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JAZZ EN CUBA:
FORTALEZA PARA UN NUEVO MILENIO
La
cantera musical cubana es infinita y los resultados que
de ella se obtiene no sorprenden. Aún cuando faltan
espacios para un mayor fogueo público, y en provincias
se acumula potencialidades poco conocidas en la capital,
los pocos focos existentes en La Habana entusiasman a
los visitantes y conocedores.
José Dos
Santos |
La Habana
La
música, como resultado de influencias recíprocas y del
talento creador, ha tenido en el jazz una expresión
singular de simbiosis de raíces y creación de un
fenómeno sonoro singular y multiplicador, a la que Cuba
no ha estado ajena.
Sus propios orígenes lo emparienta con la música cubana,
con su rica ritmática y los colores tímbricos
traspolados de la lejana África, aunque el crisol en el
cual se forjó sumó otras muchas culturas, entrelazadas
bajo las condiciones peculiares de esclavitud, luchas y
seudoemancipaciones que se dieron a finales del siglo
XIX y principios de este en el sur de EE.UU.
El
proceso instantáneo de creación musical, la
improvisación, encontró terreno fértil en Cuba, en
especial con el desarrollo artístico y cultural promedio
que se produce a partir de la década del 60.
La
primera parte del siglo XX ya aparece bien documentada
en esta obra, por lo que centraremos el análisis en ese
segmento más cercano.
Desde entonces, la educación, diseminada como fértil
semilla en todos los estratos de la sociedad cubana, dio
frutos múltiples, profundizó en las raíces y abrió
espacios nuevos a la creación, incluida la musical.
La
intuición natural del intérprete cubano, su riqueza
cultural y osadía creadora se vieron reforzadas por el
aprendizaje técnico masivo, al alcance de todos, sin
distinción. Esa combinación de valores arraigados, rica
imaginación y apertura de horizontes le permitían
alcanzar al jazz cubano rango mundial propio, pero...
Como paradoja, al triunfo popular de 1959 los atisbos de
un fuerte movimiento de jazz propio se fueron diluyendo.
El guitarrista, compositor y director de orquesta Leo
Brower me explicó, en ese sentido, que "los propios
músicos de jazz no lo continuaron, se sumieron en otras
tareas... en la reconstrucción de la nacionalidad y de
la cultura abierta que permitió la Revolución".
Aún cuando existían grupos y solistas aislados,
persistentes como Leonardo Timor, Maggie Prior, Felipe
Dulzaides, Armando Romeu, Los Amigos y el Tres Más Uno
de Joe Iglesias, y nacieron experiencias enriquecedoras
como la Orquesta Cubana de Música Moderna y el Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC, también tuvo lugar lo
que Brower me definió como "período de incomprensión en
el término específico de la música, un momento infeliz
que ayudó a frenar el desarrollo de un jazz cubano".
Las generaciones aglutinadas en las últimas dos grandes
formaciones mencionadas fueron el caldo de cultivo para
el avance del género en la década del 70, a pesar de que
algunos mantuvieran, desde la cúspide de un buró, una
absurda pelea contra términos y formas musicales que no
comprendían ni por su origen ni alcances.
A
estos factores internos se sumó desde muy temprano un
agresivo componente externo que aún a principios del
siglo XXI, en plena era de la interconexión mundial,
persistía en mantener la realidad cubana fuera de foco
para la mayor parte del planeta.
El
bloqueo de EE.UU. a Cuba, práctica global y
multifacética que impuso incluso a muchos de sus
aliados, impidió a la música cubana acceder a los
principales circuitos de difusión, empezando por las
grandes disqueras, y que sus artistas fueran conocidos y
reconocidos por su valor creativo
—a
no ser que abandonaran la Isla.
LOS 70
A
pesar de todo, la década del 70 marcó el despegue de la
potencialidad jazzística cubana con la integración de
Irakere, en 1973, la primera agrupación de la Isla en
obtener un Grammy.
La
superbanda dirigida por Jesús 'Chucho' Valdés nacía de
la Orquesta Cubana de Música Moderna y de los trabajos
que el gran tecladista realizaba con grupos de pequeño
formato, incluyendo a veces a sorprendentes artistas
como Amado Borcelá mejor conocido como "Guapachá".
Irakere pasó a ser fragua y cantera, herencia de su
agrupación matriz. Fue en el último cuarto del siglo XX
la escuela que no ha existido para los jóvenes jazzistas
cubanos, y de la que surgieron figuras como Paquito D'
Rivera y Arturo Sandoval
—reconocidos
por la maquinaria publicitaria mundial solo después de
no regresar a su país—
Jorge Varona, Enrique Plá, Jorge Valdés, Carlos Puerto,
Carlos Emilio Morales, Orlando Valle, César López,
Carlos Averoff, Miguel Díaz 'Angá, Javier Zalba, Oscar
Valdés, Ignacio Berroa, José Luis Cortés, Germán
Velasco, Alfredo Thompson, Juan Murguía, y otros muchos
buenos jazzistas.
