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¿Contemporaneidad latinoamericana
del 1848 francés?
 
Pervive en la actualidad, en Latinoamérica, un amplio marco ideológico fundado sobre la base de ideas profundamente democráticas y socialistas, como pervive además, entre nosotros, el acervo histórico de la formación y la lucha de aquello frentes populares que priorizaron la unidad, y el mantenimiento de la diversidad política, a la radicalización ideológica.


Julio Pino | La Habana


Uno

El cuadro del pintor Jacques-Louis David, que ilustra la Coronación de Napoleón I, el 2 diciembre de 1804, es la representación de una burguesía triunfante que se consagraba así misma en la ostentosa glorificación del poder y en la prosecución de un destino imperial, sobre el cual debían ser avasalladas las naciones y el resto de los poderes y glorias terrenales.

Cabría hoy preguntarse si en nombre de ese opulento destino mesiánico, la burguesía no sería capaz de barrer —si llegara el caso— con todas sus instituciones civiles y democráticas, y con los propios fundamentos político-filosóficos desarrollados en el siglo XVIII que la sustentaron, y legitimaron, como una vez se vio legitimada históricamente la burguesía francesa, la más clásica y audaz de todas las burguesías nacionales.

La comprobada presencia anónima de Simón Bolívar, entre los 8 mil invitados que colmaban, esa mañana de domingo de 1804, la Catedral de Notre Dame, puede guardar, para nosotros, el sabor intelectual de aquello que los pintores vanguardistas llaman un Trompe-l'oeil. Es decir, una triquiñuela para el ojo que mira la enorme composición pictórica de casi diez metros de ancho, en la cual el gran pintor       neoclásico ilustró la famosa escena, y que hoy descansa, para nuestro beneplácito, en el museo del Louvre.

O sea, hay en el juego del cuadro algo de fundamental importancia que no se ve pero, que los latinoamericanos sabemos que siempre estuvo, aunque ignorado por la arrogante mirada neoclásica.

¡Claro! Mucho más que un Trompe-l'oeil pudiéramos decir con mayor precisión que es un Trompe-l'esprit; “un truco para la mente”. La presencia allí soslayada de El Libertador que se nos ofrece también como una suerte de yuxtaposición de planos mentales y disimilares espacios culturales de América y Europa.

Con Napoleón I se consagró todo el gran proyecto histórico de la burguesía europea y en esa misma medida es que fenece como proyecto revolucionario. Pues lo esencial revolucionario burgués ya había sido dicho y defendido por la revolución de 1789–1793. Lo que quedara por decir, en el complejo escenario ideológico europeo del siglo XIX, lo dirá el naciente proletariado británico, las jornadas obreras de 1830, 1848 y 1871 y el relevo alemán, una vez fuera derrotada la Comuna de París.

Por su parte, el pensamiento libertario de Simón Bolívar no es que sea reaccionario ante al nuevo fenómeno histórico que se avecina, sino que el movimiento obrero no se encuentra ubicado dentro de los límites socio históricos de su más profundo accionar y conocimiento político. Cercano psicológicamente al general Bonaparte por el encumbramiento apoteósico del genio, que en ese momento sin dudas admira, y que resume, en su pequeña figura, el destino dramático de toda una época, América se le aparece al joven Bolívar como la tierra de promisión para una nueva posibilidad histórica, donde existe el espacio y el distanciamiento requeridos para la misión que él cree que su destino personal le asigna.

No obstante, su concepto de la gloria no será el mismo que el de Napoleón I. Del mismo modo que la vida a orillas del Sena o del Támesis, como apunta sagazmente su biógrafo Waldo Frank, no puede ser la misma que la vida a orillas del Orinoco y de Río de la Plata. Bolívar representa, frente a la vieja Europa, la vindicación de los pueblos humillados por la barbarie del colonialismo y la depredación cultural. Hay en él mucho de esencialmente español pero, colocado en el terreno donde único puede expresarse esa pasión con verdadera fuerza histórica: las nuevas tierras americanas; vírgenes para la razón dieciochesca, aunque marcadas por una profunda tradición, que originalmente colocadas al margen de la civilización de Occidente, establecen hoy, en su constante devenir y relación con Norteamérica y Europa, un concreto retablo cultural en el cual se ofrecen y manifiestan nuevas posibilidades históricas y enormes horizontes políticos.

De esta manera, la lógica omisión del joven Bolívar en la famosa pintura de David, en el instante en que él es aún un completo desconocido que frecuentaba los conventículos intelectuales y los hermosos salones del París mundano, tiene la singular capacidad de hacernos reflexionar sobre lo impensado, o no visto, de esa escena imperial. En la que la burguesía en ascenso mostró impúdicamente el portentoso rejuego de su fastuosa representación política —sus más secretos móviles—, y su viejo sueño cesáreo.

