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LOS INTELECTUALES,
EL ENTUSIASMO Y LA REVOLUcIÓN CUBANA
 
 Alfonso Sastre Hondarribia| España


Esta es una relación (la de los intelectuales y artistas de izquierda y la Revolución cubana), que ha tenido sus más y sus menos, desde que en 1959 se produjo la entrada triunfal de los revolucionarios en La Habana y comenzó el proceso propiamente revolucionario después de la fase militar que se había iniciado tres años antes con el desembarco del Granma hasta el día de hoy.

Quiero plantear aquí el punto de vista de una persona que sintió un gran entusiasmo en los orígenes de esta gran Revolución y que hoy persiste en aquel inicial entusiasmo, mientras que otros muchos colegas pasaron de un idilio inicial a una ruptura posterior, que ya en 1971 dio lugar a un documento contra la Revolución cubana que suscribieron muchos de aquellos primeros morados y entusiastas, con motivo de que el poeta Heberto Padilla había sufrido una detención por presuntas actividades contrarrevolucionarias. Nuestros colegas dijeron que habían experimentado ante esta noticia un fuerte sentimiento de "vergüenza y cólera". Firmaron aquel papel entusiastas de la primera hora como

Jean Paul Sartre y Julio Cortázar* que, por cierto, al poco declaró que le parecía que "nos habíamos (se habían) equivocado". Pero ya era tarde. La ruptura se había producido. ¿Qué había ocurrido?

(Consultar mi artículo en la Revista Triunfo, 1971).

Decía que la (primera) deserción de intelectuales y artistas ―desde el entusiasmo casi loco a la condena sin paliativos― se había producido en un momento, casi de pronto, cuando el idilio parecía aún muy vivo. La última lo ha sido hace apenas unos meses y por una razón bastante más grave: la aplicación de unas penas de muerte en un momento así mismo mucho más grave. En tal momento se ha dicho, por ejemplo: "Hasta aquí hemos llegado" situándose en el lado de un humanismo un tanto abstracto (sobre esto podíamos discutir), mientras otros intelectuales y artistas, entre los que modestamente me encuentro, han redoblado, en tan grave trance, y por cierto sin apostar ni un céntimo a favor de la pena de muerte, su lealtad sobre todo a los grandes principios, pero también a las grandes realidades de la Revolución cubana, en el contexto del implacable cerco al que ella está sometida desde sus orígenes. Entonces se ha producido el último desencuentro y las últimas reafirmaciones y lealtades.

En enero de 1968 se había celebrado en Cuba el llamado "Congreso Cultural de La Habana", en el que pulularon muchos enamorados de aquella revolución y, desde luego, de los métodos armados para conseguir los objetivos revolucionarios. Entre aquellos colegas había una gran parte partidaria y ferviente de la guerrilla en cualquier condición y circunstancia, y que casi tildaba de contrarrevolucionarios a quienes pensábamos que la guerrilla era una opción, y que también comportaba asumir la legitimidad de que, en el campo de los proyectos revolucionarios, los escritores literarios se dedicaran a la literatura y los médicos a la medicina y los maestros a la enseñanza de las nuevas generaciones. Pero en mayo del 68 el fervor hacía, por ejemplo, que el gran actor Jean Louis Barrault pudiera exclamar en una asamblea, en el teatro Odeon, "¡Barrault ha muerto!", o que Jean Paul Sartre declarara su propósito de dejar de escribir, se supone que en honor a aquella revuelta de mayo, una gran obra que ya estaba haciendo sobre Mallarmé. Para muchos escritores revolucionarios se trataría sencillamente de arrojar lejos de nosotros nuestra pluma y sustituirla por una metralleta. Cierto intelectual, que luego se arrepintió más de la cuenta, Régis Debray, ocupó un gran espacio con un librito que se editó en Cuba bajo el título de ¿Revolución en la revolución?, en el que invitaba a que grupitos armados se tiraran al monte con la idea de que tales acciones armadas cristalizarían, sin duda, en grandes procesos revolucionarios a imagen y semejanza de lo que había ocurrido en Cuba. Mucha gente creyó en este espejismo y no pocos errores e infortunios se produjeron al respecto mientras el tal Régis Debray que había acompañado a Ernesto Che Guevara en la guerrilla, se pasaba al "socialismo democrático" francés en términos de la mayor moderación y prudencia pacifista, mientras que en las cárceles, o en la tierra mortal, se pudrían guerrilleros que se habían lanzado al monte con su pequeño libro en el bolsillo, y otros líderes de la guerrilla abrazaban la causa de la democracia burguesa, decididamente arrepentidos de su aventura; y algunos pasándose decididamente al enemigo en el marco de parlamentos corrompidos. Rememoro todo esto como una gran catástrofe, en la que ciertos intelectuales izquierdistas (en el sentido de Lenin) desempeñaron un cierto papel confusionista, desde el radicalismo en el mal sentido, al arrepentimiento. Aquí se trató una vez más de la responsabilidad de los intelectuales; y hay que decir que, en este caso, a Debray hay que reconocerle su buena fe avalada por los riesgos que corrió y que lo liberaban de la imagen, tan frecuente, de los capitanes Araña propia de los héroes de papel o de los Tartarines de Tarascón.

