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Movimiento internacional
En defensa de la humanidad
El comienzo de la
edad postcontemporánea
Nunca el poder de los canallas que gobiernan el mundo
fue tan grande; pero su mismo gigantismo lo hace más
vulnerable. Nunca la dignidad estuvo tan acorralada; por
eso descubre cada día nuevas formas de expresión y de
lucha. Nunca los aguijones de la verdad estuvieron
sepultados bajo tan enormes masas de paja mediática;
pero nunca saltaron tantas chispas como ahora, por todas
partes.
Carlo
Frabetti|
Caracas
La
Historia no se repite, como creen los simplistas, ni se
ha terminado, como quisieran los explotadores. Por el
contrario, estamos en los albores de una nueva era,
anunciada tanto por los sangrientos estertores del
imperialismo como por los gritos de libertad de los
pueblos y de las clases oprimidas. Y si, como dice
Engels en El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, la primera explotación y el
paradigma de todas las demás fue la explotación de la
mujer por el hombre, la liberación de la mujer y su
reciente incorporación a los ámbitos de decisión marca
el comienzo y señala el camino de esa nueva era de
libertad, igualdad y fraternidad a cuyo nacimiento
tenemos el privilegio de asistir y por cuya
consolidación tenemos el deber de luchar. Una nueva Edad
que bien podríamos denominar Postcontemporánea, en el
sentido de que, por primera vez en la Historia, los
pueblos del mundo podrían sustraerse a su confinamiento
en la estricta contemporaneidad de la mera supervivencia
cotidiana para convertirse en dueños de su futuro. Y
Postcontemporánea también en el sentido de que sucederá
a una Edad en la cual quienes se creen amos y gestores
del tiempo, lo jerarquizan desde una contemporaneidad
supuestamente definitiva (a la vez que definitoria) que
postula, en su formulación misma, el fin de la Historia.
En las páginas
siguientes, sin ninguna pretensión de exhaustividad, ni
siquiera de sistematicidad, intentaré señalar algunas
características, condiciones, problemas e instrumentos
del proceso que apunta, cada vez con más fuerza, hacia
esa Edad Postcontemporánea. Un proceso que, como todas
las grandes transformaciones, implica, ante todo, lo que
los científicos llaman un “cambio de paradigma”, es
decir, un nuevo mapa de la realidad, una nueva visión
del mundo (tema al que dedicaré los siete primeros
puntos de mi exposición).
1. Filosofía y ciencia
Hace unos años, le pregunté a Stephen Hawking cómo veía
la relación actual entre filosofía y ciencia, y me
contestó: “Ahora los filósofos solo se dedican al
lenguaje, y los científicos tenemos que ocupar el lugar
que han dejado vacante”. Los antiguos filósofos fueron
los primeros científicos. Los nuevos científicos son los
últimos filósofos.
En Dialéctica de la naturaleza, dice Engels: “Los
científicos creen librarse de la filosofía ignorándola o
despreciándola. Pero puesto que sin pensamiento no
pueden avanzar y para pensar necesitan pautas de
pensamiento, y toman dichas pautas, sin darse cuenta,
del sentido común de las llamadas personas cultas,
dominado por los residuos de una filosofía ampliamente
superada, o de ese poco de filosofía que aprendieron en
la universidad, o de la lectura acrítica y asistemática
de textos filosóficos de toda índole, no son en absoluto
menos esclavos de la filosofía, sino que la mayoría de
las veces lo son de la peor; y los que más desprecian la
filosofía son esclavos precisamente de los peores
residuos vulgarizados de la peor filosofía”.
A primera vista,
Hawking parece contradecir a Engels; pero, en última
instancia, está señalando el mismo problema
―la
misma dicotomía―
desde un ángulo y un momento diferentes.
Los “intelectuales”
(con las comillas quiero señalar que me refiero a lo que
habitualmente se entiende por tales) suelen ser gente de
letras. Y, viceversa, los científicos no suelen ser
considerados (ni considerarse a sí mismos)
intelectuales. Sin embargo, hablar de los problemas
económicos, políticos y sociales sin saber matemáticas
(sin conocer, por ejemplo, la teoría de la información o
la teoría de juegos), es, hoy más que nunca, una
impostura. Una impostura tan grande
―y
tan frecuente―
como arrogarse el título de filósofo sin un profundo
conocimiento de la física del siglo XX y de la lógica
posterior a Gödel. La vieja advertencia platónica
―
“Que no entre aquí quien no sepa geometría”
― sigue en la
puerta de la Academia. Solo que ahora la geometría ya no
es euclídea y la advertencia está en un idioma que la
mayoría de los “pensadores” no entienden.
El anaritmetismo (la
incapacidad de leer el lenguaje de los números) es uno
de los grandes problemas de nuestra cultura, y afecta de
forma alarmante a la mismísima elite intelectual. Y el
discurso sociopolítico se resiente gravemente de ello.
2. Marxismo y ciencia
Decía Popper (cuyas contribuciones a la epistemología no
se pueden ignorar, a pesar de su lamentable deriva hacia
la derecha) que el marxismo, en el que creyó en su
juventud, lo había decepcionado por sus infundadas
pretensiones científicas y la falta de rigor de sus
“profecías”. Venía a decir sir Karl (como se hacía
llamar al final de su vida) que él, junto a tantos otros
ingenuos, había luchado contra el capitalismo creyendo
que su caída era inevitable, como asegura Marx. Al
comprender que el pronóstico carecía de base suficiente,
se había sentido profundamente decepcionado y había
abandonado la lucha. Le escribí, al respecto, lo
siguiente: “Su argumento parece sugerir que solo hay que
luchar si la victoria está asegurada de antemano, cuando
lo cierto es más bien lo contrario: si el capitalismo
llevara en su seno el germen de su propia destrucción,
como afirma Marx, y su caída fuera inevitable, entonces
podríamos relajarnos, como puede relajarse el médico
cuando la curación del enfermo es segura o el bombero
que sabe que el fuego va a extinguirse por sí solo.
