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El mundo en guerra:
consideraciones sobre el
derecho a
la normalidad
El
capitalismo constituye, ante todo, una amenaza a la
Humanidad como especie. Abandonado a su dinámica
interna, regulado solo por sus propias contradicciones,
conduce a su propia destrucción, sí, pero no al
socialismo, como pretendía el optimismo decimonónico,
sino al apocalipsis.
Santiago
Alba |
Caracas
En 1959 un
hombre llamado Claude Eatherly, roto y desesperado,
lleva ya seis años recluido en un hospital psiquiátrico
de alta seguridad del Pentágono tratado por "trastornos
edípicos y sentimiento de culpa". Internado y liberado
muchas veces desde 1950, este hombre ha perdido toda
esperanza, no solo de reintegrarse a la vida normal de
sus contemporáneos, sino incluso
―y
mucho más grave―
de comprender exactamente la hechura de su problema. En
1945, de regreso del frente, Eatherly había evitado los
homenajes de sus conciudadanos y se había encerrado
tímidamente en su casa, agitado por un malestar
incomprensible que ni siquiera su mujer, que lo había
esperado con impaciencia y recibido con alborozo, pudo
soportar. En 1947, ya divorciado, sin lazos que lo
vincularan al optimista ajetreo de su país, decide
emigrar a Canadá, a donde lo acompaña su angustia y de
donde regresa un año más tarde sin haber conseguido
librarse de ella. En 1950, Eatherly se declara vencido y
alquila una habitación en un pequeño hotel de Nueva
Orleans; ingiere varias cajas de somníferos, se tiende
en la cama y por un momento siente el alivio de dejar
atrás el tormento que lleva dentro. Salvado en el último
momento, su inestabilidad mental alternará desde
entonces las tentativas renovadas de suicidio con
extrañas iniciativas de todo punto incomprensibles:
manda una y otra vez, por ejemplo, cartas compungidas a
Japón con algunos dólares incluidos en los sobres. A
partir de 1953, emprende una singular carrera de
delincuente. Eatherly, en efecto, entra en un comercio o
en una farmacia armado de una pistola que luego se
descubrirá de juguete, encañona al cajero y le conmina a
depositar la recaudación en una bolsa de papel; luego
sale tranquilamente, con una cierta parsimonia
exhibicionista, deja la pistola y el botín en la puerta
y se deja prender por la policía. Cada vez que hace una
cosa así, es conducido al hospital militar de Waco,
donde los psiquiatras describen muy científicamente su
caso: "Paciente completamente enajenado de la realidad.
Miedos, crecientes conflictos internos, pérdida de los
sentimientos, ideas fijas".
Pero,
¿quién es este incurable perturbado de nombre Claude
Eatherly? ¿Por qué las autoridades de los EE.UU. no lo
tratan como a un vulgar ratero y lo meten en la cárcel?
¿Por qué este empeño en "curarlo"? Pues bien: Claude
Eatherly era el piloto estadounidense que el 6 de agosto
de 1945, después de analizar las condiciones
atmosféricas sobre el cielo de Japón, escogió Hiroshima
para que el Enola Gay, a los mandos del coronel
Thibbets, arrojara la primera bomba atómica. Eatherly
contempló desde el aire el hongo místico de la explosión
y quizás se abandonó un instante al placer estético de
esta catedral de humo; después, de vuelta a la base,
supo que su acción había derretido a 200 000 japoneses
en apenas cinco minutos. El coronel Thibetts,
entrevistado más tarde por un periódico estadounidense,
declaró: "No tengo remordimientos. Se me dijo
―como
se ordena a un soldado―
que hiciese una cierta cosa y yo la hice. Y no me
habléis del número de las personas muertas. Yo no quería
que muriese nadie. Miremos de frente la realidad: cuando
se combate, se combate para vencer, usando todos los
medios a nuestra disposición. No me plantea el más
mínimo problema moral: hice lo que se me había ordenado
y en las mismas condiciones volvería a hacerlo".
Thibbets fue homenajeado, felicitado, condecorado y sus
compatriotas le hicieron sentirse orgulloso de su
acción; era el "normal". Claude Eatherly, en cambio, se
sintió mal; y como no se podía encarcelar a un héroe de
guerra sin que el gobierno y la sociedad estadounidense
se viesen obligados a enfrentarse a su propia
responsabilidad, fue recluido en el hospital militar de
Waco, de donde escapó en 1961 para desaparecer
―¿a
la manera quizás argentina o chilena?
―
sin dejar rastro. Fue recluido, es decir, no por haber
matado a 200 000 personas en cinco minutos, sino por no
haber sido capaz de "superarlo". Mientras él solicitaba
una y otra vez "la gracia del castigo", sus compatriotas
le castigaban precisamente declarándolo irresponsable de
sus actos; estaba loco: se “sentía” culpable.
En 1958 el
filósofo alemán Gunther Anders, uno de los grandes
teóricos del movimiento antinuclear, entró en contacto
epistolar con el prisionero de Waco mediante una primera
carta fechada el 3 de junio en la que el escritor
explica a Eatherly hasta qué punto su incapacidad para
"superar" las consecuencias de su acción era un motivo
de consuelo para él y sus amigos, comprometidos como
estaban en la tarea de sensibilizar al mundo frente a la
amenaza cósmica del armamento atómico. Después, durante
dos años el filósofo y el piloto mantendrían una
relación cada vez más estrecha
―incluido
un fugaz encuentro en Mexico―
que contribuyó, sin duda, a la rehabilitación personal
de Eatherly, pero también, por eso mismo, al
agravamiento de las presiones que sobre él ejercía el
gobierno estadounidense. En todo caso y para lo que aquí
nos interesa, los argumentos de Anders frente al
desamparo del prisionero estaban orientados a demostrar
que no era él, Claude Eatherly, responsable directo de
la muerte de tantos miles de personas, el que estaba
enfermo; la que estaba enferma era la sociedad que
consideraba anómala, irregular, enfermiza, su sanísima
reacción moral. A partir de las reflexiones recogidas en
su obra fundamental, La obsolescencia del hombre,
Anders insistía frente al desconsuelo de Eatherly en el
"desnivel prometeico" en virtud del cual la
desproporción entre lo que el hombre puede
(técnicamente) hacer y lo que puede representarse, entre
su capacidad de actuar, multiplicada ad infinitum
por el nuevo medio tecnológico, y su capacidad para
imaginar, tan limitada como hace un millón de años,
inducía esta incapacidad ya normalizada para responder
proporcionadamente a las inconmensurables consecuencias
de nuestros actos: es casi imposible representarse la
relación entre una ligerísima presión del dedo índice y
la muerte, 5 000 metros más abajo, de 200 000 personas,
como es asimismo imposible imaginar
―medir
concretamente―
la textura dramática de esta cifra. Los hombres,
engranados como ruedecillas en un nuevo contexto
tecnológico en el que "podríamos vernos implicados en
acciones cuyos efectos seríamos incapaces de prever y
que, de poder preverlos, no podríamos aprobar", nos
encontramos ante una nueva situación moral, sin
precedentes en la historia, que nos obliga a revisar el
concepto mismo de responsabilidad. En algún sentido,
dice Anders, nos hemos vuelto “inocentemente culpables”.