Hay que mencionar también entre los relevantes de este
período una serie de iniciativas musicales encabezadas
por extraordinarios pianistas como el genial Emiliano
Salvador, o los agrupados en torno a
Sandoval y que
luego, encabezados por Hilario Durán, crearon el grupo
Perspectiva, con Jorge Reyes, José Luis Chicoy y
Reinaldo Valera entre sus puntales; a Gonzalito
Rubalcaba y su Proyecto, plataforma de despegue para más
ambiciosos horizontes.
Otros a incluir son Fervet Opus, de Camagüey, con
Gabriel Hernández; al innovador Pucho López, al creador
Ernán López-Nussa, al inquieto Nelson Díaz Lauzurica
'Mocito' y al grupo de José María Vitier.
Ocupaban lugar meritorio en las últimas décadas del XX,
además, el contrabajista Pedro Luis Martínez y el grupo
Afrocuba; el Trío de Fred González con Maggie Prior; el
incansable Bobby Carcassés y su Afrojazz, el virtuoso de
las pailas José Luis Quintana 'Changuito'; Top Secret
del trompetista José Miguel Crego, El Greco; el Trío de
Juan Pablo Torres; Opus 13, banda dirigida por el
violinista Félix Betancourt; el grupo de Pedro Jústiz,
Peruchín Jr. , etcétera.
En
una sintética relación como la anterior no deben ser
excluidas agrupaciones de corta vida como Ferjomesis,
Ireme, Arará y Senda, o la big band dirigida por
Armando Romeu en 1990, así como el cuarteto Cuarto
Espacio o la agrupación creada por el saxofonista
Fernando Acosta para el Jazz Plaza'93.
JAZZ PLAZA
El
movimiento jazzístico cubano de finales del siglo XX le
debía mucho a los festivales anuales organizados en un
inicio por una modesta institución de un municipio de la
capital del país, conocida como Casa de la Cultura
Plaza.
Los "Jazz Latino Plaza" comenzaron en 1980 como
encuentro de músicos nacionales en busca de mostrar e
intercambiar sus ideas.
Como en otros tantos lugares, y aún, en pocas por venir,
casi todos ganaban su sustento en orquestas de música
popular o interpretando otros géneros, pero al llamado
del jazz desplegaban sus virtudes técnicas e
improvisatorias.
Ya
en 1983 con el trío Célula, de Checoslovaquia y la
brasileña Tania Maria adquiere categoría internacional.
Por momentos ha sido eje de la presencia de
extraordinarias figuras de la leyenda y los mitos del
jazz, como Dizzy Gillespie y Carmen McRae, o
contemporáneos como Charlie Haden y Roy Hargrove, de la
latinidad de Airto Moreira, Flora Purim, Giovanni
Hidalgo y Dave Valentín, o destacados del Viejo Mundo
como Ronnie Scott, Tete Montoliu, Andy Sheppard y Jim
Mullens.
En
ese contexto revivieron experiencias de los 50, como la
que se llamó Los Amigos, en las que sumaron esfuerzos
fundadores como el pianista Frank Emilio Flynn, el
baterista Guillermo Barreto y el tumbador Tata Güines a
los de nuevos cultores de la música cubana en tiempo de
jazz.
Así me definió Barreto lo que hacían utilizando
composiciones de César Portillo de la Luz, José Antonio
Méndez, Julio Gutiérrez, Adolfo Guzmán, Osvaldo Farrés,
Bola de Nieve, Marta Valdés y Frank Domínguez.
En
el Festival Jazz Plaza de 1996 se presentaron sus
herederos directos, que el público dio en llamar Los
Nuevos Amigos. A Frank Emilio y Gustavo Tamayo se
unieron Orlando Valle 'Maraca', José Luis Quintana
'Changuito', Miguel Díaz 'Angá', Carlitos Puerto y
Lazaga para dar nuevos timbres y armonías a una forma de
hacer música cubana que devino tradición inspiradora.
PRESENTE EN FUTURO
De
las décadas del 40 y 50, y hasta finales del siglo XX al
menos, hay que mencionar también a un grupo de
aficionados que disfrutaron de la música y el canto
jazzísticos a través del baile, nucleados en torno a un
delgado y simpático bailarín de la hoy poco conocida
Cubans Star Swing llamado Gilberto Torres, cuya casa del
reparto Santa Amalia, en la capital cubana, cobija una
peña que cumplió medio siglo en 1996, llamada La Esquina
del Jazz.
Como parte del panorama existente hasta la década del
60, y que procedía de antes, cabe mencionar además otra
iniciativa de seguidores de este género que tuvo por
nombre Club Cubano de Jazz, y que en sus pocos años de
vida logró presentaciones de afamados músicos que
visitaban la Isla a su invitación o cumpliendo contratos
profesionales. Esa experiencia, con otras
características pero similares propósitos difusores y de
cohesión, se repitió en el último lustro del siglo XX.
En
la medida que se avanzaba hacia el final de ese siglo el
espacio se hacía más pequeño para el jazz en Cuba porque
las oleadas de músicos capaces e interesados en hacerlo
crecían más rápidamente que la capacidad de asimilarlos.
