólo de oírlos se había
dado cuenta de que eran tipos sin escuela y que los
había dejado ir, para finalmente, seguro del terreno que
pisaba, volver al Lada donde había quedado la muchacha
reponiéndose del sobresalto y llevarla a una posada de
la bahía, en la que ella se le había entregado con una
gratitud que, él mismo explicaba, nunca olvidaría.
Por otra parte, y
frunciendo las cejas para trasmitirle gran fuerza de
verdad a lo que decía, juraba que acababa de inventar un
dispositivo que, adaptándolo al Lada, hacía sonar el
teléfono de la dirección y que, mediante un convenio con
la empresa telefónica, podía hacer sonar el de la
estación de policía, si alguien intentaba robarlo, y que
había enviado los detalles a Moscú para que los
fabricantes se lo reconocieran. Zavala, para la fecha,
se había convertido en la figura más popular de la
fábrica. Llegado a un punto, ya no necesitaba contar
nuevos lances sobre sí mismo, pues bastaba con los que
en torno a su vida ponían en circulación aquellos que lo
rodeaban y decían conocerlo bien.
Pero lo que trastocó
la imagen que de Zavala nos habíamos hecho todos, fue la
aparición de Dora, a quien desde meses atrás se le había
visto asediando la oficina de Giordano.
Dora debía de andar
por los treinta. Tenía la cabeza alta, los ojos vivos, y
el pelo castaño le caía sobre los hombros. Con
pantalones muy ceñidos y oscuros, pulóveres de rayas o
blusas de flores multicolores demasiado amplias, escotes
que llegaban hasta la unión de los pechos, muchos
collares, pulsos, una sortija en cada dedo de la mano y
un maquillaje más apropiado para la medianoche, llegaba
siempre que Giordano se encontraba inspeccionando la
planta o reunido en el Ministerio. Con modales de
muchacha ligera, cargando sus palabras y gestos de una
aparatosa frivolidad, lanzaba miraditas forzadamente
ingenuas a todo aquel que pasaba.
Durante mañanas
enteras permanecía hablando con Carmita, la secretaria
de la dirección, con una voz lánguida y algo cómplice,
hasta que Giordano irrumpía, empujando puertas y dando
instrucciones de inmediata ejecución. Lo que sucedía a
partir de ese momento formaba parte de un orden que
jamás se dejó de cumplir. Sin preocuparse por ocultar la
molestia que le causaba su repentina visita, Giordano la
hacía entrar en el despacho. Minutos después Dora salía,
con la sonrisa de mujer triunfadora a quien la suerte
del resto del mundo le resulta absolutamente
indiferente. Echando brasas y magnetizando a los hombres
con que se tropezaba, los dejaba entregados a
consideraciones mentales que tenían que ver con la
amplitud de sus caderas, lo abundancia de sus senos y la
carnosidad de sus labios, hasta mucho después que ya la
habían perdido de vista.
Dos o tres semanas
más tarde Dora reaparecía, nuevamente con su tonta
ingenuidad y sus gestos desmesurados. Y el mismo proceso
se reproducía con una fidelidad fotográfica: primero se
ponía a conversar con Carmita; en cuanto surgía Giordano,
este, de mala gana, se retiraba a hablar con ella a
solas, y en el acto ella se marchaba, saludando a todos
con el jubiloso hastío que la distinguía y haciendo oír
un taconeo rítmico y penetrante durante unos largos
segundos. Lo que se dijo entonces sobre Dora, sobre sus
esporádicas apariciones y sobre los ocultos lazos que la
unían a Giordano —o al menos que la habían unido alguna
vez— es algo que no interesa para la historia de Zavala.
Una de aquellas
mañanas Zavala, quien por lo visto estaba enterado de
esas visitas, abordó a Dora tan pronto esta, con su aire
indiferente y calculado, salió de la oficina de Giordano
y, sacándole conversación, hizo el camino con ella hasta
la puerta de la fábrica. Cuando al cabo de los quince
días ella regresó, ya no tuvo que acudir a Carmita para
aliviar el tiempo de la espera, pues allí, en la
mismísima antesala de Giordano, se encontraba Zavala,
solícito y expectante, quizás con un rayo felino en la
mirada y fumando más de la cuenta, pero dispuesto a
retomar la conversación en el punto en que la habían
dejado.
