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OPINIÓN INDEPENDIENTE
Y ASFIXIA MONOPÓLICA
El auge de la red
Internet ha permitido la aparición de vías alternativas
de expresión como Rebelión, La Jiribilla,
Red Voltaire, Indymedia, Argenpress, Al
Jazeera, etc. que constituyen una respuesta a las
necesidades de la información independiente. Es en esa voz insumisa y
justa, donde se ha refugiado la comunicación honesta,
permitirá sobrevivir a la opinión soberana en una era de
agobios y contracciones del discernimiento.
Lisandro
Otero|
La Habana
La relación entre la
palabra y el poder, entre los signos semánticos y las
esferas ejecutivas, es uno de los fenómenos que ha
definido a nuestra época. Construir la opinión pública
es una función del periodismo y solamente puede
ejercerse cuando existe un fuerte vínculo entre
quienes piensan y quienes actúan, cuando el emisor de
opinión establece una conexión eficaz con las bases
populares. Los periodistas nos consideramos depositarios
de una parte del dinamismo social, de los resortes que
actúan como impulsores de la comunidad. Debemos
analizar, diagnosticar, exponer y de igual manera
supeditar nuestro oficio a un cometido moral con una
dimensión más elevada a la simple tarea de informar y
opinar. El periodista, como ente sensible que descifra
su tiempo, es un intelectual y como tal es un sucesor
de los viejos sacerdotes que ordenaban la vida para el
hombre común y les proporcionaba un sentido a su
existencia.
En la medida que las
tecnologías se desarrollan vemos que el universo
informático se adelgaza en profundidad. Los noticieros
televisivos gana en adeptos y crecen en la atención
pública, pero a la vez adelgazan la intensidad de la
penetración Todo el texto difundido en un noticiero de
televisión de media hora de duración no alcanza a llenar
una sola página de un tabloide. Ello quiere decir que,
para diferenciarse del facilismo televisivo, el
periódico impreso tiene su destino marcado como formador
de opinión, como indagador en la esencia de los sucesos
contemporáneos, como punto de observatorio y examen.
No puede competir con la inmediatez de la radio ni con
la imagen en movimiento que aporta la televisión. Hay
apocalípticos que constatan que cada día se lee menos y
se ve más; la cultura de la figuración reemplaza
lentamente a la del entendimiento. No olvidemos que la
autoridad del periodismo impreso está vinculada a la
amplitud del establecimiento educacional, a la
alfabetización, el número de escuelas, el incremento de
matrículas, la propagación de la enseñanza superior.
La difusión
periodística también está relacionada con el desarrollo
de las tecnologías. Todos sabemos del aporte de
Gutenberg, pero pocos tenemos en cuenta que el
periodismo moderno no habría sido posible si en el siglo
diecinueve no se hubiese alcanzado una revolución
tecnológica de las técnicas de impresión y una notable
disminución del costo de producción del papel. La
invención del linotipo y de la estereotipia fueron
recursos que permitieron el aumento de las tiradas y la
disminución del precio de los periódicos. En nuestro
tiempo estamos asistiendo a otra revolución tecnológica
que amenaza el reinado de la imagen y está por
arrebatarle la supremacía a la televisión. Me refiero a
la revolución informática que ha convertido las
computadoras en el medio más popular para la
información. Ese nuevo vehículo no prescinde, en lo
absoluto, de las señales lingüísticas. Para ser un
receptor de televisión basta con tener los sentidos en
orden.
En el siglo que
comienza nos enfrentamos a nuevos desafíos que debemos
enfrentar con lucidez. La intolerancia racial, el
fanatismo fundamentalista, la explosión demográfica, los
déficit educacionales, la omnipotencia creciente de las
transnacionales, las catástrofes ecológicas, las
migraciones incontroladas, el consumo en auge de
estupefacientes, la desigualdad en la distribución de la
riqueza. El periodismo moderno tiene como deber
ineludible facilitar la toma de conciencia sobre esa
gama de riesgos y quebrantos.