Precisamente porque la caída del capitalismo no es
inevitable (mejor dicho, no sabemos a ciencia cierta si
lo es o no), porque la victoria no está asegurada de
antemano, tenemos que luchar con todas nuestras
fuerzas”. (Nunca me contestó.)
El marxismo no es una
ciencia, y el hecho de que muchos de sus seguidores
atribuyeran a sus formulaciones el rango de leyes
científicas, ha sido una de las causas del fracaso del
llamado “socialismo real”. El marxismo no es una
ciencia, pero tiene una clara vocación científica y sabe
que necesita de la ciencia. Tanto como la ciencia
necesita del marxismo para dejar de ser esclava del
capital.
3. Pensamiento y acción
El intelectual rumiante (que come y regurgita papel
impreso) es una especie domesticada que solo vive en las
granjas, los zoos y los circos del poder.
La “soledad
solidaria” de la que hablaba Aranguren (la del pensador
preocupado por los problemas sociales, pero aislado en
su torre de marfil) ya no es suficiente, si es que
alguna vez lo fue. El mero hecho de obtener información
veraz se ha convertido, en estos tiempos de manipulación
mediática global, en una tarea incompatible con el
tradicional aislamiento de los cenáculos culturales.
Las movilizaciones y
los foros sociales necesitan de la participación de los
intelectuales (es decir, de quienes han hecho de la
cultura y la comunicación su oficio); pero estos, a su
vez, no pueden desarrollarse sin participar activamente
en dichos foros y movilizaciones.
La dialéctica
teoría-praxis bien entendida empieza por uno mismo. Y no
vale decir que la generación de teoría es en sí misma
una praxis, en un momento en el que sin verdadera praxis
(sin participación directa en los procesos
sociopolíticos) es imposible tan siquiera acceder a la
información necesaria para generar nueva teoría.
Los intelectuales
necesitan más “formación física” en ambos sentidos de la
expresión: no solo tienen que aprender física (y
matemáticas: sin pensamiento cuantitativo, las
posibilidades de predicción y transformación son muy
escasas), sino que han de mejorar su forma física y no
desdeñar la acción, el movimiento, la lucha.
4. La colmena utópica
Hay otra razón por la que los intelectuales tienen que
salir urgentemente de sus madrigueras. Y de sus países.
Por las
características mismas de su trabajo, el intelectual y
el artista tienden al individualismo. Y en estos
momentos de guerra abierta del poder contra la razón y
la cultura, la lucha individual no es suficiente. Los
intelectuales (sin perjuicio de otras formas de
organización) tienen que organizarse “gremialmente”,
planear y llevar a cabo empresas colectivas. Las
movilizaciones masivas no serían más que clamorosos
testimonios si no dieran lugar a la aparición de
“propiedades emergentes”, de nuevas formas de relación y
organización en y entre los diversos estamentos
sociales. Y el estamento intelectual no puede ser una
excepción.
El pensador-jardinero
que cuida su hortus conclusus y ocasionalmente
regala (o vende, más bien) sus flores y frutos a los
simples mortales del mundo exterior, ha de dejar paso al
pensador-abeja capaz de trabajar en enjambre y de
defender la colmena con su aguijón. La colmena utópica,
tanto en el sentido literal (no está en un lugar
concreto ni tiene una realidad física) como en el
literario: el laboratorio de ideas donde colectivamente
se proyecta y se prepara la utopía (que no es lo
imposible, sino lo imposibilitado por unas
circunstancias que hay que subvertir, como nos recuerda
Alfonso Sastre).
La caída de
Constantinopla en poder de los turcos, a mediados del
siglo XV, no solo marca el comienzo de la Edad Moderna,
sino que la hace posible. La huida de los sabios
bizantinos a la Europa occidental (sobre todo a
Florencia, Venecia, Bolonia y otras ciudades italianas)
dio un impulso decisivo al Renacimiento, pues con ellos
―con
sus bibliotecas―
volvieron, para reinar en las universidades y en las
cortes ilustradas, Platón y Aristóteles, Pitágoras y
Euclides (que los árabes ya habían empezado a introducir
por Andalucía).
Ahora que la vieja
Europa es una gran Bizancio de decadente cultura
sometida a los nuevos depredadores imperialistas, los
intelectuales europeos tienen que viajar espiritualmente
(y también físicamente, cuanto más mejor) a
Latinoamérica, donde un nuevo Humanismo y un nuevo
Renacimiento han encontrado en Engels y Marx su Sócrates
y su Epicuro. (La Historia no se repite: simplemente,
permanece. Lo que describe círculos
―aunque
solo aparentes: en realidad son los ciclos abiertos de
una espiral en expansión―
es nuestra mirada; nuestra memoria, que constantemente
recuerda y olvida las lecciones del pasado.)
Desde que la
revolución galileana inauguró la ciencia tal como hoy la
entendemos, un científico es necesariamente un
experimentador. Desde que Marx y Engels dejaron claro
que la función de la filosofía es cambiar el mundo, y no
solo explicarlo, los pensadores que no son también
hombres ―o
mujeres―
de acción, no son gran cosa, máxime en situaciones de
catástrofe material y moral como la que nos ha tocado
vivir. Parafraseando a Marañón, el intelectual que es
solo un intelectual, no es ni siquiera un intelectual.
Hay que participar
personalmente en los foros y en las movilizaciones
sociales. Hay que ir a Iraq y a Palestina. Hay que ir a
Cuba y a Venezuela, a Brasil y a México. Y no a dar
lecciones, precisamente, sino a aprender.