Luego de aquellos dos
encuentros, las cosas empezaron a cambiar. Dora,
evidenciando un progresivo desinterés por Giordano,
seguía visitando la fábrica a menudo, ahora con la única
finalidad de encontrarse con Zavala y dedicarse, durante
horas, primero a conversar con él y, después, antes de
que terminara el mes, a secretear y enamorarse por
pasillos y rincones.
Por esos días ya no
cabía duda para nadie de que Dora era —como decía
Gutiérrez— una mujer para divertirse, sobarle las nalgas
y meterse con ella en la cama, y más cuando empezaron a
llegar testimonios de que la habían visto junto a Zavala
en la entrada de un cine o un cabaret, o acurrucados en
la penumbra de un bar o reservando en la carpeta de
hoteles de diabólica presencia, o merodeando las posadas
de Vento, cerca de la medianoche. Ante aquellos
comentarios, Zavala sonreía socarrón.
—¿Qué quieren que
haga? —comentaba pasándose las manos por las anchas
patillas—. Yo le doy lo que ella necesita. Ni más ni
menos. Esa es la clave del éxito.
La imagen de un
Zavala seductor, frente al cual más de una mujer se
llegaba a sentir desamparada, aquella imagen de la que
tanto habíamos oído hablar durante casi dos años, se iba
concretando ahora ante nuestros ojos.
Pronto se conoció que
Dora dormía, algunas noches, en el cuarto que Zavala
ocupaba en una azotea de la calle Trocadero.
—Le sigo dando lo que
necesitaba desde hacía mucho tiempo, que conste. Eso es
lo que sucede —se jactaba por aquellos días, medio en
broma y medio en serio.
Una mañana Dora se
despertó después que Zavala se había ido a trabajar y
por primera vez se le ocurrió limpiar el cuarto. Cuando
terminó de fregar pisos que no habían conocido el agua
hacía al menos diez años y puso orden en una cocina
donde guardaban un dudoso equilibrio platos, cacharros
de todo tipo y pedazos de pan, corchos de botellas,
periódicos viejos y cajas de cigarros vacías, se dirigió
a casa de su tía en El Vedado; recogió sus cosas y, al
anochecer, regresó con la intención de quedarse a vivir
con Zavala, en aquel quinto piso sobre el cual el sol se
derramaba denso durante el verano, hasta penetrar en el
mismo medio de la habitación, y que, en invierno, era
batido por los fríos e intensos vientos que, cargados de
salitre y distancia, enviaba el Golfo.
La influencia de Dora
a partir de ese día se hizo evidente sobre la vida de
Zavala. Por indicaciones de ella, el cuarto de Trocadero
fue pintado de blanco, se instalaron lámparas capaces de
crear distintos ambientes, se compró un televisor de
segunda mano, se plantó una enredadera en la azotea que
garantizaba sombra y aire fresco durante los meses de
calor y, en el paso que iba del cuarto al baño, Dora en
persona colgó un azulejo en su jaula que, decía ella,
alegraba aquel pasillo oscuro y desolado donde, a
ciertas horas de la madrugada, silbaba un vientecillo de
fatalidad. Por su insistencia personal, Zavala se vio
asimismo impulsado a trasladar un juego de mimbre desde
Guanabacoa y media docena de colosales macetas desde un
viejo tejar en el Wajay y, luego, subirlos con gran
dificultad un domingo en la mañana, ante la curiosidad
de los vecinos, que salieron admirados a observar la
operación.
Al mismo tiempo, se
empezó a notar que la apariencia de Dora iba
transformándose. Poco a poco abandonó las ropas
incitantes, los maquillajes llamativos, y hasta su gesto
y la entonación de la voz fueron evitando la afectación
y la falsedad.
Un día, como prueba
de cuánto avanzaba aquella evolución, alguien trajo la
noticia de que había visto a Dora trabajando como
recepcionista en un hospital.
