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IRAKERE...
HAY QUE
QUITARSE EL SOMBRERO
A
30 años de fundado, y de vuelta a la escucha de todo su
catálogo, no cabe otra expresión que no fuese “hay que
quitarse el sombrero”, ante tanta previsión y
rompimiento, y después concluir que muchas de las líneas
creativas que hoy disfrutamos dentro de la música
cubana, fueron enunciadas o insinuadas allí en muy
temprana fecha.
Élsida
González |
La Habana
La historia de la música cubana recoge el testimonio de
algunas agrupaciones formadas con un porcentaje alto en
su nómina, de instrumentistas y cantantes de primera
línea. De la primera mitad del siglo XX podríamos
mencionar la Orquesta Casino de la Playa, la Riverside,
las que acompañaban a los solistas en las emisoras CMQ,
RHC Cadena Azul, así como la Hermanos Castro que cumplía
igual función pero en Radio Progreso. Ya en los 60, la
Orquesta Cubana de Música Moderna, una jazz band de gran
formato liderada por el maestro Armando Romeo, exhibía
por igual a músicos excepcionales que luego harían
historia.
Sin embargo, no en todos los casos mencionados podría
asegurarse que la totalidad de los integrantes podrían
engrosar la lista de algún “libro de la fama” o quizás
implantar un “nuevo récord Guinnes” para asentar que son
“todos estrellas”, porque en la música eso es más
difícil y escaso.
Sin embargo Cuba tiene en Irakere el ejemplo más
sobresaliente y casi único en esa suerte de agrupar
talentos, que en sus inicios salieron precisamente de la
Orquesta Cubana de Música Moderna.
Ventajas y desventajas tiene una cofradía de este tipo.
Con un grupo así se pueden transitar caminos infinitos,
propiciar momentos conmovedores que guarda la memoria
colectiva y sentar pautas imprescindibles sencillamente
con su cotidiano quehacer…o no.
Asimismo, la vida demuestra que poner de acuerdo a
individuos de brillantes mentes y habilidades
incalculables, es un reto; en muchos casos han terminado
siendo fugaces tales cofradías, aunque su paso por la
vida siempre deje huellas.
El caso
Irakere no ha sido totalmente diferente, pero cabe la
salvedad que aunque no todos los fundadores se mantienen
juntos hasta hoy, con el paso del tiempo siempre el
maestro Chucho Valdés ha encontrado formidables
sustitutos para lograr los excelentes resultados que
todos conocemos.
Lo
cierto es que si traigo este asunto a colación es por el
simple hecho de que a partir de la aparición de Irakere
en el espectro de la música cubana nada fue igual,
precisamente por encontrarse en el exclusivísimo caso de
los “all stars de virtuosos” que trascendieron en
grado sumo. La calidad evidente de sus integrantes y la
brillante dirección musical de Chucho Valdés, hacen de
este núcleo algo irrepetible, pero más importante aún:
Irakere, sin lugar a dudas, abrió nuevas puertas en el
quehacer de nuestra música, por lo que se hizo
imprescindible en el decursar de la historia musical de
la Isla.
Y abrió
nuevas puertas precisamente cuando pensábamos que en las
décadas del 40 y 50 ya se habían alcanzado las más altas
expresiones de la jazz band, esa que acogimos
como nuestras, y aplatanamos con cierto tipo de boleros,
guarachas y sones. La década del 60 donde se produjeron
cambios sociales significativos, pero que desde el punto
de vista musical solo hacia el final se mostró más
alentadora, no permitió prever que unos añitos más
tarde, en el 73, aparecería un grupo transgresor
fundamental, que irrumpiría buscando un nuevo lenguaje.
