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En 1967, en las páginas de la revista
Cuba,
apareció, sin crédito, una entrevista a Raúl Roa que a
poco devenía célebre. Su autor padecería en el anonimato
aún después, cuando publicado el libro
La
Revolución del treinta se fue a bolina,
por Ediciones Huracán, tampoco se dio a conocer el
nombre del que Roa calificara de “luciferino
entrevistador”. A diez de últimas, se sabría que fue
Ambrosio Fornet, y no otro, el responsable de aquella
entretenida y densa relación de preguntas, que provocó
que la ya de por sí lengua suelta de Roa, se soltara con
entusiasmo mayúsculo. Todavía pesan, cual macizos
baldones, sus frases sobre aquellos a quienes Roa les
infligió sus invectivas, de una gracia que a varios de
ellos seguramente les arrancó una sonrisa. Más allá de
ello, sus ideas continúan cargando hoy toda la sabia
provocativa que le fuera tan consustancial al autor de
Bufa subversiva.
Para los lectores de
La
Jiribilla,
Ambrosio Fornet devela los pormenores de aquella
histórica entrevista.
Usted, en el
prólogo a
La Revolución del treinta se fue a bolina,
refiere haberse abalanzado, en acción al parecer
“espectacular”, sobre la mesa de la librería donde se
hallaban los últimos ejemplares de la edición que
hiciera Samuel Feijóo de Retorno a la alborada.
¿Qué motivaba aquel entusiasmo?
Los dos tomos de
Retorno a la alborada —de 1964, si mal no recuerdo—
recogen numerosos ensayos y artículos de Roa, de
diferentes épocas, y en aquellos años era imposible
encontrar en librerías esos textos. Para sus
admiradores, como era mi caso, la simple idea de
quedarse sin la edición, y tener que pedirla prestada o
ir a leerla a una biblioteca, resultaba aterradora. Por
eso me lancé de cabeza sobre aquellos solitarios
ejemplares.
¿Qué significa Roa, además de ser el “tipo más
simpático” de ella, dentro de esa heterogénea generación
que solemos llamar “del 30”?
Roa era como la
confirmación del arquetipo, no de toda la generación,
sino de parte de ella, porque jóvenes simpáticos y
dinámicos eran otros también, como es el caso de su gran
amigo, Pablo de la Torriente Brau. Pero además Roa
representaba la integridad y la fidelidad a sus
principios, lo que no puede decirse de todos los que
habían sido sus compañeros de lucha durante el machadato.
¿Podría usted, Ambrosio, describir pormenores de cómo
fue concebida y escrita aquella entrevista que se haría
famosa apenas publicada en la revista
Cuba,
con el título de “Tiene la palabra el camarada Roa”?
Bueno, la idea se le
ocurrió a Ernesto González Bermejo, periodista uruguayo
que en aquella época era jefe de redacción de la
revista. Conociendo mi admiración por Roa, me preguntó
si me gustaría que lo intentáramos, y yo, naturalmente,
le dije que sí. Roa aceptó enseguida, pero estaba tan
complicado entre el trabajo y las tiñosas
—los
rollos diplomáticos y las siembras de café, como decía
él mismo— que me sugirió que le sometiera por escrito un
cuestionario, para ir respondiéndolo en sus ratos
libres. Yo, por supuesto, me despaché preguntándole
sobre lo humano y lo divino, pensando, te lo confieso,
que él iba a escoger unas preguntas y desechar otras,
pero resultó que en un tiempo récord, una o dos semanas,
me parece, las respondió “todas”. Y no solo eso,
sino que me dio una cita, en su oficina de Relaciones
Exteriores, para ventilar cualquier duda que pudiera
haber quedado. Para mí, fue una experiencia memorable.
Era la primera vez que hablaba personalmente con él.
Parece que los lectores recibieron la entrevista no solo
con interés, sino también con regocijo...
Sí, porque Roa no se
cuidaba, era bastante deslenguado, en privado y en
público, y hablaba del “músculo primo” y ese tipo de
cosas, lo que parecía impropio de un Ministro de
Relaciones Exteriores... salvo si ese Ministro resultaba
ser él, precisamente. Por cierto, la entrevista apareció
muy bien ilustrada, pero con una lamentable omisión
involuntaria: sin el nombre del “luciferino
entrevistador”, como me había calificado Roa. Así que en
el número siguiente se procedió a hacer la aclaración.
¿Nunca hubo planes para un “continuará”, para una
segunda ronda de preguntas y respuestas?
Me hubiera gustado
—con sus recuerdos y comentarios podía haberse armado un
magnífico testimonio—, pero no se nos ocurrió. Sin
embargo, me quedó la satisfacción no solo de la
entrevista, sino de la confianza que Roa me dispensó,
porque un buen día me llamó Rolando Rodríguez a su
oficina —era entonces director del Instituto del Libro,
donde yo trabajaba— y cuál no sería mi sorpresa —como
diría un novelista decimonónico— al ver que Roa estaba
allí y me pedía que yo le prologara su nuevo libro,
Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, que
aparecería en 1970. Era algo insólito —creo que
lo he comentado en otra ocasión—, algo que solo a
alguien como Roa podía ocurrírsele: que un desconocido,
bastante joven todavía, prologara un nuevo libro suyo.
El discípulo presentando al maestro a petición suya. No
recuerdo un caso semejante en toda la historia de la
bibliografía cubana, salvo quizás el de Fernando Ortiz.
Para remedar el tono de aquella entrevista: “¿Podría
usted retratar o definir con una frase” a un hombre como
Roa, como lo hizo él con algunos de sus contemporáneos?
La verdad es que no.
No tengo ni su ingenio ni su capacidad de síntesis.
Además, Roa era tan polifacético que es imposible
encasillarlo.
¿Qué ganarían los jóvenes cubanos, intelectuales o no,
descubriendo o redescubriendo a Roa?
Lo que gané yo, y
habrán ganado otros tantos como yo: la sensación de
estar en contacto con un ser humano excepcional y de
poder sostener un diálogo vivo con tu propia historia.
Como otros revolucionarios del 30 que fueron también
revolucionarios de los 60, la sola presencia de Roa nos
aportaba algo fundamental en aquellos tiempos de
rupturas, que era el sentido de continuidad. Eso les
daba coherencia a nuestras búsquedas.
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