El periodista es un
sacerdote laico y dentro de sus funciones se encuentra
la renovación de la fe en la eficacia de las virtudes
patrióticas. Nuestra independencia siempre ha estado
menguada por el poder del Estado. Pero en esta época
hemos pasado de los brazos del príncipe al regazo del
empresario. Son las grandes corporaciones las que dictan
hoy lo que hay que ver y pensar. Somos hombres de ideas,
de luchas ideológicas, de combates espirituales y por
ello el conformismo es el peor anestésico de la eterna
vigilia a que estamos obligados. No podemos ser agentes
de las clases dominantes porque nuestro oficio nos
obliga a ser beligerantes en favor de las clases
subyugadas.
En tiempos del
llamado socialismo real los periódicos adolecían de una
rigidez que los hacía ilegibles. Estaban compuestos de
partes oficiales, dogmas administrativos, partes
triunfales de las secretarías de gobierno y arengas de
funcionarios. El verdadero periodismo de investigación y
exposición objetiva de hechos, ejercicio del criterio y
expresión de opiniones no tenía un espacio dentro del
orbe moldeado a la soviética. La prensa en los países
capitalistas alardeaba, por su parte, de su
imparcialidad y rectitud. Ellos eran los verdaderos
campeones de la autonomía del pensamiento, decían. En
sus periódicos se divulgaba, según el lema de The New
York Times, “todo lo que debe publicarse”.
La guerra en Iraq ha
venido a demostrar que eso es puro engaño. Los
periódicos estadounidenses, unidos a sus estaciones de
radio y de televisión, se han dedicado a defender la
verdad oficial del gobierno de Bush sin deslizar ni un
átomo de hesitación en sus presentaciones. En el
lenguaje de los locutores se habla constantemente de
cómo las tropas han ido a Iraq a restablecer la
democracia, a luchar por la libertad del pueblo iraquí,
a aplastar para siempre el terrorismo. En ninguna
emisión se habla de las ambiciones de los grandes
consorcios petroleros, ni se mencionan las evidentes
vinculaciones financieras de Bush, Cheney y Condoleezza
con los carteles del hidrocarburo: Chevron, Texaco,
Mobiloil, Shell. No se va a las entrañas del fenómeno
que el mundo está sufriendo: la voracidad imperialista
de los grandes monopolios del capitalismo desarrollado.
El pueblo
estadounidense se traga estas monsergas inflamado de
patriotismo, creyendo realmente que combate por el
rescate de un pueblo encadenado sin percatarse que está
siendo usado para satisfacer el apetito de ganancia de
las empresas petroleras y de quienes las sirven desde
las esferas de gobierno. Lo peor es que todo ello está
dando óptimos resultados como lo demostraron las
recientes elecciones presidenciales. En las grandes
capitales se desarrollan manifestaciones masivas de
cientos de miles de personas contra la guerra: de Dublín
a Tokio, de Madrid a San Francisco las masas se lanzan a
la calle para protestar por la iniquidad, pero las
cadenas de televisión apenas dedican el uno por ciento
de su espacio a reseñar esa inconformidad universal. Sin
embargo, hora tras hora nos atosigan con el poderío del
armamento norteamericano, la eficacia de su fuerza
aérea, la infalibilidad de sus bombas teleguiadas, la
pujanza de sus recios tanques, sus impenetrables
blindajes, sus macizos cañones. El objetivo de esa
arremetida verbal es convencernos de la invencibilidad
de las fuerzas norteamericanas y lo inútil que es
ofrecer ningún tipo de resistencia ante el avance
incontenible de los superhombres.
Lo más grave es la
perversión del lenguaje. La manera en que se están
utilizando las palabras para enmascarar la verdad, para
crear un espacio ficticio ajeno a los verdaderos
acontecimientos. Un vocero del State Department es capaz
de declarar ante las cámaras que en la opinión pública
mundial estaba creciendo cada hora el apoyo a la
“cruzada liberadora” en Iraq, como si no existiese la
evidencia de esas fotos que muestran interminables
muchedumbres marchando contra la guerra.