Si
indagamos atrás recordaremos que a partir de los años 30
la sucesión de Mario Bauzá, Cab Calloway, Machito y
Chano, para citar los principales desde el acontecer en
Norteamérica, a la vez que en Cuba los Palau, Hermanos
Castro, Bellamar, Armando Romeu, luego el quinteto de
Frank Emilio/ Barreto, y otros, habían contribuido
fuertemente a fomentar un rico intercambio en lo que se
refiere al jazz, sus sonoridades y toda la carga de
música bailable que vinculaba a esos lenguajes; esto
desató y estabilizó a lo largo de la primera mitad del
siglo XX una gran corriente de cruce en esa dirección.
Sobre
esta base, con una mirada profunda, inteligente y
renovadora a estas corrientes de intercambio y fusión,
el maestro Chucho Valdés fundó el “grupo- concepto”
Irakere.
Irakere,
con un interés marcado en fusionar recursos expresivos
de múltiples géneros y estilos con referentes en el
jazz, la rumba, el son, lo afro, elementos pop, beatrock,
y muchos otros, buscaba renovar y llevar a nuevos
lenguajes toda la savia que habían heredado. Pero una
buena idea solo llega a ser buena cuando puede llevarse
a cabo con efectividad, y ahí vale entonces volver al
punto de partida… un grupo all stars, capaz de
llevar a muy altas expresiones lo que un líder
indiscutible ha planeado.
Y hace
un rato decía “concepto”, porque hoy, a 30 años de
fundado, y de vuelta a la escucha de todo su catálogo,
no cabe otra expresión que no fuese “hay que quitarse el
sombrero”, ante tanta previsión y rompimiento, y después
concluir que muchas de las líneas creativas que hoy
disfrutamos dentro de la música cubana, fueron
enunciadas o insinuadas allí en muy temprana fecha.
Una
mirada rápida a la denominada “timba” y a la variante
más cubana del jazz latino, indica que tienen en alguna
medida sus orígenes —o al menos uno de los más fuertes
antecedentes— en las realizaciones de Irakere.
En el
caso específico de la “timba”, aunque no todos nos hemos
puesto de acuerdo con los términos que hoy la definen,
estudiosos del tema han señalado en Irakere a uno de los
indiscutibles orígenes, junto a otras fuentes
específicas.
El maestro Danilo Orozco ha advertido sobre algunas
características que se manifiestan en las muestras más
sobresalientes de la “timba” en las postrimerías del
siglo XX. Algunas de las principales, según explica
Orozco, serían:
“la tendencia del bajo no responde a patrones estables
fijos como era usual hasta tiempos recientes, sino
contra acentuaciones y abruptas fragmentaciones aunque
puede subyacer (implícitamente) un patrón elemental
—base
que es de continuo transgredido; tendencia del piano—teclado
a una suerte de guajeo o contratumbao perpetuum
que a veces incluye cromatismos y alteraciones que
chocan a ratos con la armonía básica, incrementando la
tensión”.
Continúa refiriéndose Orozco a la “utilización de clave
de rumba/guaguancó, mezcladas con la más recurrida de
los sones, o por momentos alternas; reinserción de
sonoridades jazzísticas de metales con fragmentación de
frases, letras y estribillos relacionado con la
irregularidad de los otros elementos provenientes de
sones, rumbas, ciertos rompimientos (breaks), tipos de
motivos y cierres del songo de Van-Van, algunos
elementos de las descargas de “sopas” así como
sonoridades y rasgos expresivos del quehacer jazzístico
a la cubana; también momentos de una suerte de mambeado
—
estribillo con ‘alaridos’ de trompetas al unísono; a
ratos se introduce algo del slang de rap a la
cubana, superposición o yuxtaposición de planos
instrumentales abruptos”.
Así se conforma, en el proceso, una suerte de híbrido
intergenérico, no como mezcla habitual, sino como
elementos que coexisten en pugna o tensión. Todo, en su
conjunto, provoca efectos sonoros y resultantes que se
distinguen absolutamente dentro de lo bailable cubano
realizado hasta finales de los 80.