Sobre el tema de la pluma y la metralleta, hay que recordar un momento en el que algunos ideólogos de la Revolución cubana ―generalmente no cubanos―­

propiciaban la idea de que la pluma fuera sustituida por una metralleta, aportando una declaración de Ernesto Guevara que, al parecer, había respondido a un intelectual que le había preguntado qué podía hacer él, un intelectual, por la revolución: "Yo era médico". ¡Lo que evidentemente no quería decir que la revolución pudiera prescindir de los médicos! La réplica a esta idea ―la de que la revolución es una cuestión de tiros y nada más― me la dieron a mí unos diplomáticos vietnamitas que me explicaron en Estocolmo que en su lucha patriótica y revolucionaria los maestros se dedicaban, bajo los bombardeos, a enseñar a leer a los niños, y que eso era lo mejor que se podía esperar de ellos ―y lo que ellos podían aportar de mejor― en aquella heroica guerra. Era verdad.

(Se puede consultar el trabajo que escribí para La Habana sobre la pluma y la metralleta en mi libro ¿Dónde estoy yo?).

Algunos artistas o poetas ―digámoslo así― sentimos un gran entusiasmo en los comienzos de la Revolución cubana, un entusiasmo que compartimos con la admiración al pueblo de Vietnam y a sus dirigentes, en su lucha contra el imperialismo norteamericano, y nunca hemos desistido de aquel entusiasmo, que en el caso de Cuba se refuerza cada día que pasa. Pero veamos esto del entusiasmo: El entusiasmo, ¿no es un achaque antiintelectual, es decir, algo impropio de unas personas razonables? ¿Un asalto a la razón? ¿Algo impropio de seres pensantes? ¿En lugar de pensar ―que tendría que ser lo nuestro― nos entusiasmamos? ¿Es serio eso? Si acudimos al filósofo Kant, de quien soy un admirador, encontramos que para él el entusiasmo es, más o menos, una especie de enfermedad de la razón. ¿Estoy gravemente enfermo en torno a esta cuestión? Pienso que tal es mi entusiasmo que lo más seguro es que esté loco de atar a este respecto. ¿O no? Desde luego, yo soy partidario del entusiasmo en mi vida profesional y, por ejemplo, para aceptar que un director de escena se ocupe de un drama mío, yo solo pongo dos condiciones, por muy desconocido que el candidato a este trabajo sea: 1, que sepa algo del oficio; 2, que sienta entusiasmo por el drama en cuestión; y lo rechazo, por conocido y experto que sea, si no siente este entusiasmo, para mí, tan necesario, es decir, si no siente una cierta locura por lo que yo he escrito.

Otros colegas y yo sentimos gran entusiasmo por la Revolución cubana desde sus comienzos. Muchas veces lo he contado, que José María Moreno Galván ­―un excelente crítico de arte― me reveló que a partir de entonces Cuba había de ser "nuestra Madre Patria"; y también recuerdo la alegría del poeta Gabriel Celaya cuando, al andar por La Habana, vimos a unos policías de servicio y él me dijo con enorme alegría: ¿Te das cuenta, Alfonso, de que estos policías "son nuestros"? Ahora recuerdo una manifestación pública que me produjo una gran emoción, y que alimentó ―entre otras muchas experiencias― aquel entusiasmo mío. Era ante la Universidad de La Habana, donde se habían producido muchas veces choques entre los estudiantes y la policía de Batista. Desde una calle desembocaba ante la fachada de la Universidad una manifestación de estudiantes. Desde otra calle irrumpían unas unidades policíacas. El encuentro se producía ante la fachada de la Universidad, ante la cual estudiantes y policías se intercambiaban flores y banderas. Y yo sentía entusiasmo ante hechos como aquellos.