Unido a todo ello va
la guerra psicológica. Los propagandistas del Pentágono
preparan falsificaciones de los hechos y todo ello
encuentra un eco propicio en la CNN, la NBC, la CBS y
en los grandes periódicos como The New York Times,
Los Angeles Times, The Wall Street Journal
y muchos otros. Ninguno de esos medios osa lanzar la
menor duda sobre los procedimientos encubridores del
sistema. Ninguno se atreve a cuestionar los escamoteos y
distorsiones, a pensar por cuenta propia, a alzar una
voz independiente del régimen de Bush. La llamada
“prensa libre” de la “democracia representativa” ha
encallado en las arenas de Iraq, como lo ha hecho en las
distorsiones respecto a Cuba y a Venezuela.
Se ha preparado una
vasta maquinaria de corrupción y lavado de cerebros que
oriente la propaganda bélica. Thierry Meyssan,
periodista de la Red Voltaire, ha denunciado que
se está poniendo en funciones un aparato de seducción de
periodistas e intelectuales para conquistar el
consentimiento de la opinión pública a la nueva política
de conquista imperial que predomina en Washington.
También se pretende eliminar a los dirigentes políticos
que se opongan a los designios expansionistas de Bush.
Recientemente Donald Rumsfeld señaló a Alemania y
Francia como los objetivos prioritarios de dicho plan,
dado el alto nivel de resistencia a la guerra que se
percibe en ambos países. En tiempos de Reagan se
desarrolló el concepto de “diplomacia pública” llamando
así al aparato de distorsión de la verdad y compra de
criterios. En aquellos tiempos se utilizó contra la
Unión Soviética y estaba bajo la autoridad del
vicepresidente, Bush padre. Entre las iniciativas más
destacadas estaban la Voz de América, Radio Libertad,
Radio Europa Libre y Radio Asia Libre.
Madeleine Albright se
percató, en 1999, del estado de deterioro de la imagen
de EE.UU. ante el resto del mundo y creó el puesto de
Subsecretario de Estado para la Diplomacia Pública. Al
llegar Bush, esa posición fue subordinada al portavoz
del Departamento de Estado. Tras el atentado del 11 de
septiembre esa esfera de actividades recuperó su
autonomía. Donald Rumsfeld instituyó en octubre de
2001, un Buró de Influencia Estratégica (OSI), dirigido
por un general. Ambos departamentos fueron coordinados
por el Grupo Militar de Información Internacional. (IMIG).
La OSI está dirigida por William J. Lutti, un ex asesor
de Cheney, que ha sido nombrado subsecretario adjunto
para Planes Especiales. El nombre en código de todo este
operativo es “Gray Fox”, zorro gris.
Los cuatro objetivos
fundamentales de la OSI, según informa Thierry Meissan,
son: primero, convencer a la opinión pública mundial que
el atentado del 11 de septiembre no estaba dirigido
solamente contra EE.UU. sino contra el conjunto de
naciones occidentales. Segundo, EE.UU. no lleva a cabo
una guerra contra el Islam, sino contra el terrorismo.
Tercero, EE.UU. no atacó a Afganistán, sino ayudó al
pueblo afgano a desembarazarse de los talibanes. Cuarto,
para paralizar el terrorismo todas las naciones
civilizadas deben unirse bajo la guía de EE.UU.
Pese a todos estos
esfuerzos las encuestas llevadas a cabo por el
Departamento de Estado demuestran que cada día crece el
deterioro de la imagen del gobierno de Bush y aumenta
la hostilidad hacia la política internacional del
gobierno en Washington. Este antagonismo es muy
visible en Francia y Alemania. El Congreso está
considerando aumentar el presupuesto de esta área, de
sus actuales 400 millones de dólares a 655. Rumsfeld
emitió a mediados de diciembre de 2002 la “Directiva
3600.1 Operaciones de Información” autorizando campañas
en gran escala para influir en la opinión pública.
