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El cuento de La Jiribilla

La Máquina

Jorge Enrique Lage
 

 Esta noche he visto alzarse la Máquina nuevamente.
Alejo Carpentier

Hoy he visto alzarse la Máquina nuevamente. Dos veces.

La primera vez fue poco antes de la salida del sol. A pesar de la oscuridad vi la cabeza del policía rodar por la calle 8, sobre el polvo y los baches. Una mujer gritó: me señalaba con el dedo mientras yo me abría paso a través de la multitud reunida alrededor del cadalso: la plebe inflamada, furibunda, el olor a madera podrida, el amanecer que me sorprendió torciendo continuamente el rumbo en la perfecta geometría de las calles del Vedado. Poco a poco las sombras dejaron de perseguirme, se disolvieron en la luz o tomaron la forma de gente que regresa del trabajo sin dormir, de gente que se levanta temprano para ir al trabajo, caminar, coger la guagua, bostezar, mirar el reloj, no mirar nunca a los ojos, impunidad. En el tejido de calles y callejuelas y gente puede uno darse el lujo de ser anónimo sin que a nadie le importe. Me demoré, de aquí para allá, el tiempo suficiente para llegar demasiado tarde a casa de América.

Demasiado tarde.

Durante muchos meses, esta casa fue para mí refugio contra la inminente llegada del Terror, la guarida donde América La Esfinge y yo, Edipo, almas gemelas, hacíamos el amor salvaje y desaforadamente (hasta saciarnos o hasta que llegaba la luz, ambas cosas improbables), nos contábamos enigmas, muchos enigmas por descifrar o multiplicar y nos tirábamos fotos, muchas fotos, FLASH FLASH... Ahora es un apartamento impersonal como cualquier otro, fastidiado para siempre, porque hay algo que se pierde sin remedio en el  apartamento donde una persona se suicida.

Yo no la maté. Ella sola lo hizo. Es necesario aceptar esta premisa en función de la continuidad de la historia. Y también, por qué no, de la Historia.

La encontré en la baño: sus doscientas libras desplazando             – ¡eureka!– un volumen equivalente de agua de la bañadera, el agua donde flotaban, además, varias colillas de cigarro, algunas ya deshechas, residuos de cada Popular sin filtro que se fumara América antes de hacer uso del cuchillo de la carne –para picar la carne. La toalla era un casquete blancuzco alrededor de la cabeza y el brazo derecho colgaba hacia fuera, apuntando a lo que venía siendo el borde inferior central del cuadro.

Su último regalo.

—Gracias, América —dije, conmovido.

Fui al fregadero y me lavé las manos; después me cambié de ropa, preparé los pinceles y la paleta, busqué el lienzo y el caballete y trasladé toda mi parafernalia de pintor neoclásico hasta la puerta del baño.

Tan rápido como pude comencé a pintar.

Trabajé durante toda la mañana, en paz hasta que llamó Violeta, única persona en el mundo que se encarga de mantener limpio de telarañas el teléfono de América.

— ¿David? Oye, soy yo, Violeta. Ponme a América un segundito.

—Ella está... —pero ya era tarde, ya había descolgado el auricular, ya estaba en contacto directo con el Mundo Exterior— en el baño.

Quedó callada unos instantes antes de preguntar:

—Lo hizo, ¿verdad?

— ¿Hizo qué?

—Voy para allá —y colgó.

Fui hasta el cuadro y arriesgué una pincelada. Ya no iba a poder pintar en paz. Violeta bajó volando los tres pisos y se quedó pegada al timbre. Lo dejé sonar; algo dentro de mi cabeza también sonaba...

—Perdóname, América. Ya la cagué, como siempre.

Un timbre más discreto pero no menos perturbador. Una alarma contra incendios predecibles.

—Ve abrir —ordenaste.

Al entrar, Violeta me miró con cierta desconfianza:

— ¿Y esa ropa? ¿Estabas pintando? —la sala se llenó con su olor a hembra recién bañada, lycra verde y un pulóver blanco que no tardaría en quitarse. Fue hasta la puerta del baño y...

Escena uno: mano derecha a la boca para contener un gritico.

Escena dos: mano izquierda a los ojos para secarlos.

¿Para secarlos de qué?

—No puedo creer que la estés pintando así —después de un par de vueltas entre las arecas para hacer aún más ostensible su nerviosismo, acabó por sentarse frente a mí—. Estás enfermo, David, ¿lo sabías?

—Ya me lo has dicho antes.

—Estás completamente loco.

—No tienes que repetirlo.

Hundió las uñas en mi mochila y abrió el zipper con violencia. Yo no sabía si darle un calmante o un Oscar.

— ¿Cómo hiciste para embarrar la mochila de sangre? —preguntó.

—No es sangre.