5. La torre y el púlpito
La función del intelectual no es ni puede ser otra que
la de buscar, difundir y defender la verdad. Y la verdad
es revolucionaria, como nos recuerda Lenin. Luego el
intelectual, si no es un impostor, está, por definición,
al servicio de la revolución. Denunciar las mentiras,
sofismas y tergiversaciones del poder es su
irrenunciable misión. Pero el intelectual es un
privilegiado, y a menudo luchar contra los poderes
establecidos significa luchar contra los propios
privilegios. Algunos lo hacen (todos, en realidad: los
demás son impostores), pero muy pocos llevan la lucha
hasta sus últimas consecuencias. Y uno de los
privilegios a los que el intelectual casi nunca
renuncia, es el púlpito.
Como si pasar
directamente de la torre de marfil al nivel del suelo
fuera un salto demasiado brusco, la mayoría de los
intelectuales se detienen en un escalón intermedio: el
púlpito, la cátedra o la tribuna. Se acercan a los viles
mortales lo suficiente como para ser oídos, pero
manteniéndose a una prudencial altura por encima de sus
cabezas. Y desde el púlpito pueden hablar sin mesura y
sin temor a ser interrumpidos por su auditorio cautivo.
En una conversación
normal, nadie habla ininterrumpidamente durante una hora
seguida o más, y si alguien lo intenta, sus
interlocutores lo cortan o le administran un
tranquilizante. Las conferencias y mesas redondas
deberían consistir en breves exposiciones introductorias
seguidas de debates abiertos. Soltar un discurso (máxime
cuando el orador, como ocurre a menudo, se limita a leer
un texto en voz alta) solo tendría sentido ante un
público analfabeto; de lo contrario, sería mucho más
razonable darles a los interesados la ponencia escrita
para que cada cual la leyese donde y cuando quisiera.
Los discursos solo tienen sentido
―si
lo tienen―
cuando el auditorio no puede participar (porque es
excesivamente numeroso o porque el orador se dirige a él
mediante la radio o la televisión).
A mediados de
febrero, participé en La Habana en una larga mesa
redonda (ocupó dos mañanas enteras) sobre el mercado de
las ideas y el papel de los intelectuales. Pocas veces
he tenido unos compañeros de mesa tan competentes
(Atilio Borón, Luis Britto, Heinz Dieterich, James
Petras) y un auditorio tan selecto (en primera fila,
Irene Amador, Eva Forest, Abel Prieto, Iroel Sánchez,
Eva Sastre...). Fue muy interesante, pero podría haberlo
sido mucho más si hubiera habido más tiempo para el
debate. Además, no solo las ponencias, sino también los
propios ponentes éramos excesivamente homogéneos. Como
señalaron nuestras amigas de la primera fila, todos
éramos “hombres, blancos y viejos” (mientras que en el
público abundaban las mujeres, los negros y los
jóvenes). Hay que escuchar a los ancianos de la tribu,
por supuesto; pero no solo a ellos, y menos en estos
tiempos vertiginosos. Y, desde luego, hay que escuchar a
las mujeres (más que a los hombres, que llevamos
demasiado tiempo monopolizando el discurso público). Y a
los “hiperpigmentados”, como se autodenominan
irónicamente algunos caribeños.
6. La revolución pacífica
Más que un oxímoron, “revolución pacífica” parece una
contradicción in términis. ¿Cómo se puede
expulsar pacíficamente del poder a quienes defienden sus
privilegios con la más brutal de las violencias?
Y sin embargo, la
revolución es fundamentalmente “pacífica”, en el sentido
de que su causa es la paz (la Irene de los griegos: la
Paz hija de la Justicia, la única deseable, la única
posible); y también su efecto.
Y, al parecer, en
determinadas circunstancias la revolución también puede
ser pacífica en el sentido más coloquial del término. De
hecho, la Revolución cubana fue poco cruenta, y la
venezolana, por ahora, todavía menos.
Cuando los
politólogos empezaron a hablar de la cubanización de
Venezuela, Fidel Castro replicó que era Cuba la que se
estaba venezolanizando. Las dos cosas son ciertas.
Venezuela aprendió de Cuba, y Cuba aprende de Venezuela.
Y toda Latinoamérica
―y
todo el mundo―
tiene que aprender de ambas.
Hace poco hablaba de
ello con Adina Bastidas, ex vicepresidenta del Gobierno
venezolano. Como ocurre con otras disciplinas
protocientíficas, lo que impide a la politología
convertirse en una ciencia propiamente dicha, es la
imposibilidad de diseñar y llevar a cabo experimentos
controlados. De ahí la extraordinaria importancia
―no
solo histórica, sino también teórica―
de ese gran “experimento” que es la revolución
bolivariana (y de ese largo experimento que sigue siendo
la Revolución cubana). Hay muchas conclusiones que
sacar, muchas cosas que aprender, muchas teorías que
revisar a la luz de lo que está pasando en
Latinoamérica. Y no solo en Cuba y en Venezuela. El
zapatismo, el MST brasileño, los distintos movimientos
indigenistas... Esos son los grandes laboratorios
políticos, y las nuevas ideas tienen que forjarse o
templarse en sus crisoles.
7. El nuevo paradigma
¿En qué consiste y cómo se lleva a cabo el cambio de
paradigma? Contestar a esta pregunta es, precisamente,
una de las principales tareas que nos impone la actual
crisis (por no decir catástrofe) política, cultural y
moral.
Algunas líneas de
reflexión y de trabajo están bastante claras (en los
párrafos anteriores he intentado esbozarlas), y pasan
por la superación de dicotomías y oposiciones
sólidamente instauradas: ciencia-filosofía,
ciencia-religión, ciencias-letras, ocio-trabajo,
público-privado, valor de uso-valor de cambio,
pensamiento-acción, maestro-discípulo, joven-viejo,
hombre-mujer... Y no es casual que la ciencia sea uno de
los términos recurrentes de las dicotomías y oposiciones
a superar. Porque la ciencia, en el sentido galileano de
cuantificación del saber, es la gran protagonista y la
herramienta básica de la revolución cultural que nos
traerá un nuevo paradigma, una nueva visión del mundo.