No obstante, el período napoleónico no solo es una razón para la exaltación del genio romántico, sino que es, a la vez, una total aberración del espíritu revolucionario. Un hito que separa trágicamente a la I República Francesa de la II. Una detención del proceso histórico, iniciado en 1789 con la toma popular de la Bastilla y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que intentó completarse con la República social de 1848, una vez fuera derrocado Luis Felipe de Orleáns por el proletariado insurrecto de París.       

Sin embargo, si la II República resultó traicionada, la III República burguesa nacerá manchada con la sangre de los comuneros muertos.      

Entre la revolución de 1848 y el 1871 comunero de Louis Blanqui y Carlos Marx, aparece otro hito que actuaría también como una fractura en el proceso histórico: el II Imperio de Luis Bonaparte. Pero, esta vez, al decir del propio Marx, lo que pudo haber en el primer Napoleón de trágico y sublime abundó en el segundo de farsa y estafa. Porque Luis Bonaparte fue, entre otras cosas, un gran comediante. Un atildado y osado caballero de florete y salón que presumía en privado de ideales socialistas, y que con su aventurerismo político no solo quiso remedar torpemente las pasadas glorias militares de Napoleón I, sino que se convirtió el usurpador de medianoche de todo lo que pudo existir de extraordinario y revolucionario en el 1848 republicano.

Intentando acercarnos de nuevo por un instante al pensamiento político del poeta y novelista Víctor Hugo, él, como algunos intelectuales comprometidos de su tiempo, percibió con inigualable agudeza de que la gran obra de la primera revolución francesa no estaría terminada si de la creación de la República política no se pasara a la erección de una República social. Ya que enlazar ideológicamente a 1793 con 1848 significaba sumar a las viejas libertades civiles conquistadas las nuevas libertades sociales. O sea, poder transitar, en diáfana solución de continuidad histórica, de la exclusiva sociedad civil de los hombres privados a la sociedad socialista de la propiedad y la gestión colectiva. Aunque una sociedad socialista erigida sobre los fundamentos ideológicos de la gran revolución francesa: la preservación de las libertades individuales como indispensable prolegómeno ciudadano a la libre asociación colectiva. Una República hija por igual de las instituciones individuales y sociales y de una ejemplar ley cívica.

Ahora, la República social, que bien pudo avizorarse en el horizonte ideológico de 1848, quedó al final reducida a un República parlamentaria —meramente representativa—.

La burguesía observó, primero con sorpresa, y luego con creciente temor y alarma, que las mismas armas forjadas por ella en su lucha contra el viejo sistema feudal —libertad de expresión, de asociación, sufragio universal—, se volvían contra ella. El proletariado europeo estaba progresivamente ocupando el espacio civil que había dejado despejado la propia burguesía revolucionaria en su otrora desempeño libertario, y empezaba a convertirse en la nueva fuerza política, que haciendo legítimo uso del voto democrático y de la libertad de asociación y reunión, pretendía marchar hacia la creación de una verdadera democracia social.

En esta lucha popular el primer gran aliado que tuvo el proletariado europeo fue la pequeña burguesía, pues esta no solo necesitaba garantizar a toda costa el espacio privado y las libertades jurídicas que le concedía el derecho burgués, sino poder limitar socialmente el expansionismo sin techo del gran capital y de su proyección política cada vez más jerarquizada y autoritaria. Y para eso buscó ponerse al lado de las reivindicaciones populares, las cuales ampliaban profundamente el marco democrático, mientras protegían los intereses individuales y colectivos de las grandes mayorías.

Sobre esa base histórico–concreta es que aparece, en el escenario político e ideológico de 1848, el nuevo Partido de La Montaña: la social democracia obrera.

Ante este hecho, Carlos Marx comenta aproximadamente, que la pequeña burguesía —rectora ideológica de ese gran movimiento social—, opinaba que las condiciones especiales de la conjunta emancipación política, proletaria y pequeño burguesa, son, a la vez, las condiciones generales en que puede ser salvada la sociedad moderna evitando la guerra de clases.

Indudablemente que lo aquí manifestado pertenecía solo al sol de una utopía social que el golpe de estado del 18 Brumario de Luis Bonaparte (1851) se encargó, en su momento histórico, de reducir a cenizas. En 1871, el proletariado francés estaba de nuevo solo. Había sido víctima de una de las más grandes traiciones políticas. Tenía que empezar de nuevo su larga marcha al poder radicalizando cada vez más su perfil ideológico. Ya se percibía en lontananza el Octubre rojo de 1917 y los líderes socialistas asesinados de la Alemania revolucionaria.