Ya
no es solo hablar de un varias veces ganador de Grammy
como Chucho Valdés, un genio musical, o de la estatura
artística de un Gonzalo Rubalcaba, que no reniega de su
país. O de Ramón Valle o Ernán López-Nussa, otros dos
grandes talentos que, como Gonzalo, no llegan a los 40
años de edad al escribir estas líneas.
Los cuatro principales mencionados son pautas que
inspiran, aunque por sus propios caminos, a figuras del
piano que ya son referencias al comenzar el XXI: Roberto
Fonseca, surgido de las filas bisoñas de Bobby Carcassés
y director del grupo Temperamento; Roberto Carcassés y
su Columna B; Tony Pérez, el sustituto de Chucho cuando
no está en Irakere; Lázaro Valdés, director del grupo
Bamboleo, capaz de desdoblarse de salsero en jazzista de
alto vuelo; Miguel Núñez, durante años tecladista del
trovador Pablo Milanés; Omar Sosa, que cosecha lauros
ahora desde Barcelona.
En
el campo femenino comienza a expandirse el sabor
jazzístico más allá de vocalistas como María Caridad
Valdés, GEMA 4 y algunas jóvenes seguidoras. En los
teclados, percusión y voz, al frente de Jazztumbatá,
descolla Lilia Expósito, Bellita, enraizada en la
vertiente afrocubana del jazz.
Con la capacidad de desdoblarse entre lo popular
bailable y el jazz también destaca la agrupación de Zoe
Fuentes, Las Canelas, cuyo director musical, el
saxofonista Jesús Fuentes es otro de los buenos con los
que Cuba cuenta al comenzar el nuevo milenio. En ese
contexto se extrañan buenas instrumentistas como la
saxofonista Lucía Huergo
—dedicada
a la composición—
y la pianista Leonor Cabrera, fundadora de "Jazz Juniors",
volcada hacia la música bailable.
DUALIDAD
Los casos mencionados obligan a una breve reflexión: la
gran mayoría de las nuevas generaciones de músicos
cubanos, con formación académica clásica y
comprometimiento espontáneo con lo popular, son a la vez
admiradores, cuando no cultores, del hecho jazzístico.
Por ello a nadie le debe extrañar que las agrupaciones
que acompañan a los principales soneros cubanos de hoy,
los llamados 'salseros', están cuajadas de
instrumentistas muy capaces para la improvisación y
amigos de la 'descarga' cuando la posibilidad se da.
Ese desdoblamiento se explica, asimismo, en las raíces
ya expuestas. Por algo surgió de NG la Banda, de José
Luis Cortés, un segmento nombrado Top Secret. Claro que
El Tosco es, además, uno de los grandes flautistas
cubanos de jazz.
Algunos, como Havana Ensemble, fundada en 1997 por los
ex Irakere César López y Alfredo Thompson, combinan
ambas vertientes con un virtuosismo jazzístico que
permea para bien el acontecimiento bailable.
También está el fantástico baterista Giraldo Piloto,
sobrino de Guillermo Barreto e hijo de uno de los más
importantes compositores populares de las últimas
décadas. Al frente de su Klimax produce una "salsa
cubana" muy amalgamada con las armonías jazzísticas, al
tiempo que él es convocado de continuo para asumir el
instrumento en agrupaciones organizadas para
espectáculos o grabaciones especiales.
Con mucho énfasis afrocubano y amplia cabida a los
jóvenes valores, un veterano como Oscar Valdés impulsa a
Diákara por un camino de fusión muy típica en el entorno
cubano.
Mientras, hay otros que mantienen la sobriedad
instrumental en la ejecución de un jazz sin fronteras
como el quinteto Habana Sax o se salen de caminos
conocidos e innovan, como es el caso del pianista Aldo
López-Gavilán, ganador del principal certamen
discográfico cubano en el año 2000 con su primer disco:
En el ocaso de la hormiga y el elefante.
La
cantera musical cubana es infinita y los resultados que
de ella se obtiene no sorprenden. Aún cuando faltan
espacios para un mayor fogueo público, y en provincias
se acumula potencialidades poco conocidas en la capital,
los pocos focos existentes en La Habana entusiasman a
los visitantes y conocedores.
El
trompetista Yasek Manzano, el pianista Tony Rodríguez,
el saxofonista Roberto Martínez y otros muchos que
recién trascienden su segunda década de vida ya muestran
el calibre que tendrán las estrellas del jazz cubano del
siglo XXI.
La
leyenda y la tradición, su desarrollo y consolidación al
finalizar la pasada centuria, tiene garantizada una
continuación de máxima categoría, a la que habrá que
abrirle más espacios en el futuro inmediato.
Así crece la catarata impetuosa de esos sonidos
impensados, que surgen del corazón y la mente, desbordan
pentagramas y esquemas, anidan en las cumbres más altas
de la creación musical y enaltecen a sus cultores y a la
cultura que los inspira: el jazz...
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