— ¿Ah no? Es lo más parecido —sacó mi caja de cigarros, mi encendedor...

—Es pintura.

— ¿Pintura? —el Popular sin filtro encendido de placer entre sus labios—. Si tú lo dices... —expulsó mi humo hacia arriba, bien lejos de su pelo húmedo y el sudor de sus (mis) hormonas—. Tú lo sabías, ¿verdad?

— ¿Sabía qué?

—No sigas haciéndote el bobo. Eso, que ella estaba pensando en matarse.

—No —mentí—, no sabía nada.

Vació la mirada, pensando o simulando pensar.

— ¿Y las fotos? —dijo.

Nunca más, América, aquella sensación de ser como planetas girando alrededor del lente, sacerdotes de un culto redentor. Nunca más aquel lenguaje que inventamos para huir bien lejos del Terror y de la plebe, el lenguaje de los cuerpos: cuerposímbolos, tu cuerpo y el mío, el tuyo, el de ambos, viajando hacia la ráfaga de luz que nos convertía en ángeles, FLASH, FLASH...

— ¿Qué pasa con las fotos?

—No, nada. Pensé...

A pesar de que cada flashazo era también un insulto a la memoria de mis ancestros, que repetían lo más natural de la naturaleza con el talento y la pericia y no con subterfugios fisicoquímicos. A pesar de que ni Sade ni Sacher-Masoch iban a devolvernos la inocencia o la pretendida esencialidad, éramos felices, América, ¿lo sabíamos?, felices como nunca, nunca más.

—No hablemos de eso ahora, Violeta, por favor. De todas formas ya no tiene importancia.

Apagó el cigarro en el suelo. Yo cerré los ojos para asistir cómodamente a la batalla de dos ideas por ocupar el primer plano de mi cerebro: qué hacer para que Violeta desapareciera de repente y qué título ponerle al retrato de América... si lograba terminarlo.

El reloj hacía tic-tac-tic-tac. Violeta dejó correr el silencio unos minutos para así poder romperlo de una manera más estrepitosa:

—David... —acariciando con insistencia el dorso de mi mano—. ¿Es verdad lo que me dijiste aquella vez?

Traté de recordar cuántas cosas le había dicho. No pude.

—Olvídate de aquella vez, Violeta.

—Ahora ella está muerta, David... Muerta.

Primera Posibilidad: América suicidada, o El suicidio de América. (No, demasiado obvio.)

—Ya lo sé, ¿y?

Abrí los ojos justo a tiempo para verla saltar del butacón, levantarse el pulóver por encima de la cabeza y arrojarlo contra un búcaro. Por supuesto, no llevaba ajustadores. 

— ¿Te gustan? —acercándose a mí.

—Preciosas —dije—. Como dos gacelas mellizas.

Rió. “Aquella vez” le respondí otra cosa, algo todavía peor.

— ¿Y eso? —preguntó.

—De “El Cantar de Los Cantares”.

Violeta y La Literatura: una relación de coexistencia pacífica. Hasta “aquella vez” que se me ocurrió hacer algo por la salvación de su alma, o de su sexo, que es más o menos lo mismo. “Te voy a regalar un libro”, le dije, “abre las piernas”. Ella obedeció, entre curiosa y divertida, y yo puse el libro sobre su pubis, mi libro de cabecera en la cima del monte de Venus: cabecera del mundo, origen del mundo al que volví postrado de adoración como Courbet ante su modelo desconocida, los ojos fijos en la humedad de las páginas que clamaban por mis labios para cubrir de besos aquella vulva de pronto barroca, dieciochesca, meter la cabeza en el ojo abierto del huracán para beberme el aroma salado del Caribe, el sabor de todas las putas de Port-au-Prince... En fin, ya me inclinaba para releer la mejor novela que se haya escrito jamás, cuando Violeta, risueña, preguntó: “¿Cómo se llama?”, y yo, arrobado: El Siglo de Las Luces, y ella, perdida: “¿de qué trata?”, y yo, salivante: “tiene que ver con La Revolución…”, y ella..., saltó de la cama como si el libro se hubiera puesto al rojo vivo.

“¿¡Y ESO fue lo que tú me pusiste AHÍ!?”

— ¿No quieres tocarlas? —dijo ahora; su voz lubricaba.

—Mira, Violeta —tratando de parecer serio—, aprecio mucho lo que me estás ofreciendo, pero...

— ¿No tienes ganas? —arrodillada frente a mí, comenzó el ataque a la portañuela—. Tú verás.

— ¿Gratis?

Igual que “aquella vez”, consideró que era su deber ofenderse y así lo hizo, muy brevemente, clavándome una mirada glacial.

—Hazme el favor —y prosiguió sus manejos en mi entrepierna.