Por su parte el
periodista Emmanuel Desloges, de Le Monde
Diplomatique, ha señalado la importancia de los
llamados “think tanks” en toda esta guerra ideológica.
Los principales son la Rand Corporation, el Brookings
Institute, el Consejo de Relaciones Exteriores que
publica la influyente revista Foreign Affairs, el
Hoover Institute y el Hudson Institute. El objetivo de
estos centros es realizar análisis y pronósticos que
ayuden a movilizar al orbe intelectual, la sociedad
civil y la opinión pública tras determinados proyectos e
iniciativas del gobierno norteamericano. También se
utiliza a algunas personalidades destacadas como
Kissinger, Brzezinski, Huntington y Fukuyama. En Gran
Bretaña existen otros organismos similares como la
Heritage Foundation, el Adam Smith Institute y el Center
for Foreign Policy Studies.
Al morir el magnate
brasileño Roberto Marinho dejó un imperio mediático
constituido por una cadena de 113 estaciones de
televisión así como periódicos y estaciones de radio.
Marinho se convirtió en uno de los más opulentos
empresarios latinoamericanos vendiendo sus telenovelas
en ochenta países. Comenzó con un pequeño periódico que
heredó de su padre en 1926 y en 1940 consideró que un
país con tan alto nivel de analfabetismo la radio era el
medio que podía alcanzar a las grandes masas. En 1940
abrió una estación radiodifusora y en 1960 se inició en
la televisión con la estación O Globo, que llegó a ser
el portaestandarte de su agrupación mediática.
Marinho no es un caso
único de monopolio centralizador en las comunicaciones
humanas. William Randolph Hearst comenzó a finales del
siglo XIX con un periódico en Los Ángeles y llegó a
poseer una red inmensa de diarios en EE.UU. Fue el
impulsor de la prensa amarilla que empleaba el
escándalo, el sensacionalismo y la difusión de la
violencia de las notas policíacas.
David Sarnoff arribó
a Nueva York como inmigrante ruso y se empleó en la
compañía Marconi de telégrafo inalámbrico. En 1921 se
convirtió en director general de la RCA y en 1926 creó
la NBC. En los años 40 comenzó a sentar las bases del
sistema de televisión que aún hoy se mantiene vigente.
Estos casos de
concentración monopólica son cada vez más frecuentes en
el área de la comunicación de ideas y de la información.
En EE.UU. cinco grandes corporaciones controlan lo que
ven, oyen y leen los norteamericanos. De los 500
canales de televisión existentes el grupo
NBC domina el 90% de los lazos por cable, los
cuatro estudios de cine más importantes y el 75% de la
programación emitida. La Clear Channel es dueña de 1 200
estaciones de radio. La News Corporation de Rupert
Murdoch domina el campo de la prensa escrita. La Viacom,
la NBC y la Fox tienen el dominio del 60% de la
expresión reflexiva y del raciocinio estadounidense.
La actual
administración de Bush está impulsando un proyecto para
viabilizar aún más esa concentración que dejaría al
pueblo estadounidense a la merced de la manipulación
ideológica de las grandes corporaciones financieras. La
Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) está
disponiendo la legislación que propiciaría la
concentración de medios en grandes carteles y haría
desaparecer a los independientes. Las pequeñas
estaciones, los periódicos locales, que no pertenecen a
las grandes cadenas, han iniciado un movimiento de
protesta con el lema “no voice, no choice”, que pudiera
traducirse como “sin emisión no hay opción”. La FCC
tiene el propósito de permitir que se amplíe el número
de estaciones y periódicos que puede controlar una sola
corporación. De acuerdo con esta tendencia los grandes
crecen y los pequeños desaparecen, los negocios menores
serán tragados por los grandes trusts.
