La Jiribilla | LA CRÓNICA                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

CRÓNICAS ANTERIORES

LA crónica

A VIVA VOZ

Amado del Pino
| La Habana

A Juan Concepción, uno de los más talentosos poetas de mi Tamarindo, no le gustaba ir al cine para ver películas subtituladas. “Cómo voy a pagar por leer si a mí me han pagado para que lea”. Puede que sí, que  escuetas monedas hayan caído alguna vez en su bolsillo de pobre, pero casi siempre eran tan gratuitas como gozosas las lecturas de sus novelas en décimas. Juan Rufo, como lo conocían casi todos, fue un continuador de la narración rimada que se popularizó en los campos cubanos a partir de la década del 40 y que tuvo en “Camila y Estrella” o “Amores montaraces”, de Chanito Isidrón, su obra más conocida.

   Leer poesía es un arte delicado. Los de mi generación escuchamos fascinados aquellos discos negros que editó Casa de las Américas con la voz de los grandes de la metáfora en el continente. Muchos de los que ahora somos cuarentones, y entonces nos hacíamos llamar jóvenes poetas, imitamos el tono cadencioso, musical, casi perezoso de Neruda al decir sus sonetos o sus odas. Después supimos que se trata del acento chileno, pasado por la singularidad del gran artista. Tras oír a Lezama, algunos se volvieron un poco asmáticos para declamar como el formidable autor de Paradiso.

   Pocos han leído su poesía tan bien como Nicolás Guillén. La voz honda y redonda se conjugaba con una sabiduría especial para las pausas y los énfasis. También Roberto Fernández  Retamar. En este caso la sobriedad, el tono grave pero claro, el sutil don pedagógico, establecen una comunicación envidiable. Tengo un amigo que me dice, “cuando oigo a Retamar decir un poema, corro a leérmelo. Roberto los defiende demasiado bien y oyéndolo todos me parecen excelentes.”

   Tal vez porque vengo de la robusta oralidad del campo, quisiera que fueran más frecuentes las lecturas de poemas. Aunque la bandeja de entrada de mi máquina contiene  varias invitaciones a lecturas o descargas poéticas, habría que propiciar como en los setenta u ochenta  que los poetas levanten la voz en salas teatrales o sitios más concurridos.

   Una variante que se olvidó durante varios años en Cuba, es el Teatro Leído, que, cuando se hace acompañar de algunos movimientos básicos, se le suele llamar Puesta en Espacio. Acabo de regresar de un ciclo de lecturas y ratifiqué el poder de la palabra en el hecho escénico. Cuando el verbo es rotundo, portador de acción, semilla de sentimientos y caracteres se puede mantener a un público pendiente de esta representación primaria. Además, muchas veces el fervor de una lectura desencadena ese estado de gracia que conduce a la creación de un espectáculo.

    En un mundo amenazado por la frialdad o la incomunicación, es válido reclamar que nos miremos con más frecuencia a los ojos y nos regalemos el placer de escucharnos los unos a los otros.
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600