No tenemos suficiente imaginación para atar cabos,
enlazar continuidades, desenredar los hilos que vinculan
nuestros cuerpos a la destrucción de los cuerpos más
distantes. Y sin imaginación el mundo está moral y
políticamente condenado a perecer. El 13 de enero de
1961, Gunther Anders escribía una Carta abierta al
presidente Kennedy en la que declaraba lo siguiente
sobre el "caso Eatherly":
“Cuando
apelamos al aparato del que creemos ser meramente una
pieza inconsciente y consideramos totalmente justificada
la frase: “Nosotros solo hicimos lo que hicieron los
demás”, cancelamos la libertad de la decisión moral y la
libertad de la conciencia, convertimos la palabra
“libre” de la expresión “el mundo libre” en el término
más vacío e hipócrita. Temo que no hayamos sabido evitar
este riesgo. La grandeza de Eatherly consiste
precisamente en haber tenido la valentía de dar la
vuelta al argumento, con lo que se ha sustraido a la
perversión moral dominante. Eatherly proclama: aquello
en lo que yo solo he participado es también algo que yo
he hecho; objeto de mi responsabilidad no son solamente
mis actos individuales, sino todos “los actos en los que
he participado”; la pregunta de nuestra conciencia no es
solamente “¿Qué debemos hacer?”, sino también: “¿En
qué y hasta qué punto debemos participar?”. (...)
Comportarse de forma irreprochable en la vida privada no
es gran cosas, pues en esta esfera la costumbre suele
sustituir a la conciencia. Es para enfrentarse al sutil
terror de la participación para lo que se requiere una
auténtica autonomía moral y un verdadero valor cívico.
(...) Normalmente el aparato exime a todos
―incluso
a quienes lo dirigen y a sus propietarios―
de toda responsabilidad, de modo que al final nadie
asume responsabilidad alguna, y lo único que queda es
la tierra carbonizada de las víctimas y la radiante
buena conciencia de los necios” (pag. 187, Carta
abierta al presidente Kennedy, 13 enero 1961).
A esta
falta de imaginación, que se traduce en la buena
conciencia del coronel Thibbets o del irreprochable
funcionario Eichmann, Gunther Anders la llama "agnosia",
aunque en términos más familiares podríamos también
denominarla "indiferencia selectiva"; es decir, una
especie de sensibilidad minuciosa para lo pequeño y
banal, de honradez diminuta para lo más cercano y
trivial, y de insensibilidad ciega, absoluta, total,
para lo verdaderamente decisivo. Un ejemplo de "agnosia"
nos lo ofrece el propio presidente Truman, responsable
de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, al que una
revista de su país, con ocasión de su 75 cumpleaños,
preguntaba si se arrepentía de algo en su vida: "Me
arrepiento", respondió Truman, "de no haberme casado
antes". Otro ejemplo, éste más reciente e igualmente
ignominioso, nos lo proporcionó por su parte la
ex-ministra de Asuntos Exteriores del Estado español,
Ana Palacios, durante la que fuera en el año 2004 su
última visita al Bagdad ocupado. En traje de pionera
colonial ―con
esa sumisión coqueta a los clichés en la que anida el
más tranquilo desprecio de los otros- fue a visitar un
hospital infantil cuya reconstrucción estaba financiando
España, pero cuya destrucción había apoyado su gobierno;
recorría las salas en las que se trataba con dinero
español a niños de cuyas heridas o dolencias era
precisamente responsable el gobierno español y de
pronto, en una de las habitaciones, fijó una mirada
severa en el techo, donde se veía... una pequeña grieta.
Al día siguiente, algunos periódicos españoles
reprodujeron con admiración la noticia de que esta mujer
que había empujado las bombas cielo abajo con la mirada,
siempre exigente y meticulosa, con insobornable
honestidad de oficinista, había regañado al maestro de
obras por su negligencia imperdonable. Indiferencia,
pues, ante las ruinas y los escombros, pero sensibilidad
extrema ante las grietas: podemos decir que esta
enfermedad social que Anders describía a Eatherly para
convencerlo de la salud superior que transportaba su
tormento, era y sigue siendo
―hoy
quizás más que nunca―
la nuestra.
Más allá de
las inasibles corrientes de la complejidad económica de
nuestro mundo
―e
instalada en su seno como su opacidad y su parásito―,
la agnosia o, valga decir, la normalidad
constituye el verdadero misterio y la más obstinada
resistencia para el cambio social.
En 1933 un
hombrecito que había sido pintor y al que una granada
había herido en el frente de la Primera Guerra Mundial,
fue nombrado canciller de Alemania por el presidente
Hindemburg. Años más tarde, después de haber exterminado
a gitanos, comunistas y judíos y de haber provocado una
guerra que costó 60 millones de muertos (la tercera
parte soviéticos) este hombrecito fue llamado "Hitler".
No es que antes se llamara de otra forma, pero sin esta
perpetración de catástrofes
―como
antes de ella―
su nombre nos sonaría tan plano e inocente como "Gomez"
o "Smith". En 1933 Hitler no era todavía "Hitler" e
incluso los intelectuales alemanes que huyeron
tempranamente al exilio se llevaron la sensación de un
contratiempo provisional: "no durará más de un año". Si
hoy nos parece que Hitler fue siempre "Hitler" es en
virtud de eso que Aristóteles llamaba "entelequia" y que
hoy nombraríamos quizás "virtualidad"; es decir, la
operación mental mediante la cual tratamos
retrospectivamente un objeto como si siempre hubiera
sido aquello que llegará a ser. Eso es lo que hacen, por
ejemplo, los malos biógrafos cuando investigan la
infancia de Napoleón a partir de sus grandes conquistas
europeas y ven manifestarse a "Napoleón" en pequeñas
señales ―ambición
en el juego, hábitos alimenticios, lecturas de
adolescencia―
que pasaron desapercibidas y que nadie recordaría de no
haberse convertido más tarde en "la Razón a caballo",
según la descripción que hizo Hegel de él tras su
irrupción en la ciudad de Jena. Nadie vio estas
"señales" en el caso de Hitler, ni en 1933 ni en 1937 ni
tampoco, probablemente, en 1940, cuando las potencias
europeas, tras la política llamada de "apaciguamiento",
reculaban impotentes ante el poderío militar del
ejército nazi. Si Hitler es hoy "Hitler", si hoy Hitler
fue siempre "Hitler", cifra de todo mal, es menos por
las atrocidades que cometió que por el simple hecho
―sin
duda consolador―
de que no venció. Pero no olvidemos que lo que hizo
―desmantelamiento
del orden jurídico internacional, invasión de países
soberanos, desplazamiento y exterminio de población
civil―
lo hizo en tan solo doce años, apenas un poco más
de los al menos ocho años que George W. Bush se
mantendrá en la presidencia de los EE.UU.