Pero veamos aún esto del entusiasmo, y yo vuelvo a preguntarme al respecto si es propio de una persona razonable ―y de un intelectual se supone que lo sea― sentir entusiasmo. Citaba antes a Kant a propósito de si se puede sentir legítimamente entusiasmo en general y particularmente por revoluciones como la francesa o la cubana. ¿Es ciertamente el entusiasmo una enfermedad de la razón? En seguida veo que hay que distinguir, con Kant (en "Lo bello y lo sublime", 1764, o sea, una obrita primeriza), entre entusiasmo y fanatismo, en el sentido de que: "El fanatismo (una especie de "tumulto de la exaltación") es una especie de temeridad piadosa", mientras que el entusiasmo significa, sí, un cierto exceso, "en el que el espíritu se halla encendido (...). En definitiva, reseñaré brevemente las razones por las que yo creo justificado ―o sea, razonable― mi imperturbable entusiasmo por esta revolución, y mi propuesta de que los intelectuales y los artistas se agrupen firme y activamente en su defensa dentro de nuestros respectivos campos y también fuera de ellos, ante el también permanente acoso del imperio.

Resumamos, en fin, en dos palabras, algunas ideas de la filosofía en nuestro apoyo y cobertura. En 1798, Kant publicó su opúsculo bajo el título de "Si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor", y escribió sobre la Revolución francesa ―pensemos nosotros, mientras leemos este pasaje, en la Revolución cubana― que "esta revolución (...) encuentra en el ánimo de todos los espectadores (...) una ‘participación’ de su deseo, ‘rayana en el entusiasmo’, cuya manifestación (…) no puede reconocer otra causa ‘que una disposición moral del género humano’”. En seguida, precisa el filósofo, precisamente sobre el entusiasmo (Jean Francois Lyotard publicó un libro muy interesante justamente bajo este título, El entusiasmo y sobre este tema), que "aunque como tal afecto en cuanto tal merece reproche y, por lo tanto, no puede ser aprobado por completo; ofrece, sin embargo, (...) la siguiente observación importante para la antropología: Que el verdadero entusiasmo hace siempre referencia a lo ideal, a lo moral puro, esto es, al concepto del derecho, y no puede ser hinchado por el egoísmo".

Y hora, en fin, razonemos en pocas palabras nuestro entusiasmo. Porque, a fin de cuentas, ¿qué ha pasado y que está pasando en Cuba? (O, como se decía en el siglo XIX de la Constitución liberal, ¿qué pasa en Cádiz?). Y lo que está pasando es lo que empezó a pasar en 1956 con el desembarco del "Granma" en la isla de Cuba, y no otra cosa. Eso que pasó y está pasando es lo siguiente: Un asalto al imperialismo norteamericano a dos pasos de sus grandes baterías bélicas y económicas, y aquí es preciso reseñar los grandes momentos de esta gran hazaña hoy mantenida por el coraje de los cubanos frente a todos los asedios e ignominias que ha sufrido y sigue sufriendo este proceso.

En 1959: nacimiento, que pareció milagroso, de una República sobre los vestigios de la seudorrepública nacida de la guerra con España y secuestrada por los Estados Unidos de Norteamérica.

Años siguientes: proceso socialista y construcción progresiva de una democracia de participación popular, hoy verificable en el reciente libro de Ricardo Alarcón Cuba y su lucha por la democracia).

Años 90: Período Especial. Hazaña tan o más importante que el triunfo del año 1959. (Puede consultarse mi artículo "Si Cuba cae" en el libro citado).

Durante mi último viaje tuve una imagen que creo verdadera de que Cuba está en el horizonte de lo que han de ser los nuevos combates contra el imperialismo, y en el marco de una resistencia diversificada, con Venezuela, Iraq, Palestina y otros puntos, contra el neoliberalismo y el imperio de la globalización imperialista. No es solo, pues, un entusiasmo puro. Es la razón también, o mejor, sobre todo, la razón lo que nos acompaña en estas luchas y lo que nos enfrenta también a escritores miserables (intelectuales de cuatro cuartos) como el checo Vaclav Havel, protagonista reciente de actividades infames contra Cuba.

*Hasta el final de sus días, Cortázar mantuvo su amistad con la Revolución cubana.

Texto leído en Cádiz durante el evento “Jornada sobre cultura y libertad en Cuba”, octubre de 2004.


 

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