Una nueva visión del mundo que no desaproveche nada de
la antigua, cuya culminación-superación es el marxismo.
Actualizarlo, eliminar sus restos de dogmatismo,
feminizarlo, matematizarlo... Esa es la tarea. Marx y
Engels nos legaron un magnífico borrador: hay que
corregirlo y aumentarlo, hay que pasarlo a limpio. Pero
no de una vez por todas, sino continuamente.
Huelga señalar que
los intelectuales tienen una responsabilidad muy
especial y mucho trabajo por hacer. Y su primera
obligación es la de formarse e informarse debidamente.
Se habla mucho, y con razón, del derecho a la educación
y del derecho a la información. Pero, para quienes han
hecho de la cultura y la comunicación su oficio,
formarse e informarse es, ante todo, un deber cotidiano.
Y no todo está en los libros (nunca estuvo todo en
ellos, pero hoy menos que nunca). Hay que visitar las
nuevas ágoras y las nuevas palestras, tanto virtuales
como físicas. Hay que salir de las torres y de los
claustros. Hay que apearse de los púlpitos y de las
cátedras. Hay que asumir todos los riesgos, incluso el
de hacer el ridículo.
Según una vieja
metáfora recientemente recuperada por el subcomandante
Marcos, el intelectual ha de convertir su pluma en una
espada. Pero en los tiempos que corren también ha de
estar dispuesto a empuñar espadas menos metafóricas.
Como me consta que están dispuestos a hacer
―o
ya lo hicieron―
algunos intelectuales cubanos y venezolanos de primera
fila.
Hacer de la pluma una
espada. Y, si es preciso, cambiar la pluma por la
espada. Y hacer de la espada una pluma.
A continuación, quisiera insistir en un tema ya esbozado
en los puntos anteriores (sobre todo en el segundo,
“Marxismo y ciencia”), que me parece clave y que creo
que debemos devolver al primer plano del debate
filosófico y político; me refiero al controvertido tema
de la vigencia del marxismo.
8. Tragarse vivo a Marx
Galileo y Newton no sólo dieron a la física una
estructura matemática precisa, coherente y operativa,
sino que sentaron las bases de un método científico que
sigue siendo la más poderosa herramienta del
conocimiento. Con su consigna fundacional (“Hay que
medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no
lo es”) y su aforismo leonardiano (“El libro del
universo está escrito en el lenguaje de las
matemáticas”), se puede decir que Galileo inaugura la
ciencia moderna. Y con su ley de la gravitación
universal, Newton pone orden en la naturaleza. Desde que
Buda y Tales de Mileto, cada uno a su manera, dieron la
espalda a los dioses para buscar las respuestas (y las
preguntas) en la realidad misma, la mente humana no
había dado un salto tan grande y, en apariencia, tan
definitivo.
Pero a principios del
siglo pasado Einstein formuló la teoría de la
relatividad, que afirma que el espacio y el tiempo no
son realidades absolutas y separadas, que hay un límite
infranqueable para la velocidad, que la materia y la
energía no son esencialmente distintas... Y en su
momento se dijo que la relatividad suponía el fin de la
física newtoniana, el derrumbamiento de su majestuoso
edificio conceptual. Pero en realidad lo que hizo
Einstein fue (un famoso científico lo expresó con esta
feliz metonimia) “tragarse vivo” a Newton. En efecto, la
relatividad no invalida la física tradicional:
sencillamente (y nunca mejor dicho), la relativiza, la
integra en un esquema más amplio. De hecho, en la
mayoría de los casos seguimos utilizando la vieja física
de siempre, que sólo deja de ser válida a nivel
subatómico o a velocidades próximas a la de la luz.
Decir que Marx y
Engels son los Galileo y Newton de la política puede
parecer exagerado o gratuito, pero las similitudes no
son pocas ni irrelevantes. Y tal vez el aspecto más
instructivo de este paralelismo sea el de la falsa
periclitación de ambos sistemas. La física newtoniana no
ha sido refutada, sino tan solo desposeída de su
apariencia de formulación completa y definitiva de las
leyes de la naturaleza, y con el marxismo ha ocurrido
otro tanto, pese a los cacareos de “nuevos filósofos”,
posmodernos y pensadores débiles.
A pesar de los
excesos y defectos del llamado “socialismo real”, a
pesar de los propios errores de Marx y sus
continuadores, el marxismo sigue siendo el gran
paradigma socioeconómico, ético y político de nuestro
tiempo. Solo que no puede pretender ser la explicación
total y última de los fenómenos sociales. No puede
autoproclamarse “científico” en el sentido fuerte del
término, y menos aún arrogarse la facultad de predecir
el futuro. Profetizar la inexorable autodestrucción del
capitalismo y el seguro advenimiento del “paraíso
comunista”, son errores de bulto que el marxismo ha
pagado muy caros, residuos de religiosidad vergonzante
que nos hacen temer que Marx fuera menos lúcido o menos
honrado de lo que pretenden sus hagiógrafos. Pero, en
cualquier caso, ello no resta ni un ápice de validez al
materialismo dialéctico, del mismo modo que la física no
se resiente del hecho de que Galileo fuera un pícaro y
Newton un paranoico.