El desarrollo paralelo de la revolución latinoamericana del siglo XIX contiene, a su modo, dos fechas de suma importancia: 1810 y 1895. Fechas concomitantes que buscan también expresarse en una continuidad histórica que transita, del gran proyecto de la independencia americana protagonizado por Simón Bolívar y San Martín, al ideal cívico moral de Benito Juárez y José Martí. El cual sobre la base de la defensa de la independencia conquistada, o en vías de conquistarse, querrá renovar en los pueblos de América las fuentes sociales y democráticas de su gestión política y de su obligada relación con el resto del mundo.

Como quizás se puede apreciar este proyecto bolivariano y martiano constituye, como la misma presencia soslayada de Bolívar en la gran representación neoclásica de Jacques-Louis David, la bifurcada inserción —el Trompe-l'esprit— de la problemática americana del siglo XIX. El difícil y accidentado camino que desanda, sin solución de continuidad, de los ideales cívicos morales al caudillismo político. Los hitos contrarrevolucionarios que fragmentan con frecuencia la coherencia histórica de los procesos de América y Europa.

¡Claro! En América faltaba por completo una doble sustantividad: la de una burguesía capaz de ir a la más profunda revolución política de la historia y la de un proletariado capaz de plantearse, en consecuencia, la República social. En América se reproduce la tensión vital del agudo conflicto ideológico europeo, aunque expresado bajo formas políticas y sociales muy distintas. Del mismo modo, que hubo en Europa usurpadores de la revolución, se darán en América usurpadores de los distintos procesos populares de la primera independencia. Del mismo modo, que el movimiento obrero europeo luchará con denuedo por la justicia social, el derecho y el sufragio universal, en el Nuevo Mundo se luchará por un ideal cívico moral que vuelva a fundar, en condiciones de independencia y democracia, a los pueblos del continente.

En la figura y personalidad de El Libertador se expresan, además, con caracteres marcadamente incisivos, la propia problemática ideológica del siglo XIX americano: dictadura y revolución emancipadora. Porque es importante tener muy en cuenta todo lo que no vio la mirada europea, desde su impositiva perspectiva ideológica, a la hora de juzgarnos y entendernos. La singularidad de dos destinos paralelos     —América y Europa—, que se envían mutuas señales de desconfianza e inteligencia mientras se nutren de sus mutuas, y paradójicamente tan interrelacionadas, experiencias históricas.

Pero, ¿qué es lo que pudo ver Simón Bolívar, con su adiestrada mirada criolla, el aciago día de la coronación imperial de Napoleón I y de la humillación física del Papa Pío VII allí presente?

En el brillante emperador, el joven Bolívar pudo sin dudas contemplar la culminación romántica del genio revolucionario, elevado sin pudor al trono cesáreo por una poderosa burguesía como jamás ha existido en nuestros pueblos. Pero, observó también con atención al esclavizador de naciones, al predestinado líder del prosaico imperialismo europeo, enemigo por naturaleza de los pueblos jóvenes: al “Bonaparte infame” del que habló con justeza, en unos versos, nuestro José Martí.

Dos

Venezuela, la patria primada de Simón Bolívar, con casi un millón de kilómetros cuadrados y 25 millones de habitantes, es el país con más riquezas naturales de América Latina con relación a la dimensión de su territorio y a la cantidad de su población. Una nación que nos ofrece en sí misma un basto compendio geográfico del enorme continente sur americano:

Sus elevadas cordilleras anuncian a los macizos andinos, como su selva presupone a la amazonía, las grandes llanuras del Orinoco preludian a la pampa Argentina y sus paisajes costeros integran al hombre y a la naturaleza venezolana al complejo ámbito histórico y cultural del Caribe.

Venezuela fue la capital política e ideológica de la primera gesta de independencia americana de 1810. “Venezuela es un cono que vibra”. Anota con asombro el historiador norteamericano Waldo Frank. Un cono que carga en su seno intensas e históricas resonancias continentales. O para decirlo con el lenguaje prestado de los artilugios técnicos: esa gran nación es el barómetro que describe la presión aproximada del hemisferio. Y está en vías de convertirse en el altímetro que registre toda la altura, la dignidad y la madurez alcanzada por el nuevo proceso revolucionario que se vive hoy en el Nuevo Mundo.

Por su parte, el largo y cruento proceso experimentado en América por la revolución no ha sido nunca nada homogéneo, y, ha padecido, en su estructura histórica, de varios lugares de seria fractura. Por el notorio hecho de que su acción político-social no se ha desarrollado sobre la pulida y euclidiana superficie de los esquemas teóricos, sino sobre la rugosa y accidentada materialidad de los eventos y situaciones histórico–concretas. Una Latinoamérica entendida en toda su real magnitud, compleja y diversa, profundamente vívida en cada de una de sus particulares regiones naturales y socio - culturales.