Ted Turner afirma que
perder la posibilidad de expresión de los diminutos y
autónomos significa extraviar la riqueza de la
diversidad en las ideas. Las grandes corporaciones están
concentradas en la necesidad de incrementar ganancias y
no les interesa atender los requerimientos de las
comunidades menores ni la promoción de nuevas ideas y de
iniciativas inéditas. El debate público se está
empobreciendo. El gobierno de Bush aprieta cada vez más
las tuercas a su modelo totalitario con máscara
democrática.
Otro tanto sucede en
el orbe la publicación de libros. De las cinco empresas
que detentan el 80 por ciento del mercado
estadounidense, tres están en manos de grupos europeos.
Bertelsman controla más del 30 por ciento de las ventas
de libros en EE.UU. y los grupos ingleses Murdoch y
Pearson dominan un importante sector de la industria.
André Schiffrin
asegura que en los últimos diez años la edición ha
cambiado más que durante todo el siglo anterior al XX.
Los grandes grupos internacionales han ido adquiriendo
las pequeñas editoriales una tras otra. Estas reducidas
empresas se conformaban con pequeñas ganancias y
mantenían una estrecha relación con la vida intelectual
del país donde se hallaban asentadas. Los nuevos amos
son inmensos “holdings” insertados en lo que se llama la
industria de la comunicación y están ligados a
periódicos, revistas, cadenas de radio y televisión.
Hasta hace poco las
editoriales no se cotizaban en la Bolsa de Valores. Los
editores consideraban que algunos libros estaban
destinados a perder dinero, especialmente los tomos de
poesía y las novelas de autores noveles, pero
constituían una inversión para el porvenir y otorgaban
prestigio a quienes los publicaban. Hasta 1980 la
editorial Doubleday perdía dinero con el 90 % de los
libros que publicaba y se resarcía de sus pérdidas con
los “best sellers”. O sea, que la literatura comercial
asumía el papel de mecenas de la cultura más elaborada.
La idea que los editores existían únicamente para ganar
dinero parecía inapropiada y poco ética.
En no pocas
ocasiones, la vida de los libros ha tenido un parto muy
ligado al quehacer político. Un consorcio editorial
español poderoso, como el surgido en torno al periódico
El País, el Grupo Prisa, están muy unidos al auge
del PSOE. Un ejemplo de la fusión de editoriales por
megaindustrias es la absorción de Random House por la
RCA. Rupert Murdoch adquirió el imperio revisteril de
Condé Nast y Bertelsman compró Doubleday y Bantam.
Alfred Knopf también fue tragado por Bertelsman. El
grupo Pearson, que ya disponía de la prestigiosa Penguin
Books, adquirió Harper Collins. Tambien Simon & Schuster
y McGraw Hill han caído en la órbita de la concentración
monopolizadora. Se ha creado una brecha moral, dada la
entrega del universo de Gutenberg a las manipulaciones
del mercadismo.
El control de la
difusión del pensamiento en las sociedades llamadas
democráticas, en realidad las de economía de mercado,
ha alcanzado un grado superlativo. Los pocos editores
independientes que aun quedan no se arriesgan a la
prisión ni al exilio. Los valores culturales y la
autonomía de la razón están pereciendo bajo esta
absorción de los pulpos financieros.
El auge de la red
Internet ha permitido la aparición de vías alternativas
de expresión como Rebelión, La Jiribilla,
Red Voltaire, Indymedia, Argenpress, Al
Jazeera, etc. que constituyen una respuesta a las
necesidades de la información independiente, del
criterio emancipado de la razón de estado o de las
presiones monopólicas, libres de la voracidad de las
corporaciones transnacionales. Es en esa voz insumisa y
justa, donde se ha refugiado la comunicación honesta,
permitirá sobrevivir a la opinión soberana en una era de
agobios y contracciones del discernimiento.
Ponencia al Congreso Mundial de Intelectuales en
Venezuela
"En defensa de la humanidad".
Comisión de Medios Masivos de Comunicación.
Caracas, diciembre de 2004
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