Retomando una
reflexión ética milenaria cuyos ancestros más ilustres
son Buda y Lao Tse, Sócrates y Epicuro (como es bien
sabido, Marx centró su tesis doctoral en la comparación
de los sistemas atómicos de Demócrito y Epicuro), el
marxismo propugna, básicamente, una revolución moral. A
la vieja moral cristiano-burguesa adoptada (y adaptada)
por el capitalismo, basada en la sumisión, la esperanza
en otra vida y la aceptación de la jerarquía social, el
marxismo opone una nueva moral basada en la solidaridad,
la resistencia, el cuestionamiento de lo establecido, la
confianza en las propias fuerzas, la decisión de cambiar
la sociedad. Y del mismo modo que Galileo vio en la
experimentación el método por excelencia, la llave
maestra de la ciencia, Marx vio en la praxis la clave de
una nueva filosofía cansada de limitarse a explicar el
mundo y decidida a transformarlo.
Vivimos en una
sociedad basada en la explotación del hombre por el
hombre. Analicemos las relaciones de intercambio que la
configuran y perpetúan, con objeto de sustituirlas por
otras relaciones que pongan fin a la explotación, que
realicen y fomenten la solidaridad. Ese es, en última
instancia, el proyecto del marxismo. Y no ha perdido ni
un ápice de vigencia.
De qué manera o
maneras llevar adelante ese proyecto en un mundo en el
que el imperialismo (fase superior del capitalismo)
parece más fuerte y más dispuesto que nunca a demoler
todos los obstáculos que encuentre en su camino: ese es
el problema de la izquierda. Y si el viejo marxismo
dogmático es un callejón sin salida, una trampa para
nostálgicos de lo absoluto, dar la espalda a sus logros
y sus propuestas es, sencillamente, un suicidio moral y
político. La solución, aunque todavía no la tengamos del
todo clara (como no tenemos clara la futura evolución de
la física, que aún dista mucho de explicarlo todo), pasa
necesariamente por tragarse vivo a Marx.
Siguiendo con el tema del marxismo, quisiera proponerles
ahora una pequeña reflexión sobre el consabido tema de
la conversión de la cantidad en calidad.
9. Cantidad y calidad
La conversión de la cantidad en calidad (CCC) es uno de
los conceptos básicos del pensamiento marxista. No solo
en la economía y en la sociedad, sino en la propia
naturaleza, en el comportamiento mismo de la materia,
abundan los ejemplos de este fenómeno, y la imparable
reacción en cadena que se produce al alcanzar la masa
crítica una sustancia radiactiva, ha sido utilizada a
menudo como metáfora de la revolución.
Pero no todos los
casos de CCC son positivos, ni en todos ellos se puede
entender “calidad” en un sentido meliorativo. Una
mentira repetida insistentemente por los medios de
comunicación de masas (y los primeros en hacer de ello
una estrategia explícita fueron los nazis) no se
convierte en verdad, pero puede desplazar a la verdad,
arrinconarla. A efectos prácticos, la mentira
cuantitativamente
―masivamente―
reforzada por los medios usurpa el lugar de la verdad.
Ya nadie cree que en
Iraq haya armas de destrucción masiva. Todo el mundo
sabe que Estados Unidos quiere apoderarse del petróleo
iraquí y hacerse con el control estratégico de la zona.
Nadie ignora que el Gobierno de Aznar apoyó la invasión
de Iraq en contra de la voluntad de la inmensa mayoría
de los españoles. ¿Tomaron la Moncloa las masas
enardecidas por la más justa de las indignaciones? No.
¿Cómo es posible? Porque nuestros repulsivos medios de
comunicación repiten a todas horas, de forma más o menos
solapada, que la masacre sistemática de iraquíes y
palestinos (no olvidemos que ambos conflictos son
inseparables), el saqueo de Bagdad, el asesinato de José
Couso y el sinfín de atropellos cometidos por Bush,
Blair, Aznar y compañía, son necesarios para luchar
contra el “terrorismo” y defender la “democracia”. Y si
mucha gente, a fuerza de oírlo miles de veces, puede
llegar a creer que Coca Cola es la chispa de la vida o
que la felicidad pasa por tener un automóvil que corra
el doble de lo permitido por la ley y por la más
elemental sensatez, ¿por qué no iba a creer que hay que
asesinar a cien mil iraquíes, la mitad de ellos niños,
para que ETA deje de matar?
Cuando, al final de
la II Guerra Mundial, los aliados entraron en los campos
de concentración nazis, obligaron a la población alemana
a visitarlos, porque no habían querido enterarse de los
horrores que allí se cometían. ¿Cuándo visitará
Guantánamo la población estadounidense? ¿Cuándo se
enterarán los “demócratas” españoles de que Amnistía
Internacional, la ONU, la Asociación Contra la Tortura y
otras organizaciones están hartas de denunciar, año tras
año, que en el Estado español se tortura impunemente?
Si la CCC fuera un
proceso lineal, mecánico, la mentira
―cualquier
mentira―
se impondría con la misma fuerza (bruta) que la Coca
Cola. Pero es un proceso dialéctico, que conlleva su
recíproco: la conversión de la calidad en cantidad.
El pajar sepulta la
aguja y la hace casi inencontrable. Pero basta una
chispa para incendiar un pajar (o un bosque, como decía
Mao), y una vez quemada la paja, reaparece la aguja,
intacta.
En un mundo de más de
seis mil millones de habitantes, la heroica lucha de
diez millones de cubanos podría parecer insignificante,
sobre todo si se tiene en cuenta que la primera potencia
mundial lleva más de cuatro décadas dedicando una
considerable fracción de su energía y sus recursos a
intentar acabar con ellos. Pero Cuba es la chispa que ha
encendido la mecha del polvorín americano, que pronto
les estallará en las manos a los depredadores
imperialistas.
La resistencia
iraquí, frente al ejército estadounidense, es menos que
un tirachinas palestino frente a un tanque sionista.
Pero las chinas, en Iraq y en Palestina, provocarán una
avalancha, la están provocando ya.