Buscando
procedimientos contra nuestra normal falta de
imaginación, alguna vez he comenzado una charla leyendo
una breve cronología de los años 30 en Alemania (el
incendio del Reichstag, la quema de libros, la
disolución de los partidos, el abandono de la Sociedad
de Naciones, la anexión del Sarre, las leyes de
Nuremberg, el bombardeo de Guernica, la anexión de
Austria y de los Sudetes, las primeras deportaciones a
Dachau, la noche de Cristal, la invasión de Polonia),
cronología que inmediatamente he prolongado con la
lectura muy rápida, un poco acezante, de un dosier de
noticias de los últimos tres años, con el 11-S como
punto de arranque (la Patriot Act, las leyes
antiterroristas en todo el mundo, los empleos perdidos,
las empresas quebradas, la invasión de Afganistán, las
movilizaciones, los golpes de Estado, la intervención en
Filipinas, en Colombia, en Nepal, el campo de
concentración de Guantánamo, la ocupación de Iraq). El
efecto es relampagueante: despojados de su inmediatez
ansiolítica, liberados de esa magia periodística que nos
presenta como igualmente divertida una boda principesca
y una matanza, convertidos de alguna manera ya en
pasado, estos acontecimientos desnudos y encadenados
nos hacen pensar quizás que estamos viviendo una
catástrofe. Pero, ¿es que no estamos viviendo una
catástrofe? Estamos viviendo una catástrofe. Y entonces,
¿por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué nos parecen tan
ominosos, tan siniestros, tan irrepetibles, los
acontecimientos de 1935 y tan normales, tan candorosos,
los del 2004? Insistamos una vez más: también era normal
el horror de 1935 en 1935. Al encadenar los
acontecimientos de esta manera los despojamos de aquello
que nos permite soportarlos: todo ese cálido cimiento
antropológico, ese juego material de relaciones, ese
relleno mundano que amortigua su pugnacidad y redondea
su filo. Entre asalto y asalto los judíos de 1935
compartían la comida, hablaban de bodas y adulterios y
comentaban las últimas noticias: “qué tiempos tan
malos”, y cada vez que se decían esto unos a otros, con
un vaso de te entre las manos, se sentían seguros y casi
invulnerables. Hoy sabemos lo que significaron para
Europa esos años; retrospectivamente cada uno de esos
momentos está preñado de la tragedia que estallaría más
tarde y nos parece, por tanto, que el dramatismo de
aquella época es incomparable con el de la nuestra. Pero
entonces, como ya hemos dicho, Hitler no era todavía
Hitler sino un hombre al que la mayor parte de la
población alemana
―incluidos
algunos intelectuales señeros, como Jünger o Heidegger―
apoyaban. La filósofa francesa Simone Weil, una
excepción, describía a su regreso de Alemania en 1933 la
indiferencia de comunistas, socialistas y sindicatos,
que no se apercibían de nada; y comparaba, como hacemos
con los EE.UU. hoy que hemos vuelto a sumergirnos
ásperamente en la historia, el Tercer Reich con el
Imperio Romano. No darse cuenta, sino demasiado tarde
forma parte del hecho de que los hombres no vivimos
entre las causas sino entre las cosas, erguidas en el
espacio, claras y tranquilizadoras incluso los grises
días de lluvia: edificios que se mantienen más o menos
en pie, periódicos, una manzana sobre la mesa, cuerpos
familiares que se repiten a nuestro alrededor. No darse
cuenta sino demasiado tarde forma parte del hecho de que
los hombres no vivimos en la Historia sino en la
sociedad; no experimentamos cotidianamente
―salvo
en los malos sueños- las leyes de lo que nos falta sino
los medios materiales, por precarios o escasos que sean,
de lo que aún tenemos o todavía no nos han quitado. Y
allí, alrededor del fuego, en torno a la frágil mesa mal
calzada, por encima de un mínimo de calor y un
mínimo de alimento, poder comentar en voz alta y en
compañía lo malos que son los tiempos nos produce más
placer que dolor la maldad misma de los tiempos.
Así que en
principio hay algo que compartimos con los alemanes de
1933: como ellos, nosotros también comentamos "qué
tiempos tan malos" y nos sentimos seguros cada vez que
lo hacemos. Se me va a permitir que utilice un
"nosotros" retórico para referirme sobre todo a las
poblaciones de eso que ha dado en llamarse engañosamente
Occidente para designar, con independencia de la
geografía, la zona aleatoriamente ventajosa y
necesariamente criminal de la cartografía económica del
capitalismo. Como el resto del mundo, también los
occidentales, entre los que me cuento, somos prisioneros
de esta dulce ley social; pero como occidentales que
somos nos cuesta un particular trabajo representarnos
todo el horror de las noticias del 2004 por
motivos históricos muy concretos. Durante los últimos
sesenta años los occidentales hemos podido exportar la
violencia al resto del mundo, junto con nuestras
chucherías y nuestros valores, manteniendo un orden casi
exquisito, e incluso algunas libertades, en el interior
de nuestros mercados fortalezas. Pero esto se ha debido,
en realidad, no solo a la hegemonía económica y militar
de Europa y de EE.UU.; se ha debido, sobre todo, a un
enorme, teatral, cotidiano acto de propaganda. Las
libertades políticas y las garantías sociales, esa
combinación maravillosa y fragilísima que se bautizó con
la rúbrica de Estado del Bienestar, fueron en realidad
concesiones hechas a las poblaciones europeas contra la
Unión Soviética. La prueba es que en EE.UU. ese Estado
del Bienestar nunca hizo falta y que, apenas colapsado
el bloque del Este, las más agresivas políticas
neoliberales lo han desmantelado en toda Europa en
apenas diez años, derribando de un soplo algunas
conquistas elementales que se había tardado dos siglos
en alcanzar. Ese acto de propaganda ha consistido
básicamente en un mito fundador, legitimado de un modo
irreductible en la presunta victoria sobre el fascismo
(cuyo mérito siempre sustraemos a la Unión Soviética y
sus 20 millones de muertos), en virtud del cual, tras
esa victoria, todo ha sido paz, libertad y democracia en
el mundo; tras esa victoria nuestros Estados de Derecho
monopolizaron toda violencia y toda justicia, de manera
que cualquier alternativa o resistencia quedaba
inmediatamente deslegitimada como injusta y criminal.
Este mito pretende que no ha pasado nada en sesenta
años, que nuestro mundo es libre e inocente, que encarna
valores superiores y una historia de superior moralidad,
y que hay que defenderse de elementos alógenos, sin
ninguna relación con nosotros, a los que jamás hemos
tocado ni ofendido, procedentes del espacio exterior,
como los aerolitos y los virus; elementos inasimilables,
universales del Mal, contra los que hay que defender a
veces la democracia que tan duramente hemos conquistado
en sacrificada lucha contra el fascismo. Este mito se ve
afianzado cotidianamente por procedimientos de
manipulación hasta tal punto incorporados a la
espontaneidad de nuestra percepción que ni siquiera
entramos a considerarlos. Pienso ahora, por ejemplo, en
la celebración todos los años
―todos
los días―
del llamado día de la Memoria o día del Holocausto y
cómo se utiliza –en España, en Italia, en Alemania, e
imagino que igualmente en Latinoamérica- no para alertar
sobre las carnicerías presentes sino, al contrario, para
eximirse una vez más de toda responsabilidad, proclamar
en voz alta la propia inocencia y localizar todas las
amenazas en un futuro indeterminado y, en cualquier
caso, en una cultura que no es la nuestra. Mientras los
EE.UU. bombardean Faluya convirtiéndolo en el enésimo
Guernica de la última centuria, mientras los israelíes
arrancan olivos y disparan sobre los colegiales,
nosotros vamos a comprar comida para nuestro gato,
ayudamos a hacer los deberes a nuestros niños y nos
creemos buenos. No, hacemos algo peor: recordamos el
Holacausto. Hay que recordar, se nos dice, para que no
vuelva a ocurrir, como si lo único que pudiera ocurrir
en este mundo, lo único que debiéramos temer, es que los
nazis vuelvan a exterminar a seis millones de judíos.