Cabe mencionar que todo esto, ya en otra dirección,
igualmente incide en un nuevo sentido del bailable;
provoca un cambio sustancial,
alejándonos del “compromiso de pareja”
con determinados movimientos
y pasos, e impone a los bailadores sueltos, un
baile más abierto y libre y
de movimientos abruptos o descoyuntados, realmente muy
creativos.
Un papel primordial en este intergénero, como se ha
dicho, lo tiene el complejo trabajo en la cuerda de
vientos y su contraposición abrupta con el bajo en
frases determinadas o cuando se contra acentúan y
fragmentan o desmenuzan.
Entonces habría que reflexionar acerca de algo que dio
un toque especial a Irakere: los maravillosos músicos
que han conformado sobre todo su cuerda de viento.
Aunque hoy ninguna agrupación luce una cuerda tan
completa como la que conformaron
Arturo Sandoval,
Paquito D´ Rivera, Carlos Averoff y Jorge Varona, o en
otra variante César López, “El indio” y Alfred Thompson,
el aliento del estilo impuesto por Chucho Valdés,
—donde
los pasajes con carácter improvisatorio, virtuosos,
agudos, colocados para cumplir funciones en mambos,
montunos, interludios, (de ahí también su importancia
dentro del latin jazz o latin jazz a la
cubana) por momentos contrapuestos a pasajes en el bajo—,
resulta hoy el ABC de los arreglos más timberos de lo
bailable en Cuba.
Vale destacar además que la presencia de recursos de la
rumba y otros estilos específicos en la “timba”, donde
la percusión,
—protagónica,
pero en conjugación con otros elementos—
provoca fuertes sensaciones agresivas, es uno de los
aspectos socio - musicales y danzarios quizás más
notorios dentro de esta diferencia que implica la
“timba”.
Y La
rumba es lo más sublime para el alma divertir…,
decía Oscar Valdés en el ya lejano 1974 en el famoso
tema “Bacalao con pan”, donde las combinaciones de
recursos expresivos de diversos géneros como la rumba,
el jazz, el beatrock, lo afro, con sonoridades
electrónicas, apoyados por supuesto en las posibilidades
de los músicos y utilizando los medios instrumentales
exactos, elegidos por Chucho en el arreglo, lograban
tensiones muy notorias tomando en cuenta que sucedió
hace 30 años.
La
descarga de Chucho, la alternancia de pasajes soneaos,
con lo beatrock, el canto recreando el llamado del
guaguancó, la utilización de una amplia gama de
instrumentos de percusión, la rica improvisación en
metales y sobre todo el sentido en la manera de
aglutinar o confrontar todos estos elementos —ya con
relativa coherencia en el contexto o por momentos en
confrontación abrupta— nos permite destacar la
trascendencia del tema, y apuntar precisamente una
muestra de lo que podemos señalar como el “adelanto”
timbero.
Pero en
el repertorio de Irakere se destacan muchísimas obras
que guardan maneras especiales de ordenar o ubicar el
material musical que es merecedor de estudios más
profundos y detallados. Recomendaría entonces su
“Quindiambo” con los pasajes virtuosos del bajo, las
improvisaciones en teclados y metales, soluciones
orquestales originales para llegar a determinados
estados de exaltación; “Juana 1600”, “Xiomara mayoral”,
tan deslumbrante por la combinación de recursos
expresivos hispano- andaluces, de la rumba, las síncopas
en su efecto “deslizante”, “desplazante” que provocan
notorias fragmentaciones en los pasajes virtuosos de los
metales; “Ese atrevimiento”, “Los caramelos” con sus
variaciones de tempo y la aceleración del montuno, por
solo mencionar algunas obras de los primeros momentos.
Fiel continuador de esta manera, el maestro José Luis
Cortés con NG la Banda, se sitúa como uno de los
protagonistas del “bailable duro” a lo timbero, pero a
la vez como “un punto de cruce de vertientes generales
entre lo salsero, lo timbero y la fusión abierta”, según
explica también Orozco. Heredero de su propio quehacer,
del que participó en Irakere (y que también había hecho
en Van Van, lugar que como mencioné se sitúa como otro
de los orígenes de la timba), desde sus primeros
experimentos, y con la fundación de NG la Banda,
advirtió de la necesidad de cambios, de un vuelco…y lo
dio.