Zavala por su parte
parecía acomodarse, paso a paso, al orden que Dora
introducía en su vida. Cada atardecer, sobre las siete,
llegaba al quinto piso de Trocadero, donde Dora ya lo
esperaba con la mesa lista, se bañaba y luego se sentaba
a comer a su lado. A las nueve bajaba un instante con la
basura del día, iba hasta la esquina y allí vaciaba el
latón, con movimientos más bien resignados. Acto seguido
subía y, en compañía de Dora, veía la televisión hasta
la medianoche. A veces iban a la pelota y, sólo en muy
contadas ocasiones, al cine. Algunas mujeres de la
fábrica, al menos las del departamento, que son las que
conozco y sufro cada día, persuadidas por sus propias
inclinaciones hacia la fantasía, echaron a rodar la idea
de que al fin Zavala se había asentado y que, a todas
luces, era definitivamente feliz.
A decir verdad Zavala
pregonaba en público las virtudes de su nueva existencia
y de la propia Dora, y cuando se le preguntaba,
acostumbraba sonreír maliciosamente y afirmaba que su
etapa de soltero había concluido. Sin embargo, una tarde
de fiesta, en la fábrica, Zavala se pasó con la cerveza
y entre sus íntimos se confesó. Con palabras en las que
no era posible ahogar el arrepentimiento, admitió que
Dora había cambiado, que no era la muchacha rumbosa y
despreocupada que él conoció, que ahora era una mujer
que dirigía una brigada de choque en el hospital durante
el día y que, por la noche, se dedicaba a contarle a él
los problemas que tenía con los demás miembros de la
brigada, gente ambiciosa, según ella, interesada
únicamente en lograr el control del colectivo sólo por
el placer de mandar y hacerse obedecer. A oscuras y
acostados uno junto al otro, Dora le pedía consejos
hasta que vencida por las tensiones se quedaba dormida,
olvidándose de los ánimos necesarios para el amor. Una
vida así, aseguraba Zavala, nada más le producía tedio y
aburrimiento, y pronosticaba que cualquier día terminaba
con ella. Los meses, no obstante, pasaban y todo
continuaba igual.
Uno de aquellos
atardeceres, Dora recibió a Zavala con el anuncio de que
le habían solicitado en el hospital que fuera a trabajar
en las montañas por dos años y, aunque la propuesta
representaba un reconocimiento a su buen trabajo, su
respuesta había quedado aplazada, pues ella quería
consultarlo antes con él. Dora le habló entre ufana y
perspicaz, y Zavala reaccionó con un optimismo
desbordante. Eufórico y algo irreflexivo, Zavala empezó
a concebir proyectos, le mencionó por sus nombres a
amigos de años atrás que administraban granjas, dirigían
escuelas, organizaban planes por las mismas montañas a
las que ahora la destinaban, hasta prometerle que
solicitaría ante Giordano —quien, en opinión de Zavala,
contaba con muy buenas relaciones en provincia— un
traslado temporal hacia el interior para, de este modo,
poder estar juntos durante los próximos dos años.
Tres semanas más
tarde Zavala no sólo la ayudó a preparar las maletas y
la acompañó a la estación de trenes, sino que al pie del
coche, a punto de partir, reiteró su decisión de
unírsele cuanto antes.
Cómo sucedieron los
hechos forma parte de la leyenda. Se sabe que a
principios de la semana entrante llegó la primera carta
de Dora, a la que siguieron una cada semana. Según se
dijo, en ellas se quejaba invariablemente del trabajo,
de las dificultades, de la vida que llevaba y, en
especial, de la soledad. Eran extensas cartas escritas
con una letra menuda y con un lenguaje que, a ratos,
recordaba las novelas radiales. Zavala primero le
respondió con expresiones apasionadas que pretendían
trasmitirle un ánimo en verdad ambiguo, explicándole que
ciertos problemas en su trabajo le impedían acompañarla
por entonces y fijando su partida para una fecha que, en
la siguiente carta, era objeto de una nueva posposición.
Al cabo de dos meses
pasó lo que tenía que pasar: Zavala comenzó a encontrar
dificultades para hallar excusas distintas y plausibles.
Una tarde, al regresar del trabajo, fue sorprendido por
otra carta de Dora. Esta era breve, y su contenido
concluyente. Quizás le pareció extraño que Dora le
escribiera de ese modo; herido en su amor propio Zavala
la rompió en cuanto terminó de leerla. Nadie supo jamás
qué confuso sentimiento debió de moverse dentro de él.
