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La Habana, una plaza irrepetible
Si
Jazz Plaza se presenta, desde hace tiempo y ahora más
que nunca, como un evento apreciable en el calendario
musical cubano es porque La Habana clasifica entre las
plazas indiscutibles del jazz en la geografía mundial.
Pedro de
la Hoz |
La Habana
No
se trata únicamente de que este diciembre haya vuelto
Jazz Plaza a originar ese movimiento de entendidos,
enterados, curiosos y neófitos en teatros grandes y
pequeños, escenarios formales e improvisados, clubes y
salones de baile, a la caza de conciertos y descargas.
Más bien invertiría los términos: si Jazz Plaza se
presenta, desde hace tiempo y ahora más que nunca, como
un evento apreciable en el calendario musical cubano es
porque La Habana clasifica entre las plazas
indiscutibles del jazz en la geografía mundial.
Lo
fue desde las primeras décadas de la pasada centuria, en
buena medida por su cercanía a los EE.UU. Se ha
documentado exhaustivamente acerca de la presencia de
músicos norteamericanos en la Isla, contratados por los
hoteles donde sus compatriotas se hospedaban para saciar
extraterritorialmente la sed en los tiempos de la Ley
Seca.
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La orquesta Hermanos Castro en el Hotel Nacional |
Lo
fue por la apropiación del formato y el lenguaje
jazzístico por parte de las orquestas cubanas de los
años 30, en cuyos repertorios se alternaban las más
diversas músicas vernáculas con el dixieland y el
pasodoble. Siempre en el recuerdo las orquestas de los
Hermanos Castro, Havana Casino, Hermanos Palau, Lecuona
Cuban Boys y la Bellamar, donde hizo sus primeras armas
el más apasionado jazzman que Cuba haya conocido,
el maestro Armando Romeu.
Lo
fue desde que Mario Bauzá, Machito y Chano Pozo llevaron
a su ciudad en la sangre para integrarla al
mainstream del género en los EE.UU. El nacimiento
del jazz afrocubano marcó la confluencia de dos culturas
en un proceso de mestizaje consecuente con sus raíces y
expectativas.
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Chano Pozo actuando con la Orquesta de Miguelito
Valdés en
Nueva York en 1947 |
Las memorables descargas de los años 50, la creación del
Club Cubano de Jazz, la proliferación de pequeños clubes
en la trama urbana de El Vedado, todo ello configuró la
estabilidad de la atmósfera jazzística citadina, la
cual, ni aún en los peores tiempos —la hostilidad de los
gobiernos de EE.UU. contra el nuevo poder revolucionario
de la Isla cortó un intercambio musical mutuamente
fructífero—, cedió en esencia. Ni siquiera muchos años
después, cuando a consecuencia del cierre de los centros
nocturnos y una no promulgada pero real “ley seca” se
desarticuló la vida de la capital de noche y la adopción
de un sistema de contratación y evaluación artística
burocrático y empobrecedor, dejó de estar prendida la
chispa del jazz. Porque, en bien de la memoria, habría
que recordar cómo en aquellos grises tiempos surgió nada
menos que Irakere.
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Irakere
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También habrá que tener en cuenta cómo en la propia
música vernácula, el jazz ejerció a lo largo del siglo
una influencia decisiva. Pongamos tres ejemplos. Uno, el
caso del filin: la revolución armónica que supuso para
la renovación de la cancionística tradicional tuvo mucho
que ver con la asimilación de los patrones del blues y
del bebop. Dos, la identidad entre mambo y jazz band,
puesto que es este formato el que sella definitivamente
el carácter del género. Tres, las líneas de ataque de
los metales en la timba, historia reciente que se puede
corroborar al comparar la complejidad de los arreglos de
Irakere, NG la Banda y Charanga Habanera con los
trabajos al estilo de Weather Report o Earth, Wind &
Fire.
De
modo que con tanta historia a cuestas y tan viva
relación con el jazz, se desprendía la necesidad de
diseñar un espacio de culminación, y ese fue el festival
Jazz Plaza, que comenzó de manera muy modesta en la Casa
de Cultura del municipio de Plaza, en el centro de la
capital y ha terminado siendo un evento múltiple, de
programación intensa e inabarcable, con los mejores
teatros de la ciudad a disposición de los artistas.
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Bobby Carcassés |
Lo
más importante en Jazz Plaza 2004 pasa por lo que tienen
que ofrecer los músicos cubanos, sobre todo los jóvenes.
Ya se sabe lo que da y seguirá dando Chucho Valdés,
presidente del Festival, envuelto en lo que él llama
“nuevas concepciones”, de la maestría de Bobby Carcassés,
de las artes de Peruchín Jr., de la excelencia del
contrabajista Jorge Reyes, que se echó arriba el trabajo
del Premio SGAE de Jazz Latino, otorgado por cuarta vez
en La Habana, de la fidelidad al jazz de José Luis
Cortés, de la impronta siempre renovadora del pianista
Ernán López-Nussa.
Sin embargo, quisiera destacar en esta apreciación
global de Jazz Plaza 2004 la existencia de al menos
cuatro líneas de desarrollo de la expresión jazzística
cubana que pueden dar la medida de los rumbos que se
abren y consolidan.
Una de ellas apunta a la fusión con los elementos
virtuosísticos del rock, sobre la base de las claves
cubanas. Ello se aprecia, siempre con diversas
gradaciones, en la labor del saxofonista César López y
su banda Habana Ensemble, y en los trabajos
independientes de los guitarristas Jorge Luis Chicoy y
Elmer Ferrer.
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Elmer Ferrer
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Otra pasa por la experimentación con sonidos de otras
culturas de la periferia del jazz, en constante diálogo
e intercambio con núcleos de son, bolero y filin. Lo más
avanzado en tal sentido es lo que nos propone Roberto
Julio Carcassés y el proyecto Interactivo.
Existe una corriente que trata de insertarse en el
mainstream norteamericano, pero desde perspectivas
creativas muy personales. Se trata de jóvenes
intérpretes muy talentosos, informados, que no dejan de
acentuar su identidad latina, pero con una vocación
universal predeterminada. Me refiero a lo que hacen la
vibrafonista Tamara Castañeda y los trompetistas Yasek
Manzano y Basilio Márquez con sus respectivas
agrupaciones.
Por último, pero no menos importante, está la espiral
creciente de la tendencia afrocubana, tanto aquella que
se afirma junto a las especies bailables, como es el
caso de Maraca y Otra Visión, agrupación todoterreno en
la que desborda la imaginación de su líder, Orlando
Valle, como la que mira hacia las tradiciones rumberas y
rituales, como los Hermanos Arango, sin olvidar un
fenómeno que merece atención por su alto nivel de
virtuosismo y su profunda conceptualización, el de
Bellita y Jazztumbatá.
Insisto en que estas apreciaciones no son más que un
intento por explorar el espacio actual del jazz cubano.
Lo más importante es que se trata de un movimiento vivo
e intergeneracional, con un público fiel y un festival
que, a pesar de los pesares, hace de La Habana una plaza
irrepetible para el jazz.
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