Las
nuevas formas dentro del jazz latino, en su variante más
cubana, recogen hoy trabajos muy relevantes en varias
vertientes. Los orígenes de las realizaciones
jazzísticas en Cuba, que datan de las primeras décadas
del siglo XX, han tenido como “marca” la
utilización de lenguajes propios del jazz junto a otros
provenientes de géneros cubanos. Chucho Valdés, en el
formato de Quinteto de jazz así como en Irakere, explotó
la fórmula jazz + rumba, son, afro, etc., en obras que
han marcado hitos en nuestra música, precisamente por su
capacidad creativa para lograr rebasar a cada paso lo
hecho hasta el momento.
Muchos
serían los elementos a mencionar que hacen que las obras
jazzísticas de Irakere guarden especial significación.
Bastaría con mencionar las versiones del Adagio del
Concierto para clarinete y orquesta de W. Amadeus Mozart,
o las variaciones sobre la ópera “La Molinaria”, de
Ludwing Van Beethoven, por citar dos casos en esta
manera de recrear a los clásicos; o en otra vertiente y
más reconocida las descollantes “Misa Negra” y “Tierra
en trance”.
Pues hoy no se concibe una muestra de jazz cubano que no
acuda a esa manera inagotable y siempre novedosa de
fusionar las resultantes de grandes talentos de la
improvisación y el virtuosismo con lo más genuino de
nuestras raíces. Muchos podrían ser los ejemplos; pero
entre lo más singular en este ámbito resulta hoy la
variante marcadamente más “timbera” del caso Maraca y su
otra visión, ex integrante también de Irakere, músico de
precoz excelencia, virtuoso por demás, que ha sabido
insertarse con su personal estilo en lo más alto del
jazz cubano.
El
trabajo de la percusión en el jazz, amplísimo y dirigido
hacia una asimilación de recursos expresivos de lo
ritual, se ha extendido hasta las generaciones más
jóvenes, aprovechando la alta preparación técnica de
muchos de ellos. E inevitablemente nos remite al set de
percusión de Oscar Valdés y Oscar Valdés Jr, a la
presencia de los tambores batá y otros instrumentos
afrocubanos de forma habitual, al protagónico papel de
las congas de Angá en muchísimas obras, a los cantos
rituales con todas las de la ley insertados en un
concierto de jazz. En fin, músicos que superan viejas
maneras y que demuestran aun sus potencialidades.
Muchísimos podrían ser los ejemplos que demuestran que
la ubicación que tiene Irakere dentro de nuestra música,
es bien merecida y que muchos de sus músicos han marcado
pautas. Adentrarnos en el estudio riguroso de su
repertorio, de los aportes de sus músicos, dentro y
fuera de Irakere, de lo impuesto por el maestro Chucho
Valdés en su trabajo cotidiano, más que una necesidad,
sería un infinito placer para los investigadores.
Privilegio de Cuba y de los cubanos de contar con una ya
amplísima nómina de músicos, que como balance,
tendríamos que señalar la impronta de Irakere como una
de las escuelas claves y significativas de algunos de
los mejores instrumentistas de la música popular cubana
de los últimos 30 años, así como caldo de cultivo de
novedosos estilos.
BIBLIOGRAFÍA:
1-González Bello,
Nerys y Liliana Casanella: La timba cubana un
intergénero contemporáneo, en: Clave, año 4 no 1/
2002, pp. 2-9.
2-Orozco, Danilo:
Nexos globales desde la música cubana con rejuegos de
Son y No son. Sello Ojalá.
OTRAS FUENTES
3-Orozco, Danilo
(Doctor en Ciencias Musicológicas): Entrevista vía e.
mail septiembre de 2002
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