Como si después de esta atrocidad no hubiera pasado
nada; como si por debajo de esta atrocidad no pasara
nada. Hay que recordar
―se
nos insiste―
para que no vuelva a ocurrir, creando así la ilusión de
que en estos últimos sesenta años no ha ocurrido nada de
lo que tengamos que dolernos o acusarnos. Pero al día
siguiente del fin de la Segunda Guerra Mundial,
empezaron o siguieron decenas de guerras en todo el
mundo: La 1ª guerra árabo-israelí
―que
áun continua―
en 1948, Corea en 1950, inmediatamente la intervención
francesa en Indochina, Vietnam, Laos y Camboya, el
millón de muertos de Argelia en 1960, las guerras de
liberación en Africa y después las cuarenta guerras
civiles, las masacres sin cuento en Latinoamérica con
sus dictaduras sangrientas financiadas y apoyadas por
EE.UU... una catarata de horrores, en fin, en medio de
la cual nosotros los europeos nos habríamos mantenido
virginales, sin tacha, con las manos y la conciencia
limpia, en esta nuestra aireada y simpática azotea en la
que, sesenta años más tarde, estaríamos amenazados de
nuevo, ahora desde el exterior... por el "terrorismo
internacional".
Esta
ilusión de vivir fuera de la historia, de que en Europa
no pasaba nada y no podía pasar nada, de que en 1945
habíamos dejado definitivamente atrás una fase penosa
del progreso humano a la que no se podía retornar, ha
estado reforzada por un instrumento tecnológico de vital
importancia: la televisión. Desde los años sesenta
Europa ha vivido a este lado de la pantalla, del lado de
la televisión en el que no pasaba nada, del lado de la
televisión desde el cual se veían pasar las cosas
―la
caravana de las desdichas ajenas sobre un fondo de
música crepuscular―
a una distancia inalcanzable. Hemos sido unos mirones
durante cincuenta años y esta facultad de mirar, allí
donde el resto del universo era mirado, estudiado y
despreciado; esta depredación visual mediante la cual,
además de las riquezas y las vidas, hemos saqueado
ininterrumpidamente también las imágenes de nuestras
víctimas; este permanente vaciar de existencia el dolor
de los otros a través de la mirada ha ido acompañado
siempre de la sensación de invulnerabilidad, de la
convicción de una superioridad a cubierto de toda
asechanza y todo daño. La televisión, desengañémonos,
nunca ha servido para acercarnos al sufrimiento ajeno ni
para que subroguemos con la imaginación el destino de
los otros. Esta es una de sus paradojas: la televisión
nos acerca la lejanía, afirmando al mismo tiempo su
lejanía; no nos acerca las cosas lejanas: es que nos
acerca la lejanía misma de las cosas que no nos pueden
alcanzar. Nos acerca el hecho de que están lejos,
manteniéndolas en su distancia inofensiva. A través de
su pantalla vemos desde muy cerca, por así decirlo, cuán
lejos, cuán remoto, cuán distante está todo: todo
eso ―es
decir―
que a nosotros nunca podrá ocurrirnos. La mayor parte de
las cosas no nos conciernen, es verdad, porque no somos
conscientes de ellas; con la televisión somos
conscientes, por el contrario, de que las cosas no nos
conciernen. La televisión, paradójicamente, asegura así,
mediante su llamarada de imágenes, la falta de
imaginación de los espectadores, su incapacidad
agnósica para representarse moral y políticamente las
conexiones de este mundo y, más concretamente, las
largas mechas que, saliendo de nuestras casas, van a
hacer estallar barriles de pólvora a miles de
quilómetros de distancia. La televisión "divierte" o
"distrae" en su sentido etimológico más exacto: arrastra
hacia otra parte, voltea la mirada, vierte nuestro
espíritu fuera de los carriles de la realidad, nos
descarrila. La Venezuela bolivariana, que en abril del
2002 resistió algo casi más irresistible que una
invasión de marines, que fue capaz de sobreponerse a un
golpe de estado mediático, a un pronunciamiento
hipnótico ―no
a la suplantación criminal de su presidente sino, más
allá, a la suplantación criminal de la realidad misma―
sabe muy bien hasta qué punto estas palabras del viejo
Indro Montanelli, dirigidas contra Berlusconi, pueden
aplicarse a cualquier país del mundo: "Hoy, para
instaurar un régimen dictatorial, ya no es necesaria una
Marcha sobre Roma ni un incendio del Reichstag ni un
asalto al palacio de Invierno. Bastan los llamados
medios de comunicación de masas; y sobre todos ellos,
soberana e irresistible, la televisión".
"Creo que
la inmoralidad o la culpa hoy en día", declaraba el
mencionado Gunther Anders en una entrevista de 1979, "no
consisten en la sensualidad ni en la infidelidad ni en
la improbidad ni en la relajación de las costumbres, ni
siquiera en la explotación sino en la falta de
imaginación". Indiferencia ante los escombros y las
ruinas y sensibilidad ante las grietas, hemos dicho, es
la marca de esa agnosia occidental que pierde
concienzudamente la conciencia, pero también de esa
impasibilidad milenaria que constituye la normalidad
humana, bajo gobiernos y culturas diferentes, desde hace
un millón de años. Hay, por así decirlo, una normalidad
"normal" y una normalidad canallesca, dependiendo del
lado del mundo desde el que despleguemos nuestra
indiferencia. La falta de imaginación es el derecho de
los pobres, de los explotados, de los bombardeados, de
los que bajan la cabeza hacia el arado o hacia el
martillo, de los arrodillados por el trabajo, de los
empujados a un rincón, de los que tienen hambre, de los
desheredados del planeta; en una palabra, de las
víctimas, a las que podemos perdonar su incapacidad para
representarse la ley de lo que les falta o de lo que les
han quitado, ocupados como están en gestionar sobre un
hilo lo que todavía poseen. Esos tienen ya bastante con
cerrar su grieta, una y otra vez, todas las mañanas. En
su Sobre la historia natural de la destrucción,
el escritor alemán W.G. Sebald describe algunas escenas
inquietantes y al mismo tiempo hermosas de la actividad
aparentemente irracional de hombres y mujeres -culpables
quizás de su ceguera política, pero ahora ellos mismos
víctimas de la guerra- entre las ruinas de las ciudades
alemanas devastadas por los bombardeos de la Segunda
Guerra Mundial: la taquillera del cine enteramente
destruido por una bomba que barre y barre los escombros
con la esperanza de poder abrir "para la sesión de las
dos"; la familia que toma el te un poco hierática en el
único balcón intacto de un edificio derruido; la
actividad concienzuda de una mujer que limpia los
cristales de una casa solitaria en un desierto de
ruinas. El propio Sebald, que escribe su libro para
desenterrar este esfuerzo de amnesia colectiva, reconoce
que esta inercia de normalidad en un mundo disparatado y
patas arriba constituye el último asidero de la "salud
mental". Por mi parte, añadiría que esta normalidad,
esta falta de imaginación en medio del fuego, puede
llamarse a veces incluso "dignidad". Yo mismo he visto
en Bagdad, la mañana misma de la invasión
estadounidense, a una cuadrilla de obreros levantar
ladrillo a ladrillo una casa, sin importarles que esa
misma noche un B-52 fuese a echársela abajo; o a un
hombre lavar su viejo coche abollado silbando una
canción; o a una mujer preparándose para una boda que
con toda seguridad había de suspenderse. He visto
también a encargadas de guarderías, en los terribles
campos de refugiados palestinos del Líbano, enseñar a
los niños la geografía de un país al que probablemente
nunca podrán volver; o cocinar con esmero, reparar una
mesa, coser una bandera, abrir y cerrar una tienda
―y
a veces reír y jugar a las cartas y beberse un café―
sin cielo sobre la cabeza y con apenas dos pulgadas de
tierra bajo los pies. Bien mirado, esta normalidad
obstinada de los que sufren, esta falta de imaginación
que lleva a millones de hombres y mujeres avasallados a
cerrar sin descanso la pequeña grieta mientras las
paredes se vienen abajo, es algo así como una
declaración de independencia frente al poder que los
avasalla: podrás matarme
―parece
decir el gesto diminuto, la cotidianeidad empedernida―
pero no podrás cambiar mis costumbres.