Segunda Posibilidad: Naturaleza muerta. (Muy común. Otras variantes –Naturaleza muerta con cuchillo, Naturaleza muerta con sangre– repiten el manido esquema Naturaleza-muerta-con. ¿Qué tal te suena, América, Naturaleza bien muerta? Una vez me dijiste que el título es lo menos importante de una pintura o de una fotografía, y aquí me tienes hoy, pintándote con palabras, temblando de cobardía e impotencia.)

—Ven acá, chico, ¿te volviste maricón o qué? ¿Ahora nada más te excitan las gordas-gordas? —Violeta baja el volumen y sintoniza una frecuencia más teatral—: Si ya no te gusto, dímelo.

¿Qué debía decirte Violeta Venus, mi antológica Trigueña de Quinta Avenida? ¿Que te me estabas convirtiendo en una mujer de humo? ¿Que desde que empezó el Terror tengo los párpados congelados? No, no valía la pena.

—No es eso —me levanté y volví al baño sin mirarla, frotándome las sienes para aliviar la punzada. Dentro de mi cabeza Violeta afuera, pegada al timbre, el timbre sonando cada vez más alto. Fuera de mi cabeza Violeta adentro, pegada al teléfono, comunicándose con el Mundo Exterior como yo lo había hecho, desafortunadamente, al levantar el auricular unos instantes atrás.

Traté de adivinar a quién estaba llamando. Tampoco pude.

—Coño, Violeta, ¿a quién...?

—A la policía, ¿no? Por si no te acuerdas, América está ahí en el baño, muerta.

Tercera Posibilidad: Las venas abiertas de América en la tina.

—Creí que era a ti a quien se le había olvidado —y arriesgué otra pincelada, mirándote desconsolado, maldiciendo esta segunda intervención del teléfono en la historia (y en la Historia), que lo echaba a perder todo definitivamente.

—Déjala que llame —ordenaste—. Que venga la policía.

Y la policía vino, bajo la forma de un mulato uniformado cuya expresión facial excluía todo aquello que no fuera la mulatez uniformada. Su vista saltaba de América al cuadro y del cuadro al piso y la maldita circunstancia de la sangre por todas partes, del retrato inconcluso de América a las paredes pobladas por las fotos que él no podía ver y yo sí, del casquete blancuzco al cuchillo de picar la carne y del cuchillo a mi cara de sospechoso número uno con dos pinceles en la mano. Entre otras cosas (Artista, ¿no? Sí. ¿Qué relación tenía con la suicida? Éramos... muy buenos amigos. ¿Sabe qué pudo haberla impulsado a?) que iba anotando esmeradamente en una libretica, preguntó mi nombre:

—Jacques-Louis David.

— ¿Cómo, cómo?

Se lo deletreé. Dos veces. Luego le dije que la mujer que había avisado era una... vecina, Violeta, tres pisos upstairs pero no había que molestarse en ir a buscarla porque ella solita bajaría en cuanto terminara de almorzar, seguro. Creí que con esto se le habían acabado las preguntas, pero el muy cabrón reservó las dos más importantes para el final.

En la sala, el Policía dio un par de vueltas entre las arecas, olfateando el aire como buen sabueso antes de sentarse frente a mí.

—Hay un olor raro aquí —dictaminó.

Hembra recién bañada. Doscientas libras de sexo. Luces, cámaras, acción. Triángulos del dolor. Confidencias y humo compartidos. Temores, proyectos, fracasos.

—El olor de la muerte, supongo —dije, concentrado en el gesto de satisfacción con que el Policía levantaba mi mochila del piso.

—La muerte, la muerte... —sacó mi caja de cigarros, mi encendedor...— En los últimos meses han ocurrido cantidad de suicidios, ¿sabe? —encendió mi Popular sin filtro, aspiró mi humo—. Es que este ha sido un año muy difícil.

Asentí:

—El noventa y tres.

—Sí, el 93. Pero no se aflija, compañero. Hay que tener confianza en la Revolución. La Revolución saldrá adelante.

— ¿Cuál Revolución?

—Cuál va a ser, hombre, cuál va a ser.

Cuarta y última posibilidad (Por la salvación de su alma, para que no olvide ciertas cosas, para que entre ella y la Pintura deje de existir una relación de hipocresía, para que lo cuelgue en la cabecera de su cama: cabecera del mundo, y lo mire cada noche antes de dormir, antes de que se ponga al rojo vivo de una vez y para siempre, intentar regalarle a Violeta el cuadro con este título): Nuestra América.

Mi último regalo.

—Sí —movía la cabeza el Policía—, estos son tiempos difíciles —suspiraba.

