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El goce y la calidad
 
Actualmente, hace ya algunos años que varias tiendas españolas tienen sección de música cubana y de jazz latino con servicio de venta por correo y, siempre que haya algo de dinero en el bolsillo, no existen mayores problemas para constatar la feliz realidad del jazz en Cuba, tanto en sus grupos más consolidados como en lo referido a esos desinhibidos jovencitos que, cada año, nos dejan de piedra con su enorme talento y atrevimiento.


Anxo Mariz*|
España


Hubo un tiempo, aún no muy lejano, en que el jazz cubano no existió para mí. En mi barrio, en mi liceo y en mi pequeña ciudad, el jazz era Chick Corea, Herbie Hancock, Miles Davis, incluso, más o en mayor medida que los fundadores del género o que los colosos Parker, Coltrane o Monk.

Tal vez por eso cuando, en la década de los 70, aparecieron en el panorama musical español artistas que pretendían dialogar con el jazz sin perder su propia identidad cultural, no recibieron el apoyo masivo del público que ni siquiera les concedió en muchas ocasiones la etiqueta de músicos de jazz: Este fue el caso de propuestas tan sugerentes como Dolores, liderada por Pedro Ruy Blas, y también de algunas bandas cubanas que visitaban la península Ibérica bajo la etiqueta de “Conjuntos de música Cubana” o “Conjuntos de música folklórica”.

En este contexto, durante la transición política española, grupos como Irakere ofrecían sabrosas “matinés” en la radio pública ante la indiferencia de muchos oyentes y de algunos radiofonistas, que no dudaban en mostrar su incultura musical cuando presentaban al conjunto en público.

De manera similar, cuando los cantantes de la Nueva Trova acudían a actuar en España en grandes recintos, los elencos musicales de acompañamiento, entre los que se incluían músicos con formación de jazz. Experimentación Sonora del ICAIC, AfroCuba e Irakere entre otros, rara vez merecían una línea de atención o una entrevista. Sus intermedios instrumentales no eran para muchos más que un puente para que la estrella apareciese en el escenario o retomase fuerzas.

Y, sin embargo, todas estas giras en segunda fila por la España de hace un cuarto de siglo dieron un fruto que, aún ahora, sigue floreciendo: Los muchachos que en aquellos años escuchábamos los acordes de los Irakeres recibimos una tremenda patada en el estómago que nunca olvidaríamos ya: Gracias a su virtuosismo instrumental, no exento de una gran sensación de felicidad, y a la maestría con que don Chucho y sus compañeros combinaban improvisación y tradición cultural, recuperamos la fe y supimos que, entre la mediocridad comercial que inundaba las listas de ventas y la insufrible pedantería de ciertos entendidos, había un sendero intermedio que compatibilizaba el goce con la calidad .

A partir de ese momento todo fue más sencillo, ya no nos importó tener que comprar esos acetatos horriblemente prensados y con portadas chillonas, sabíamos que si por fuera ponían “Irakere”, “Manguaré” o “AfroCuba”, la foto era lo de menos. Las burlas de los “enterados” cuando nos comentaban “Caramba, tú siempre con tus discos de pachanga” nos daban igual: nosotros éramos felices y ellos, en realidad, se aburrían mortalmente con su jazz-rock-sinfónico.

Con el paso del tiempo, las facilidades para viajar y comprar por correo mejoraron en mi país, y la propia sociedad se abrió más a la escucha de música del mundo sin tantos preconceptos como antes existían. En ese clima más propicio, pronto fui avisado de que existía un tal Emiliano Salvador cuyos discos no se podían dejar de escuchar y, efectivamente, descubrí cómo Emiliano era, sin duda, uno de los mejores letristas cubanos de la historia cuando componía sus canciones instrumentales, y también supe que los sentimientos que provoca el jazz, en ocasiones, pueden tener paralelos con los que produce el buen rock.

Actualmente, hace ya algunos años que varias tiendas españolas tienen sección de música cubana y de jazz latino con servicio de venta por correo y, siempre que haya algo de dinero en el bolsillo, no existen mayores problemas para constatar la feliz realidad del jazz en Cuba, tanto en sus grupos más consolidados como en lo referido a esos desinhibidos jovencitos que, cada año, nos dejan de piedra con su enorme talento y atrevimiento. Pero, ¿qué quieren que les diga? Aún recuerdo con cariño cuando encontraba un nuevo vinilo de jazz cubano en alguna tienda de mi ciudad y hacía el camino de vuelta a casa lleno de excitación e ilusión por escucharlo cuanto antes: No me hagan caso, son manías de viejito, ahora la cosa es mucho mejor.

*. Crítico de jazz. Moderador del foro de debate Jazz al Sur.
 

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