Pero, ¿y
del otro lado? ¿Y en el lado del mundo
―una
clase social más que un hemisferio―
del que procedo? ¿Donde los aviones no sobrevuelan
nuestras casas ni el hambre se arrastra entre nuestras
piernas, donde hay dos coches por familia y tres
televisores por casa, donde los yogures caducan en el
frigorífico y los perros van al psiquiatra, donde se
viaja al extranjero dos veces al año y se vuela todos
los días a través de la red hasta el dormitorio de un
desconocido de las antípodas? ¿Tenemos ahí derecho a la
normalidad? En esta economía salvaje que decide la
distribución de los campos al mismo tiempo que nuestra
posición en ellos, la libertad es también una celda; los
privilegios, las ventajas, los chaparrones de mercancías
son también una prisión. Pero en esta prisión no tenemos
ya derecho a no ver; no tenemos derecho a ser
normales. No tenemos derecho, desde luego, a moralizar.
La normalidad del así llamado Occidente no es una
declaración de independencia sino una declaración de
guerra al resto del mundo. Nuestra falta de imaginación
borra permanentemente el pasillo que une las dos vidas
―una
diurna y otra nocturna―
de cada uno de nosotros. Pienso en el oficial nazi de
Roma cittá aperta de Rossellini, pasando a través de
una delgada puerta del cuartucho donde acaba de torturar
al resistente a la sala caldeada y elegante donde sus
compañeros beben cognac, juegan al ajedrez y leen a
Kant. Pienso en esos jóvenes israelíes que van en
autobús a matar palestinos en Cisjordania y vueven a
tiempo, como de un trabajo de oficina, para cenar en el
restaurante chino, bailar en la discoteca y discutir con
sus amigos sobre la legalización de las drogas o la
eutanasia. Pienso con un estremecimiento
―sin
una puerta de separación, sin un autobús de distancia―
en esa Sabrina Harman, con su sonrisa angelical,
fotografiada sobre el rostro sin vida del prisionero
iraquí al que acaba de matar en Abu Gharaib. Pienso
asimismo en ese partido de futbol que, en 1944, se
organizó en el campo de concentración de Auschwitz,
mientras los hornos crematorios humeaban, entre un
equipo de miembros de las SS y otro de prisioneros del
Sonderkommando y del que el filósofo italiano
Giorgio Agamben nos dice lo siguiente:
"A algunos
este partido les podrá parecer quizás una breve pausa de
humanidad en medio de un horror infinito. Pero para mí,
como para los testigos, este partido, este momento de
normalidad, es el verdadero horror del campo. Podemos
pensar tal vez que las matanzas masivas han terminado,
aunque se repitan aquí y allá, no demasiado lejos de
nosotros. Pero ese partido no ha acabado nunca, es como
si todavía durase sin haberse interrumpido nunca.
Representa la cifra perfecta y eterna de la "zona gris",
que no entiende de tiempo y está en todas partes. De ahí
procede la angustia y la vergüenza de los supervivientes
(...), mas es también nuestra vergüenza, la de quienes
no hemos conocido los campos y que, sin embargo,
asistimos, no se sabe cómo, a aquel partido, que se
repite en cada uno de los partidos de nuestros estadios,
en cada transmisión televisiva, en todas las formas de
normalidad cotidiana. Si no llegamos a comprender este
partido, si no logramos que termine, no habrá nunca
esperanza".
El oficial
nazi, el joven israelí, la soldado estadounidense, el
partido de Auschwitz, constituyen solo la expresión
límite, la metáfora encarnizada de lo que es, en
realidad, la normalidad cotidiana del occidente
capitalista; revelan la estructura de esa normalidad en
la que elegir un refresco, leer un periódico, mostrarse
ingenioso o sentirse bueno implican un rutinario,
tranquilo y destructivo desprecio por el otro. En los
años 30 a esto se le llamaba nihilismo y no sé por qué
hoy habríamos de llamarlo de otro modo, siendo como es
―el
nihilismo―
la enfermedad antropológica del capitalismo.
Nuestra
falta de imaginación vota; acaba de hacerlo en
Estados Unidos. Hacia el 420 a. de C., Cleón propuso
ante la asamblea democrática de los atenienses pasar a
cuchillo a todos los habitantes varones de Mitilene y
esclavizar a sus mujeres y a sus hijos. A los atenienses
les pareció "lo más conveniente" para su Imperio (to
simphorion en griego) aprobar esta propuesta. Pues
bien: 57 millones de estadounidenses normales votaron el
pasado 2 de noviembre a favor del bombardeo y
devastaciòn de Faluya, aprobaron los 100.000 muertos
civiles que, según la revista The Lancet, ha
ocasionado ya la invasión de Iraq y felicitaron a su
presidente por haber violado y destrozado el orden
jurídico internacional, invadido y ocupado dos países en
cuatro años y desplazado, torurado y asesinado a
millones de personas. Se desliza un papelito en una
ranura, como se apoya el dedo sobre un botón, y 5 000
metros más abajo o 10 000 km más al sur una ciudad salta
en pedazos.
Porque esta
incapacidad para representarse las consecuencias de
nuestras acciones
―la
inocente culpabilidad de la que hablaba Anders―
no es solamente el tributo a una tecnología que
bombardea desde el aire y por la ventana; es, sobre
todo, la regla interna de una economía de guerra. Es ahí
donde tenemos que revisar nuestro viejo concepto de
responsabilidad y enfrentarnos a la evidencia de que
somos responsables no solo de aquello que hacemos sino
también de aquello "en lo que participamos". Nuestra
normalidad es el dedo permanentemente apoyado sobre el
botón; nuestra falta de imaginación vota
ininterrumpidamente; cada vez que cambiamos de teléfono
móvil, cada vez que nos comemos un pollo, cada vez que
elegimos nuestro refresco, estamos votando, como en el
plebiscito de Mitilene, la destrucción y la muerte de
miles de personas en el Congo, en Tailandia o en
Palestina.
Estamos
volviendo muy deprisa -pongamos- al año 1.935 o quizás
más tarde, a 1.940. Pero en esta "versión globalizada de
los años 30" ―como
escribe acertadamente mi amigo John Brown―
no solo nos falta un Ejército Rojo que oponer al
imperialismo: nos faltan también esos intelectuales que,
tras un primer instante de somnolencia, se alinearon
enseguida contra el fascismo. En un mundo incapaz de
representarse las consecuencias de sus acciones, los
intelectuales tienen la obligación de establecer esas
representaciones
―de
hacer visibles las conexiones; en un mundo incapaz de
imaginar, los intelectuales tienen la obligación de
proteger y mantener encendida la imaginación. Mucho me
temo que la mayor parte de las voces comprometidas en
esta tarea ―un
puñadito de aceros desperdigados por todo el planeta―
se han reunido en estos días en la Venezuela
bolivariana. El resto, una legión de periodistas,
analistas, ensayistas, novelistas, expertos y
conferenciantes―
han optado por el colaboracionismo, como Jünger y
Heidegger en la Alemania nazi. Su incapacidad para
imaginar, fruto de la cobardía o del interés, es tanto
más culpable cuantos más recursos tienen para separar
las hebras y más altavoces para lanzarse al espacio.