Luego pasó a explicarme por qué, a su entender, la calle está tan mala. “Sí, muy mala, compañero.” Porque no es solo la delincuencia vulgar, cotidiana; no es solo la prostitución, ya de por sí un mal inadmisible en Nuestra Sociedad, vieja lacra que dejamos atrás, sepultada para siempre en los cementerios de la Historia. No. A esto se le suma una infame tergiversación del Arte Socialista, unas fotos que últimamente circulan por ahí, en blanco y negro, de una gorda encuera y otro pervertido más, haciendo ni se sabe cuántas cochinadas para luego venderle a los extranjeros esas imágenes de la decadencia física, moral e ideológica...

—Una cosa es el arte y otra cosa es la pornografía, ¿usted me entiende?

Y por si esto fuera poco: homicidios extravagantes. Un hijo de puta que se volvió loco y ha matado ya a nueve policías... Decapitándolos: nueve cabezas limpiamente cortadas. Y la PNR no puede con tanta carga, con tantas cabezas, con tanto relajo...

—Justamente hoy por la mañana apareció el noveno cadáver.

— ¿Y qué usa el asesino para cortarle la cabeza a sus víctimas? —me interesé—. ¿Ya saben?

—No, ése es el gran enigma.

Apagó el cigarro en el suelo y se quedó mirando el cenicero que reposaba sobre la mesita de cristal. El reloj hacía tic-tac-tic-tac. No cerré los ojos: en mi cerebro no se libraba ninguna batalla de ideas, era la dictadura de una idea fija: qué hacer para que el Policía desapareciera de repente.

— ¿Puedo hacerle dos preguntas? —dijo—. Pura curiosidad.

—Claro.

— ¿Cómo hizo para embarrar la mochila de sangre?

—No es sangre. Es pintura.

— ¿Pintura? Ah, ya... ¿Y por qué la está pintando así?

Sonó el timbre, que ya no pararía de sonar. Fui a abrir. Violeta entró diciendo algo que no entendí.

—Mire, oficial —alcancé a decir—, ella es...

—Violeta, mucho gusto —el timbre.

— ¿Usted conocía...? —el timbre.

—Yo era su mejor amiga —el timbre.

— ¿Sabe que pudo haberla impulsado a tomar esa decisión? —el timbre—. ¿Dejó una nota o algo?

— ¿Una nota? No sé... —Violeta me miró—. La verdad es que nosotros no habíamos pensado en eso. Pero podemos buscar. ¿Quiere ver su cuarto? Venga.

Quise gritarte, hombre de buena fe. Quise gritarte huye, sálvate, regresa al Mundo Exterior, busca entre la plebe al hijo de puta que colecciona las cabezas de tus compañeros, pero no permitas que esta mujer de humo te convierta en apagafuegos, en somnífero. Quise advertirte de cosas que yo mismo no comprendía, porque no todos los incendios son predecibles, pero no pude, era el timbre, cada vez más alto, el timbre, y mis labios congelados desde que empezó el Terror, y nada, no pude.

Desaparecieron pues, tras un recodo del pasillo, la camisa grisazul y el pulóver blanco. Quedé solo en la sala, frotándome las sienes.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó hasta que decidí que no iba a resolver el problema de mi cabeza y lo mejor era aprovechar y volver a la pintura. Violeta y el Policía habían cerrado la puerta del cuarto. Las moscas zumbaban sobre la bañadera y se posaban en tus labios. Cogí un pincel y miré el cuadro, y te miré, pensando que no, que en realidad el gran enigma es este: la Creación, ser Dios o aspirar a serlo, intentar dejar de ser el dios menor, el trágico semidios que todavía tiembla de cobardía e impotencia ante la Esfinge, ante el último gran enigma por descifrar.

O por multiplicar.

—Ve a hacer lo que tengas que hacer —ordenaste.

El olor a madera podrida me golpeó en el rostro aún antes de abrir la puerta. Entré silencioso, apagado el ruido de mis pisadas por gemidos vulgares, y tropecé con el amasijo de ropa al pie del cadalso. Entonces vi alzarse la Máquina nuevamente. Esta vez no tuve miedo. Esta vez no hubo vítores, ni plebe enardecida, ni sombras embozadas descolgándose de las paredes para perseguir al testigo. Solo la Máquina y yo, la Cuchilla y yo, y la cabeza del Policía rodando por la piel desnuda de Violeta, sobre los muslos, el vientre y más allá, las gacelas mellizas. Comprendí.

Esto es el fin de la historia y quizás el fin de la Historia.

O al revés.

—Gracias, mi amor —y arriesgué otra pincelada (¿Autorretrato?), ahora mojando el dedo en la paleta, o el pincel en la ropa, o el pincel en el suelo, o el dedo en la ropa, para escribir lo más rojo que pude:

       A AMÉRICA,

DAVID.

1793.

Violeta seguía gritando cuando me agaché para recoger el cuchillo de picar la carne.


 

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