Lo cierto es que ni siquiera hizo por responderle.
Después de aquella
tarde Zavala no volvió a hablar de Dora, al menos que se
supiera. Ni sus amigos más próximos hubieran podido
testimoniar en este sentido. Parecía como si nunca la
hubiera conocido.
Sucedió por esos días
el triunfo de Vegueros, el cruce de una devastadora
manga de viento por Matanzas y la llegada a la fábrica
de tres especialistas búlgaros.
Recuerdo que de lo
que más se habló entonces fue de los apresurados cambios
en el Ministerio y la sorpresiva promoción de Giordano
al organismo. Y Zavala, por supuesto, lo acompañó en
aquella oportunidad, y por un tiempo dejamos de verlo.
Hoy comenzaron los
carnavales. Temprano anduve por el Prado con mi mujer,
pero buscando un lugar menos asfixiante se me ocurrió
subir hasta el Capitolio. En una esquina pedí unas
cervezas y, cerca de las once, tal vez porque las
cervezas no estaban frías y las sentía insípidas o por
la misma insistencia de Caridad, decidí volver a casa. A
esa hora el Parque Central concentraba una masa de gente
que bailaba y cantaba de manera desenfrenada, como
adelantando lo que luego sería la apoteosis de la
madrugada, la cual ya me encontraría apaciblemente
dormido. En el ambiente había un penetrante vaho de
orines, sudores y alcohol que no salía de ningún lugar,
sino que formaba parte de aquel bailongo frenético.
Cuando cruzaba
Neptuno para ir en busca de Galiano, me pareció
descubrir su imagen instantánea y fugaz como un
chispazo. Fue una visión atropellada y confusa, como el
telón de fondo sobre el cual pasaba. Tuve que volver a
mirar para convencerme. Entre la muchedumbre que
continuaba rumbo al Malecón, siguiendo vagamente los
ritmos de una música que difundían los altavoces,
reconocí la melena negra y las largas patillas de Zavala
y me detuve para observarlo. Teñido por la luz naranja
que derramaban las luminarias de la calle, Zavala y
aquella muchedumbre tenían un tono espectacular e
ilusorio. Algo que bien pudo ser la simpatía que siempre
le tuve, me hizo llamarlo. Debió de escuchar mi voz por
el modo en que se volvió, aunque fue incapaz de
distinguirme. Reteniendo el paso con torpeza, miraba sin
éxito hacia donde me encontraba. Le volví a gritar,
haciéndole un gesto con la mano. Y fue así que me
descubrió y, soltándosele con espontaneidad una sonrisa
de júbilo que le tomó toda la cara, alzó un puño cerrado
con el pulgar en alto, en señal de triunfo, como si
mostrara un trofeo, al tiempo que con la otra mano
señalaba hacia alguien que lo acompañaba y a quien,
hasta el momento, yo no había notado.
Junto a Zavala
marchaba una mujer de mediana estatura, cabeza alta y
pelo sobre los hombros, tal vez de maquillaje chillón,
pantalones ajustados y pulóver ancho, de franjas, quien
con desenfado se volvió hacia mí y, como si me conociera
desde siempre, me saludó sonriente y de una forma
desmesurada.
Aquella visión duró
un instante. No pude ver más ni de Zavala ni de la
desconocida que le seguía, diluidos de pronto entre los
miles de hombres y mujeres que eran arrastrados, entre
las exaltadas sombras de aquella noche de carnaval,
Prado abajo, en dirección al mar.
Caridad y yo
continuamos por Neptuno. Como era de esperar, no
habíamos llegado al Rialto cuando ya me estaba
preguntando por aquel hombre que acababa de saludar.
—Es Zavala, un
compañero de la fábrica —le contesté sin mucho interés.
E intentando hacerme
ver, de un modo tajante, la vulgaridad de la mujer que
lo acompañaba, me preguntó por ella.
—No la conozco,
quizás sea su mujer —le respondí esta vez con menos
interés aún.
Y
mientras Caridad afirmaba por lo bajo que ella en cambio
sí parecía conocerme, un poco sin darme cuenta me vino
de golpe a la mente la imagen de Dora, y me quedé
pensando en ella, no sé bien si con pena o con algo de
cierta desazón, acaso no mal fundada.
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