Sigo ahora
con otra cita de Anders, también de 1.979, resumen de
toda una vida de lucha contra la barbarie: "Yo diría que
soy un "conservador ontológico", pues lo que importa hoy
en día es, ante todo, conservar el mundo, no importa
cómo sea este mundo; y solo después veremos si lo
podemos mejorar. Hay aquella célebre sentencia de Marx:
"Los filósofos solo han interpretado el mundo de
diferentes maneras; de lo que se trata es de cambiarlo".
Eso ya no es suficiente. Hoy día no basta con cambiar el
mundo; lo que importa ante todo es conservarlo. Luego lo
querremos cambiar, y mucho, incluso de manera
revolucionaria. Pero primero hemos de conservarlo, en un
sentido auténtico, en un sentido que no admitiría
ninguno de los hombres que se llaman a sí mismos
conservadores". Nos hemos reunido estos días en la
Venezuela bolivariana en defensa de la Humanidad y,
dicho con toda franqueza, el enunciado mismo de la
convocatoria, en su ambición un poco grandilocuente,
podría hacer sospechar al no avisado una de esas trampas
detrás de las que se esconden, tras haber asestado el
golpe, los asesinos de este mundo: todos somos hombres
por igual. La Historia nos ha acostumbrado a que la
Humanidad nombre en realidad los límites de la propia
tribu, fuera de la cual los extraños, a poco indefensos
que estén, pueden ser impunemente exterminados como
inhumanos, infrahumanos o contrahumanos (los
contrahechos de la universalidad particular). Se nos
dice: el Hombre ha puesto el pie en la luna, mientras la
mayor parte de los hombres no ha puesto jamás el pie
fuera de su país. Se nos dice: el Hombre ha llegado a
Marte, mientras 500 millones de personas tratan de
llegar, muriendo muchos de ellos en el intento, a
Europa, Australia o EE.UU. en busca de una vida digna y
mientras otros 1 500 millones tienen que llegar al final
de la jornada con un dólar pelado. Se nos dice: el
Hombre ha descubierto los antibióticos y las vacunas,
mientras que cada diez segundos muere una persona por
tuberculosis o sarampión o disentería. Se nos dice: el
Hombre ha dominado la Naturaleza mientras 1 200 millones
de personas no tienen siquiera acceso a agua potable. Se
nos dice: el Hombre es capaz de correr los cien metros
en 8 segundos, mientras el mundo se llena de cojos,
inválidos y mutilados y 2 000 millones de hombres
vacilan sobre sus piernas, aquejados de anemia. Se nos
dice: el Hombre puede volar, mientras los hombres se
arrastran; el Hombre sabe clonar, mientras los hombres
mueren en la cuna; el Hombre ha descifrado el genoma,
mientras los hombres apenas saben leer. Y aunque
estadísticamente sea mucho más Hombre el que muere de
hambre, por enfermedades curables o por la violencia, el
que no tiene ni teléfono ni luz ni agua, el que duerme
en la calle o sufre esclavitud, jamás oíremos decir a un
político, un periodista o un filósofo: "La Humanidad
pisa una mina en Vietnam" o "La Humanidad es machacada
en Faluya" o "La Humanidad cojea" o "La Humanidad se
prostituye"; ni siquiera, más trivialmente, "La
Humanidad boicotea los Juegos Olímpicos". Y esto
sencillamente porque la Humanidad no puede ser africana
ni árabe ni indígena; y esto sencillamente porque la
Humanidad viene hoy definida, como en otro tiempo en los
límites de la raza o de la tribu, en los límites del
mercado, fuera del cual el cuerpo mismo ofende, como
prescindible o amenazador, y allí solo puede ser objeto
de humanitarismo, como los perros que no muerden, o ser
exterminado como "terrorista", si es que el animal no se
somete.
Los mismos
que roban el agua, la tierra, el tiempo, la vida, el
valor, la fuerza, el viento, nos han robado también los
nombres. Pero si no es esta abstracción que vuela,
explora planetas y compra en Carrefour o en Continente,
¿qué diablos es la Humanidad? ¿Y por qué habría que
defenderla?
Confesaré
que, al leer la convocatoria de estas jornadas
(Encuentro en Defensa de la Humanidad), tuve la
sensación ―el
perfume casi de un cajón cerrado en un viejo desván―
de que se nos estaba pidiendo, y nosotros aceptábamos de
buen grado, el esfuerzo de defender un trasto antiguo,
un trapo viejo, un aparato ya en desuso. Es como si en
lugar de en Defensa de la Humanidad, hubiésemos acudido
aquí en Defensa del Sombrero de Copa o en Defensa de la
Carretilla o en Defensa del Disco de Vinilo o en Defensa
del Orinal, obstinados en aferrarnos a un anterior
estadio del progreso, a una fase ya superada de la
evolución. Al hombre nos lo hemos pasado, lo
hemos adelantado sin darnos cuenta. Algo de esto hay,
sin duda, y si he vuelto a citar a Anders, es porque
creo con él que la Humanidad es algo que hemos dejado ya
un poco atrás, algo hacia lo que hace falta retroceder,
algo que tenemos en algún sentido que restablecer, y que
por eso mismo la lucha contra el imperialismo es
simultaneamente la lucha por la supervivencia y la lucha
por la supervivencia no puede ser sino una lucha
revolucionariamente conservadora
―mientras
los "conservadores" de Washington se lanzan hacia
adelante destruyéndolo todo a sus espaldas.
La
Humanidad no es un Sujeto ni una Virtud ni una
Naturaleza; es una zona o un grado o, si se prefiere,
una estación, un pasaje muy frágil entre la nada
y el todo, entre el cero y el infinito, según ese
principio que los antropólogos han localizado, como
mínimo material común a todas las culturas de la tierra,
en la actividad normal de los "indígenas" sobre las
grietas: "poco es bastante, mucho ya es insuficiente".
El Hombre, por así decirlo, es "poco": una razón
limitada, una imaginación limitada, un cuerpo limitado,
una individualidad limitada. Y hay, por tanto, dos
formas de acabar con él: una eliminando la razón, la
imaginación, el cuerpo y la individualidad; la otra,
eliminando el límite mismo. El capitalismo es
sobre todo un exceso; es el primer orden
económico-social de la historia cuya naturaleza misma
―la
reproducción ampliada y sin fin de su propia existencia―
entraña la presión simultánea sobre los dos términos, al
mismo tiempo contra los cuerpos, la razón, la
imaginación, la individualidad y contra los límites. Es
el único orden económico-social de la historia que pone
permanentemente a los hombres a él sometidos (en una
división que es a un tiempo geográfica y de clase)
por debajo y por encima del Hombre, el único que
barre toda la zona central confinando a los "indígenas",
de uno y otro lado, en lo infrahumano o en lo
sobrehumano. Por eso, nuestra victoria sobre el
capitalismo y la restauración de la Humanidad se
manifestará como un acto, al mismo tiempo, de
re-apropiación y de austeridad. Unos tendrán que
ascender hasta lo "bastante", los otros tendrán que
descender desde lo "insuficiente".
El
capitalismo, en su nueva fase imperialista, en su nuevo
contexto tecnológico, amenaza a la Humanidad
―esa
jaula de grillos que luego habrá que mejorar―
como especie y como forma.
