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JAZZ PLAZA 2004: NO HAY MAL...
Se
extrañará a los que ahora no han podido formar parte de
este sano jolgorio cultural, bloqueados ellos como lo
somos nosotros desde hace más de cuatro décadas. Su
ausencia física permitirá mayor presencia propia —un mal
que se puede enfrentar bien— en un compás de espera
hasta que la sensatez llegue a primar en quienes
pretenden ser dueños hasta de los destinos del jazz y de
sus seguidores.
José Dos
Santos |
La Habana
La Habana. Uno de los
puentes espirituales entre los pueblos del planeta, la
música, acaba de ser bombardeado por la recrudecida
política anticubana de Washington. Sus efectos serán
visibles del 16 al 19 de diciembre cuando grandes
jazzistas estadounidenses estén ausentes del Jazz Plaza
2004.
La intención original
de los organizadores era contar nuevamente con figuras
como Roy Hargrove —habitual
en el festival cubano—,
Kenny Barron, Steve Turre, Cedar Walton, Kenny Garrett,
Joe Lovano y Herbie Hancock, entre otras figuras de
relieve mundial.
Para los conocedores
del género esa es una nómina de lujo que solo La Habana
puede reunir de forma excepcional porque ninguno de sus
integrantes cobraría las presentaciones e incluso muchos
pagarían boletos y hasta alojamiento.
Porque esa es una
característica que muchas veces se soslaya de los Jazz
Plaza: sus participantes lo hacen por amor a la música
misma, por solidaridad o simpatía con el pueblo y con
los artistas cubanos, aunque no necesariamente coincidan
con el modelo social que en la Isla se desarrolla.
Ejemplos sobre el
particular sobran a lo largo de 20 anteriores
festivales. Desde Dizzy Gillespie, Carmen McRae y otros
gigantes históricos del jazz hasta una pléyade de
europeos, canadienses y latinoamericanos ha desfilado
por la capital cubana, sin condicionar su presencia a
respaldar o no a los ideales socialistas predominantes
en el país. La música, por encima de todo, unía miradas,
corazones y voluntades.
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Dissy Gillespie
participó en el Festival Jazz Plaza 1985
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Ahora, por eso, se
ataca desde el centro del pretendido imperio mundial a
los que van más allá de fronteras ideológicas o
políticas, aquellos que conciben el planeta como la casa
de una gran familia: la raza humana. Así, una vez, me lo
definió Dizzy en una de sus varias visitas a Cuba,
criterio de la religión que profesaba, la Bahai, al que
podemos adscribirnos los ateos más convencidos del
universo.
Pero esta es una mala
época para esos ideales. La doctrina Bush, que no solo
se aplica contra Cuba, hace de cualquiera un enemigo de
EE.UU., lo mismo da que viva en un “oscuro rincón del
planeta” o en sus propias entrañas culturales.
Visitar a Cuba
—que este es el caso
que nos ocupa— es hoy,
más que nunca antes, un desafío y una complicidad
inaceptable por Washington. Pregúntesele, como cercano
ejemplo, a la pareja de religiosos estadounidenses que
por traer medicinas a Cuba en 1991 está pendiente ahora
de una multa astronómica.
Por eso, quienes han
compartido desde hace décadas con jazzistas cubanos
—músicos y
aficionados—
se han visto ahora impedidos de hacerlo por fundado
temor a las represalias. Y no solo los nacidos en
EE.UU., sino también los que desarrollan sus carreras
basados en ese país, como pueden ser los casos del
panameño Danilo Pérez o los cubanos Horacio ‘El Negro’
Hernández, Gonzalo Rubalcaba o Ignacio Berroa, quienes
estuvieron en la anterior edición del Jazz Plaza.
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Gonzalo Rubalcaba |
Pero el mal de este
bloqueo en dos direcciones alcanza también a los amantes
del jazz en EE.UU. Los turistas de ese país también
estarán impedidos de conocer y disfrutar a los músicos
de 14 países que se dan cita en La Habana. En el 2002,
según estimados no oficiales, de los mil 400 visitantes
de otros países que presenciaron el Festival, unos 800
procedían de la vecina nación. En esta ocasión no se
debe mencionar a los pocos que concurran para evitarles
problemas.
LO QUE ELLOS CENSURAN
A la absurda
disposición del gobierno de George W. Bush de prohibir
el contacto con Cuba, el Jazz Plaza responde con una
asistencia variada y abarcadora de diferentes contextos.
La mayor ganancia, sin embargo, estriba en que habrá una
amplia representación de lo mejor del jazz cubano. Pero
comencemos con los visitantes.
Con una aún escasa
participación latinoamericana, de la región, entre sus
principales figuras, ha sido anunciado el tecladista
Wagner Tiso y el flautista y saxofonista Carlos Malta,
ambos de Brasil, y el guitarrista argentino Luis
Salinas, una de las grandes revelaciones del instrumento
en los últimos años.