La calidad se
convierte en cantidad por el efecto multiplicador e
incendiario de la verdad. Y esa cantidad cada vez mayor
de personas que se sustraen a los mecanismos
estupefacientes de los medios, es decir, a las mentiras
del poder, está dando paso a su vez a una nueva calidad
social y política.
Nunca el poder de los
canallas que gobiernan el mundo fue tan grande; pero su
mismo gigantismo lo hace más vulnerable. Nunca la
dignidad estuvo tan acorralada; por eso descubre cada
día nuevas formas de expresión y de lucha. Nunca los
aguijones de la verdad estuvieron sepultados bajo tan
enormes masas de paja mediática; pero nunca saltaron
tantas chispas como ahora, por todas partes.
Antes de terminar, quisiera volver brevemente al tema
inicial del cambio de paradigma, que implica,
obviamente, un cambio en el discurso; pero no solo en el
discurso literal, sino también en el discurso literario,
en el metalenguaje poético.
10. Una poética de la paz
Consciente o inconscientemente, y no solo cuando
escribimos o leemos, sino también cuando vivimos, puesto
que vivir es en buena medida una actividad simbólica,
nos remitimos a una poética, es decir, a un conjunto de
reglas y principios, de criterios estéticos (y por lo
tanto morales: nulla estetica sine etica). Y
nuestra poética, o mejor dicho, la poética del sistema,
la que automáticamente se activa “por defecto” si no nos
oponemos a ella con lucidez y determinación, es una
poética fundamentalmente bélica.
No en vano el primer
gran poema occidental se autodefine desde su mismo
comienzo como un canto a la cólera de un guerrero. No en
vano llamamos protagonistas, que quiere decir “primeros
combatientes”, a los personajes principales de cualquier
historia, real o ficticia. No en vano dijo Heráclito que
la guerra es la madre de todas las cosas.
Los seres humanos,
como todos los animales sociales, se mueven entre dos
polos antinómicos: la colaboración y la competencia. Y
desde siempre el poder ha manipulado ambas instancias
básicas en función de sus intereses. Por eso las
manifestaciones más perversas del sistema son la
colaboración forzosa de la servidumbre y la competencia
extrema de la guerra.
Como señala Engels en
El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado, la primera explotación, y la base de todas
las demás, es la explotación de la mujer por el hombre,
basada, pura y simplemente, en la fuerza bruta. Por eso
vivimos —seguimos viviendo— en una sociedad patriarcal,
y por eso la poética subyacente a nuestra cultura es una
poética de la guerra, es decir, una exaltación de la
lucha, del triunfo, de la conquista y, en última
instancia, de la fuerza.
Tanto el fútbol como
la poesía amorosa, por citar dos fenómenos culturales
aparentemente alejados entre sí, son expresiones de una
poética guerrera. No en vano, en el discurso amoroso, se
utilizan recurrentemente términos como “conquista”,
“asedio” o “rendición”. No en vano se representa a Eros
mismo como un arquero y se habla de las batallas, las
heridas y los estragos del amor.
Por eso la consabida
consigna “haz el amor y no la guerra” es tan superficial
e inoperante como casi todo lo que nos han legado los
hippies. Mientras la mayoría de la gente piense y viva
el amor en términos de conquista, posesión y
dependencia, Eros y Ares no solo estarán juntos, sino
revueltos. O viceversa, más bien viceversa: mientras
nuestra cultura esté íntimamente contaminada por una
estética y una erótica —es decir, una poética— de la
guerra, será muy difícil amar sin competir y competir
sin pelear.
¿Qué podemos hacer
para desmilitarizar nuestra cultura, para eliminar su
nefasto sustrato bélico? En términos generales, la
solución es muy simple: cambiar el actual sistema de
relaciones de producción, es decir, acabar con el
capitalismo. En términos más cotidianos y concretos,
creo que podemos y debemos esforzarnos por contribuir a
generar un discurso alternativo, una estética de la
resistencia, una poética antibélica.
No es una tarea
específica de escritores y artistas, sino de todos y
todas. El lenguaje es nuestro patrimonio más valioso, la
sustancia misma de nuestra mente, y nuestra propia vida
debería ser la mejor obra de arte, como decía Oscar
Wilde, que a fuerza de ser frívolo descubrió que la
superficialidad es el único pecado.
En estos momentos en
que la dominación se ejerce mediante el discurso tanto
como mediante las armas, a quienes no creemos en las
armas o todavía no nos hemos decidido a empuñarlas, nos
queda la palabra. Nos queda el inviolable derecho y el
irrenunciable deber de comprometernos activamente en la
construcción y difusión de un nuevo discurso, un
discurso de la colaboración y la fraternidad frente al
viejo discurso de la competencia y el dominio.
Y, para terminar, una pequeña reflexión explícita sobre
el concepto mismo de revolución, puesto que, en última
instancia, hablar “en defensa de la humanidad” es
hablar, necesariamente, de revolución.
11. El tamaño de la revolución
Debo reconocer que cuando, en mi juventud, visité
algunos países de la Europa del Este, me llevé una
amarga decepción. Junto a logros innegables y muy
importantes, percibí un generalizado desánimo, un
excesivo silencio, una difusa tristeza social. Tuve que
admitir ante mí mismo que, tal vez por comodidad o
cobardía (es decir, en función de unos privilegios
personales a los que me resistía a renunciar), prefería
vivir en la seudodemocrática Italia o en la España
tardofranquista.
Se ha hablado mucho
de las causas del fracaso del socialismo soviético: la
elitización de la nomenclatura, la hipertrofia de la
burocracia, la ineficiente planificación económica... Y
sin duda son estas (sin olvidar el implacable acoso del
imperialismo estadounidense y del mundo capitalista en
general) las causas últimas del desmoronamiento del
llamado “socialismo real”. Pero cabría señalar, como
causa inmediata (consecuencia de las anteriores, pero
causa a su vez de la fragilidad del tejido social), la
tristeza colectiva. La revolución es necesariamente
dura, pero no puede ser triste.
