Seminario Conciliar de San
Carlos y San Ambrosio
LAS RUTAS DEL SABER
Josefina Ortega| La
Habana
No todos los paseantes que hoy
recorren el centro histórico de La Habana se percatan de
un edificio adusto situado al fondo de la catedral de La
Habana, con uno de sus lados frente al canal de entrada
a la bahía y a pocos metros de los restos arqueológicos
de la Maestranza de Artillería.
El historiador de la
Pezuela lo caracterizaba de esta manera: “Su superficie
forma extenso polígono irregular con la calle San
Ignacio por un lado y la explanada de San Telmo, por el
otro. Por la parte oblicua a San Ignacio mide 102 varas
castellanas; por el lado septentrional, 28 solamente;
por su parte en la cortina, 160”.
El edificio es ―nada
más y nada menos―
el Real Seminario
Conciliar de San Carlos y San Ambrosio, sede de
Estudios Superiores de Religión y en donde aún se
estudia la carrera sacerdotal.
La composición de
“retablo” en su puerta principal ―por la calle San
Ignacio, justo donde desemboca la calle Tejadillo―, es
uno de los pocos elementos de relieve de los exteriores
del edificio, y que ―según Joaquín Weiss― tiene mucha
similitud a otros portones situados en España, por
ejemplo, en la Universidad de Valladolid.
Su patio interior, el
claustro, las escaleras monumentales, de piedra de San
Miguel y pesadas barandas de caoba, además, la
hermosísima cancela de madera torneada son los
elementos interiores de valor.
El origen fue el
modesto colegio de San Ambrosio, fundado en 1689 por el
obispo Diego Evelio de Compostela, en una casa contigua
a la suya, en la calle llamada Compostela en honor al
obispo, y en la que estudiarían como matrícula inicial
12 niños varones, pobres, entre los cuales se despertó
la vocación religiosa, a fin de promover luego la
carrera sacerdotal.
En tiempos del
obispado de Gerónimo Valdés, al colegio de San Ambrosio
se le adicionarían las cátedras de Moral, Filosofía y
Cánones y poco después se denominaría Colegio Seminario
de San Carlos y San Ambrosio, en honor al Rey Carlos III,
quien mucho había ayudado a Valdés en este y otros
empeños.
Luego de la expulsión
de los jesuitas de España y de todos sus territorios de
ultramar y habiéndose confiscado todas las propiedades
de estos religiosos, el obispo Santiago de Echavarría
hizo que el edificio perteneciente a dicha orden y donde
radicaba el Colegio de San Ignacio ―en la calle del
mismo nombre―, le fuera entregado para situar allí el
colegio conciliar de San Ambrosio.
El edificio no era
entonces el que es hoy, sino una construcción similar,
comenzada a componer en 1700 por los miembros de la
Compañía de Jesús, y concluida definitivamente en 1767,
poco antes ser
expulsados del imperio*.
El obispo siguiente, el famoso
Juan José Díaz de Espada, además de agregarle al
seminario ciertas reformas constructivas, instruyó la
formación de las cátedras de Química y Botánica, y un
gabinete de Física.
Durante el obispado
de Díaz de Espada, el colegio alcanzó tal renombre
científico, que ni la universidad podía competir en
cuanto al saber avanzado de la época.
Fueron los años en
que en sus aulas estudiarían, por ejemplo, Félix Varela
y José Antonio Saco y durante los cuales la institución
se convertiría en centro de educación general.
En opinión de Emilio
Roig de Leushenring, sería este el período de más
brillantez del Seminario.
Con el tiempo la
secularización de la enseñanza en Cuba hizo que la
universidad dejara de ser la Real y Pontificia
Universidad de San Gerónimo de La Habana, copia fiel de
la Universidad de Santo Domingo, modelo de las
primeras universidades del nuevo mundo ―y según
Bachiller y Morales―, con la enmarañada lógica y las
malas nociones de física de la escolástica del siglo
XVI.
Así, convertida la
universidad en centro de ciencias modernas, el colegio
de San Carlos volvería a ser exclusivamente seminario
religioso.
Según Leushenring,
cuando Monseñor Manuel Arteaga ocupó la silla
cardenalicia, dispuso que el Seminario cambiara el
nombre por el de El Buen Pastor y fuera trasladado poco
después para un lugar fuera de La Habana.
El edificio se
convertiría en dependencias del arzobispado durante
varios años, pero con el tiempo volvería a ser Seminario
Conciliar de San Carlos y San Ambrosio.
Evidentemente,
las rutas del conocimiento a finales de siglo XVIII
―que pasa por secretos y criterios más o menos
científicos― tuvo en este edificio de La Habana un
claro ejemplo de los vaivenes de la sapiencia, las
buenas intenciones y los caprichos del género humano.
*A las tres de la mañana del 15 de junio
de 1767, el gobernador de La Habana Antonio María
Bucarelli sorprendió a los adormilados Jesuitas
destacados en la ciudad, con la lectura de la real Orden
del Rey Carlos III, en la que se decretaba la expulsión
de España y sus territorios de ultramar de todos los
miembros de la Compañía de Jesús.
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