Entre las más
importantes novedades de la cita, descolla la presencia
de Michel Legrand, cuyos conciertos con Chucho Valdés se
convertirán en joyas de coleccionistas. Quizás a los no
totalmente familiarizados con su música sorprenderá que
el genial compositor, pianista y cantante francés
incursione en el jazz, pero los conocedores saben que su
alquimia musical tiene mucho que ver con el género y que
tiene obras superlativas en ese terreno.
Legrand, ganador de
tres Oscares y cinco Grammy, forma parte del jurado que
decidirá el IV Premio de Jazz Latino 2004 que otorga la
Sociedad General de Autores y Editores de España, y al
que aspiran músicos de Cuba, Argentina, Colombia y
Venezuela.
Autor de más de 100
álbumes en catálogo y 200 bandas sonoras escritas para
cine, teatro y televisión, Legrand recibió hace poco el
Premio Henry Mancini, y entre sus colaboraciones en jazz
hay que destacar las realizadas con Quincy Jones, Stan
Getz, Miles Davis, Aretha Franklin y Sarah Vaughan.
Otros nombres de
visitantes no estremecen como los de los mencionados
ausentes, pero Decidedly Jazz, el canadiense Hugh Fraser,
el saxofonista inglés Kevin Haynes y el pianista español
Alberto Conde son garantía de un enriquecedor panorama
sonoro.
De EE.UU. fue
anunciado el Point Loma University Jazz Ensemble, que
como su nombre dice está formado por universitarios. Las
posibilidades de visitas por intercambio estudiantil
también han sido severamente afectadas, pero es de
suponer que por ese conducto es que puedan participar.
Moyenne, de Trinidad
y Tobago, Konkie y su grupo, de Curazao, mostrarán la
riqueza jazzística que nos rodea, al tiempo que la
Orquesta Cubana, de Corea del Sur; el trío alemán Peter
Weniger, la multinacional Latin from the North, con
Bobby Carcassés como invitado especial, y el Cuarteto
Singh Nakauama de Sudáfrica completan el arco iris
musical que ha sido anunciado pocos días antes de
iniciar la fiesta.
DEL PATIO, SUS
ESTRELLAS
Como siempre el
Festival cuenta con una decena de teatros, clubes y
locales, la mayoría en la barriada capitalina de El
Vedado, donde nació. En ellos se producirán unas 300
horas de música.
Adicional al
anfitrión principal, el pianista y compositor Chucho
Valdés, el Jazz Plaza 2004 tiene en su programación a
Bobby Carcasés, la orquesta Irakere New Conception,
César López y su Habana Ensemble y el pianista Ernán
López- Nussa. También en la elite están Bellita y su
Jazztumbatá, Diákara y Orlando ‘Maraca’ Valle, entre
otros.
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César López y
Habana Ensemble |
La relación en
detalles es imposible de anticipar porque en las “jam
sessions” o descargas se podrán sumar hasta los bisoños
destacados en el reciente concurso JO JAZZ. Sin embargo,
la clausura del Festival merecerá atención especial
porque las cubanas que hoy sobresalen en el género le
rendirán homenaje a la cantante Mayra Caridad Valdés.
Entonces combinarán
su arte la vibrafonista Tamara Castañeda, y las
vocalistas Neysi Wilson, Sexto Sentido y el dúo Angelisa.
El maestro Chucho
Valdés confirmó a dos días de su inicio que tarde en las
noches de la Casa de la Cultura de Plaza, ámbito
originario del Jazz Plaza, orquestas de música popular
bailable tendrán su espacio.
La curiosidad es que,
prácticamente todas, están dirigidas e integradas por
jazzistas como son los casos del baterista Giraldo
Piloto y su Klimax; el flautista José Luis Cortés “El
Tosco”, al frente de NG la Banda; Lázaro Valdés y
Bamboleo y Las Canelas.
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Giraldo Piloto
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Una vez más no
alcanzará el tiempo para apreciar todo, ni siquiera lo
más importante que suceda en Jazz Plaza 2004. La
principal fiesta musical de fin de año en Cuba, a pesar
de coincidir con un trascendente ejercicio militar
nacional denominado Bastión, volverá a tener tribunas
repletas y un entusiasmo desbordante.
La fraternidad entre
músicos y público, nacionales y visitantes, será una vez
más sello que distinguirá la cita
—a partir de ahora
nuevamente con periodicidad anual.
Y se extrañará a los
que ahora no han podido formar parte de este sano
jolgorio cultural, bloqueados ellos como lo somos
nosotros desde hace más de cuatro décadas. Su ausencia
física permitirá mayor presencia propia
—un mal que se puede
enfrentar bien— en un
compás de espera hasta que la sensatez llegue a primar
en quienes pretenden ser dueños hasta de los destinos
del jazz y de sus seguidores.
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