La ineficacia
económico-administrativa de la Unión Soviética (baste
recordar el estrepitoso fracaso de los “planes
quinquenales”) se debió, en buena medida, a su
gigantismo. Si el telégrafo hizo posible la revolución,
para gestionarla habría sido necesaria la informática.
(No hace mucho, en Quito, hablaba con el matemático
escocés Paul Cockshott y el físico cubano Raimundo
Franco de la necesidad de crear un nuevo hardware para
poder planificar eficazmente la producción de un país
industrializado: ni siquiera las poderosas herramientas
informáticas actuales son suficientes para ello.) Y una
gestión ineficaz propicia la hipertrofia de la
burocracia ―la
“sobrerrepresión”, como diría Marcuse―
y la corrupción (y viceversa). Es decir, la tristeza
colectiva, el deterioro del tejido social.
No me parece
exagerado afirmar que una de las claves del triunfo de
la revolución cubana fue (sigue siendo, puesto que una
revolución no es un hito histórico sino un proceso
continuo) su reducido ámbito territorial y demográfico.
Cuba tenía, al comienzo de la revolución, una población
equivalente a la de Madrid, y en la actualidad no supera
la de algunas grandes ciudades. Tal vez tenga que ser
esta (al menos al principio, al menos por ahora) la
escala de la revolución, su tamaño humano, la dimensión
de su entusiasmo, de su irrenunciable alegría de vivir.
Tal vez la revolución, como ocurrió con la civilización
misma, tenga que germinar y consolidarse en pequeños e
intensos focos, capaces de irradiarla luego a su
alrededor, de transmitirla por emulación, como se
transmiten los grandes descubrimientos, como la está
transmitiendo Cuba a toda Latinoamérica.
Lo cual, por cierto,
conferiría un sentido trascendente, revolucionario, a
determinados proyectos nacionalistas planteados desde la
izquierda. Tal vez en Euskal Herria sea posible, por sus
abarcables dimensiones y su fuerte cohesión social,
llevar adelante, a partir de la autodeterminación, un
proceso capaz de culminar en una democracia realmente
participativa. (No me parece casual que el pueblo vasco
sea, junto con el cubano, uno de los más hospitalarios y
vitales del mundo, puesto que estas cualidades dimanan
de un tejido social tupido y sólido, la clase de tejido
capaz de resistir los zarpazos de los opresores.)
Y esa potencialidad
transformadora
―revolucionaria―
es también la clave del encono con que tanto los
neofascistas como los socialdemócratas atacan el
nacionalismo vasco (que es el mismo encono con que
atacan a Cuba). Porque podría convertirse en una
alternativa real, viable, a la globalización neoliberal,
al pensamiento único, al neocolonialismo imperialista,
al capitalismo, en última instancia. Y podría cundir el
ejemplo.
A modo de epílogo, y de homenaje, quisiera añadir a mi
apresurada exposición un artículo que escribí
recientemente, y que con todo mi afecto, mi gratitud y
mi admiración dedico a nuestros anfitriones, los
compañeros y compañeras de la República Bolivariana de
Venezuela:
LA REVOLUCIÓN TRANQUILA
La revolución pacífica
Cautelosa, modestamente, los bolivarianos llaman
“proceso de cambio” a lo que están haciendo en
Venezuela; pero es una revolución.
Una revolución
pacífica, dicen algunos, y la fórmula parece, más que
una paradoja, una contradicción in términis, una
de esas “fusiones de contrarios” que solo son posibles
en los sueños. ¿Cómo puede ser pacífica una revolución?
¿Cómo se puede poner fin sin violencia a la suma
violencia de la explotación? ¿Cómo pueden abolirse sin
recurrir a la fuerza unos privilegios de clase obtenidos
y mantenidos por la fuerza? No en vano El Manifiesto
Comunista empieza recordándonos que “la historia de
todas las sociedades es la historia de la lucha de
clases”, para proclamar luego abiertamente que el
objetivo de la revolución es la abolición de la
propiedad privada, y concluir diciendo que dicho
objetivo “solo puede ser alcanzado derrocando por la
violencia el orden social existente”.
Si por revolución
pacífica entendemos no violenta, la fórmula no parece
viable, aunque el propio Lenin acariciara la idea: “Si
existe una sola posibilidad entre cien (de un desarrollo
revolucionario pacífico), vale la pena intentar realizar
esa posibilidad” (Sobre los compromisos, 1917), dijo
poco antes de la Revolución de Octubre. Pero el intento,
como es bien sabido, fracasó. ¿Por qué? El propio Lenin
lo diría poco después, en el VIII Congreso del PCR, en
marzo de 1919: “Señores capitalistas, vosotros sois los
culpables. Si no hubierais ofrecido una resistencia tan
feroz, tan insensata, insolente y desesperada, si no os
hubierais aliado con la burguesía de todo el mundo, la
revolución habría asumido formas más pacíficas”.
Los capitalistas
venezolanos también están ofreciendo una resistencia
feroz, insensata e insolente; aunque, por desgracia, no
tan desesperada como la de los capitalistas rusos de
hace cien años, pues cuentan con el apoyo de la CIA y de
las multinacionales. La revolución bolivariana, por
tanto, no puede ser pacífica, si por pacífica entendemos
inerme y sin violencia alguna; pero tal vez consiga ser
incruenta. Es imprescindible tener las armas listas,
pero tal vez no sea necesario usarlas.
Normalmente, la
burguesía cuenta con el ejército, el clero, los
políticos corruptos y los intelectuales vendidos al
poder para anestesiar o reprimir a la clase obrera.