El vigente proyecto bolivariano, aunque se inscribe de lleno en el decurso histórico, y el progresivo aprendizaje del proceso revolucionario continental, expresa una singular tipicidad histórica, su propia particularidad nacional y su específico camino en el terreno de su proyección política y las definiciones ideológicas. Mas, lo hace en la misma medida en que nos conduce a una seria reflexión que replantea, con inusitado vigor, el significado filosófico de la práctica social revolucionaria, las posibles alianzas políticas, el papel que debe jugar el grupo dirigente y el estado político, y las nuevas circunstancias ideológicas en el contexto de la actual, y también futura, revolución democrática-popular.

Para un marxista es indudable que la verdad es hija del desarrollo histórico. Es el resultado del nivel alcanzado por el pensamiento revolucionario a la hora de poder evaluar con objetividad y creativa fecundidad política los acontecimientos históricos que en un momento dado le competen. La dialéctica de los acontecimientos sociales se expresa siempre en una unidad viva a la que pertenecen por igual las instituciones de los hombres, el pensamiento ideológico y todas las múltiples formas —como la economía y el trabajo— de la práctica humana. Son peligrosos entonces los esquemas que puedan delimitar, o trasponer situaciones históricas, que nos incapaciten para una evaluación de los hechos del modo más integral y activo.

La experiencia vivida en la Europa del siglo XIX por los partidos de la Social Democracia obrera, que tuvo como pivote al 1848 parisino, adolece de reales limitaciones a la hora de pretender buscar obligadas simetrías teóricas con las variadas experiencias sociales que se viven hoy en Latinoamérica. Por eso es que el título de nuestro artículo está escrito, desde el principio, entre signos de interrogación.

Podríamos opinar, de todas maneras, que pervive en la actualidad, en Latinoamérica, un amplio marco ideológico fundado sobre la base de ideas profundamente democráticas y socialistas, como pervive además, entre nosotros, el acervo histórico de la formación y la lucha de aquello frentes populares que priorizaron la unidad, y el mantenimiento de la diversidad política, a la radicalización ideológica. Frentes que en su momento fueron concebidos para sumar no para restar.

Pero, como apuntábamos la vigente experiencia revolucionaria venezolana expresa en sí misma toda la fuerza de su peculiaridad histórica. Ese proceso político no se ubica para nada dentro del modelo clásico-tradicional de las alianzas y los partidos de izquierda de Europa y Latinoamérica. Refleja lo que podríamos llamar un modelo infrecuente de conducción social. Sin embargo, es el hijo más legítimo del sufragio universal y hace causa común con variados sectores de la sociedad venezolana, mientras se enfrenta a un enemigo definido ideológicamente como la Oligarquía Financiera. La sempiterna enemiga del Partido de La Montaña. Y como en el 1848 francés, el aliado natural del proletariado venezolano es “la sociedad hipotecada”; la nación desterritorializada —en el campo y la ciudad— por los gravámenes que sin clemencia impone la usura.

De todas formas, si queremos buscar un legado político del que la Revolución bolivariana sea heredera, podríamos opinar que es, en primer término, el proyecto histórico iniciado en América por la revolución cubana. Continuada en su momento, y a otro nivel, por la revolución sandinista. Y hoy existe en América Latina lo que podríamos llamar un nuevo contexto. El cual se ha creado, para decirlo con palabras de José Martí dedicadas al 1810 revolucionario, de manera “espontánea y múltiple”. Una nueva y especial situación de las clases políticas del continente; amén de la posibilidad real de efectivas alianzas regionales que superen nuestros ya estrechos límites nacionales.

Y si insistiéramos en buscar un legado original, aunque latinoamericano, del nuevo pensamiento social revolucionario, indudablemente que se podrían llegar a citar diversas fuentes. Me limitaré a una: El legado ético - político de la Unidad Popular en Chile. Un frente popular que sí se acercó, por su origen, a los modelos clásicos del siglo XIX europeo.

Con el dramático fin del allendismo en septiembre de 1973, la escalada militarista, y la inmolación personal de Salvador Allende en el palacio de la Moneda, pareció que el movimiento cívico popular había llegado, en nuestros pueblos, a un callejón sin salida. Hoy ya sabemos que no es así. ¿Quién sabe si a lo que estamos asistiendo en América es a la resurrección política de Salvador Allende? Bajo nuevas formas organizativas, cabe agregar, y sin innecesarios recetarios teóricos.

Salvador Allende, el presidente constitucional caído en combate frente a las oscuras fuerzas del fascismo, en defensa de la legitimidad de su mandato y el extraordinario fundamento popular de su gestión política. Un presidente electo, que en uno de los momentos más crítico y peligrosos de la historia chilena y continental no tuvo miedo de reafirmar ante el mundo su ideario:

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

17 de Diciembre y 2004

 

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