No podemos
decir "La Humanidad ha llegado hasta Marte" sin
engañarnos, pero sí podemos decir tajantemente: "la
Humanidad se muere de hambre". Los hombres se mueren de
hambre en Sudán, en Etiopía, en Bangladesh, en las
favelas de Brasil y en las chabolas de Haití; pero
también se mueren de hambre en Madrid, en París, en
Nueva York, en las grandes superficies comerciales de
Londres y en los restaurantes de lujo de Los Angeles. Se
mueren de hambre los pobres y se mueren de hambre los
ricos. Unos quieren comer algo y otros quieren comer
más. Pero todos nos morimos de hambre. El capitalismo no
es, como pretenden sus economistas, un régimen de
intercambio generalizado sino un sistema de destrucción
generalizada; consiste en una guerra ininterrumpida al
mismo tiempo contra los hombres y contra las cosas. A la
guerra contra los hombres la llaman trabajo, a la guerra
contra las cosas la llaman mercado; y lo que llamamos
convencionalmente "guerra" -con sus bombardeos, sus
incendios, sus víctimas mutiladas y sus escombros- no es
más que una forma rutinaria de ajustar el trabajo y el
mercado. El capitalismo es una estructura de hambre,
el hambre como estructura, la maldición griega de
tener que producir infinitamente, a velocidad creciente,
para la destrucción, la necesidad de arrojar a la
hoguera, cada vez más deprisa y en mayor número, todas
las cosas del mundo. La falta de límites del capitalismo
―por
encima de la razón limitada, de la imaginación también
limitada y del cuerpo frágil―
devora la tierra, los bosques, el agua, los minerales,
los animales, las catedrales, las montañas y las
ciudades sin interrupción. Su falta de límites no
contempla el carácter finito de la tierra, la
irreductible resistencia exterior sobre la que trabaja.
Su falta de límites, además, no contempla la diferencia
entre una gavilla de trigo y una bomba de racimo, entre
un libro y una bomba atómica, medios por igual de su
reproducción, y exige la destrucción de todos sus medios
sin distinción, aunque con ello destruya la condición
misma de todos los fines. Por eso el capitalismo
constituye, ante todo, una amenaza a la Humanidad como
especie. Abandonado a su dinámica interna,
regulado solo por sus propias contradicciones, conduce a
su propia destrucción, sí, pero no al socialismo, como
pretendía el optimismo decimonónico, sino al
apocalipsis.
Pero el
capitalismo también constituye una amenaza a la
Humanidad como forma; es decir, como cultura,
como derecho, como política y como moral. Según he
insitido muchas veces, aquello que han tenido en común
todas las culturas de la tierra desde el neolítico
―las
más benignas y las más represoras―
ha sido el cuidado que han puesto en mantener separados,
aun si convencionalmente, distintos órdenes de
existencia. Hay, es decir, tres tipos de objetos o tres
formas de tratar un objeto: tenemos las "cosas de comer"
―o
consumptibilis, los objetos propiamente de
consumo―;
las "cosas de usar"
―o
fungibilis―,
y las "cosas de mirar" o "maravillas"
―las
mirabilia latinas, las cosas dignas de ser
miradas. Mediante las cosas de comer subvenimos una y
otra vez a la necesidad de reproducir nuestra vida
estrictamente biológica contra la existencia de esas
criaturas muy provisionales, muy blandas, alimenticias,
que aparecen y desaparecen de nuestro horizonte,
marcadas por la velocidad y la inmanencia, como puros
medios de la reproducción natural: es el circuito, el
círculo, el ciclo cerrado y sin fin de la Naturaleza.
Mediante las "cosas de usar", los instrumentos y sus
productos, reproducimos más bien un "mundo", un ámbito
de objetos estables, más o menos duraderos, cuya lenta
pero inexorable decadencia, que combatimos sin descanso,
funda ya el espacio de un reconocimiento mutuo entre los
hombres por encima de la necesidad natural. Mediante las
"cosas de mirar" o "maravillas"
―ciertas
piedras, ciertas palabras, ciertos colores- apartadas
convencionalmente del circuito rápido de la vida y de la
espiral lenta del uso, declaradas al mismo tiempo
incomestibles e inútiles, se abre esa distancia que
permite al hombre medir, y no solo calcular, y
establecer, al menos virtualmente, un espacio común, una
memoria colectiva, el lugar del juicio y del contrato.
Las "cosas de comer" sirven para mantener la vida; las
"cosas de usar" sirven para mantener la sociedad; las
"cosas de mirar" sirven para mantener el "mundo". El
juego mismo de la cultura humana ha consistido
básicamente en esta división y en la posibilidad, por
tanto, de abordar un objeto desde al menos tres puntos
de vista diferentes (como comida, como herramienta, como
monumento). Pues bien, el capitalismo es el primer orden
económico-social de la historia que ha borrado la
frontera entre estos tres órdenes, que no distingue
entre objetos de consumo, fungibles y maravillas, y que
trata todas las cosas por igual, sin hacer ninguna
diferencia, las manzanas y los corderos, las mesas, las
casas, los ordenadores, los libros, los cuadros, el oro
y el cuerpo, las patatas, las catedrales, las imágenes
―las
cosas naturales, las instrumentales y hasta las
solamente pensadas―
como "cosas de comer", como puros comestibles; es
decir, como mondos medios para la reproducción de la
vida. El capitalismo, es decir, sumerge
ininterrumpidamente la cultura en la biología, la
antropología en la naturaleza y la sociedad construida
en su seno -en los países llamados paradójicamente
avanzados- es cada vez más una sociedad de puros
comensales, de hambre libre desatada sobre el mundo:
una plaga de langostas que no se detendrá mientras
pueda comerse todavía una torre o un paraguas. El
capitalismo dedica todo su tiempo a fabricar su propia
comida y a comérsela y, si es sobrehumano porque se cree
inmortal, es prehumano porque es animal: una sociedad,
en fin, de pura subsistencia.
Los objetos
del mundo se pueden clasificar también de otra manera.
Podemos decir que existen "bienes universales", "bienes
generales" y "bienes colectivos". Los bienes universales
son aquellos de los que basta con que haya un
ejemplar para que nos sintamos satisfechos: las
estrellas, el mar, el Taj Mahal, los ritos de un pueblo,
la belleza de un cuerpo, el color verde, el Guernica
de Picasso o incluso San Francisco y el Che Guevara, a
los que no podemos imitar pero cuya existencia
irrepetible sentimos que ha mejorado un poco nuestra
vida. Sobre este tipo de bienes, como su propio nombre
indica, nadie tiene ningún derecho: el único sol en el
cielo es un sol para todos, incluso para los ciegos. Los
bienes generales, en cambio, son aquéllos que es al
mismo tiempo posible y necesario generalizar, aquellos
que no basta con que los haya sino que es
necesario que los usemos, aquellos bienes de los
que tiene que haber tantos ejemplares como seres
humanos. Nos basta con que haya una Orión en el cielo;
pero no nos basta con que haya un trozo de pan en el
castillo del Príncipe. Todas estas cosas nos es
indispensable apropiárnoslas individualmente: el pan, la
vivienda, los instrumentos de curación y, a medida que
la tecnología ha ido introduciendo nuevos bienes
generalizables, también la electricidad, el agua
corriente o la lectura. Los bienes generales
―de
los que cada uno de nosotros debe disfrutar- ciñen el
ámbito propio del derecho: todos tenemos derecho no solo
a pan sino también a una lámpara y a un libro y es
suficiente con que una sola persona esté privada
de estos bienes para que la Humanidad -su sentido de la
justicia y de la universalidad- ya no esté satisfecha.