Pero, por una serie de circunstancias (dignas, por
cierto, del más atento análisis), en Venezuela la
situación es tan atípica como esperanzadora. Los
bolivarianos no solo cuentan con el apoyo del pueblo,
sino también con el del ejército y el clero progresista,
así como de un importante sector de los intelectuales.
Sus enemigos son solo los explotadores y los grandes
medios de comunicación (que, como en la “España
democrática”, como en casi todo el mundo, están en manos
de gángster). Sin interferencias externas, la victoria
de la revolución bolivariana habría sido rápida y
aplastante.
Pero EE.UU. no puede
tolerar que triunfe el proyecto emancipatorio
venezolano. Y no es el petróleo la principal causa, como
no lo es en Iraq. Lo que más preocupa, y con razón, a la
plutocracia estadounidense es la posibilidad de que
Venezuela se convierta en una nueva Cuba, en un segundo
foco revolucionario capaz de “contaminar” a toda
Latinoamérica. Para Washington y sus aliados, el nuevo
“eje del mal” es el eje Habana-Caracas, y la violenta
campaña mediática internacional contra Cuba y Venezuela
de los últimos meses (en la que los medios españoles,
sobre todo el diario El País, han desempeñado un
papel especialmente inicuo) es una buena prueba de ello.
¿Qué están dispuestos
a hacer la CIA y el Pentágono para impedir el triunfo de
la revolución bolivariana? Cualquier cosa, no nos quepa
la menor duda. Pero, afortunadamente, en estos momentos
no pueden permitirse el lujo de hacer todo lo que
quisieran. La heroica resistencia bélica del pueblo
iraquí y la heroica resistencia pacífica del pueblo
cubano, entre otras cosas, limitan considerablemente las
posibilidades de agresión directa de la mayor y más
despiadada potencia militar de todos los tiempos.
La revolución dialéctica
Como los seres vivos, como las especies mismas, la
sociedad y la economía son sistemas complejos
adaptativos, capaces de modificarse en función de las
circunstancias para mejorar sus expectativas de
supervivencia y desarrollo. Las maniobras adaptativas
son continuas, pero, salvo en situaciones críticas, no
suelen ser bruscas ni aparatosas: en general, responden
a estrategias recurrentes que se confunden con el flujo
mismo de la existencia. Solo en ciertas situaciones de
máximo riesgo o de extrema tensión, los seres vivos, las
especies, las sociedades y las economías cambian
radicalmente de estrategia adaptativa.
Una revolución (en el
sentido marxista del término) es una estrategia de
supervivencia colectiva radicalmente nueva, provocada
por condiciones (socioeconómicas) extremas. Una
estrategia que nace de la desesperación y la convierte
en esperanza, en la única esperanza posible para los
desposeídos, para los que no tienen nada que perder más
que sus cadenas. Y, por lo tanto, una revolución no es
un paso histórico más, sino un salto brusco, en alguna
medida imprevisible e incontrolable. El consabido
esquema ensayo-error-rectificación-acierto, base de todo
aprendizaje, deja de ser cíclico, deja de ser una
espiral de expansión lenta pero segura, y se vuelve
lineal (al menos a corto plazo), se convierte en un
grafo sin bucles, en un camino sin cambios de sentido,
en un experimento con escaso margen para las
repeticiones y rectificaciones necesarias. El proceso
revolucionario, arrastrado por su propio impulso
inicial, por el enorme empuje necesario para “romper las
cadenas”, adquiere una peligrosa inercia, corre el
riesgo (y hasta ahora casi siempre ha caído en él) de
volverse mecánico, adialéctico.
Cuba, gracias a unas
circunstancias físicas y políticas peculiares (1), logró
moderar su “inercia postruptural”, lo que permitió,
entre otras cosas (y entre otras causas), que su
revolución fuera mucho menos violenta que otras.
Venezuela, en circunstancias aún más peculiares, podría
haber logrado poner en marcha una revolución dialéctica,
en la que la teoría y la praxis transformadora tienen
tiempo de confrontarse y corregirse mutuamente. Una
revolución tranquila, pausada, si no del todo pacífica.
Pues la única paz posible, y la única deseable, es la
Irene de los griegos, la Paz hija de la Justicia, y
mientras no haya justicia en el mundo, no podrá haber
auténtica paz, ni internacional ni intranacional.
La Nueva Internacional
Mientras en Iraq y Palestina se libra la madre de todas
las batallas, en Cuba y Venezuela se sufre y se resiste
el padre de todos los asedios. Un implacable asedio
económico, político y mediático contra el que debemos
luchar sin descanso, y no solo por solidaridad, sino por
nuestro propio futuro. Frente al imperialismo genocida,
frente a la homologadora globalización del expolio y el
exterminio, todos somos palestinos e iraquíes, cubanos y
venezolanos, vascos e irlandeses... Una Nueva
Internacional de pueblos dignos y valerosos (que no
necesita número, pues es a la vez primera y última en su
género) está tomando forma para desesperación de los
imperialistas y sus cómplices, de los fascistas y los
socialdemócratas. Intentarán desarticularla por todos
los medios. No lo conseguirán. Nuestra red
espaciotemporal ya es demasiado tupida, demasiado fuerte
para desgarrarla. Hoy en Latinoamérica es posible un
Chávez porque hay un Castro y ha habido un Allende (y
porque hubo un Bolívar, un Martí, un Zapata). Los
bolivarianos surgen en una tierra abonada y reclamada
por los zapatistas, las FARC, el MST...
Los imperialistas
saldrán de Iraq y de Palestina con el rabo entre las
piernas, como salieron de Vietnam, y no entrarán en
Venezuela, como no han entrado en Cuba. Euskal Herria e
Irlanda serán naciones libres e independientes... Y de
esa pluralidad de pueblos insumisos, soberanos, nacerá
la única unidad deseable, la única posible.
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