Finalmente tenemos el orden de los "bienes colectivos",
es decir, aquellos bienes que, al contrario que los
universales -la luna o las ruinas de Yaxilán―
son imprescindibles para la reproducción individual de
la vida, pero cuyo uso no se puede generalizar sin
atentar precisamente contra nuestros derechos sobre los
universales y sobre los generales: la tierra, los medios
de producción o, por ejemplo, el automóvil. El automóvil
no puede constituir un derecho individual -a igual
título que el pan o la vivienda- porque su
generalización destruiría ese bien universal, condición
de todos los otros bienes: la Tierra misma. Si cada
familia china no puede tener el mismo número de
automóviles que una familia estadounidense sin amenazar
la existencia del planeta, la posesión individual de un
automóvil en EE.UU. deviene sencillamente inmoral.
El automóvil debe ser, pues, un bien colectivo o, si se
quiere, público; y nuestro derecho en este caso nunca
será el derecho sobre el objeto sino sobre sus ventajas.
A lo largo
de la historia de la Humanidad, concebida como lucha de
clases, lo normal ha sido que los bienes generales y los
bienes colectivos se hayan convertido en bienes
privados, que unos pocos se hayan apoderado al mismo
tiempo de los medios de producción y de los productos,
en detrimento de la mayor parte de la población. Pero el
capitalismo ha ido un paso más allá y, en virtud de su
propia estructura de hambre, ha comenzado a
privatizar también los bienes universales, refugio mismo
de la cultura y fuente de resistencia del indigenismo
humano. Eso que llamamos "globalización", en efecto,
consiste básicamente en la expansión de la forma
mercancía ―o,
lo que es lo mismo, de la guerra contra las cosas―
hasta los límites mismos del universo: no solo ya los
medios de producción, la tierra y el dinero mismo, sino
las semillas, el color verde, las imágenes, los nombres,
las tradiciones, el sonido, el gesto de un dedo, la
memoria de los pueblos, las catedrales, el teorema de
Pitágoras, la mirada misma; todo el conjunto de lo
existente o, más aún, las condiciones mismas de lo
existente ―criaturas
naturales, manufacturadas o sencillamente imaginadas―
se han deslizado fuera del espacio público, como
constitución impersonal del mundo de los vivos, y se han
convertido en el único tipo de bien que el sentido común
no reconoce: un bien privado.
Allí donde
se ha borrado la diferencia entre cosas de comer, cosas
de usar y cosas de mirar; allí donde se ha extinguido
definitivamente la separación entre bienes universales,
bienes generales y bienes colectivos, la humanidad como
forma está amenazada. Restaurar la cultura es
restaurar la primera diferencia; restaurar la política
es restaurar al mismo tiempo la segunda separación. El
capitalismo consiste de hecho en una permanente
disolución de todas las diferencias: entre
producir y destruir, entre medir y calcular, entre
guerra y paz, entre verdad y mentira, entre estado de
Derecho y estado de Excepción. En estas condiciones,
bajo este régimen de catástrofe permanente, sometidos a
la velocidad creciente del hambre y de la guerra, no
solo no puede haber cultura ni política: tampoco moral
ni derecho alguno. Creo que no es posible exagerar los
peligros: en un mundo sin cultura, sin moral, sin
política y sin derecho
―el
más primitivo y prehumano de la historia―,
pero con armas de destrucción masiva de altísima
tecnología ―el
más avanzado y sobrehumano―
los motivos de inquietud están asegurados y la
normalidad prohibida.
Acabo
enseguida. Defender a la Humanidad, ese acto al mismo
tiempo de reapropiación y de austeridad que no podemos
ya demorar, exige el abandono de al menos cuatro
ilusiones particularmente arraigadas en las conciencias
de los izquierdistas europeos, moldeados como estamos, a
cubierto de bombardeos e invasiones desde hace sesenta
años, en los privilegios del mercado, con su sucesión
velocísima de juguetes nuevos y momentos históricos.
La primera tiene que ver con la idea, muy propia de
nuestra civilización, de que los europeos tenemos por
nacimiento el derecho a asistir
―a
través de la televisión, naturalmente―
al espectáculo de la Parusía o del Apocalipsis,
incluidos según contrato en el programa de nuestra
generación. Medimos los acontecimientos según el tiempo
breve de las mercancías, que es también el tiempo
cinematográfico de Hollywood, y queremos no solo un
desenlace feliz -o al menos heroico- sino que además se
produzca en dos horas. Por eso los izquierdistas
europeos nos movilizamos muy rápidamente, con mucha
imaginación y mucho entusiasmo -como en las
manifestaciones de antes de la guerra contra Iraq-, pero
también nos cansamos enseguida, cada vez que descubrimos
que la modestia de nuestras conquistas no es
proporcional a nuestra autoestima y que la película se
prolonga más allá de los formatos a los que estamos
acostumbrados. Los cubanos, los venezolanos, los
palestinos, saben que la lucha, que comenzó con
Espartaco, puede durar varias
―muchas―
generaciones.
La segunda
ilusión es la de que los pueblos siempre vencen. Basta
leer a Tito Livio y contar los muertos; o leer a
Bartolomé de las Casas y contar los muertos; o leer a
Galeano y contar los muertos; o sencillamente leer los
periódicos y contar los muertos. No hay ninguna ley
histórica, ninguna providencia hollywoodesca, ni
siquiera una sola evidencia, que garantice eso. Los
cubanos, los venezolanos, los palestinos -y tantos y
tantos otros pueblos del mundo- nos enseñan que nadie
puede luchar en nuestro lugar y que solo vencen los
pueblos que no se rinden.
La tercera
ilusión, en el aura de la anterior, es que los malvados
siempre acaban pagando sus crímenes. Lo normal es más
bien lo contrario y, si queremos que rindan cuentas ante
la justicia o, mejor aún, si queremos impedir sus
crímenes, debemos organizarnos colectivamente, a nivel
mundial, y pararles los pies.
La cuarta y
última ilusión es la de que, llegados a un cierto punto,
las cosas ya no pueden empeorar, de manera que alcanzar
un cierto grado de desesperación casi nos tranquiliza,
como una promesa de inminente mejoría. Las cosas
siempre pueden empeorar, especialmente para los que
estamos mejor. Como lo demuestra la situación en
Palestina o en Iraq, o la reciente victoria electoral de
Bush, nunca nada va tan mal que no pueda ir un poco
peor. No debemos descansar en el deterioro extremo de
las cosas; debemos evitar que se deterioren un poco más.
"Llámese
cobardía a esa esperanza", dice el título en castellano
de uno de los últimos libros de Gunther Anders. Dejemos
a un lado la esperanza si es que acogernos a ella sirve
para que renunciemos a un gesto o para que aplacemos una
acción.
A los que
venimos de fuera y tratamos de no perder al menos la
imaginación, creo que la Venezuela bolivariana en la que
pronuncio estas palabras nos instruye en la paciencia de
los que han sufrido mucho, en la resistencia de los que
ya han ganado algo, en el valor de quienes podrían
perderlo todo y en el realismo de quienes saben que,
para que no empeoren las cosas, hay que hacerlas cada
día mejor. Solo aquí, como en la Cuba en la que me apoyo
o en ese Iraq que conocí la víspera de la invasión, uno
parece poder aceptar sin vergüenza el derecho a una
cierta normalidad, incluso o precisamente en medio de la
lucha, y se intuye con alivio que es por primera vez
legítimo ―en
los límites de este mundo adverso―
comer, beber, fumar, silbar, componer un verso,
estrechar un cuerpo y sentirse, a veces, moderadamente
bueno. Les doy las gracias por su hospitalidad y por sus
enseñanzas.
Ponencia para el Encuentro mundial de intelectuales y
artistas
"En defensa de la humanidad".
Caracas, diciembre 2004 |